• No results found

Cualquiera que observe el laberinto de Silo por primera vez, y sin un previo aviso sobre su modo de lectura, recibirá la impresión de encontrarse ante un amasijo de letras sin ningún sentido aparente. Sólo cuando se le revela el secreto inmediato descubre las numerosas posibilidades de lectura que en- cierra. Y este hecho parece, en principio, aplacar la curiosidad del que ya cree ser dueño del secreto. Ambrosio de Morales en el siglo XVI, y Mario

Roso de Luna a principios del XX, cayeron en esta tentación inmediata y se conformaron con intentar el cálculo de lecturas posibles. Extrañamente equi- vocados, ambos concluyeron que el laberinto podía leerse de unas 250 maneras distintas.

Sin embargo, cualquier curioso que se plantee seriamente dicha lectura descubrirá que ambos estudiosos, como todos los que les hicieron caso, se quedaron ligeramente cortos. La fórmula matemática que nos permite llegar a conocer el número de modos en que la lectura es posible resulta un poco difícil de deducir para el profano (7):

(N + M - 2) ! ---

(N - 1) ! - M – 1 !

Sin lugar a dudas, la cifra es de... 45.760 combinaciones posibles. Una cifra insólita ya de por sí -compuesta por el producto 13 X 11 x 5 x 26 -, sobre la

que habrá que investigar más en profundidad en el campo de esa que aún llamamos numerología simbólica. Dejémosla de momento, sin embargo.

Una segunda observación del laberinto, más atenta y liberada momentá- neamente de la magia de su estructura singular: a partir de la letra S que se halla en el centro geométrico del rectángulo y hasta las cuatro T que ocupan las esquinas, todas las letras del conjunto siloprincepsfecit se agrupan en rombos concéntricos que tienen como centro y origen la S inicial.

Pongamos atención a una primera clave simbólica aparente: la letra S es, en términos esotéricos, un signo serpentario. La serpiente representa, en las mitologías arcaicas de todos los pueblos de la Tierra -y, por supuesto, en la mitología popular asturiana, transmitida a través de innumerables cuentos y leyendas- un retrato en clave del propio principio ocultista. Porque la serpien- te es guardadora ancestral de tesoros escondidos; lo cual significa, traducido a nuestro lenguaje, lo mismo que una celosa guardiana de saberes excelsos superiores que no deben ser transmitidos por aquel que los posee.

7. Yo soy, por desgracia, bastante profano en las ciencias matemáticas. Cuando se me planteó el problema de calcular el número de posibilidades de lectura que contenía el laberinto tuve que recurrir a un amigo especialista en matemática pura y plantearle el problema que yo no podía resolver. Tengo que recordar aquí que mi amigo, a pesar de sus conocimientos y de su costumbre en el manejo de las cifras y contando con la ayuda de una calculadora de las últimas generaciones, tardó no menos de dos horas en hallar la fórmula que he reproducido.

La T, por su parte, lo mismo que la cruz, es un símbolo esquemático de esclavitud, pero, a la vez, de superación de la vida: de sujeción y de libertad del ser humano dentro de su propia condición. Significa, pues, vida; pero vida consciente que sabe de su propia trascendencia en su misma limitación. Entre los egipcios se representó con un ankh, la cruz con asa de la diosa Isis. Los gurús de las religiones hindúes la pintaban en la frente de sus chelas. La empleaban los pueblos celtas como representación de lo universal, y está repetida hasta la saciedad en los templos mexicanos de Palenque. Y en el cristianismo es, aún más que el simbolo del hipotético martirio de Cristo, la culminación trascendente de la naturaleza humana del Mesías cristiano.

Aquí hay ya una primera clave esotérica posible del laberinto: desde la S se alcanza, por muchos caminos -cuarenta y cinco mil setecientos sesenta caminos- la T; es decir, que partiendo de la sabiduría secreta se llega por muchos modos a la vida trascendente, a la sabiduría total, al conocimiento

de la esencia última del ser (8).

Pero todavía la ordenación de las letras nos indica algo más: agrupadas todas simétricamente en torno al centro, forman una figura en la que nos bastaría sustituir cada letra por un color para apreciar su estructura de mandala.

El mandala está reconocido, en las filosofías religiosas orientales, como fuente superior de meditación, lo que podríamos llamar algo así como un esquema místico del pensamiento trascendente. Circular unas veces, cuadrado otras, el mandala es siempre un centro del que parte o al que convergen las líneas, las figuras, los círculos. Es un símbolo en el que están representadas, al mismo tiempo, la expansión dimensional y la concentración mental. Como el iris del ojo o el diafragma de la cámara fotográfica, abre o cierra la meditación hacia el infinito o hacia el núcleo más profundo de cada cual. Para Carl G. Jung, el mandala es símbolo universal, que está fijado en el inconsciente colectivo, y él mismo lo vio numerosas veces representado espontáneamente por muchos de sus pacientes a los que había impulsado a expresarse por medio de grafismos inconscientes.

Pero, al margen de la intención reconocida de las técnicas místicas de

8. No es invención mía esa relación S-T. Pensemos que, precisamente relacionada con el laberinto, está presente en la mitología arcaica griega en la historia del laberinto de Creta, resuelto -y vencido el minotauro- precisamente por un personaje -Teseo- que contiene en su nombre las dos letras susodichas y su consiguiente significado simbólico. Con la significativa diferencia de que Teseo entra en el laberinto -de la T a la S- y del laberinto de Silo se sale de la S a la T. Si el laberinto cretense simboliza la penetración del hombre en el secreto oculto, el laberinto de Silo nos lleva a un significado distinto, aunque paralelo: por -o desde- el Secreto se alcanza la luz. En este sentido, el laberinto asturiano es una invitación a resolver su sentido para alcanzar la verdad.

Oriente, que le han dado su nombre, el mandala está también presente en el mundo cristiano. Son mandalas -o principios de meditación-el crismón románico y, sobre todo, el rosetón de la catedral gótica.

Pero no es necesario llegar aún a los siglos del gótico para reconocer la figura del mandala en las representaciones religiosas cristianas. En las pinturas murales de la iglesia asturiana de Santullano -San Julián de los Prados, en Oviedo- esa figura mística está profusamente representada, y la reconstrucción de los frescos efectuada por el profesor Magín Berenguer lo ha puesto claramente al descubierto (9).

¿Qué diferencia esencial hay entre esta representación y el significado de los mandalas tibetanos?

El laberinto de Silo, de acuerdo con el orden en que están dispuestas sus letras, se nos plantea también como un mandala de meditación. Es como una invitación muda al pensamiento, para que la mente no se conforme con las apariencias inmediatas y trate de ir siempre más allá.