poco menos que una caricatura en aquellos primeros tiempos oscuros de monarquía incipiente. Forma parte de un extraño trío de soberanos, con Aurelio antes y Mauregato después, que sucedió a Fruela y que dejó en su primer impasse a la reconquista que había sido emprendida ya de modo más o menos sistemático por Alfonso I el Católico. Los tres reyes llamados «hol- gazanes» son, al mismo tiempo, los monarcas malditos que preceden -tras el breve reinado de Vermudo el Diácono- a Alfonso II el Casto, el paladín casi legendario de la lucha contra la morisma, el protegido divinal de Nuestro Señor Santiago en el hallazgo imposible de su sepulcro, el rey que hizo ciertas las palabras del marqués de Lozoya cuando afirmaba que «todo aquel que ha aspirado a fundar un imperio ha sido un gran constructor».
Entre las figuras -en cierto modo señeras y positivas- de los dos Alfonsos asturianos, Silo y los demás reyes que le rodean constituyen aún una especie de fosa tenebrosa de la historia. Se sabe tan poco de ellos que se les conoce mejor -casi- por su nombre y su leyenda que por unos hechos que, en su mayor parte, seguramente nunca llevaron a cabo. De Mauregato se dice que fue el presunto responsable del hipotético «Tributo de las Cien Doncellas», un entuerto que -siempre en el terreno de la leyenda- se cuidaría de desfazer el inmediato sucesor de Alfonso II, Ramiro I, en la mítica batalla de Clavijo y con la ayuda celestial del Apóstol Matamoros Santiago, cuya invención había tenido lugar precisamente en el reinado de su antecesor (5).
¿Y Silo, qué? Extrañamente, entre Aurelio y Mauregato, lo poco que cuen- tan de él los cronistas más inmediatos no es precisamente funesto. La Crónica de Albelda dice: «A causa de su madre, tuvo paz con España». Y al
5. La leyenda mítica del «Tributo de las Cien Doncellas» está expandida por todo el norte de España. Aunque históricamente no tiene ninguna viabilidad, parte de un rey real -Mauregato precisamente el sucesor de Silo- que, al decir de las crónicas pactó con los musulmanes la paz a cambio de un tributo anual de cien doncellas. La hipotética batalla de Clavijo, con la milagrosa aparición de Santiago, terminó con aquella infamia legendaria. Naturalmente, el mito corresponde a una tradición muy anterior e indudablemente precristiana. Tiene un paralelo con la leyenda de Teseo y el Minotauro, y este paralelo es el que hace pensar, sobre todo, que el mito hispánico corresponde a ritos protohistóricos de fertilidad, en el que un número de doncellas serían entregadas a los toros para propiciar la fertilidad de la tierra. Lo más probable es que este rito significase un acto mágico correspondiente a una enseñanza todavía anterior, pero de aquella enseñanza, conservada sólo por los ocultistas, quedaría su apariencia externa, la materialización del símbolo. Todavía hoy, varias localidades de la península conservan festejos que recuerdan el hipotético tributo: así sucede en Sorzano (Rioja) y en San Pedro Manrique (Soria). En esta última población, que fue propiedad de los templarios, se celebra anualmente, en torno al solsticio de verano, la fiesta de las Móndidas, en la cual las doncellas del pueblo recorren las calles con unos enormes «cestaños» sobre la cabeza. Los cestaños están llenos de panes y de flores, exactamente igual que en la fiesta «dos Tabuleiros» que se celebra en Tomar (Portugal). En este sentido, creo que la presencia de los templarios en ambas localidades tiene mucho que ver en la conservación de tal paralelismo.
referirse a España se está refiriendo, naturalmente, a la gran parte del territorio peninsular que estaba en manos de los musulmanes. La cita de la vieja crónica, además, parece dejar sentado que Silo era hijo de una mujer islámica. Hay incluso quien afirma que pudo tratarse de una princesa, pro- bable hermana de Abd al-Rahman I, el primer emir independiente de Al Andalus.
Silo reinó entre los años 774 y 783. Fue, en consecuencia, contemporáneo de Carlomagno y del imperial desastre de Roncesvalles, que tendría lugar hacia el año 778. Asimismo, por entonces se llevaban a cabo también las campañas aragonesas del primer emir independiente, durante las cuales se recuperó Zaragoza para el Islam. Silo fue, pues, en medio de una tierra envuelta en efervescencias guerreras, un monarca pacífico que únicamente tuvo que enfrentarse con la rebelión gallega que se había iniciado con su antecesor, y terminó con ella en la victoria del monte Cuperio, el actual Cebrero.
Casado con Adosinda, hija de Alfonso I y hermana por lo tanto de Fruela, parece ser que Silo tuvo especial interés en que se restaurase en Asturias la línea dinástica más directa, la estirpe goda de Recaredo, intentando hacer sucesor suyo al príncipe Alfonso, hijo de Fruela. Pero no lo consiguió, porque a su muerte se levantó con la corona Mauregato, bastardo de Alfonso I; el príncipe designado por Silo tuvo que refugiarse en las Bardulias -el futuro territorio del condado de Castilla, no lo olvidemos- y esperar aún ocho largos años y dos reinados para obtener la corona que le pertenecía por lógico derecho sucesorio.
Silo tuvo su corte en Pravia, donde la había trasladado su antecesor Aurelio desde Cangas de Onís, primera capital, pobre y efímera, de la monarquía astur, instaurada sesenta años antes. El nuevo rey fundó cuatro cenobios y los puso bajo el cuidado de monjes de la regla de san Fructuoso: Lucis, en Galicia; San Vicente en el lugar donde luego se levantaría Oviedo; San An- tolín, en Obona -actual concejo de Tineo-; y este Santianes de Pravia que nos ocupa ahora.