X. MANAGEMENT AND IMPLEMENTATION OF THE OPERATIONAL PROGRAMME
3 Financial Management and Control
Porcentajes de respuestas afirmativas
Hombres
Total Total 18-24 25-35 36-44 45-54 55-64 65 y más global Hombres años años años años años años
Ha seguido una dieta durante los
últimos 2 años 25 19 12 12 15 14 29 36 El motivo para hacer
la dieta fue por
razones de salud 54 66 17 28 63 58 90 89 El motivo para hacer
la dieta fue porque tenía exceso de peso
y quería adelgazar 29 18 17 42 19 33 8 8
Mujeres
Total Total 18-24 25-35 36-44 45-54 55-64 65 y más global Mujeres años años años años años años
Ha seguido una dieta durante los
últimos 2 años 25 30 29 28 23 25 33 39 El motivo para hacer
la dieta fue por
razones de salud 54 47 12 11 35 32 63 93 El motivo para hacer
la dieta fue porque tenía exceso de peso
y quería adelgazar 29 35 50 56 44 45 34 5
Fuente: Elaboración propia a partir de Estudio 2369, septiembre de 1999, Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS).
Las mujeres que ponen más empeño en ello logran sacar unas horas diarias para entrenarse en un gimnasio, las demás tienen que conformarse con una imagen frustrante de sí mismas, por una presencia física que nunca está a la altura de sus aspiraciones. El cuidado del cuerpo, en las múltiples atenciones que necesita, pasa a ser una nueva línea de trabajo para las muje- res que la suman, como una ocupación más, a la ya cargada lista que encabe- zan el trabajo y el cuidado de la casa.
«No tengo tiempo, ya no es por el trabajo, es que cuando no trabajo voy al gimnasio.»
Este comentario, que hace una joven sin hijos, representa a tantas mujeres que dedican tiempo y esfuerzo a mantenerse en forma y que dan una prioridad a este objetivo de cuidarse sobre muchos otros, en este caso, al de tener hijos, que aparece, en su escala de valores, como una cuestión que puede esperar. Prioridad no compartida por otra mujer que rechaza esta esca- la de valores.
«¡Anda que no querer tener un hijo por ir al gimnasio!»
Ante esta exclamación de una mujer que valora la maternidad por encima de la imagen corporal aparece la de una tercera, resignada, que se siente infeliz al mirarse al espejo y a través de la cual advertimos la realidad del sacrificio que pueden suponer los hijos en términos de la imagen y el cuidado físico de las mujeres.
«Yo no hago gimnasia, hay que estimular a la niña para que haga natación.»
Parecer jóvenes
El mandato social imperante es ser joven y si una no lo es, al menos parecerlo. Como consecuencia de su obligación de ser hermosas, las mujeres tienen que luchar contra las señales de la edad, ya que existe el prejuicio de asociar la vejez a la fealdad. Si en el caso de la delgadez la batalla es ardua, en el caso de la juventud la guerra está perdida de antemano. El envejeci- miento se vive como una condena ante la cual es obligatorio defenderse, al menos para retrasarlo en un ejercicio de voluntarismo un tanto absurdo. Se han multiplicado los métodos y tratamientos estéticos de elevado precio que sólo unos pocos pueden permitirse, los cosméticos de fórmulas medicinales para prevenir o hacer desaparecer las arrugas, las intervenciones de cirugía estética para reparar las marcas del tiempo sobre la piel. Es difícil entender la ilusión que se ponen en estos procesos, pero sí se comprende que esta fobia al hacerse mayor tiene dos raíces profundas, el miedo a la muerte que se anticipa en el deterioro físico y el deseo de agarrarse a la imagen juvenil
46 ■ IDENTIDAD
de la feminidad. Porque, aunque la presión por cuidarse y no envejecer tam- bién se manifiesta sobre los hombres, no tiene comparación la aceptación que la sociedad tiene respecto a la edad avanzada en hombres y en mujeres.
Este ansia de juventud entra en contradicción con los intereses de las mujeres actuales que quieren ser vistas y respetadas como adultos responsa- bles. Como explica Gil Calvo, hay una paradoja no resuelta en las mujeres que adoptan la inmadurez como estrategia de seducción y se presentan como mujer-niña ante el padre-marido arriesgando el tener que asumir una situa- ción permanente de irresponsabilidad, lo cual es una estrategia de imagen de dudoso éxito en la carrera matrimonial, pero sobre todo saboteadora de las oportunidades de éxito en la carrera de carácter laboral y profesional (Gil Calvo, 2000). La edad avanza con el desarrollo de la vida y, generalmente, tanto los hombres como las mujeres que alcanzan logros profesionales son de mayor edad. De modo que se contradicen dos de los posibles polos del éxito de las mujeres, la juventud vinculada a la belleza y los logros personales.
El miedo a no ser atractivas por el hecho de ser mujeres maduras está muy extendido y, en la medida en que la estructura de edad de la población española va envejeciendo, nos podemos preguntar hasta cuándo durará tal imagen social desajustada y creadora de tantas insatisfacciones. Bien es ver- dad que se ha prolongado enormemente el número de años hasta los que se considera que una mujer puede aparecer como atractiva; recordemos el pri- mer capítulo de la novela Lo que el viento se llevó en la que se nos presenta a la madre de la protagonista como «una anciana» de 32 años. Pero a la vez, la obsesión por la juventud y la belleza no ha hecho más que aumentar, y lo único que ocurre con este alargamiento de la época noble de la vida femeni- na es que se ha retrasado un tanto el momento considerado crítico.
«Tengo miedo a envejecer. Yo tengo obsesión, me miro en el espejo y digo ¡uy! ¡Pero si me está saliendo una cosa aquí!¡Ay, y aquí!»
Las presiones contra la vejez son tan fuertes que incluso las mujeres que no las aceptan se sienten aludidas por ellas.
«Lo del reloj biológico me revienta, ese tipo de expresiones me acompleja mucho porque yo me veo estupenda.»
Ser atractivas
El tercer mandato que tienen que obedecer las mujeres, y que va unido al concepto de feminidad como belleza, es el de ser atractivas. No hace falta querer realmente seducir a ningún hombre para estar obligadas a ser atractivas y ofrecerse, al menos simbólicamente, como objeto sexual a los hombres. Las mujeres evalúan su físico con respecto al deseo de los hombres a través de los ojos de las otras mujeres. A menudo pueden llegar a sentirse poco femeninas o incluso feas si no encajan con el deseo masculino. Las adolescentes con éxito son aquellas que despiertan admiración entre los hombres y es a través de sus pretendientes como se puntúa su belleza. Esta forma de evaluar la belleza reifica a las mujeres, las hace interiorizar cáno- nes económicos de belleza según los cuales se miran a sí mismas: valen más cuando son valoradas por los otros.
No es lo mismo ser guapa que ser atractiva pero todo va en el mismo paquete, todo depende de esa mezcla de azar y de esfuerzo que es la vida de las mujeres. Para ser atractivas, las mujeres tienen que retocar u ocultar numerosos rasgos de su fisionomía. Según las épocas y las modas se usarán los tintes, las permanentes, el maquillaje, las fajas, los rellenos, la depila- ción, quemarse al sol o mantenerse blancas a la luz de la luna, la cirugía plástica, las cremas y tratamientos, etc. El consumo de tiempo y de dinero requerido para estar guapa y ser atractiva ha sido y sigue siendo muy impor- tante.
«Ya no te queda tiempo para otras cosas, para ir a la peluquería…»
Desde pequeñas, las mujeres aprenden de sus madres las técnicas exigidas a la feminidad que muchas veces se presentan como condición ate- morizadora, ya que si no atienden a determinados cuidados constantemente, corren peligro de perder su atractivo, de ser una mujer que no sabe «sacarse partido». Esta exigencia constituye una fuente potencial de inseguridad y una enorme desventaja respecto de los hombres cuyos cuidados estéticos, aunque existen, no son tan exigentes en términos de tiempo, aprendizaje y desembolsos económicos.
El tiempo que exige el cuidado personal es una queja que manifies- tan todas las mujeres, sobre todo las mujeres con hijos, ya que es extremada-
48 ■ IDENTIDAD
mente difícil para ellas compaginar las exigencias de disponibilidad familiar y laboral con el tiempo propio. Se expresan con resignación por la falta de atención que pueden darse a sí mismas y con asombro de que otras mujeres sean capaces de, teniendo múltiples ocupaciones, presentar una imagen de sí mismas tan cuidada.
«No puede ser que tenga una vida de pareja, que tenga tantos hijos y que esté así. ¿Qué tiempo le dedica?»
La exigencia interna y externa de ser bella, la necesidad personal y la social, se añade a otras muchas exigencias que tienen las mujeres jóvenes al definir su imagen. Al sumar todas estas demandas y responsabilidades, muchas mujeres se sienten abrumadas y fragmentadas.
«La imagen que nos revierte sobre nosotras de los hombres es un poco esquizofrénica: por un lado te están diciendo que tienes que estar guapa, que tienes que trabajar en un sitio y ganar mucho dinero, que tienes que ser superinteresante para darle conversación a tu pareja, de todo ¡ y además tienes que ser madre!»
La ansiedad de llegar a cumplir con todas las imágenes sociales que se esperan de ellas, el alcanzar a ser la mujer ideal, es una pesada carga de la que reiteradamente se quejan las mujeres.
Si bien hay campos en los que la mujer está alcanzando poco a poco un cierto grado de igualdad respecto a los hombres, el cuidado de su imagen sigue siendo una sobrecarga fundamentalmente femenina.
Hay indicios de cambio respecto a esta situación, que se produce, todavía en ámbitos muy minoritarios, no por dejar de presionar a las mujeres a cuidar de su imagen física, sino por adquirir mayor relevancia el cuidado del cuerpo y la imagen masculina. De alguna manera, la extensión de las modas andróginas y de los productos de belleza para hombres señalan una equipa- ración en este terreno.
«El otro día leí un artículo de Tom Ford, que es el diseñador de Gucci, un americano; decía que cada vez está haciendo más moda unisex porque el hombre se está acercando a la mujer y la mujer al hombre.»
La respuesta a estos cambios es ambivalente. Las mujeres se encuen- tran algo desorientadas ante un fenómeno que por un lado puede reducir la ventaja comparativa de los hombres, puede ponerles en igualdad de condi- ciones, pero muchas de ellas se sienten sorprendidas porque, en el fondo, tie- nen asimilados los criterios de belleza y cuidado personal a su propia ima- gen femenina.
Las mujeres más clásicas pueden ser las más reacias a aceptar este cambio en la estética masculina dado que su identidad está basada en la feminidad diferencial. Las mujeres ancladas en estereotipos tradicionales de la feminidad y la masculinidad difícilmente pueden aceptar la transgresión estética que supone este acercamiento.
«Cuidan más de su imagen muchísimo, también exageradamente.» «Los gimnasios, las cremas, ves anuncios de cremas hidratantes que antes era impensable. ¡Tratamientos de belleza!»
50 ■ INDEPENDENCIA
II. Independencia
El logro de la independencia es, sin duda, un elemento imprescindi- ble para lograr la plena identidad; no sólo ser sino sentirse independientes. Romper las ataduras con los más cercanos como la familia o, a lo largo de la vida de pareja, lograr un espacio propio es, según hemos visto a lo largo de este estudio, una aspiración en la que coinciden la mayoría de las mujeres que en él han participado.
Puede ser una percepción subjetiva que se transforma en una realidad y que lleva a una autonomía total en la manera de vivir o que acompaña como un sentimiento propio, a veces incluso no confesado, a las mujeres en la convivencia con los demás. No se trata de no poder convivir sino de no sentir en el interior de una misma las imposiciones de la convivencia como una restricción de la propia libertad. Es más, es más fácil ceder en la convi- vencia, negociar y compartir, si esto no se vive como un deber sino como una generosidad que emerge de la propia independencia. Alcanzar a lo largo de la vida este sentimiento supone el logro de una meta de la que no es posi- ble la vuelta atrás, porque la independencia es el sentimiento más cercano a la libertad.
Sin embargo, el ser independiente, llevado al terreno de la vida real, es una de las expectativas a las que las mujeres encuentran los impedimentos más fuertes. Para que sus deseos de vida autónoma sean realizables la media- ción de la formación y el trabajo son irrenunciables. De todos los condicio- nante el prioritario es la formación, porque es inseparable del acceso al mun-
do laboral, que llevará a la independencia económica. Este requisito laboral es lo que expresaba de una forma algo brutal el movimiento feminista de los años 70, cuando las mujeres exhibían en sus pancartas el siguiente eslogan: «a una mujer que trabaja el marido no la pega dos veces». Este es un grito que refleja con crudeza la situación de muchas mujeres, que no parece haber mejorado en paralelo con la evolución social y la bonanza económica de los países más desarrollados.
El mundo del trabajo, en nuestra sociedad, es inaccesible a las perso- nas no preparadas o con un nivel mínimo de educación. Las exigencias edu- cativas son cada vez mayores para cualquier individuo que aspire a un puesto de trabajo, y se acentúan en el caso de las mujeres, que arrastran todavía consigo la barrera histórica de la discriminación de género como punto de partida. Durante siglos, y por el solo hecho de ser mujeres, han estado aleja- das de los recursos educativos ofrecidos por la sociedad, reduciendo su acti- vidad a las ocupaciones domésticas y familiares. Hay que señalar que de todo esto no se debería hablar sólo en pasado porque sigue siendo una reali- dad vigente para buena parte de las mujeres en numerosos países en vías de desarrollo. Tanto es así que, hoy en día, se considera que todos los logros de un nivel razonable de desarrollo económico pasan ineludiblemente por la educación de las mujeres.
En relación con nuestro estudio, analizaremos en este apartado el tema de la educación referido únicamente a las mujeres de nuestro entorno cultural. Hablaremos del marco europeo, en el que se presenta la situación de las mujeres españolas, y de su evolución en estas últimas décadas como un ejemplo significativo de la estrecha relación entre desarrollo económico y aumento de las oportunidades de educación de las mujeres.