X. MANAGEMENT AND IMPLEMENTATION OF THE OPERATIONAL PROGRAMME
4 Management and Information system
Razón Ambos sexos Mujeres Hombres
Hombres/Mujeres
Analfabetas/os 28,80 36,80 21,20 0,58 Sin estudios 20,20 22,90 18,70 0,82 Estudios primarios 14,30 21,40 11,00 0,51 Estudios secundarios o medios 16,60 24,90 10,90 0,44 Estudios técnico profesionales medios 17,50 25,80 10,30 0,40 Estudios superiores 13,20 18,90 8,10 0,43 Estudios técnicoprofesionales superiores 14,70 23,60 8,60 0,36
Total 15,40 22,40 10,80 0,48
Fuente: Elaboración propia a partir de datos de la Encuesta de Población Activa, IV trimestre, Instituto Nacional de Estadística.
Esta desventaja de las credenciales educativas de las mujeres es a la vez un hándicap y un acicate para las más jóvenes, que saben que, aunque con mayores dificultades, su única forma de superar la competencia desleal del mercado de trabajo es aumentar su formación. Aumentar los estudios, la capacitación, el entrenamiento y el conocimiento de tecnologías es la única forma de realizar los beneficios de sus esfuerzos educativos.
La motivación hacia los estudios
A la hora de entender la motivación hacia los estudios de buena parte de las mujeres jóvenes nos preguntamos si no se buscan también en la edu- cación otros objetivos, además del más inmediato y pragmático de encontrar un empleo. Sobre todo, teniendo en cuenta las dificultades que impone la realidad laboral. ¿Es siempre la educación una inversión o puede verse tam- bién como una forma de enriquecimiento personal?
Con respecto a los beneficios o ventajas sociales que la educación puede procurar hay una gran diversidad de posiciones individuales. Como respuesta a las dificultades crecientes de traducir en resultados el capital humano acumulado y, por lo tanto, en cuanto a las estrategias formativas y con respecto al valor de la educación, se pueden distinguir una serie de posi- ciones que encontramos entre nuestros grupos de mujeres. Todas valoran el
capital humano que la educación produce, pero para unas este tiene funda- mentalmente un valor de cambio, mientras que para otras predomina el valor de uso del mismo. Estas actitudes van a explicar sus estrategias educativas y, en cierta manera, nos ayudan a entender la gran cantidad de mujeres que eli- gen las opciones denominadas «blandas» entre los estudios superiores.
Por una parte hay un grupo de mujeres con una actitud decididamen- te instrumental respecto a la educación; éstas son aquellas que consideran los períodos formativos como un paso necesario para llegar a una determina- da posición en el mundo laboral. Lo que las motiva es la idea de conseguir un empleo estable, y a ser posible bien retribuido, para contar con una cierta estabilidad económica. Más que el contenido del oficio «en sí», están intere- sadas en el estatus y las ventajas económicas del mismo. Asimismo, el reco- nocimiento social es muy importante. Este tipo de actitud, que es muy fre- cuente, no se manifiesta abiertamente; se critica en cuanto contradice un modelo con valor en alza que separa el estatus profesional y la intensidad laboral de la calidad de vida. Este modelo correspondería además a un este- reotipo negativo y considerado masculino en cuanto a la forma de orientar sus estudios.
«No se educa la vocación, sólo se fomenta el estatus. Tienes que hacer una ingeniería y luego hay más fracasos porque los chavales no han conseguido el título o porque el trabajo no les gusta.»
Hay, sin embargo, un grupo muy amplio de mujeres que ven los estu- dios como un fin en sí mismo, una manera de enriquecerse como personas, de ampliar sus conocimientos y satisfacer inquietudes intelectuales. Escogen carreras de tipo más humanístico, aunque posteriormente se les vuelve en contra, ya que es más probable que encuentren obstáculos a la hora de ejercer una profesión. Ello se produce a pesar de que saben que en el mundo laboral se ofrecen más oportunidades a técnicos especializados en parcelas muy con- cretas de la producción, saberes aplicados que no requieren una cultura am- plia, sino unas habilidades específicas. Así, al hablar de la experiencia educa- tiva, una mujer lo expresa de la siguiente forma:
«Estudias antropología y puede enriquecerte mucho, pero no sirve para el mundo en el que estamos viviendo.»
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Lo que no está claro es cuál será la decisión más inteligente. Algunas mujeres de nuestro estudio cuentan incluso que cambiaron su estrategia edu- cativa cuando se dieron cuenta de cómo funcionaba el mercado de trabajo. Emprendieron un camino distinto respondiendo de forma vocacional justa- mente al comprender que la vía más pragmática era mucho más difícil para las mujeres. Ellas estudiaron en un principio buscando salidas ocupaciona- les, pero en un momento dado se arriesgaron a dar un giro a sus vidas y optaron por reciclarse en aquello que realmente les gustaba.
Algunas de estas mujeres ven, con el tiempo, que han asumido riesgos y valoran su profesión con especial ahínco, al sentir que realmente han dirigi- do sus vidas libremente retando al mercado de trabajo. Han tenido que renun- ciar a la perspectiva de unos ingresos constantes y a un futuro asegurado.
«Soy de Valencia, estaba estudiando diseño gráfico y estaba en el último curso, a punto de acabar. Dije, esto no es lo mío, me voy a Barcelona a estudiar restauración.»
«Yo estudié administrativa, quería estudiar diseño artístico, pero parecía una locura total. Empecé a trabajar de administrativa. Estuve años, la verdad es que estaba hasta el moño porque no era lo mío. Y salía de tra- bajar y me iba a estudiar lo que a mí me gustaba, que era diseño.»
No es posible extrapolar estos ejemplos a la situación general y podríamos decir que la mayor parte de las mujeres se sitúan en un lugar intermedio entre ambos polos, buscando un punto de equilibrio entre lo que quieren estudiar y lo que piensan que les facilitará mejor la inserción laboral. Por otra parte, son numerosos los casos en los que la inquietud por la seguridad económica es secundaria, ya que dentro de su horizonte vital, al menos inconscientemente, late la esperanza del apoyo de sus padres o de sus parejas. En la mayoría de los casos todavía, en la sociedad española, los que más aportan a los ingresos familiares siguen siendo los varones, y por tanto son razonables las expectativas de las mujeres de que sus parejas hagan de soporte económico. Esto incentiva que la formación de las mujeres sea más vocacional, que estudien carreras interesantes y elijan profesiones más apete- cibles para ellas. En cierta forma esto es un resultado reconvertido en la causa de lo que originariamente lo produjo. Las mujeres tienen mayores dificultades
de empleo porque al final se casarán, y como se van a casar no merecen bue- nos sueldos, porque no necesitarán tanto los ingresos. A la vez que, al saber que ni su empleo es tan seguro ni su sueldo será nunca tan alto, no se les empuja a que se tomen tan en serio su inserción laboral como los hombres.
Pero el proceso de cambio es imparable. De entrada va desapareciendo la idea del matrimonio como seguro económico para el futuro y, aún entre aquellas que puedan contar con una familia que pueda respaldarlas económi- camente, cada vez las mujeres son más escépticas respecto al carácter durade- ro del mantenimiento económico dependiente del marido o del padre. Por ello, aunque anticipen que serán dos para hacer frente económicamente al futuro, el equilibrio siempre se debate entre la utilidad y el placer de los estudios.
«Estudiar algo que te guste y bueno, que ganes un dinero, pero no tienes que estudiar para ganar mucho dinero.»
La formación como reciclaje
Otra cuestión importante, en relación con la valoración que las muje- res hacen del capital humano, es el sentido que dan a lo largo de su vida laboral, a la educación permanente. Las mujeres consideran la formación continua como un reto personal estimulante. Advertimos una sintonía de inquietudes acerca de la rapidez con la que se producen los cambios en nues- tra sociedad en tanto en cuanto se muestran interesadas y abiertas a las nue- vas formas de aprender, a la necesidad de seguir fomándose.
Seguramente es un rasgo general de la juventud actual. En un mundo de integración global de comunicaciones y de mercados, en el que se produce una rápida innovación tecnológica, el trabajo deja de ser una tarea estableci- da y es preciso formarse continuamente para estar a la altura de los cambios continuos. La formación como reciclaje y como imperativo de renovación tienen algo de voluntario pero también de ineludible para seguir siendo com- petitivas o incluso para conservar el puesto de trabajo.
Las mujeres han entrado en este circuito con un interés muy particu- lar, es necesario recuperar el tiempo desaprovechado y duplicar esfuerzos para situarse en igualdad de condiciones del entorno que les rodea.
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«A mí me gusta conocer cosas y no quedarme atrás. No a costa de lo que hago, sino como algo más para ir creciendo tu misma.»
«Es importante seguir formándote para tener un poco de tranquili- dad.»
En contrapartida, otras mujeres sienten el reto del aprendizaje cons- tante como una barrera insuperable y muestran una actitud más resigna- da, menos entusiasta, ante el imperativo de formación continua impuesto por las circunstancias. No es que infravaloren la formación, más bien al contra- rio, pero apenas encuentran espacio en sus vidas para asumir esas nuevas demandas.
La formación continua es una tarea más que se une a sus ya ajetrea- das vidas y la perciben en su dimensión más negativa, como obligación que no queda más remedio que asumir para conservar el empleo o para estar al día en el ambiente laboral.
«No quedarme obsoleta en el mundo en que vivimos. Eso significa no dejar los libros a un lado y empieza a estar en contraposición con el resto de cosas que tienes que hacer, porque ahora estamos en la era de la informáti- ca, en el mundo de Internet, tienes que sacar informes, tienes que aprender, aprender, cuanto más sepas, mejor, y eso es difícil. Eso es lo que me preocu- pa, el reciclaje.»
La presión de la formación continua la acusan las mujeres con mucha fuerza y desencadena posiciones antagónicas: es un acicate para la supera- ción, o un pesado lastre. Se convierte en un proceso constante con sus avan- ces y retrocesos, sus idas y venidas para tomar impulso y volver al ruedo una y otra vez.
Educación, matrimonio y familia
Con esta nueva mentalidad de estudio y preparación para el futuro cambia radicalmente la visión que las mujeres tienen de lo que significa el matrimonio y la familia. La formación tiene su continuación en el empleo y el casarse y tener hijos no puede ser la ocasión de echar a rodar todos sus esfuer- zos educativos.
«Ahora las mujeres se han formado, antes no se formaban tanto. Actualmente crees que no has estudiado para estar en casa.»
«Me he formado, tengo una carrera, tengo una profesión, ahora estoy estudiando un master, no voy a pretender quedarme en casa.»
El hecho de haber invertido en educación condiciona mucho las opcio- nes posteriores de las mujeres, sobre todo porque desechan la idea de quedarse en casa dedicándose solamente a cuidar de la familia. Los datos reflejan que hay una relación directa y proporcional entre el nivel de estudios de las muje- res y su inclinación a tener hijos. «En el grupo de mujeres de 25 a 34 años, que actualmente es el de máxima fecundidad, las que son analfabetas tienen de media 3,13 hijos, las que no tienen estudios 1,57, las que tienen estudios pri- marios 1,36, y así va descendiendo hasta las mujeres con estudios superiores que tienen 0,33 hijos de media» (Encuesta de Fecundidad, INE 1999).
La idea de tener hijos, y las dificultades que éstos suponen en el cam- po laboral, coloca a las mujeres en una disyuntiva específica de su género. No quieren renunciar al esfuerzo de años de estudio, pero son conscientes de las dificultades de continuar combinando trabajo y vida personal:
«¿Para eso he estudiado?»
La respuesta es muy diversa: en unos casos se intenta seguir con el trabajo y posponer la maternidad, en otros se procura seguir adelante con todo, tratar de hacer compatible su trabajo con los hijos, y en algunos casos se rinden ante las dificultades, por lo menos por un tiempo.
Esta variedad de respuestas están directamente relacionadas con su esfuerzo educativo: cuanto más hayan invertido en educación, más se resis- ten a abandonar su trabajo. Incluso cuando la maternidad se presenta cuando se encuentran todavía en proceso de formación, muchas intentarán a toda costa terminar los estudios, pese a las evidentes dificultades que ello plantea.
«Me quedé embarazada siendo estudiante. Seguí la carrera, la acabé».
El debate acerca de la compatibilidad entre el empleo y la materni- dad está actualmente en uno de sus puntos más álgidos. Socialmente se ha superado la idea de que hay que optar aunque, de hecho, muchas mujeres jóvenes se ven obligadas a hacerlo. Pero la asunción social del tema está
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actualmente en la conciliación. Lo que sin embargo está claramente supera- do es la disyuntiva entre educación y matrimonio. La idea dominante es la de que los estudios van por delante, no sólo que todas las mujeres deben for- marse sino que, además eso debe ser previo al matrimonio. Lo más común es que las mujeres antepongan sus estudios al matrimonio y, puesto que hoy en día las estrategias educativas son cada vez más ambiciosas, se alarga con- siderablemente el período estudiantil, durante el cual se pospone el matrimo- nio y la maternidad.
Este es uno de los factores que más ha influido en los nuevos patrones de vida de las mujeres españolas, que han retrasado la edad de casarse y, como consecuencia de ello, también la edad de tener hijos. Considerando el universo total de mujeres, esta tendencia se incrementa aún más entre las mujeres alta- mente cualificadas. Ellas son las que más retrasan el matrimonio y la materni- dad. La educación superior femenina va unida a tener el primer hijo a una edad más tardía.
«Yo creo que no puedo embarazarme, porque estoy en el posgrado y creo que en el fondo quiero algo mío, algo propio.»
En las raíces de toda esta evolución late el valor que se le otorga a la educación. Hoy en día se considera como algo fundamental del individuo, como parte de su identidad y como instrumento básico de su independencia personal en el futuro.