4 Materials and methods
4.1 Study subjects
4.1.1 Finnish study samples
Una extraña entre nosotros
Jane Fonda, la contestataria, dio la gran sorpresa el 21 de diciembre de 1991, día de su quincuagésimo cuarto cumpleaños, al dejar el cine para convertirse en esposa modelo de Ted Turner; caballero conservador del sur, magnate de la comunicación y símbolo del capitalismo norteamericano. Ni sus detractores más acérrimos hubieran imaginado tal futuro para la muchacha radical que provocó en los años setenta la ira de Estados Unidos al visitar Vietnam del Norte, apoyando así al peor enemigo de su país.
«Hanoi Jane» y «sucia comunista» fueron los dos piropos más suaves que le dedicaron sus compatriotas cuando regresó a casa después de pasar dos semanas en ese territorio asiático, bajo control comunista del Vietcong. Algunos parlamentarios y parte de la prensa exigieron que fuera procesada por traición. Unos sugerían que había que fusilarla; otros, que ahorcarla. Los más benevolentes se conformaban con arrancarle la lengua, y los hubo que sugirieron darla de alimento a las ballenas.
Era difícil digerir que la hija del mítico Henry Fonda, el actor que encarnó los ideales del pueblo norteamericano en filmes como El joven Lincoln y Doce hombres sin piedad, les había traicionado, pero los hechos estaban ahí. El 8 de julio de 1972, cuando
Estados Unidos llevaba once años de guerra encubierta en Vietnam y su ejército había sufrido ya 50 000 bajas, Jane, que acababa de ganar su primer Oscar con Klute, llegó a Hanoi, capital de la zona comunista del país.
Lo hizo en un vuelo de Aeroflot, línea aérea soviética, bajo el apelativo de Jane Seymour Plemiannikov, que parecía inventado para la ocasión. Era, en realidad, su apellido de casada, ya que aún no se había divorciado del director francés Roger Vadim, de origen ruso. Con ella viajaba el ex ministro de Justicia Ramsey Clark, con el que dio una rueda de prensa, junto a varios soldados norteamericanos prisioneros, obligados a asistir al acto por sus captores, bajo amenazas y torturas.
No se contentó con sus declaraciones a favor de la causa norvietnamita, con entrevistarse con altos cargos del gobierno comunista, con negar los malos tratos a los prisioneros y con fotografiarse, con casco, subida a una batería antiaérea de las usadas contra la aviación de su país. Además, arengó por radio a las tropas norteamericanas para que desertaran; algo comparable, para algunos, a que Betty Grable, la estrella más popular entre los soldados norteamericanos hubiera enviado mensajes nazis desde Berlín durante la Segunda Guerra Mundial.
«Soy Jane Fonda y os hablo desde Hanoi», empezaba sus charlas, con una fórmula semejante a la utilizada por «Rosa de Tokio», la locutora japonesa nacida en Estados Unidos (fueron, en realidad, varias distintas bajo el mismo seudónimo) que en los años cuarenta minaba la moral de los combatientes aliados en el Pacífico con sus emisiones de radio. Como ella, la actriz se dirigía a unidades concretas, por su nombre y mencionando los lugares en los que estaban combatiendo.
La actriz estaba convencida de lo que hacía y actuó de buena fe, pero su gesto causó heridas tan profundas que mucha gente jamás la ha perdonado. Dieciséis años más tarde, en 1988, aún tuvo problemas con asociaciones de excombatientes locales cuando fue a
Waterbury (Connecticut), a rodar Cartas a Iris. Lo más curioso es que en su día se libró de represalias gracias al pequeño detalle, que muchos olvidan, de que Estados Unidos nunca estuvo, legalmente, en guerra con Vietnam.
Las diferencias de Jane con las autoridades habían comenzado algo antes, cuando vivía en París con Roger Vadim. Los sucesos de mayo del 68 cambiaron su visión del mundo y le decidieron a entregarse a todo tipo de causas nobles, como el feminismo, la lucha de los indios norteamericanos y denunciar la injusticia de la guerra de Vietnam. Su fama daba resonancia a lo que hacía, y la policía, el FBI y la CIA la vigilaron durante años, pasándole factura a la menor ocasión.
La detuvieron, por ejemplo, en marzo de 1970 en Fort Lawton, en una
manifestación de protesta del Movimiento Indio Americano. Más grave fue su siguiente arresto, en noviembre de ese mismo año, en el aeropuerto internacional de Hopkins, en Cleveland (Ohio), donde la acusaron de tráfico de drogas y de agredir a un policía que no la dejaba entrar en el baño. En el juicio se probó que los estupefacientes eran medicamentos para los que tenía la receta preceptiva y se retiraron los cargos.
Su activismo político fue sólo una de las sorpresas que dio la hija de Henry Fonda y Francés Seymour Brokaw, segunda de sus cinco esposas. Ésta tenía otra hija de un
matrimonio anterior y soñaba con un varón. En su lugar, dio a luz a Jane, por la que nunca sintió demasiado afecto. Sobre todo a partir del nacimiento de su hermano menor, Peter, padre de Bridget Fonda, que optó al Oscar al mejor actor por El oro de Clises (1997), película que relanzó su lánguida carrera.
naturaleza y se comportaba como un chicazo. «Quería ser como yo. —Presumía su padre —. A los cinco años montaba mis caballos y me ayudaba a arar el huerto. Era muy
masculina. Creí que se le pasaría cuando fuera al colegio y empezara a interesarse por los chicos. Pero lo que ocurrió entonces fue que se dedicó aún más a los caballos. Una vez le dije: “Creo que terminarás casándote con un caballo.”»
La infancia de la pequeña fue bastante menos idílica de lo que cabría pensar por las palabras de su padre. De hecho, en esos años se gestaron sus carencias emocionales, causa de la serie de cambios radicales que han marcado su vida. Henry Fonda no fue una gran ayuda para sus penas. Se había criado en el Medio Oeste, la América profunda, y más que amor trató de inculcar a su prole los valores de austeridad que le enseñaron de niño, entre los que no había lugar para los sentimientos.
Los problemas conyugales (Henry era un conquistador impenitente) acabaron con el equilibrio mental de su esposa Frances, que fue ingresada en una residencia. Allí, en un descuido, se suicidó cortándose el cuello con una cuchilla de afeitar. Su padre les contó a sus hijos que su madre había sufrido un ataque cardiaco. Al saber la verdad, Peter, que tenía ocho años, se disparó un tiro. La bala le atravesó el hígado y un riñón, y se alojó cerca de la médula espinal.
«Entró en la habitación del hospital muy enfadado —recordaba Peter— y me dijo: “Me has estropeado la luna de miel.”» Henry se había vuelto a casar a los ocho meses del suicidio de su mujer. Jane reaccionó de modo más discreto pero no menos destructivo que su hermano. Cayó en una dependencia compulsiva de la comida y la bulimia la atormentó veintitrés años, en los que abusó de los diuréticos, para eliminar líquidos, y de las
anfetaminas, para no tener sensación de hambre.
Lo superó en 1974, después de nacer su segundo hijo, Troy, pero no quiso hablar de ello en público hasta 1985, preocupada por el número cada vez mayor de muchachas que padecían el problema: «Me encantaba comer, pero quería estar delgada. Comía y vomitaba de quince a veinte veces al día. Era capaz de vaciar la nevera. Esta enfermedad no sólo debilita el organismo, sino que altera el equilibrio psicológico. Algunas mujeres padecen bulimia intermitente. En mi caso era crónica.»
Su carrera, que después del escándalo de Hanoi parecía más difícil de recuperar que su salud, se salvó gracias a la propia historia. La vergonzosa caída de la administración Nixon y el fin de aquella guerra le dieron, en parte, la razón y evitaron males mayores. Su preocupación por el conflicto se vio recompensada al final con un segundo Oscar, por El regreso (1978), una de las primeras películas que afrontaron la tragedia de la reinserción de los veteranos del Vietnam.
La batalla que Jane Fonda libró para ser aceptada en Hollywood no fue tampoco ninguna broma. Pocas estrellas han mudado tantas veces de piel como ella, que deja en pañales a Madonna en el arte de provocar. No hay que olvidar que, sólo cuatro años antes de que fuera a Hanoi, había adquirido la categoría de símbolo sexual internacional con las aventuras erótico-futuristas de Barbarella (1968), dirigida por Roger Vadim, en la que hacía un sugerente striptease.
Sí, antes de hacerse activista política, la hija rebelde de Henry Fonda ya había dado la nota frívola en París, donde fue a rodar Los felinos (1964) con Alain Delon, para huir de la influencia familiar. En la rueda de prensa que ofreció al llegar al Viejo Continente, predijo: «Sin duda, me enamoraré de Delon porque sólo interpreto bien escenas de amor cuando quiero a mi pareja.» Su relación con el galán provocó algún altercado con Romy Schneider, su novia, pero no llegó a más.
El verdadero amor que la actriz halló en Francia fue el de Roger Vadim, descubridor de Brigitte Bardot, con la que estuvo casado, y el ex amante de Catherine Deneuve, con la que acababa de tener un hijo. Era inevitable que un seductor como él se interesara por una mujer de su belleza, que, además, podía abrirle las puertas del cine americano. Lo suyo fue amor a primera vista, que acabó en una precipitada boda en agosto de 1965; lo que no quiere decir que su relación fuera monógama.
«Después de tres años de vivir con Jane. —Reconocía Vadim en sus memorias, Bardot, Deneuve, Fonda (Planeta, 1987)—, me convencí de que la solución era la libertad sexual basada en la honradez recíproca. Cuando hacía el amor a otra mujer, se lo decía a Jane. Con el tiempo, llegué más lejos. Llevé a casa a algunas de mis conquistas, a veces incluso a nuestra cama… Ella no se permitía escapadas extramatrimoniales.» Tuvieron una hija, Vanessa, que se quedó con el padre tras su divorcio.
En los años ochenta, superada su etapa contestataria, le dio un nuevo giro a su vida. Se reconcilió con su progenitor en el filme En el estanque dorado, en el que, gracias al diálogo, padre e hija se dijeron «te quiero» por primera vez. Ella, además, montó su negocio millonario de gimnasios y vídeos para mantener la forma. En los noventa, en cambio, olvidó sus consejos sobre vida sana y se hizo la cirugía estética en los párpados, el pecho y se quitó unas costillas para realzar su cintura.
La última sorpresa, para algunos traición, de esta mujer camaleón fue casarse con Ted Turner, el mayor terrateniente de Estados Unidos. Se ha integrado tan bien en su papel que desmontó su productora (con la que hizo Gringo viejo), se desvinculó del imperio de vídeos y gimnasios, y renunció a la vida social. «¿Qué fue de Hanoi Jane?, —se preguntó la prensa—. Siempre me ha maravillado la gente que no siendo joven sigue cambiando — respondió—. No es fácil.» Desde luego, nadie lo sabe mejor que Jane Fonda.