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Population structure in genetic studies of complex traits

2 Review of the Literature

2.4 Population structure in genetic studies of complex traits

Por un puñado de dólares

La perseverancia es una virtud y el mejor antídoto contra el rechazo y el fracaso, tan usuales en el cine. Sondra Locke puede no ser una gran actriz ni la mejor de las directoras, pero es una mujer constante. Clint Eastwood, su amante durante trece años, cegado por su propia arrogancia, no lo comprendió a tiempo. Su obstinación le costó un precio muy alto,

en dólares, al perder, en septiembre de 1996, la batalla legal que enfrentaba a la pareja desde su ruptura, en 1989.

Eastwood nunca ha sido el más delicado de los hombres, sobre todo para poner fin a sus romances, pero con Sondra se superó a sí mismo. Esperó a que ella se fuera por la mañana al estudio, la Warner, donde rodaba Impulse, su segundo filme como directora, y aprovechando su ausencia cambió todas las cerraduras de la casa que compartían. Luego empaquetó sus pertenencias y las envió a un guardamuebles. Lo peor es que no se tomó, siquiera, la molestia de advertirla a ella.

Se limitó a remitirle una nota a casa de Gordon Anderson, el marido de Sondra. Sí, la actriz estaba casada; aunque de un modo más espiritual que material. Su esposo era un antiguo compañero de colegio, homosexual declarado, con el que contrajo matrimonio en 1968, movida por un sentimiento profundo de amistad. Juntos se iniciaron en el espectáculo y recorrieron el difícil camino desde su pueblo, Shelbyville (Tennessee). —Donde nació ella el 27 de mayo de 1947—, en el sur del país, hasta Hollywood.

Su relación fue siempre envidiable, a pesar de llevar vidas sexuales independientes; o quizá, precisamente, por eso. Él actuaba de confidente y ella como su protectora. Hasta el extremo de convencer a Clint Eastwood, al que nunca pareció importarle esta situación, para que comprara una casa en la que pudiese vivir Gordon; o lo que es lo mismo, el marido de su amante. A esa dirección fue, precisamente, a la que llegó el mensaje del actor aquel fatídico 10 de abril de 1989.

Gordon, atemorizado, llamó a Sondra al plato, en plena filmación. «Me era imposible creer que hubiera llegado tan lejos», reconoció ella en The Good, the Bad and the Very Ugly (William Morrow, 1997), unas memorias por las que cobró unos 750 000 dólares y cuyo único interés reside en las confidencias que cuenta sobre Eastwood. «Colgué —añade— y salí a donde el equipo aguardaba mis órdenes… Lo último que recuerdo fue la sensación de que me hundía en lodo blando y, luego, perdí el conocimiento.»

El sentimiento de ensueño quizá fue parecido al que tuvo trece años antes; la primera vez que hizo el amor con Eastwood. —Que mide 1,92 metros de altura, frente a su 1,62—, cuando rodaban El fuera de la ley, en 1975. «Me tomó en sus brazos y me besó con suavidad —recordaba—. Luego, me alzó como un caballero portando a su dama, y me llevó a la cama… y a pesar de su tamaño. —Es de suponer que alude a la altura— y fuerza, fue dulce y atento, aun siendo un amante apasionado.»

Su opinión sobre el que un día fue su príncipe azul va cambiando según avanzan las páginas del libro, hasta llegar a la conclusión de que era un amante aburrido y rutinario. La obligaba a llamarle «Papi. —Y solía preguntarle—: ¿Cariño, ya te has limpiado los

dientes?», como preludio de sus encuentros amorosos. Eastwood no se molestó en rebatir las opiniones que su ex amante emite en la obra. Sólo uno de los representantes del actor se limitó a zanjar dudas con un «No estamos interesados en ese libro».

Sondra llegó a Hollywood después de ser elegida para interpretar el papel femenino en The Heart is a Lonely Hunter (1968), dentro de una campaña nacional promovida por la Warner para buscar nuevos talentos. Sus inicios no pudieron ser más prometedores, ya que incluso optó al Oscar como mejor actriz de reparto por ese papel. El tiempo no confirmó, sin embargo, las expectativas iniciales, y para cuando encontró a Eastwood tenía ya veintiocho años y una carrera que no despegaba.

Había un pequeño problema para que su idilio prosperara: ambos estaban casados y no, precisamente, entre sí. El caso de ella era aparte, porque al ser casi desconocida, a nadie le importaba demasiado. Además, su atípico matrimonio, que nunca llegó a romper, no le

suponía ningún obstáculo para hacer lo que quisiera. Salvo pasar de nuevo por la vicaría, que no era, desde luego, el caso. El conflicto lo planteaban los más de veinte años de matrimonio de él con Margaret Johnson.

Se habían casado en 1953, justo cuando él comenzó su trayectoria en el cine, y tenían dos hijos, Kyle, nacido en 1968, y Alison (que trabajó con su padre en Medianoche en el jardín del bien y del mal), en 1972. La situación se mantuvo en secreto durante algún tiempo, hasta que la popular revista People — un equivalente norteamericano del ¡Hola!— sacó a la luz el romance en su portada del 13 de febrero de 1978, dentro de la campaña de promoción de Ruta suicida, segunda película juntos de Clint y Sondra; lo que dio un vuelco a sus vidas.

Él se separó de Margaret en 1979, aunque ésta no solicitó el divorció hasta 1984. La pareja llegó a un acuerdo privado, cuyo contenido jamás se dio a conocer, si bien se estima que dividieron su fortuna y que a ella le correspondieron la casa en la que vivían y una cantidad en metálico que pudo oscilar, según las fuentes, entre los 20 y los 25 millones de dólares. Los hijos se quedaron a vivir con su madre, pero ambos compartieron su custodia y siguieron siendo buenos amigos.

Los años que Sondra Locke pasó con Eastwood y la media docena de películas que protagonizó con él no la convirtieron en estrella, pero sí le permitieron, al menos, disfrutar del espejismo del éxito, como si fuera propio. Vacaciones de ensueño, viajes en el avión privado de la Warner y un círculo de amigos que incluía a Arnold Schwarzenegger, su mujer María Schriver y el matrimonio de productores Richard y Lili Zanuck. Un mundo que se esfumó en cuanto Eastwood salió de su vida.

Las maniobras del actor, al cambiar las llaves de la casa y enviar sus cosas al domicilio de su marido sin previo aviso, iban encaminadas a crear la ficción de que nunca llegaron a formar una pareja estable. Su fin no era otro que privar de fundamento cualquier pretensión legal de Sondra para reclamar nada, por los años de convivencia rota de modo unilateral. En su afán de acumular pruebas, llegó a «pinchar» los teléfonos de la casa semanas antes de la ruptura, para controlarlo todo.

Las diferencias entre los amantes habían comenzado en 1986, cuando ella debutó como directora con Ratboy, película patrocinada por Malpaso, la productora de Eastwood, y apoyada por la Warner, el estudio con el que trabaja el actor desde hace muchos años. «No se comportaba como un productor con su director —se quejó la realizadora—, sino más bien como un padre intentando controlar a su hija adolescente que quiere andar por su propio camino.» La cinta se distribuyó muy mal.

Hubo otro factor que precipitó la separación. Clint se había enamorado en 1988 de la actriz Francés Fisher, durante la filmación de El Cadillac rosa. Ella ocupó el lugar de Sondra. Protagonizó Sin perdón, con él, y le dio una hija en 1993, Francesca Ruth. Todo eso no bastó para retenerlo, mucho menos para llevarlo al altar, como todo el mundo daba por hecho que ocurriría. En cambio, la dejó por la periodista Dina Ruiz, con la que se casó en 1996, y tuvo otra niña, Morgan.

Clint Eastwood ha sido toda su vida un solitario y un hombre de pocas palabras, como sus personajes, que ha puesto todo su empeño en mantener su intimidad fuera de la curiosidad del público. Por eso, lo que más le dolió de la demanda que presentó Sondra Locke en 1989 fue que propició que salieran a la luz otros tres hijos ilegítimos suyos, de los que nadie había sabido nada hasta entonces; así como sus romances secretos, de años, con las dos mujeres con las que los tuvo.

cuya madre, la actriz Roxanne Tunis, había conocido en 1959, cuando grababa la teleserie Rawhide, que le hizo popular en Estados Unidos. Ni que decir tiene que durante los años que pasó con Roxanne ya estaba casado con Margaret y que las alternaba a ambas en su cama. Por cierto, se supo también que ya era abuelo, algo que no debió hacerle feliz, porque Kimber le había dado su primer nieto, Clinton.

También un periodista fue el que halló sus otros dos hijos secretos: un chico, Scott, nacido en 1986, y una niña, Kathryn, en 1988, con la azafata de vuelo Jacelyn «Jackie» Ann Reeves, a la que compró una casa en Carmel, el pueblo en el que reside y del que fue alcalde a mediados de los años ochenta. Lo más humillante para Sondra Locke no fue saber que el hombre que amaba le fue infiel durante años, sino que había tenido hijos con otras mientras que a ella no se lo permitió.

Al principio, Sondra le propuso a Clint que le diera 1,3 millones de dólares a lo largo de siete años y la propiedad de la casa en la que habían convivido y, también, de la casa en la que vivía su marido, Gordon. Al no conseguir nada, salvo el ataque frontal del actor, presentó una demanda, en la que, entre otras cosas, reveló que la había obligado a abortar en dos ocasiones y, al final, la convenció para que se hiciera una ligadura de trompas, porque no quería tener hijos.

La pensión que solicitó la actriz, por convivencia sin vínculo matrimonial, se llama en inglés palimony. Este término, fusión de las palabras pal (compañero) y alimony

(pensión entre cónyuges), lo popularizó el famoso abogado divorcista Marvin Mitchelson, al tramitar la demanda de la cantante Michelle Trióla contra el actor Lee Marvin, tras su ruptura. El caso, que fue muy popular, marcó un hito en la equiparación de derechos entre parejas de hecho y matrimonios.

A Clint Eastwood no le hizo maldita la gracia el cariz que tomaban los

acontecimientos y después de meses de trámites legales le propuso un acuerdo a Sondra. Ésta, que acababa de sufrir una doble mastectomía para atajar un cáncer de mama y padecía aún las secuelas de la radioterapia, aceptó la oferta y retiró la demanda en 1990. A cambio, el actor le dio 450 000 dólares, una casa y logró que la Warner le firmara un contrato de 1,5 millones de dólares para dirigir sus propias películas.

Pasados los tres años que preveía su contrato con el estudio y después de ver cómo le rechazaban más de treinta proyectos, la actriz se convenció de que algo no funcionaba en el pacto. Sobre todo porque ideas suyas que Warner no aceptó acabaron convertidas en filmes de éxito en otros estudios. Fue lo que pasó con Oh Baby, guión sobre un hombre que se queda encinta, que quería dirigir con su antiguo amigo Arnold Schwarzenegger y que, al final, hizo éste, pero con el título Júnior, dirigido por su colega Ivan Reitman, para

Universal.

Desesperada, demandó a Warner, sin éxito, en 1994. Un año después, a Eastwood, por intentar destruir su carrera; al enterarse de que fue él quien corrió con los gastos los tres años del contrato. Ni siquiera eso, porque los cargó al presupuesto de Sin perdón. O sea, que todo fue una artimaña para que ella retirara la demanda que presentó tras su separación. En 1996, un jurado pareció entenderlo así, o eso se temió el actor, que aceptó un acuerdo extrajudicial, ante la posibilidad de ser condenado. No se reveló lo que pagó. —Tiene fama de tacaño—, pero Sondra reconoció: «No tendré que trabajar nunca más.»