• No results found

Folk Psychology and Predictive Processing

loyd les presentó a su madre, Cathy, una mujer pequeñita de pelo largo y sonrisa enorme. Lo contrario de Lloyd, vaya. Bueno, los dos tenían los mismos ojos color avellana y las mismas pestañas oscuras.

A Wesley le dio un vuelco el estómago cuando Lloyd se puso un delantal de gatitos y cogió al vuelo la manopla de horno que su madre le lanzó. Ambos empezaron a moverse en una sincronía perfecta que dejaba claro que tenían mucha experiencia cocinando juntos.

Cathy miró a Wesley y luego a Caleb, antes de preguntar: —¿Cuál de los dos es el que debería preocuparme? Lloyd señaló a Wesley.

—Ese —dijo—. El que está callado por primera vez en su vida. Wesley miró a Lloyd.

—Estoy callado muchas veces.

—Ah, mamá, esa es otra cosa por la que deberías preocuparte: miente. Miente mucho. La sonrisa de Cathy era resplandeciente.

—Estás en un buen lío entonces, hijo.

—¿Motivo de preocupación? ¿Yo? —Wesley se apartó un mechón de pelo que le había caído sobre los ojos y sonrió con picardía—. Venga, va, me declaro culpable.

Cathy se rio.

—Acompáñame al comedor —le dijo Lloyd a Wesley, pasándole una fuente con algo recién salido del horno.

Wesley le siguió y puso la bandeja en la mesa. Una mesa con cinco platos. —¿Cuándo has puesto la mesa?

—No la he puesto yo. Ha sido mi madre. —¿Y cuándo se supone que la ha puesto?

Lloyd dejó un par de cuencos de verduras en el centro y se giró para mirarle. —La llamé cuando venía de camino. ¿Te gusta el tofupavo?

Wesley se rio y desvió la vista hacia el pavo que había traído. Hacia el nopavo, más bien. —Mmm… ¿me encanta?

—Wesley —le advirtió Lloyd.

—No, en serio, me da igual la comida. Me gusta tu casa. Me gusta que nos hayas invitado. Lloyd se quedó mirándole con intensidad. Wesley no sabía si era diversión lo que veía en sus ojos o pura y simple frustración, pero cuando Lloyd se acercó a él y sintió la cercanía de su cuerpo, su olor, todos sus sentidos se pusieron alerta y su corazón empezó a latir desbocado.

Caleb y MacDonald entraron entonces en el comedor. Lloyd les miró y en su tono más mandón, les dijo:

—Vosotros dos, a ese lado de la mesa, Wesley se sienta a mi lado.

—DEJ A DE PONER TUTOFUPAVO EN MI PLATO —SUSURRÓ LLOYD MIENTRAS CALEB SE REÍA E

intentaba meter un guisante en la boca de MacDonald, que le fulminaba con la mirada. Wesley le puso otro tenedor de nopavo a Lloyd.

—Lo hago por ti, porque sé que te gusta mucho. —Y me gusta. Pero ya estoy lleno. ¿Para qué repites?

—Porque tu madre me ofreció más y me parecía de mala educación decir que no. —Wesley se llevó una patata asada a la boca—. Pero las verduritas especiadas están de muerte.

Caleb movió las cejas de forma sugerente.

—Creo que la especia es canela, por eso de dar canela, ya sabes. Wesley le dio una patada por debajo de la mesa.

MacDonald dio un saltito.

—¿En serio, Wesley? Qué respuesta tan madura.

—Lo siento —dijo Wesley riéndose—. ¿Le pasas el mensaje a mi hermano? MacDonald sonrió.

—Con mucho gusto.

Caleb movió su silla rápidamente hacia Cathy y le dijo: —La comida está deliciosa. Y qué curioso esto del tofupavo. Cathy desvió la mirada hacia su hijo y le sonrió.

—Qué energía tienen, ¿cómo lidias con esto a diario? Lloyd asintió, muy solemne él.

—Es todo un reto.

—Y le encanta —intervino Wesley—. Está en su naturaleza de capricornio. Y hablando de capricornios, Cathy, cuéntame todo lo que deba saber de tu hijo. Desde el principio. Desde su primer año de vida. Qué digo año; día y hora exacta de nacimiento, por favor.

—No te rindes, ¿eh? —Lloyd se echó para atrás en la silla y se cruzó de brazos. Cathy le guiñó un ojo a su hijo, sonriéndole con complicidad.

—De pequeño era una cosa chiquitina y blandita. Quién nos iba a decir que se convertiría en un chico tan guapísimo.

—Y este chico tan guapísimo, ¿cuándo dices que nació, exactamente? Cathy se inclinó sobre la mesa, hacia Wesley, y le dijo en susurros: —Es que me ha dicho que no te lo diga.

Wesley se rio y le dio una palmada a Lloyd en el muslo. Fuerte. Muy fuerte. —¿Por qué frustras todos mis intentos de llegar a conocerte mejor?

—Dime que los horóscopos no significan nada y te cuento todo lo que quieras ahora mismo. —¡Eso es de capricornio total!

Lloyd suspiró. —No aprende.

Entonces, sonó el timbre de la puerta y Lloyd se tensó bajo la palma de su mano. Y fue en ese instante que Wesley se dio cuenta de que no había dejado de tocarle el muslo. Retiró la mano lo más rápido que pudo y cogió su vaso de agua.

Lloyd frunció el ceño. —No será capaz.

—Sí, es capaz. —Cathy suspiró y fue a abrir. Un minuto después estuvo de vuelta presentándoles a todos a la famosa tía Tabitha, que les echó un vistazo de refilón y poniendo mala cara, dijo:

—¿Es que esta gente no tiene familia a la que visitar?

—Ahí la tienes, Wesley —dijo Lloyd limpiándose las manos en una servilleta y levantándose de la silla—. Mi tía Tabitha en estado puro.

—¡Lloyd! —dijo la tía, escandalizada—. ¿Qué modales son esos? —Disculpadme —dijo Lloyd saliendo del comedor.

Wesley dirigió una mirada asesina a la señora y siguió a Lloyd. Lo encontró en la parte de atrás de la casa, con la puerta al jardín abierta, inhalando grandes bocanadas de aire fresco.

—Es muy molesto cuando la gente se presenta sin avisar, ¿verdad? —le dijo Wesley, acercándose a él.

Lloyd se apoyó en el marco de la puerta y dijo: —Siento que haya sido borde con vosotros.

—Nah, no te preocupes. Además, algo de razón tiene. Durante la cena no paraba de pensar en que así era como siempre me había imaginado la cena de Acción de Gracias, como siempre quise que fuera. Y luego la imagen de mi madre, cenando sola en casa, me vino a la cabeza y…

Lloyd le dio una patadita en el pie bueno y Wesley continuó hablando: —Creo que debería… después de ayudar a recoger y eso…

Lloyd asintió.

—¿Cuánto hace que no vas a casa? —Casi un año.

Wesley se encogió de hombros y bajó la vista, estudiando el suelo con muchísima concentración. Lloyd se acercó y una pared de calor reemplazó la brisa fría que entraba de fuera.

—Yo recojo. Tú haz lo que tengas que hacer. Ve. Ve y di lo que tengas que decir. —Creo que te quiero.

Ante semejante declaración, ambos se dieron la vuelta para mirar a MacDonald y a Caleb, que se acercaban por el pasillo. Caleb iba detrás, sonriendo.

—Quiero que seas la madre de mis hijos. Quiero pequeños y pequeñas MacDonald correteando por ahí.

Wesley y Lloyd le miraban pasmados. Su hermano se había vuelto loco. No había otra explicación. MacDonald ya estaba loca de antes, así que todo, en general, era una auténtica locura.

Su hermano se percató de cómo le miraban y articuló: —¿Qué?

—Que se te ha ido la cabeza —contestó Wesley.

—Del todo —contestó Caleb con una sonrisa y, pasándole un brazo a MacDonald por encima de los hombros, le susurró al oído lo suficientemente alto para que todos lo oyeran—: Por eso funcionamos tan bien juntos.

MacDonald casi se ríe, pero pareció pensárselo mejor, miró a Wesley y dijo: —Tenemos que irnos. Ya.

Wesley la miró sin entender, luego miró a su hermano, buscando una explicación a tanta prisa. —Tiene razón. Hay que irse. Y quizá no podamos volver nunca —dijo Caleb, que miró hacia atrás como si esperara que una muchedumbre enfurecida portando antorchas y lanzas viniera tras ellos—. No sé si Tabitha llegará a recuperarse alguna vez del ataque de MacDonald.

La susodicha miró a Lloyd y le dijo:

—Supongo que debería disculparme por ofender a esa vieja miserable, pero no voy hacerlo. No quiero. Gracias por la cena y adiós.

Wesley les siguió en su apresurada huida, y mirando hacia atrás, según se iba, le dijo a Lloyd: —Pues nada, que parece que me voy. Gracias y tal.

WESLEY MIRABA FIJ AMENTE LA PUERTA PRINCIPAL DE SU CASA MIENTRAS SE LLENABA LA BOCA DE

unos cereales que había encontrado en el coche. El sol se estaba poniendo y se reflejaba en las ventanas de la casa de estilo victoriano frente a ellos.

Caleb estaba a su lado, agarrando con fuerza el volante. Habían dejado a MacDonald en la residencia y le habían cogido prestado el coche.

—Ha sido tu idea, así que eres tú quien tiene que dar el primer paso —dijo su hermano.

—Ya, pero tú te has venido arriba cuando he dicho que podríamos pasarnos, así que quizá debas ser tú quien haga el primer movimiento.

—Piedra, papel o tijera. Wesley perdió.

—¿Al mejor de tres?

—No, sal —dijo Caleb—. Yo te sigo.

Ya en el porche, Wesley cogió aire, y llamó al timbre. Al segundo, la puerta se abrió.

Su madre estaba en el umbral con un traje de chaqueta y pantalón. El mechón de pelo gris que le recorría el pelo negro, recogido en un moño, hacía que pareciera que tenía una mofeta sentada en la cabeza. Sorprendida, alzó las cejas y se apartó para dejarles pasar, haciéndoles un gesto para que entraran.

—Parece que mis plegarias han sido escuchadas. —Queríamos hablar contigo.

—Bueno, él quería hablar —murmuró Caleb sin poder evitar dar un beso en la mejilla a su madre—. Yo sigo cabreado.

Ella le acarició el brazo en respuesta. Sus ojos brillaban aliviados y algo cansados. —He hecho la cena.

La mesa estaba llena de los platos favoritos de Wesley: puré de patatas, guisantes, pastel de calabaza, salsa de arándanos y pavo relleno.

El nudo en la garganta de Wesley se hizo más grande aún.

—Guau, mamá, ¿estás esperando a toda tu congregación? —preguntó Caleb sentándose en una silla y metiendo el tenedor en uno de los platos.

Wesley también se sentó, pero no se veía capaz de comer. Tenía el estómago cerrado. Su madre frunció el ceño a Caleb.

—Ya ni bendices la mesa, ¿o qué?

Caleb hizo una pausa con un muslo de pavo a medio masticar. —¿Benditos sean estos alimentos? —dijo.

Ella se sentó en la cabecera de la mesa donde una copa de vino la esperaba. —¿Qué tal la carrera, Wesley?

La mirada de Wesley se posó en la silla en la que solía sentarse su padre y recordó lo fácil que siempre había sido hacerle sonreír. Seguro que el gran juez Hidaka hubiera estado muy orgulloso de que su hijo siguiera sus pasos.

Así que se disculpó con él en silencio, mentalmente, antes de decir:

—No muy bien. Voy a terminar el grado, pero no voy a seguir con la carrera de abogado. La admisión le sorprendió incluso a él.

Su madre dio un sorbo al vino.

—No tomes ninguna decisión apresurada de la que luego te puedas arrepentir. Quizá las cosas mejoren, quizá sea solo una fase.

Fase era la segunda palabra favorita de su madre después de Jesús.

—No, no lo es —dijo Wesley bajito pero con firmeza—. Nunca ha sido una fase. Odio el derecho y me gustan los hombres y, si alguna vez tú y yo vamos a tener algo parecido a una relación, vas a tener que aceptarlo. Vas a tener que aceptarme a mí.

Su madre hizo girar la copa de vino en la mano y se quedó mirando la comida, ya fría, en la enorme mesa.

—El reverendo Geoff me dijo que te había visto con alguien, con tu… ¿prometido?

Caleb dejó de comer y dirigió la mirada a uno y a otro como si estuviera en un partido de pimpón.

—Se llama Lloyd.

La cara de su madre se cubrió de un evidente dolor al oírlo y Wesley se tensó a la espera de las súplicas y los comentarios sobre si de verdad merecía la pena romper los lazos familiares por un chico.

Caleb la cortó antes de que hablara.

—He conseguido un papel en un musical superimportante. Su madre centró entonces su atención en Caleb.

—¿Esa es la razón por la que has estado faltando a clase? —Sí, pero Wes me está ayudando…

—Me parece bien que te guste tocar la flauta, pero no se puede vivir de la música.

Solo llevaban en casa cinco minutos y Wesley ya se sentía como un adolescente de nuevo: frustrado y cabreado. Ojalá su madre abriera los ojos de una vez.

—Deberías haberle oído tocar, mamá —dijo—. Fue increíble. Tiene un talento impresionante y la pasión suficiente como para poder vivir de ello.

Caleb tragó con dificultad, sus ojos brillantes.

—¿De verdad lo crees? —le preguntó a Wesley en un susurro.

—Por supuesto que sí. Me costó horrores sacarte de ese auditorio. A ver, que lo volvería a hacer, pero ojalá no tuviera por qué.

—Por si no te lo he dicho, gracias. Gracias por llevarme al colegio ese día y gracias por todas las noches que me dejas quedarme contigo, arriesgándote a la ira de tu supervisor.

Se sonrieron el uno al otro.

—Deberíamos hacer algo para darle las gracias a Lloyd —sugirió Caleb.

La mera idea llenó a Wesley de calidez, hasta que la picardía absorbió todos sus buenos deseos.

—Ayúdame a averiguar un par de cosas que necesito y se lo agradecemos con una fiesta sorpresa, ¿te parece?

—Quiero conocerle —dijo su madre en voz baja.

Wesley se giró para mirarla. Estaba echada hacia atrás, apoyada en el respaldo de la silla, la copa de vino aún en la mano.

—Quiero entender por qué la cosa esa de ser gay es tan importante para ti, hijo. —Tras decirlo, miró a Caleb—. Y sé que tú no te has ido de casa por lo que pienso de tu música. Lo has

hecho porque echas de menos a tu hermano. Caleb se movió, incómodo.

—Lo he hecho porque tú también lo echas de menos. A Wesley le empezaban a escocer los ojos.

Caleb se levantó y salió pitando de la habitación con un: —Lo siento, tengo que… Tengo alergia o algo.

Su madre habló y había un tono de súplica en su voz cuando preguntó: —¿Me dejarás conocer a tu prometido?

ESEHABRÍASIDOUNMOMENTO PERFECTO PARAADMITIRQUE LLOYD NOERASUPROMETIDO.

Pero estaba siendo todo tan emocional y los sentimientos estaban tan en carne viva… Así que ahora tenía que contarle a Lloyd el aprieto en el que estaban.

Le dio a Caleb las llaves de su habitación y se bajó del coche para hacer el resto del camino hasta casa de Lloyd andando.

Era casi medianoche cuando puso un pie en el jardín de su supervisor, que fue también cuando se dio cuenta de que se había dejado el móvil en el coche de MacDonald.

Pero entonces recordó que Lloyd había hecho algún comentario sobre cómo el escritorio de su habitación tenía vistas a la calle principal, así que cogió unas piedrecillas del jardín y empezó a tirarlas contra una de las ventanas de la planta superior. Cuando las piedras golpearon el cristal hicieron un cling-cling-cling que hizo sonreír a Wesley. Siempre había querido hacer algo así.

Alguien se aclaró la garganta y Wesley se giró para ver a Lloyd caminando por el césped en albornoz y zapatillas de estar en casa. Le señaló la ventana y dijo:

—Mi habitación es la de al lado. Esa es la de mi madre que, por cierto, te pide con mucha educación que te muevas unos pasitos a la derecha, para que puedas acertar a mi ventana o que, directamente, entres en casa.

Wesley se puso las manos alrededor de la boca y gritó: —¡Lo siento, Cathy!

—¡Te veo mañana por la mañana, Wesley! —fue la respuesta desde el otro lado de la ventana. Wesley empezó a caminar hacia la puerta.

—¿Cómo sabe que voy a quedarme a dormir?

—Es medianoche y estás en plan Romeo en su jardín delantero. No sé, será que es muy lista. Lloyd cerró la puerta tras ellos. Wesley se quitó los zapatos y la cazadora y le siguió escaleras arriba.

—Me encanta tu look, por cierto —susurró Wesley tironeando del cinturón del albornoz—. Es como tener una visión de tu yo del futuro. Eres el típico viejecito gruñón que riñe a los niños del vecindario por hacer demasiado ruido. —Wesley le miró entonces de arriba abajo y añadió—. O quizá no estoy viendo el futuro y es que ya eres esa persona.

—No creo que vaya a ser así en sesenta años, la verdad. —¿No? ¿Y cómo serás?

—Muchísimo más gruñón.

Lloyd encendió una luz e hizo pasar a Wesley a la habitación de su infancia que, para su sorpresa, estaba bastante desordenada. Una estantería cubría una de las paredes y estaba a rebosar de libros, juegos de mesa y más de un cubo de Rubik.

—Un poco pequeña, ¿no? Vamos a tener que acurrucarnos mucho.

Sin apartar la vista de él, Lloyd hizo un movimiento con el pie y sacó una cama con ruedas de debajo de la suya.

—¿Arriba o abajo?

—Me gustan las dos cosas —contestó Wesley con lascivia—. Pero si tengo que elegir, prefiero abajo.

Lloyd cerró los ojos.

—Madre del amor hermoso.

Wesley sonrió y se empezó a quitar la ropa hasta quedarse solo con el bóxer y una camiseta interior. Sin volver la mirada en su dirección ni una sola vez, Lloyd le pasó una manta, se quitó el albornoz, quedándose en el mismo estado de semidesnudez que él, y apagó la luz.

—No creo que hayas venido solo a dormir, ¿no?

—No es como esperaba que me lo propusieras, la verdad, no es muy tu estilo, pero bueno, me vale.

Lloyd le lanzó una almohada a la cara y Wesley se rio, colocándola en la cama de abajo.

Cuando ambos estuvieron tumbados, Wesley se quedó mirando las pegatinas de estrellas que había en el techo, de esas que brillaban en la oscuridad.

—Parece que no soy el único obsesionado con las estrellas. Lloyd se puso de lado y le miró desde la cama de arriba. —¿Qué haces aquí exactamente?

—He venido con la esperanza de que mientras duermes te dé por recitar fechas, y entre ellas esté la de tu cumpleaños.

—Wesley.

—Le he dicho a mi madre que en cuanto me gradúe dejo el derecho, que no voy a especializarme ni a ejercer la abogacía.

—¿Por lo que hablamos?

—Bueno, el pensamiento no surgió tan de repente, llevaba tiempo pensándolo. —¿Cómo te has sentido al decírselo?

—Culpable. Luego muy aliviado. Y ahora estoy nervioso. —Wesley se mordió el labio—. Como mi supervisor, ¿crees que estoy tomando la decisión correcta?

En cuanto la palabra supervisor dejó su boca, Lloyd se alejó de él unos centímetros.

—Pensaremos cuáles son las opciones que mejor se adaptan a ti. Quedamos una tarde y lo vemos.

—No soy nada bueno tomando decisiones. Soy un ser incoherente y lo más indeciso del mundo.