3. An Enactive Turn (For The Better)
3.1 Theories More Radical
lguien estaba aporreando la puerta de su dormitorio.
—¡Largo! —se quejó Wesley, haciéndose un ovillo. Por fin tenía la cama para él solo y quería disfrutar un poco más de esa maravillosa sensación.
—Teníamos una cita.
¿Lloyd? Porque si alguien podía conseguir espabilarle a estas horas intempestivas de la mañana, ese era su supervisor. Se levantó y fue hacia la puerta, recolocándose la erección antes de abrir.
—¿Qué?
Lloyd le miró de pies a cabeza y luego fijó los ojos en su cara. Wesley vio admiración en su mirada, lo que fue una sorpresa, teniendo en cuenta su habitual cara de póquer.
—Se suponía que hoy ibas a ayudarme con lo de la fiesta. —Sí, pero a las nueve.
—Son más de las diez y Gavin ya me ha mandado dos correos.
Wesley se estiró de forma exagerada buscando de nuevo la aprobación en los ojos de Lloyd, pero este siguió mirando al frente sin inmutarse.
—Persistente es, eso no vamos a negárselo.
—Me estoy quedando frío con solo mirarte. Ponte algo de ropa, anda. Wesley fue hacia el armario.
—¿Frío, Lloyd? ¿En serio? —Date prisa.
Wesley sacó dos camisetas de un cajón y se las puso contra el pecho. —¿Esta o esta? —preguntó.
Lloyd sacó una camiseta del cajón que había quedado abierto y se la lanzó. —Esta —dijo.
Sacó también un jersey. —Este.
Le pasó la cazadora de cuero. —Esta.
E hizo lo mismo con un par de vaqueros y los zapatos. —Estos y estos. Hala, ya está, ahora vámonos.
Wesley lo cogió todo, dividido entre las ganas de reír y de hacerle la peineta. —Estás un poco gruñón, ¿no?
Ya en el coche, con Lloyd parando diligentemente en cada luz ámbar que encontraban, Wesley se atrevió a preguntar:
—¿Y qué te decía Gavin en sus correos de esta mañana?
A Lloyd le cambió la cara. Fuera lo que fuera lo que contenían esos mails, parecía haber tocado fibra sensible.
—En el primero decía que si despejábamos el sótano podríamos convertirlo en una pista de baile para el día de la fiesta.
—¿Y qué tiene eso de malo? —Nada.
—Ah, así que es eso. Ha hecho una sugerencia bastante razonable y te sienta mal porque vas a tener que replantearte toda esa hostilidad que sientes hacia él.
Lloyd se quedó pensando unos segundos antes de contestar. —Puede que tengas razón.
—¡Punto para géminis! ¿Y de qué iba el segundo correo?
—En ese me contaba que habían despedido a O’Conner, uno de los supervisores de Richardson, por acostarse con uno de sus residentes.
—¿Qué? —dijo Wesley en una especie de grito. Trató de controlar su voz y repitió—: ¿Qué? Lloyd le reprendió con la mirada.
—Las reglas están ahí para cumplirlas, Wesley —le dijo.
—Ya, bueno, yo creo son más que nada para evitar malos rollos si la cosa no funciona.
—Es más que eso. Porque si la historia acaba mal no lo sufre solo la pareja en cuestión. Se han dado casos en los que plantas enteras se han enfrentado después de una ruptura.
—Ya, pero… Vaya mierda.
Lloyd estiró los brazos contra el volante y apoyó la cabeza en el asiento.
—O’Conner tiene que estar dándose de cabezazos contra las paredes. Al despedirle pierde la beca. Y son doce mil dólares de beca.
Wesley silbó.
—Fue un idiota por sucumbir a la tentación —continuó diciendo Lloyd mientras aparcaba frente a una cafetería a un par de manzanas de Party Palace, la tienda a la que iban.
—No. Fue un idiota por permitir que le pillaran —murmuró Wesley según salía del coche.
—NO PODEMOS TOMARCAFÉ AQUÍ. HAYQUEIRSE. YA.
—¿A qué te refieres con que no podemos tomar café? —Lloyd sonó escandalizado, como si Wesley hubiera ofrecido como alternativa alguna aberración tipo dejarse cortar los huevos en un rito satánico.
Wesley le agarró y lo sacó de la cola en la que llevaban ya diez minutos.
—Soy yo el que se ha tenido que levantar a las nueve para pasar la mañana con un supervisor que hoy está especialmente gruñón, así que si alguien necesita café, ese soy yo —dijo, observando cómo un hombre con alzacuellos caminaba en su dirección—. Pero vas a tener que esperar un poco. Yo me encargo luego del café, prometido. Te invito a los cafés que quieras.
Lloyd cedió. Y casi habían conseguido escapar del local cuando se oyó una voz a sus espaldas. —¡Joven Hidaka!
Wesley reprimió un quejido y se agarró al brazo de Lloyd antes de girarse para encontrarse cara a cara con el reverendo Geoff, a quien conocía desde que era pequeño porque oficiaba la
misa de los domingos en la iglesia de su madre. Era un hombre con una cuidada barba canosa, gafas sin montura y la actitud más condescendiente del mundo.
—Tu madre reza por ti cada semana, para que vuelvas a casa con ella —dijo el reverendo, que al percatarse de la presencia de Lloyd frunció el ceño—. Según parece, te has desviado del camino, hijo.
Y esa era la única impertinencia que Wesley iba a permitirse escuchar por parte de este señor. —Para nada, yo mi camino lo tengo muy claro. Sigo en él y con paso firme. De hecho, voy a seguir mi camino ahora mismo. Hacia la calle. Con brío y del brazo de mi prometido.
Wesley tiró de Lloyd hacia la salida y dejó al pastor Geoff mirándoles con la boca abierta. No paró de andar hasta que llegaron al coche y se escondió tras él, agachándose contra el maletero. Lloyd le miraba con algo a medio camino entre la incredulidad y la risa. Y quizá, algo más…
—¿Ha dejado de mirarnos? —preguntó Wesley, dándose cuenta de lo cerca que tenía la cara del paquete de Lloyd. A un beso de distancia. Casi podía sentir la tela de sus pantalones contra la nariz.
Lloyd se apartó de forma tan abrupta que se dio un golpe contra el lateral del coche.
Wesley se tomó unos segundos para analizar esa reacción y, sonriendo, se levantó y se acercó aún más a él.
Lloyd le agarró por el hombro y lo arrastró hasta la puerta del copiloto. —Necesito ese café como el respirar.
—Ya, ¿seguro que es café lo que necesitas? ¿Ahora lo llaman así? —le preguntó Wesley con una sonrisa.
Lloyd cerró los ojos, respiró hondo y le abrió la puerta. —Deja de tontear y entra.
Wesley lo hizo, pero sonriendo de oreja a oreja.
EL PARTY PALACEERAUNATIENDATIPO IKEAPEROCON MIL COSAS PARAFIESTAS Y CELEBRACIONES.
Lloyd había entrado un poco reacio, pero Wesley le había animado y le había dicho que era el sitio perfecto, que aquí vería la luz.
—Tendremos tema y presupuesto enseguida, ya verás —le dijo mientras Lloyd cogía una daga de una balda llena de espadas medievales.
—¿Cómo es posible que no conociera este sitio?
—Porque es una tienda para supervisores creativos y ese no es tu fuerte. Tu eres el chico del café solo y cargado que dedica su tiempo a solucionar los problemas de sus residentes.
Lloyd le miró de reojo.
—Algunos residentes ocupan mi tiempo más que otros. —Lloyd se acercó a una mesa de piedra e inspeccionando el cáliz que había sobre ella, añadió—: Y tampoco es que tenga cero creatividad, a veces soy muy espontáneo…
—Sí, sí, claro. Eres superespontáneo —dijo Wesley con sarcasmo mientras miraba su reflejo en una armadura medieval. Se quejó—: Tengo una pinta horrible.
—Tienes la pinta de siempre.
Wesley se apartó de la armadura y se pasó las manos por el pelo, intentando arreglárselo un poco. Estrechó los ojos en Lloyd y le dijo:
—Eres malvado cuando no has tenido tu dosis de cafeína. Lloyd le miró de arriba abajo.
—Es que es verdad, estás hecho una piltrafilla.
—Pues el bulto en tus pantalones cuando estábamos en el aparcamiento de la cafetería parecía decir lo contrario. —Wesley hizo una pausa—. Eso, o que este look desaliñado te pone cachondo. Ay, madre, que es eso, que te gustan los chicos con pinta de despojo humano... Eso explicaría alguno de los novios que has tenido, la verdad.
Lloyd le dirigió una mirada de advertencia.
Wesley sonrió y salió de la sección medieval, dirigiéndose a una zona que parecía uno de esos restaurantes de los cincuenta con suelos de azulejos blancos y negros, enormes máquinas de batidos y pequeñas mesas plateadas. Del techo colgaban banderitas y serpentinas con forma de discos.
Una de las paredes estaba llena de imágenes de la película Grease. Tenían hasta un photocall de Danny y Sandy en cartón y en tamaño real. Wesley se acercó a ellos y, poniéndose detrás de Sandy, asomó la cabeza por el hueco en la cara de esta y dijo:
—¿Estás disponible, nene? Lloyd sonrió.
—La verdad es que Grease me recuerda a aquel verano en el que… —Lloyd dejó la frase incompleta, ruborizándose.
Ahora Wesley se moría de curiosidad por saber qué había estado a punto de decir. —Aquel verano en el que, ¿qué?
—Bueno, digamos que por culpa de esa película me resbalé y caí un peldaño en la escala Kinsey. Pasé de «exclusivamente homosexual» a «principalmente homosexual con contactos heterosexuales esporádicos».
Wesley le puso morritos, pasando una mano por el contorno del cuerpo de cartón de Sandy. —¿Sí? ¿Te la cascabas pensando en Sandy? Soy muy fan.
—¿De cascártela?
—Sí, de eso también —contestó Wesley riéndose—. Pero me refería a la peli, al rocanrol en general. Aunque Sandy nunca me puso ni un poquito.
—A mí tampoco.
—¿Y quién te ponía cachondo, entonces? —le preguntó Wesley aún en el photocall y con una mano apoyada en la cadera de la rubia—. Por favor, no me digas que la señorita McGee.
—Rizzo.
—Eso no me lo esperaba. No te pega. Lloyd fijó la mirada en Wesley.
—Puede que no, pero ya sabes lo que dicen de los opuestos… Wesley se acercó a Lloyd.
—Bueno es saberlo. Cuéntame más cosas que no sepa. Cuéntamelo todo. Si hace falta te canto eso de tell me more, tell me more.
Lloyd intentó ocultar una sonrisa. —¿Qué quieres saber?
Wesley le pasó un brazo por los hombros y se acercó para susurrarle al oído.
—Si me dices cuándo es tu cumpleaños, te organizo la mejor fiesta que te puedas imaginar. Lloyd le contestó también en un susurro, su respiración acariciándole el pelo.
—No.
—¡Venga, Lloyd! ¿Por favor?
—Deja de creer en esas tonterías del horóscopo y puede que te lo diga.
ochenta grados y, de repente, ¡zas! Tengo a mi hermano viviendo conmigo. —¡¿Perdona?!
Lloyd se apartó de él y Wesley se maldijo a sí mismo por metepatas. —Que mi hermano está viviendo con amigos.
Lloyd le miraba fijamente. —Has dicho «conmigo».
—No. Me has entendido mal. Si hubiera dicho algo así y tú creyeras que puede ser verdad, tendrías que delatarme y poner una queja.
Lloyd dudó un momento antes de hablar:
—¿Y por qué tu hermano está viviendo con amigos? Wesley hizo una mueca, como si la mera pregunta doliera.
—Puede que yo tenga la culpa de que Caleb creyera que irse de casa era buena idea —confesó mientras entraban en una sala dedicada a los años setenta—. Por lo menos ya no está viviendo en una fábrica abandonada.
Lloyd se apoyó en una mesa llena de adornos con forma de bola de discoteca y se quedó mirándole. Wesley se empezó a poner nervioso bajo su escrutinio, así que fingió especial interés en la pared de enfrente, llena de discos enmarcados. Cuando se giró de nuevo, Lloyd seguía en la misma posición, tamborileando los dedos sobre la mesa y con la vista aún fija en él. Hasta que
Love Is in the Air de John Paul Young inundó la sala. Eso pareció sacar a Lloyd de su
ensimismamiento. Wesley creía que podía haber sido él quien hubiera puesto la música sin querer porque, de los nervios, había toqueteado cada aplique y disco de la pared.
Se dirigieron entonces a la siguiente estancia y, nada más entrar, empezó a sonar I Want to Hold
Your Hand de The Beatles. Lloyd dudó unos instantes y, tras mirar a su alrededor, volvió sobre sus
pasos y se dirigió de nuevo hacia la sala decorada como una cafetería de los cincuenta. Wesley alzó una ceja, pero le siguió. En cuanto pusieron un pie dentro, la voz de Elvis lo envolvió todo.
—Cómo no —murmuró Lloyd.
Entre mesas, expositores y photocalls, Wesley empezó a moverse, marcando con un pie los primeros acordes de Blue Suede Shoes.
Lloyd suspiró.
—Qué miedo me das.
—¿Yo? —dijo Wesley con voz inocente a la vez que le ofrecía la mano—. Baila conmigo. —¿Te acuerdas de que antes te he dicho que puedo ser muy espontáneo? —dijo Lloyd haciendo una mueca—. Pues era mentira.
Wesley le señaló con el dedo índice y le instó a acercarse. —Deja que yo te guíe.
Lloyd dudó, pero dio un paso hacia él. Antes de que pudiera arrepentirse, Wesley le tomó de la mano y lo atrajo hacia él.
—Limítate a sentir la música. Mira: Rock, rock, backstep. Hazlo también mientras giramos. No, no tenses el brazo, así podemos movernos con más soltura y hacer mejor el swing.
Lloyd perdió el ritmo y Wesley se lo explicó de nuevo:
—Lento, lento; rápido, rápido —le dijo, levantando las manos enlazadas de ambos y pasando por debajo a la vez que giraba.
El movimiento hizo que Lloyd se soltara de su agarre, pero Wesley le volvió a coger la mano. —Relájate. Déjate llevar. —Lloyd estaba rígido como una tabla y, aunque al escucharle destensó un poco los hombros, la cosa no mejoró demasiado y perdió el ritmo otra vez instantes después—. Estás esforzándote demasiado en hacerlo perfecto y no se trata de eso. Hay que
soltarse, sentir la música. Equivocarse está bien.
Wesley hizo un big kick y se pegó al cuerpo de Lloyd. Deslizó una pierna entre las suyas e inició un paso de tango que hizo que su supervisor se agarrara a él más fuerte, sorprendido. Wesley sonrió al ver esa sorpresa reflejada en su cara.
—No sabía que… —Lloyd tragó con dificultad—, bailabas tan bien.
—Llevo años haciéndolo. —Wesley dejó de bailar, pero siguieron juntos, pegados, sus dedos enlazados y sus pulsos latiendo al unísono—. Conocí a Suzy en clase de baile hace cinco años y hemos sido pareja desde entonces. Pareja de baile, quiero decir. Practicamos de todo: Lindy Hop, jive, rocanrol.
—¿Ella es la razón por la que sigues en Williamson? Eres de los pocos alumnos de tercero que quedan.
—Oye, que la residencia mola.
—Lo sé, lo sé, no era un ataque, que yo también sigo viviendo allí.
—Hay muchas razones por las que he decidido quedarme. —Wesley le dio un apretón en la mano—. El servicio de limpieza es la primera.
Lloyd se rio.
—Está a cinco minutos de la universidad.
—Sí, eso es muy práctico, estoy de acuerdo —dijo Lloyd.
—Es una gran forma de conocer gente pintoresca. Mi vida no sería igual sin Randy o sin Gavin. Y sin MacDonald, por supuesto.
—Sé a lo que te refieres. Mi vida tampoco sería la misma sin ti. Wesley notó cómo algo le revoloteaba en el pecho.
—Puedo levantarme de la cama y en dos minutos, literalmente dos minutos, estar abriendo Me Gusta Robusta.
—¿Piensas quedarte entonces hasta que termines la carrera? Wesley se encogió de hombros.
—No. Creo que este será mi último año. Aunque las cositas gratis que me das también son un gran pro.
—¿Qué cositas gratis? —Los condones, Lloyd.
El aire pareció tensarse entre ambos y, cuando la canción acabó, se separaron de forma abrupta.
Lloyd se frotó la nuca.
—¿Qué te parece si nos quedamos con este tema para la fiesta? Wesley no podía estar más encantado con lo que escuchaba. —¿Grease? ¿O los cincuenta en general?
—Grease.
—Me gusta. Pero si nos ceñimos a la película, el sótano va a estar lleno de pink ladies y de tíos vestidos de cuero en plan T-birds. Sin embargo si el tema es «años cincuenta» hay más variedad de disfraces donde elegir.
—¿Disfraces? Ya no estoy tan a favor de la idea. ¿Qué tal un tema tipo «ponte lo que quieras y diviértete»?
Wesley sacó una moneda de la cartera y se la colocó en el pulgar.
—Si sale cara: hacemos una fiesta de los años cincuenta; si sale cruz: no hacemos un «ponte lo que quieras y diviértete».
sarcasmo:
—Mis posibilidades de ganar son apabullantes.
—Es lo que hay, nene —fue la respuesta de Wesley que puso un tono de lo más sensual en ese «nene», al más puro estilo Sandy.