Baltasar Gracián y Morales
aforismo 217
En la moral católica la prudencia es una de las cuatro virtudes cardinales y por ello nos permite distinguir el bien del mal. De ahí su todopoderosa capacidad tauma- túrgica. Parecería que Gracián nos aconseja (con la tra- ducción realizada) que seamos reflexivos, que no obs- tinados. Parecería una conseja de vieja castellana de la época. Parecería no tener más profundidad y calado, salvo un cierto acento en la maldad diluyente del obs- tinado, en su espíritu fuente de violencia, de injerencia, fuente de facción o bandería para el gobierno. Para Gra- cián, el hombre obstinado no es pacífico. Pero no son bienaventurados los pacíficos, sino los que trabajan por la paz, que no es lo mismo. El pacífico puede ser un absentista de la honra, del honor. El que trabaja por la paz, no.
aforismo 218
A C T Ú A P O R R E F L E X I Ó N
Y N O P O R O B S T I N A C I Ó N
T
oda obsesión produce fricción, y es hija de lapasión, que nunca ha sido buena guía. Hay gen- te que todo lo convierte en un conflicto. Son irrespe- tuosos en el trato, y en lo que hacen están obsedidos en vencer a alguien. No saben comportarse pacífica- mente. Para gobernar, el hombre así es sumamente dañino, pues convierte al gobierno en un bando y a los demás en otro, y transforma en enemigos a quie- nes deberían ser sus aliados. Todo quiere conseguir- lo como fruto de la violencia y los trucos. Pero cuan- do los demás le descubren esta paradójica conducta, traman contra él, buscan impedirle sus quiméricos sueños, y de este modo nada de lo que se propone lo consigue. Está todo el tiempo enfadado, y todo el que le ayuda lo hace a disgusto. Tiene enferma la volun- tad y dañado el corazón. La mejor manera de compor- tarse con semejantes monstruos es huir lo más lejos posible, a los Antípodas, pues por más bárbaros que estos sean, no alcanzarán la fiereza de esta bestia.
Es un Gracián que en una España decadente ya, vive y ve el ocaso de lo que daría en ser o bien revolución o bien picaresca. Dio en picaresca. Por falta de valor en unos y por falsedad e hipocresía de otros. En el poder, por necedad, egoísmo e interés.
El obcecado es un ofuscado tenaz. La obcecación es una ofuscación tenaz, más o menos persistente. Un fanáti- co es un obcecado frente a lo que no son sus convic- ciones. La España y la moral de la época, ya a la defen- siva por prebendas e intereses, conducen al fanatis- mo. La percepción del fanatismo, enraizada en los hom- bres sin cualidades, para Gracián, aquellos que no tie- nen la imagen de Dios, aterra a Gracián.Ve en peligro su mundo y sus valores. Se equivoca de mundo y de valo- res. La historia lo ha probado, aunque él sea reconoci- do y Juan de Mariana no. Éste último ha sido seguido, aunque no conocido.
La obstinación, por el contrario, es el mantenimiento fir- me de una idea o intención en contra de razones con- vincentes. La perseverancia es la dedicación y firmeza en las actitudes e ideas o en la realización de las cosas. Un perseverante sólo se diferencia de un obstinado en la razón si ésta es adversa a sus designios. La razón tie- ne que ser convincente y el obstinado lo es en la medi- da en la que se niega a ver la razón convincente. Aho- ra bien, si la razón no es convincente el obstinado es simplemente perseverante. El mal, héteme aquí, que se convierte en bien, en la más alta virtud de la moral capitalista, de la moral comunista. La perseverancia está en el fondo de la ética protestante. El ahorro no avari- cioso sólo puede provenir de individuos perseveran- tes. Hoy en día la perseverancia forma parte de parte de la ética católica, a partir de la revolución que determi-
Existe un grado más en la perfección de la insistencia: la persistencia, que es la firmeza insistente en las accio- nes, ideas o intenciones y que camina junto a la per- severancia y la sublima. Es el paso del valor a la heroi- cidad, saltando la temeridad.
Todo gira alrededor de la razón convincente. ¿Cuál es la fuente de la razón convincente, a la que el hombre de hoy debe adscribirse? Puede ser que Gracián supiese, que eso que escribía lo hacía en contra de sí mismo. Gra- cián, ético y teólogo, sabio, se falsifica a sí mismo. Val- ga la digresión camino de la razón convincente. ¿Razón conveniente?
Volvemos pues, para finalizar, al núcleo central de la polémica: la razón convincente. ¿Cuál es esta? La cien- cia. La razón convincente es la de la ciencia. ¿Sólo? No puede ser, sería una tiranía de la razón. No puede ser sólo la razón de la ciencia.
¿Cuál es la fuente? Desde el siglo XVIII, el método cien- tífico de pensamiento domina la razón en gran parte. En el continuo histórico hoy, domina la razón, que dima- na del método científico del conocimiento. En uno de sus núcleos está la verificación, la falsación, la repeti- ción, la reiteración, la comprobación, la redundancia y la persistencia. Ahí está el cambio de paradigma ético. Hoy no nos vale el aforismo 218, por la razón del pro- pio ser que se engaña al escribirlo, como por la propia razón de la perdida de la razón histórica de los valores que le llevaron a escribirlo, como por la decadencia de España que era y es.
Todo el que observe el devenir de la historia desde el progreso, el concepto de progreso, que ampara por igual a capitalistas que a socialistas o comunistas, burgueses, proletarios, anarquistas, todos sueñan con el progreso,
aunque algunos niegan que pueda existir. Todos pade- cen si se entra en recesión porque “no hay progreso” his- tórico. Todo el que aspira al progreso, la mejora indefi- nida de la vida humana, el confort, la salud, el conoci- miento, el afecto y la felicidad, tiene que ser persisten- te, perseverante, hasta obstinado y si cabe a veces obce- cado. Solamente algunos justifican parar el progreso, para… ahorrar, y luego seguir progresando; o para aho- rrar para siempre... No sabemos adónde lleva, menos si miramos a la India. La razón convincente del pro- greso sacraliza la perseverancia, la persistencia y la obs- tinación en beneficio individual y social. Esa razón con- vincente parte de la ciencia como método y de la indus- tria como objeto.
Como la razón convincente de la ciencia y de la indus- tria, son sólo materiales, el hombre no subsistiría con estas razones, necesita algo espiritual, una antítesis de la materia. Sólo le queda el amor como razón convincente, el amor en todas sus acepciones, como elemento de libe- ración. Esas tres razones convincen- tes modifican al aforismo 218. Hay más razones de las presumibles que conducen a que el hombre sea obstinado en la búsqueda de la mejora de la vida, de la industria o del amor, que transporta la pasión que pretendía demonizar Gra- cián.
IGNACIORIEIROMARÍN Profesor Titular de la Universidad de Castilla La Mancha