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Chapter 3 : Optimal Group Litigation from a Deterrence Perspective

3.1 Free riding

“Esperarlo todo del Estado”, he aquí uno de los mayores males heredados de España. Éste ha sido la fuente de todas las esclavitudes. El hombre que no sabe alcanzar su bienestar sirviéndose de sus propias fuerzas, tampoco sabrá alcanzar su libertad. También en esto son los hispanoamericanos distintos de los norteamericanos. “Si más de un joven —decía Alberdi— en vez de disputarse el honor de recibir un salario como empleado o agente o sirviente asalariado del Estado, prefiriese el de quedar señor de sí mismo en el gobierno de su granja o propiedad rural, la Patria quedaría desde entonces colocada en el camino de su grandeza, de su libertad y de su progreso verdadero” (Alberdi 1886: 177-178). Los pueblos han progresado cuando sus individuos son verdaderamente libres. “A la libertad del individuo, que es la libertad por excelencia —sigue diciendo Alberdi—, debieron los pueblos del Norte la opulencia que los distingue” (160). La verdadera grandeza es el resultado de un egoísmo constructivo. Los hombres que quieren un auténtico bienestar no se enredan en las palabras, no son esclavos de ideas que no comprenden, ni de falsas representaciones. De aquí que

pueblos como los Estados Unidos sean más bien producto del egoísmo que del patriotismo. En ellos la patria no es sino el símbolo del propio bienestar personal. Haciendo su propia grandeza, este pueblo ha contribuido a labrar la de su propio país.

De aquí surgen dos conceptos de libertad entendidos en forma muy distinta en una y en otra América. “Los americanos del norte —dice Alberdi— no cantan la libertad pero la practican en silencio. La libertad para ellos no es una deidad; es una herramienta ordinaria, coma la barreta o el martillo” (179). La libertad no es una palabra, sino un hecho. Aman la libertad quienes aman, antes que nada, su propio bienestar; y aman éste los que han sabido hacerlo con sus propias manos. Los grandes libertadores hispanoamericanos, sigue diciendo, como San Martín, Bolívar, Sucre y otros, entendieron la libertad a la manera española, reduciéndola a la libertad política frente a España, en vez de ser libertad de los individuos que formaban la sociedad hispanoamericana. “Washington y sus contemporáneos no estuvieron en ese caso, sino en el caso opuesto. Ellos conocían mejor la libertad individual que la independencia de su país” (180).

Así, la propia grandeza engendrará, necesariamente, la grandeza de la patria. Esta interesa en forma muy especial a las naciones de origen latino, dice Alberdi. Los “destinos futuros deberán su salvación al individualismo; o no los verán jamás salvados si esperan que alguien los salve por patriotismo” (160). Nuestro mal es España; su concepto de la libertad y de la patria. “La corona de España no fundó sus colonias de América para hacer la riqueza y poder de sus colonias, sino para hacer su negocio y poder propio de la corona misma” (163). “La sociedad sud-americana estaría salvada y asegurada en su porvenir de libertad y de progreso desde que fuese el egoísmo inteligente y no el patriotismo egoísta el llamado a construir y a edificar el edificio de las repúblicas de Sud-América” (176).

Del autogobierno, de esta capacidad para alcanzar el propio bienestar, labrándolo con las propias manos, ha surgido todo el progreso y poderío norteamericanos. “La civilización yanqui —dice Sarmiento— fue la obra del arado y de la cartilla; la sudamericana la destruyeron la cruz y la espada. Allí se aprendió a trabajar y a leer, aquí a holgar y a rezar” (Sarmiento 1915). Mientras la revolución norteamericana se hace en defensa de estos derechos, estampados en la Constitución, la hispanoamericana no busca otra cosa que no sea imponer un despotismo que sustituya al español, el despotismo criollo. “Allá un selecto núcleo de raza blanca lucha en defensa de su derecho; acá la raza mestiza se agita en un levantamiento desordenado, sin concepto firme de sus aspiraciones. El feudalismo español se continúa en el caudillismo americano” (Sarmiento 1915). Los colonizadores de Norteamérica organizan la vida económica del país preparando en esta forma su independencia política y económica. En cambio los colonizadores de Hispanoamérica la explotan en provecho de la metrópoli. “Allá la raza conquistadora introdujo la virtud del trabajo; aquí se limitó a vegetar en la burocracia y el parasitismo” (Sarmiento 1915).

Francisco Bilbao, encandilado por el pueblo cuyo modelo tendían a seguir los hispanoamericanos para poder ser libres definitivamente, decía: “Esos puritanos, o sus hijos, han presentado al mundo la más bella de las constituciones, dirigiendo los destinos del más grande, del más rico, del más sabio y del más libre de los pueblos. Es hoy en la historia esa nación lo que fue la Grecia, el luminar del mundo, la palabra de los tiempos; la revelación más positiva de la divinidad, en la filosofía, en el arte, en la política. Esa nación ha dado esta palabra: self government, como los griegos la autonomía; y lo que es mejor, practican lo que dicen, realizan lo que piensan y crean lo necesario para el perfeccionamiento moral y material de la especie humana” (“El evangelio americano” 61). De aquí ha resultado toda su grandeza. “No hay nación que lea más, que imprima más, que tenga mayor número de escuelas y de diarios. Hoy es la primera nación en la agricultura, en la industria, en la navegación. Es la primera nación en la guerra. Ha revolucionado la guerra marítima” (62). Bilbao la considera la primera en todas las artes, en la filosofía, la literatura, la historia, la política, el derecho. “Es la nación — dice— que hace más descubrimientos, que inventa más máquinas, que transforma con más rapidez la naturaleza a su servicio. Es la nación poseída del ‘demos’, del demonio del perfeccionamiento en todo ramo. Es la nación creadora, y lo es porque es la nación soberana, porque la soberanía es omnipotente en el individuo, en la asociación, en el pueblo” (62). Y todo esto se debe a su capacidad para la libertad individual. “Su vida libre, individual y política, y todas sus maravillas dependen, pues, de la soberanía individual y de la razón de esa soberanía: la libertad del pensamiento. ¡Qué contraste con la América del Sur —exclama—, con lo que era la América española!” (62).