• No results found

Chapter 3 : Optimal Group Litigation from a Deterrence Perspective

3.4 Nuisance suits

Para Sarmiento, como ya se ha visto, el origen de las incapacidades de Hispanoamérica se encuentra en la raza. El fracaso de la colonización en esta América lo encuentra en la inferioridad de la raza española. Era vano que los pueblos hispanoamericanos trataran de copiar constituciones de Francia o de los Estados Unidos: siempre terminarían comportándose como descendientes de una raza incapacitada para la democracia. En el norte, dice, una raza europea pura ha engendrado una sociedad europeizada; en el sur, una raza euroafricana se mezcla a la indígena para formar un conglomerado en el cual todas las taras se suman. La superioridad de Norteamérica la deriva Sarmiento de su capacidad para permanecer sin contaminaciones raciales, de su capacidad para no mezclarse con raza inferior alguna. Los grupos sajones, dice, se aposentaron en Norteamérica de acuerdo con sus ideas religiosas o de acuerdo con ciertas cualidades que les distinguían. Massachusetts fue fundada por puritanos; Pennsylvania por el cuáquero Penn; Virginia por nobles, de donde se deriva la aceptación de la esclavitud por este estado. De los puritanos ha surgido ese rechazo a toda mezcla racial con los indígenas. Los puritanos —sigue diciendo— que acuden directamente a la Biblia, aprenden en

Moisés a no mezclarse con los naturales, a diferencia de los españoles que se mezclan inmediatamente con los indígenas.

“El norteamericano es, pues —dice el pensador argentino—, el anglosajón exento de toda mezcla con razas inferiores en energía” (Sarmiento 1915: 310). El norteamericano ha podido, por esto, conservar “sus tradiciones políticas, sin que se degraden con la adopción de las ineptitudes de raza para el gobierno” (310). Cuando los peregrinos iniciaron su marcha hacia el Occidente, hacia América, “la vieja Inglaterra era la única nación libre” (310). Pero en América se estableció una Inglaterra más libre aún que aquélla. “La nueva Inglaterra es más libre todavía que la tierra que dejó con sus reyes y tradiciones seculares” (310). Esta Inglaterra fue digna de la gran herencia recibida, ya que supo acrecentarla. Fue la heredera de la Inglaterra que daba mayores libertades a sus individuos en la misma época en que España establecía la Inquisición. En “la época, más o menos —dice Sarmiento—, [en] que se suprimían en España los derechos de la defensa y garantías contra procedimientos arbitrarios, se obtenían en la Inglaterra del rey Carlos II, católico como los católicos reyes de España, el escrito de Habeas Corpus, por el cual nadie puede ser retenido en prisión, sin orden de juez competente” (219).

Es la nueva Inglaterra, Norteamérica, la que debe servir de modelo a Hispanoamérica si en verdad quiere estar a la altura de los tiempos, a la altura del progreso. Ningún pueblo puede ya enseñarnos nada, salvo Norteamérica, dice Sarmiento. “No esperemos nada de Europa, que nada tiene que ver con nuestras razas. Algo puede venirnos de los Estados Unidos, de donde nos vinieron nuestras instituciones” (408). ¿Qué es lo que podemos aprender de Norteamérica? Su capacidad para ser una raza pura. “Los anglosajones —dice Sarmiento— no admitieron a las razas indígenas ni como socios, ni como siervos en su constitución social” (449). Ésta fue la base de su éxito, a diferencia de la colonización española, la cual se hizo como “un monopolio de su propia raza, que aún no salía de la Edad Media al trasladarse a América y absorbió en su sangre una raza prehistórica servil” (449).

Con gran pesimismo respecto de la raza hispanoamericana, Sarmiento dice: “Reconozcamos el árbol por sus frutos; son malos, amargos a veces, escasos siempre. La América del Sur se queda atrás y perderá su misión providencial de sucursal de la civilización moderna. No detengamos a los Estados Unidos en su marcha; que es lo que en definitiva proponen algunos. Alcancemos a los Estados Unidos. Seamos la América, como el mar es el océano. Seamos Estados Unidos” (456). Este ser Estados Unidos significa arrasar todo lo que Sarmiento considera ser la causa de todos los males de Hispanoamérica. Era menester desarraigar todo lo hispánico para ser semejante a los Estados Unidos. ¿Cómo realizar esto? Un camino ya lo conocemos: la educación; pero éste no es suficiente. El otro lo es la inmigración. Es menester recibir hombres de otros pueblos, precisamente de aquellos que sean capaces de remediar el mal causado por los hispanos al mezclarse con razas inferiores. Emigrantes europeos. ¡He ahí una de las soluciones! Son estos emigrantes los que han hecho la grandeza de Norteamérica.

“La dignidad y la posición futura de la raza española en el Atlántico —dice Sarmiento— exige que se presente ante las naciones en un cuerpo de nación que un día rivalice en poder y en progreso con la raza sajona del Norte” (Sarmiento s.f.: 126-127). “La emigración del exceso de población de unas naciones viejas a las nuevas, hace el efecto del vapor aplicado a la industria: centuplicar las fuerzas y producir en un día el trabajo de un siglo. Así se han engrandecido y poblado los Estados Unidos, así hemos de engrandecernos nosotros; y para nosotros el concurso de los europeos es más necesario que para los norteamericanos” (158-159). Ahora bien, ¿qué clase de inmigración prefieren Sarmiento, Alberdi y los hombres que anhelan la renovación de Hispanoamérica? La sajona. Es de ella de la que hablan cuando, con Alberdi, dicen: “Para atraer a esos pueblos en medio de los nuestros es menester dejarles traer su culto, y no obligarles a dejar sus altares en las puertas de la república” (“Acción civilizadora de Europa”). De aquí la necesidad de establecer, antes que otra cosa, la libertad de cultos, la libertad en materia religiosa. Y en otro lugar dice: “¿Queremos que los hábitos de orden y de industria prevalezcan en nuestra América? Llenémosla de gente que posea hondamente esos hábitos. Ellos son pegajosos: al lado del industrial europeo pronto se forma el industrial americano. Los Estados Unidos son grandes porque no aborrecen al europeo, todo lo contrario, le atraen, no generosa sino diestramente, y le asimilan a su población” (ibid.). Pero en todo caso será menester equilibrar a los hispanoamericanos con nueva sangre europea. Sarmiento en alguna ocasión piensa en Francia. “La inmigración del Río de la Plata —dice— será por eso latina. Francia representa al mundo civilizado [...] y Francia debe pensar que el Río de la Plata será para las razas latinas lo que los Estados Unidos para las anglosajonas” (Sarmiento s.f.).

De cualquier manera lo urgente es la inmigración; una inmigración sana, una inmigración europea. Ésta la necesitamos más aún que los Estados Unidos, dice Sarmiento. “Descendientes éstos [los Estados Unidos] de la industriosa, navegante y manufacturera Inglaterra, tienen en sus tradiciones nacionales, en su educación y en sus propensiones de raza, elementos de desenvolvimiento, riqueza y civilización que les bastarían sin auxilio extraño” (159). En cambio, “nosotros necesitamos mezclarnos a la población de países más adelantados que el nuestro, para que nos comuniquen sus artes, sus industrias, su actividad y su aptitud al trabajo” (159).

Muchos temen a Europa; temen que ésta vuelva a recuperar sus colonias en América. Pero este peligro no existirá si se hace a la América hispana fuerte, tan fuerte como lo son los Estados Unidos. Ahora bien, dice Sarmiento, “el medio [...] de suplir al tiempo y a la distancia para poblar, enriquecer nuestro país y hacerlo fuerte contra la Europa, es hacer segura la situación de los extranjeros, atraerlos a nuestro suelo, allanarles el camino de establecerse y hacerles amar el país, para que atraigan a su vez a otros con la noticia de su bienestar y de las ventajas de su posición” (160). “Cuantos más europeos acudan a un país, más se irá pareciendo ese país a la Europa, hasta que llegue un día en que le sea superior en riqueza, en población y en industria, cosa que ya sucede hoy en los Estados Unidos” (178). El modelo es siempre, como se ve, los

Estados Unidos. De Europa no se quiere sino a los emigrantes que hagan en Sudamérica lo mismo que hicieron en el norte. “¡Llamaos los Estados Unidos de la América del Sud —dice Sarmiento—, y el sentimiento de la dignidad humana y una noble emulación conspirarán en no hacer un baldón del nombre a que se asocian ideas grandes!” (204).

VII