Chapter 3 : Optimal Group Litigation from a Deterrence Perspective
2.2 Settlements
Los argentinos, al preguntarse por la causa de todos los males que sufre la América española, dan también la misma respuesta: España. ¡El mal —gritaba Sarmiento— lo llevamos dentro! Los hispanoamericanos no somos sino herederos de todos los defectos de la raza española. A estos defectos habría que sumar los de las razas con las cuales se mezclaron en América, la indígena y la negra. Dice Sarmiento: En América “iba a verse lo que produciría una mezcla de españoles puros, por elemento europeo, con una fuerte porción de raza negra, diluido el todo en una enorme masa de indígenas, hombres prehistóricos, de corta inteligencia” (Sarmiento 1915: 113). Tres elementos casi “sin práctica de las libertades políticas que constituyen el gobierno moderno” (113).
Por lo que se refiere a la inteligencia del pueblo español, agrega Sarmiento, ésta “fue atrofiada por una especie de mutilación, con cauterio a fuego” (171). Y como ya ha quedado establecido por el estudio de la anatomía comparada, “un músculo no usado por siglos [...] queda atrofiado por falta prolongada de uso” (171). Si hemos de aceptar, continuaba diciendo Sarmiento, que la inteligencia al ejercitarse agranda el cerebro, “es de creer que el del español no haya crecido más que en el siglo XIV, antes de que comenzase a obrar la Inquisición” (171). Y por lo que se
refiere al del pueblo hispanoamericano es de temer que “en general lo tenga más reducido que los españoles peninsulares a causa de la mezcla con razas que lo tienen conocidamente más pequeño que las razas europeas” (171). Por un lado, agrega el pensador argentino, están los indios, los cuales “no piensan porque no están preparados para ello” (172); y por el otro, los blancos españoles, que han “perdido el hábito de ejercitar el cerebro como órgano” (172). “El español, y con más razón el americano del Sur, nacen enervados por este atrofiamiento de las
facultades de gobierno ya adquiridas por la raza humana” (184). Era esta herencia la que imposibilitaba al hispanoamericano para alcanzar los bienes que la civilización había ya dado a otras razas.
La democracia, y con ella la libertad que suponía, resultaban ser imposibles en pueblos herederos de una mentalidad achicada por fuerzas despóticas. “Un español, o un americano del siglo XVI —dice Sarmiento—, debió decir: existo, luego no pienso”. Pues que no viviera si
hubiera tenido la desgracia de pensar por cuenta propia. “Con los reyes de Castilla y Aragón triunfaron los bárbaros, pues que comparados con los reyes de Granada y Córdoba, eran tales los pueblos y reyes del interior de España” (212). Sólo un pueblo bárbaro pudo pensar en imponer creencias mediante el fuego y la tortura. “Felipe II es la concentración del principio mahometano-español de la unidad de creencia. Él, y no el papa, funda la Inquisición” (212). Esta idea no es sino herencia mahometana. “Sin Mahoma no hay Inquisición en España” (213). “El papa conservó sin fuego la Inquisición. Pero sólo en España, y con ex mahometanos [...] podían levantarse altares al canibalismo, a la aversión a la vieja (la bruja) que han conservado los salvajes” (113). Tal es la mentalidad heredada por Hispanoamérica; tal es la enfermedad que traemos en la sangre. “El terror está en nosotros”.
Esteban Echeverría, por su lado, dice: “Dos legados funestos de la España traban principalmente el movimiento progresivo de la revolución americana: sus costumbres y su legislación” (“Dogma socialista” 146). Sus hábitos y su forma de gobierno. Son estas costumbres y esta legislación heredadas las que han detenido el avance de la revolución. “El gran pensamiento de la revolución no se ha realizado. Somos independientes, pero no libres” (148). De los hábitos y leyes heredados ha surgido la anarquía y, con ella, la contrarrevolución. El hispanoamericano educado para obedecer, no supo qué hacer con la libertad cuando obtuvo su independencia, y se entregó al caos. Este caos es el que va a ser aprovechado por quienes mantienen la vieja idea de orden para tratar de imponerlo nuevamente. “La idea estacionaria — dice Echeverría—, la idea española, saliendo de su tenebrosa guarida, levanta de nuevo triunfante su estólida cabeza y lanza anatemas contra el espíritu reformador y progresivo” (148). Pero, concluye diciendo, lleno de fe en el progreso, “su triunfo será efímero [...] Dios ha querido que el día de hoy no se parezca al de ayer; que el siglo de ahora no sea una repetición monótona del anterior [...] y que en el mundo moral como en el físico, en la vida del hombre como en la de los pueblos, todo marche y progrese” (149). Y este progreso será, por lo que se refiere a Hispanoamérica, el resultado del repudio que se haga de la herencia española.
Juan Bautista Alberdi, tomando en cuenta la nefasta herencia, profetiza diciendo: “Muchos estados de América tendrán sus respectivos Rosas. Digo sus Rosas, porque los tendrán; no en vano se llama a Rosas ‘hombre de América’. Lo es en verdad, porque es un tipo político que se hará ver al derredor de América como producto lógico de lo que en Buenos Aires lo produjo y existe en los estados hermanos”. Rosas es un producto de la tierra americana; un producto de lo que ésta ha sido por obra de la colonización española. “En todas partes el naranjo, llegando a cierta edad —dice Alberdi—, da naranjas. Donde haya repúblicas españolas, formadas de antiguas colonias, habrá dictadores, llegando a cierta altura el desarrollo de las cosas” (“La República Argentina 37 años después de su revolución de Mayo”).