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Communicative Rationality: A Preliminary Critique 4.0 Introductory remarks

4.3 The lifeworld

4.3.5 Functions of the Lifeworld

En las obras poéticas de García de la Huerta encontramos varias composiciones que podemos calificar de «encargos», normalmente destinados a la celebración de actos públicos. En la mayoría de los casos se trata de elogiar la figura del monarca, su familia, sus ministros y las acciones llevadas a cabo en la ilustrada búsqueda del bienestar y el progreso. Más que poesías son elogios en forma poética.

Esta modalidad, «conmemorativa», fue impulsada por las instituciones académicas, que encontraban así una forma de expresar sus preocupaciones e intenciones a la par que ofrecían el pago a un mecenazgo. Como ya vimos en el apartado biográfico, García de la Huerta pertenecía a varias de dichas instituciones y, por lo tanto, no debe extrañarnos que se le encargaran composiciones con motivo de determinados actos públicos. Además, debemos recordar que con anterioridad a 1766 el de Zafra era considerado «poeta oficial», en virtud de lo cual se le llamaba para que diera forma poética a importantes acontecimientos de la Corte. Tal es el caso, por ejemplo, de los Versos castellanos, que sirvieron para adornar los principales lugares por donde pasó Carlos III al efectuar en 1760 su entrada pública en Madrid.

El valor literario de estas composiciones es ínfimo. La finalidad de las mismas, el elogio del monarca y sus obras, casi invalida el medio poético. El carácter de encargo oficial apenas si deja libertad de creación para el poeta que «Volar quisiera a venerar postrado/ al monarca mayor y más glorioso/ y en el augusto altar dejar grabado/ mi labio siempre humilde y obsequioso»

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Las poesías de García de la Huerta se engloban en dos ediciones. La primera: Obras

poéticas, Madrid, A. Sancha, 1778-1779, 2 vols., y la segunda: Poesías, Madrid, Pantaleón

Aznar, 1786. A la hora de citar los diferentes poemas –además de la edición de la BAE, LXI, pp. 204-242-, pondremos la fecha y la página del volumen correspondiente.

(Poesías, 1778, 167 y BAE, L XI, 217). En el caso de García de la Huerta la estrechez se ve incrementada por su presumible poca simpatía por aquello que elogiaba tan desmesuradamente. Joaquín Arce señala con acierto esta circunstancia y manifiesta que el de Zafra

Por educación literaria, por principios y por sus polémicas con las mentes progresistas del país no era ideológicamente un ilustrado. Sin embargo, su mimetismo y su sometimiento adulatorio le hacen incurrir en temas, a veces impuestos, relacionados con la nueva literatura. Ni que decir tiene que los toca, los roza, se deja contaminar por algún término o concepto aislado, pero no participa nunca con empeño, comprometidamente, en los temas de la ilustración poética (p. 230).

Sin embargo, en estas palabras del crítico se entrevé un menosprecio hacia García de la Huerta que consideramos fuera de lugar. Parece expresar que nuestro autor fue un caso particular de «sometimiento adulatorio», olvidando que tal rasgo –que debemos entender como reflejo de unas determinadas circunstancias y no como una actitud personal valorable desde un punto de vista ético- fue bastante común en la época. García de la Huerta se limitó a repetir tópicos que resultarían gratos a los representantes del poder y, en consecuencia, no se planteaba ninguna innovación que trastocara la limitada finalidad de la composición, pero de esta circunstancia sólo cabe deducir una peculiar dependencia del poeta ante determinadas instancias, de las cuales casi nadie por entonces pudo sustraerse.

La composición denominada Égloga Piscatoria (Poesías, 1778, 140-153; BAE, L XI, 212-215) reúne todas las circunstancias antes señaladas, aunque presente una elaboración poética que la aleja en parte del mero elogio. En ella se desarrolla el encuentro de dos pescadores –Alción y Glauco- que, al modo de la tradición pastoril, dialogan en un marco convencional, siendo éste un procedimiento típico de García de la Huerta y su época. Los parlamentos de ambos personajes, intercalados con intervenciones del autor, son un pretexto para escribir los consabidos elogios a Carlos III. El excesivo convencionalismo del poema produce una sensación de oquedad dentro de ese tono elevado que no se deriva nunca del contenido de la composición. El poeta se ve obligado a contrarrestar el prosaísmo del elogio con la acumulación de rasgos retóricos que, al estar faltos de una base real, revelan elevadas dosis de artificiosidad.

Parecidas características encontramos en el poema de endecasílabos romanceados titulado Al Rey Nuestro Señor (Poesías, 1778, 201-204 y BAE, LXI, 220-221), escrito con motivo de la inauguración del nuevo palacio que iba a ocupar Carlos III. Si el índice de originalidad -concepto de escaso valor en las letras dieciochescas- de esta modalidad poética es bajo, en el presente poema casi resulta nulo, pues se trata de una paráfrasis de unos versos latinos escritos por Juan Oteo, oficial de la Real Biblioteca como el propio García de la Huerta. En este caso, como en otros, nos planteamos hasta qué punto podemos rastrear la presencia del autor en ese lenguaje supuestamente elevado, vacuo y despersonalizado, que muestra a menudo una formación clásica de apariencia cercana a la de Fray Gerundio. García de la Huerta no escribiría estos poemas a su pesar, pero su estro poético, su personalidad o cualquier otro rasgo personal carecen de vida en el amplificatio grandilocuente al que somete sus composiciones.

Con motivo de la distribución de los premios a los discípulos de nobles artes, la Academia de San Fernando encargó a García de la Huerta un Canto, que fue leído en la junta general celebrada el 3 de junio de 1763 (Poesías, 1978, pp. 154-168; BAE, LXI, 215-217). La composición de cuarenta y dos octavas reales tiene como eje central el elogio de Carlos III, a quien –según el poeta- los citados discípulos deben dedicar todas sus obras. Imbuido de la responsabilidad de dejar memoria eterna de tan ilustre reinado, comunica a las consabidas ninfas del Manzanares que

Hechos oiréis que excedan las ficciones De las más elevadas fantasías, Y ser mis decantadas predicciones Sucesos ya que ilustran nuestros días.

Si ocupan mundo y fama los blasones Del grande Carlos, a las rimas mías Ofrezcan, en señal de amor profundo

Su vo z la fama, su teatro el mundo.

A continuación, describe el idílico paisaje en donde se pierde en sueños el poeta para conocer numerosos prodigios hasta la aparición de una deidad, en forma de «bello joven», que le manda extender por el orbe la noticia de que Carlos protege las artes en la «mantuana academia». Ambos penetran posteriormente en una «suntuosa galería» que sirve de marco para dar cuenta de todas las grandes obras del rey y adular, al mismo tiempo, a algunos de los

miembros rectores de la academia. Vemos, pues, que la base temática es mínima, siguiendo siempre unas pautas preestablecidas. Todo se reduce a la búsqueda de la sonoridad del elogio, a la utilización de una mitología doméstica o menor que ayude a realzar las obras de Carlos III, aunque éstas tengan un carácter tan prosaico como el aumento de la plantilla de la Real Biblioteca.

Resulta difícil imaginar acontecimientos como la junta en la que se leyó el citado poema. Sería preciso adentrarse en una descripción costumbrista que, probablemente, nos revelaría algunas claves para entender mejor estas poesías. Aunque sea una hipótesis, supongo que el público asistente a tales celebraciones apenas se enteraría del contenido de los poemas. Habría un nivel intelectual relativamente alto entre los participantes en las mismas, pero – al igual que ocurriera con parte de la oratoria sagrada- la comunicación establecida entre el poeta y el público se centraría más en la altisonancia de la forma que en el contenido. Las innumerables citas mitológicas, la proliferación del hipérbaton, las imágenes rebuscadas y otros rasgos tienden a sorprender y admirar a un público que daría por supuesto el mensaje.

Joaquín Arce señala que los elogios dedicados por García de la Huerta a Carlos III, el rey ilustrado, no están «en relación con los ideales del tiempo, sino reducidos en general al vacuo elogio genérico, a poesía meramente encomiástica» (231). García de la Huerta defendía unos ideales que, aunque de su tiempo también, mantienen una orientación diferenciada de lo que marcaban los ilustrados. Resulta absurdo pedir al autor de Raquel una contribución al espíritu ilustrado. No debe, pues, sorprender que su elogio genérico estuviera dirigido al poder y no a su concreción más acorde con dicho espíritu.

Esta circunstancia también se percibe en los endecasílabos con rima asonantada de romance recitados por García de la Huerta en la Real Academia de San Fernando el 25 de julio de 1778 (Poesías, 1778, 178-185; BAE, L XI, 219-220). Tras un largo paréntesis, el poeta reaparece en estos actos públicos, aunque no llamado por la fama que le dispensara la representación de Raquel –como supone Joaquín Arce-, pues ésta fue estrenada en Madrid cinco meses después de la citada junta académica. A pesar del tiempo transcurrido, apenas hay variaciones significativas en la formulación de sus repetidos elogios, salvo un menor número de referencias mitológicas. No obstante, hallamos en los

Endecasílabos un rasgo personal del autor cuando escribe: «Vuelve, voz mía, a ser en los elogios/ del grande Carlos nuevamente oída;/ objeto capaz sólo de excitarte,/ por tantos años muda o intermisa». Se refiere a su destierro, que estaría presente en la mente del autor cuando, delante del mismo Floridablanca, recitara una vez más los consabidos elogios al poder.

En resumen, las anodinas y reiterativas poesías conmemorativas revelan más datos sobre la sociología de ciertas manifestaciones poéticas que sobre García de la Huerta y su obra lírica. Por razones ideológicas y por la estrechez de esta modalidad poética, estas composiciones apenas son pertinentes a la hora de juzgar a nuestro autor como poeta. Sin embargo, habría que pensar si la Academia de San Fernando requería para tales ocasiones un poeta o un coplero culto.

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