CHAPTER 5: CONCLUSIONS AND IMPLICATIONS
5.8 Further research
Los tiempos actuales se caracterizan por una reflexión constante sobre los logros obtenidos, pero también sobre los retos y desafíos que hay que enfrentar; aún cuando existen diferentes puntos de vista, en general hay coincidencia en cuanto a la apremiante necesidad de revertir el deterioro social y ambiental que amenaza la sobrevivencia de la especie humana (Elizondo, 2003).
Dentro de este contexto, “La educación recupera su importancia estratégica; los distintos sectores reconocen y confirman que la escuela es el espacio en el que se depositan las expectativas sociales para mejorar y crecer personal y socialmente”. (Elizondo, p.27) diversos autores concuerdan con esta idea; Fullan y Hargreaves (1999) consideran que la escuela es la base del cambio y para precisar este
planteamiento, sostienen que Sirotnik (1987, citado por Fullan y Hargreaves) propone definirla como “el centro del cambio”; porque de esta manera se acepta que hay otros muchos elementos en derredor y que está inserta en una contexto sociopolítico del cual necesita para lograr el cambio.
En los distintos espacios y foros internacionales donde se debaten temas educativos, se reconoce que la educación debe transformarse para enfrentar los retos de la sociedad actual; dicha transformación incluye principalmente a los docentes y a los directivos; quienes enfrentan cada vez mayores exigencias de los distintos sectores, ya sea de las autoridades, de las familias y de la sociedad en general. En realidad, se le atribuyen al docente una diversidad ingente de responsabilidades que difícilmente podría cumplir sin la participación de los distintos sectores sociales, como dicen Fullan
y Stiegelbauer (2000, p.107) “si funciona un programa nuevo, a los maestros se les da muy poco crédito; si fracasa, ellos son los principales culpables”.
En los últimos años, se ha insistido más en la necesidad de mejorar la calidad en la educación; esto obedece, probablemente, al establecimiento de parámetros globales y a la creación de organismos nacionales e internacionales que califican periódicamente los perfiles de desempeño y los alcances de la educación del país; tomando en cuenta las ideas de Ramírez ( 2002, p.2) el concepto de calidad “se asocia a valor, a excelencia, a aquello que es digno de reconocimiento, a la obra bien
terminada […] calidad es también un anhelo, un deseo de perfección, un objetivo al cual aproximarse, pero que nunca se consigue del todo”.
Lo anterior puede estar vinculado con el hecho de que cada día son más las necesidades que la sociedad enfrenta, por lo mismo, los distintos grupos de la sociedad están asumiendo una actitud crítica que evidencia los grandes rezagos educativos. Aunado a esto, los diversos organismos de evaluación han presentado cifras
alarmantes en cuanto al estado actual de la educación en México y esto ha aumentado la preocupación por la calidad del servicio educativo que se ofrece.
Desafortunadamente, ante esta situación se han firmado e implementado un sinnúmero de acuerdos, proyectos y programas que pretenden solucionar este problema. Los resultados aún no son favorables, ya que ninguno de estos programas ha podido consolidarse ni impactar verdaderamente en el ámbito educativo.
Lograr que una escuela brinde una educación de calidad es una tarea que no solo compete a los maestros, en ella también se debe involucrar todo el sector educativo y la sociedad en general; ya que de esta última emergen, a su vez, las necesidades y
requerimientos de la escuela; en este sentido, “La gestión escolar juega un papel importante en la transformación de la escuela”, (Elizondo, 2003, p. 99) es decir, la escuela puede convertirse en el centro del cambio a través de una resignificación de los roles del director y de los maestros; considerando para ello nuevos mecanismos pedagógicos y administrativos a través del liderazgo y acciones que emprendan ambos en cada escuela; el propósito fundamental es que los propios colectivos docentes sean capaces de llevar a cabo proyectos educativos; desde el diagnóstico, planeación, realización y evaluación; vinculando todo este trabajo a la comunidad; considerando siempre una meta específica: mejorar la calidad educativa.
En este proyecto, se reconoce la importancia del maestro y la necesidad de darle la autoridad, los medios y las condiciones que requiere para desempeñar su labor; por ello se promueve replantear la visión y funciones del directivo, en aras de lograr una mayor participación de los docentes; entre otros planteamientos, se resaltan los siguientes por estar relacionados con la actualización docente:
Impulsar las acciones creativas de los profesores, directores y asesores técnicos a fin de incrementar su efectividad en cuanto al logro de objetivos.
Asesorar a directores y profesores, dejando de lado la vieja idea de que el directivo es “profesor de profesores” y el profesor un “profesional de escasa calificación profesional”, en busca de una nueva visión de ser directivo cuyo lema sea trabajar con las escuelas en la búsqueda conjunta de la mejora continua de la efectividad de la enseñanza, entendida como la satisfacción que se da a las demandas de educación escolar que plantean los ciudadanos en particular y la sociedad en general” (Elizondo, p.120). El Programa de Educación Preescolar (PEP), establece que la formación de
los educadores no termina al egresar de las escuelas normales , ni se circunscribe a los estudios que en estos centros se imparten, ya que el educador deberá enfrentarse en su quehacer educativo dentro de la comunidad en que se desenvuelve a realidades específicas que exigen una constante superación, actualización profesional y desarrollo de habilidades que le permitan entender y resolver las necesidades de su competencia con un mayor nivel de calidad de su tarea educativa (SEP, 1993).
Al mismo tiempo que es necesario actualizar el concepto y el estilo de liderazgo, es preciso dar otro enfoque a las actividades asociadas a la planificación que
tradicionalmente han estado ligadas a la función de dirección y que en este modelo, se pretende convertir en trabajo colegiado donde participe toda la comunidad docente.
Por último, teniendo como base los avances en las teorías de la organización y considerando la necesidad de vincular la actualización profesional de los profesores a la calidad de la enseñanza; es fundamental desarrollar un sistema de evaluación que cuente con criterios de equidad y objetividad y sea apropiado para llevar un
seguimiento de los procesos educativos y dé cuenta sobre la eficacia del trabajo
realizado por los docentes y directivos; así también evidencie las áreas susceptibles de mejora (Elizondo, 2003). El PEP propone que la asesoría a la práctica docente es fundamental, no sólo para alcanzar los objetivos educativos y su adecuación a las características específicas del medio ambiente en el que se ubica cada plantel
educativo, sino para incorporar al educador y su práctica a un sistema permanente de evaluación que involucra desde su mejoramiento profesional hasta su participación activa como sujeto de promoción social (SEP).
La tarea de educar es un reto continuo e incesante porque los problemas que enfrentan los docentes constantemente se están transformando de acuerdo a los cambios que de manera natural tienen los aprendices y la propia sociedad; por lo mismo, se mantiene vigente la necesidad de que los docentes cuenten con los conocimientos necesarios para darles un tratamiento efectivo; es fundamental la disposición y actitud del docente para reconocer que existen problemas, ya que de su detección y solución depende el avance en el nivel de calidad de la educación.
Actualmente se considera que las soluciones a dichos problemas deben emerger desde los microespacios del sistema educativo; es decir en las escuelas y la calidad de la educación será equiparable a la capacidad que tengan éstas para resolver sus
problemas de manera oportuna, pertinente y eficaz. De ahí deriva la importancia de que los docentes se mantengan actualizados y con una mentalidad de renovación
constante para estar acordes a los cambios que se dan al interior de la escuela, pero con una visión amplia del sistema educativo para entender el entramado de relaciones que existe entre los distintos elementos. “El pensamiento sistémico es una manera distinta de ver el mundo; aprender a ver totalidades en vez de fracciones” (Senge, 1999, p.91).
Se parte de la premisa de que la escuela es el centro de atención, pues ahí es donde surgen las reformas que buscan cambiar la educación; es decir, la verdadera transformación debe darse al interior de las escuelas y debe surgir por iniciativa de los docentes, buscando siempre que estas iniciativas impacten a la zona escolar, al sector y a todo el sistema educativo.
La gestión escolar no puede llevarse a cabo de manera aislada, es preciso que en ella participen todos los actores, desde los docentes, directivos, supervisores, jefes de sector y comunidad; pero se hace hincapié en la necesidad de una nueva cultura escolar en la que los participantes tengan una convicción plena para trabajar de manera conjunta a favor del cambio educativo. Este planteamiento coincide
completamente con lo expuesto por Fullan y Stiegelbauer (2000) en el sentido de que es necesario conocer cómo se aprecia el cambio desde distintas perspectivas: desde la visión del docente, del estudiante, del administrador, del padre de familia y combinar el conocimiento en conjunto de estas situaciones con un entendimiento de los
elementos organizativos e institucionales que confluyen en el proceso del cambio.