• No results found

Future possibilities

13 Conclusions

13.1 Future possibilities

En 1943, al frente de la versión al castellano de un libro de crónicas sobre la llamada Segunda Guerra Mundial, escribió Pablo Neruda: "Yo me muero de cólera viendo al jovencito azteca, viendo al jovencito cubano o argentino endilgarnos su retahíla sobre Kafka, sobre Rilke y sobre Lawrence..."1.

Hoy, un cuarto de siglo más tarde, las razones para morirse de esa cólera son menores; hoy el jovencito mexicano, cubano o argentino en trance de hablar de literatura, encontrará del peor gusto dejar de mencionar a toda una tribu de escritores latino­ americanos. Lo cual no quiere decir que ignore a Kafka o Rilke. Esto revela algunas cosas; que hoy existe entre nosotros, en el plano literario, una mayor intercomunicación, es una de esas cosas2.

Evidentemente, la nueva literatura latinoamericana ha co­ brado prestigio a los ojos del nuevo lector latinoamericano: el porteñismo idiomático de Rayuela (1963) o la fabulosa Co­ lombia de Cien años de soledad (1967) no han impedido que mexicanos, chilenos y cubanos hayan sentido gratitud y orgullo ante esos libros mayores de nuestra común tradición. Cortázar * Escrito en 1969 y publicado originalmente, con el título "Intercomuni­ cación y nueva literatura", en América Latina en su literatura, coordinación

e introducción por CÉSAR FERNÁNDEZ MORENO, México, 1972.

1 PABLO NERUDA: "Prólogo" al libro de ILYA EHRENBURG Muerte al in- vasor. Crónicas de guerra 1941-43, México, 1943, pág. 9.

2 Aun en el ámbito continental, se puede tomar el término "intercomu­

nicación" en dos sentidos: referido a los autores, conscientes de aspirar a metas comunes; o referido a los lectores, que entran en contacto a través de la literatura. Por lo general, lo tomaré en este segundo sentido, que además suele incluir al primero: pero cuando sea necesario, señalaré las distinciones.

y García Márquez no se han visto obligados ni a escribir una lengua abstracta, neutra, que sería comprensible para todos los hispanoamericanos pero asumible por ninguno; ni a abru­ mar sus páginas con los consabidos glosarios de los textos fol- clóricos: ni academia ni museo. Han procedido con la sabia naturalidad con que se ha escrito siempre la mejor literatura, hablando de lo suyo y con su lengua, y la singular consecuen­ cia de ello ha sido que el argentino Cortázar y el colombiano García Márquez están siendo leídos en los distintos países de la América Latina no como extranjeros más o menos cercanos, sino como escritores de una misma literatura, como represen­ tantes de lo que ya es habitual llamar "nueva novela latino­ americana" 3, junto a los cubanos Carpentier y Lezama, los

argentinos Marechal, Bioy Casares, Sábato, Viñas, el bra­ sileño Guimarâes Rosa, los mexicanos Yáñez, Ruvueltas, Rulfo, Fuentes, los peruanos Arguedas y Vargas Llosa, los uruguayos Onetti y Benedetti, el paraguayo Roa Bastos, el haitiano Alexis, el venezolano Garmendia y tantos otros. Para apreciar mejor la relativa novedad de este hecho —que estén siendo leídos en Latinoamérica como autores latino­ americanos —, conviene recordar algunos momentos en los que nuestra literatura ha sido asumida como una unidad.

Naturalmente, el primero de esos momentos se remite a aquella voluntad de secesión, o al menos de autonomía, que a raíz de la independencia política de la mayor parte de His­ panoamérica había expresado Andrés Bello en su "Alocución a la Poesía" (1823), y que sería sobre todo una de las metas de la primera generación romántica latinoamericana. No es extra­ ño que con aquel texto de Bello se iniciara América poética (1846), la selección antológica con que Juan María Gutiérrez quiso mostrar un cuerpo de poesía hispanoamericana separado

3 Cf. una temprana presentación en el número 26 (octubre-diciembre

de 1964) de Casa de las Américas, dedicado a Nueva novela latinoamericana, que abre con el excelente ensayo de ÁNGEL RAMA "Diez problemas para el novelista latinoamericano", e incluye capítulos de novelas de Carpentier, Cortázar, Onetti, Sábato, Fuentes y Vargas Llosa, y trabajos sobre estos autores y además sobre Rulfo y Arguedas.

de la europea (de la española por lo pronto). La voluntad era mayor que la realización, pero importa destacar esa conciencia inicial de integrar una literatura otra. Ahora bien: ¿por quiénes fue leída esa ambiciosa antología? Carecemos de un estudio sobre el público, sobre los consumidores de literatura en la América Latina, pero todo hace creer que, en buena parte del siglo xIx, ellos apenas sobrepasaban el conjunto de los propios productores de literatura. Los escritores, en medio de masas analfabetas que a su vez producían y transmitían literaturas orales, se leían entre sí, y además (o sobre todo) leían a esos escritores mayores que eran los europeos.

Si en ese primer momento tal es, prácticamente, la situa­ ción, no puede decirse lo mismo de la etapa Martí-Rodó, etapa que incluye el primer movimiento literario realmente surgido de Hispanoamérica, y capaz de influir sobre la propia Europa — al menos, sobre esa parte suya bastante europea que era España—: el modernismo hispanoamericano. En otro sitio4 he

querido contribuir a rectificar la apreciación insuficiente sobre lo que éste fue, apreciación basada sólo en un aspecto de la obra de Darío y otros poetas cercanos, y que precisamente no hace justicia a hombres como Rodó y, en especial, Martí. Por ahora bastará con destacar que los autores de este momento, en grado por supuesto variable, sí van a contar con un público real, que ya no se confunde con el conjunto de los escritores mismos, sino que está integrado sobre todo por una creciente clase media en que se recluían a la vez productores y consu­ midores de literatura, fenómeno que se hará ver con más cla­ ridad entrado el siglo. Es posible que pocos de los libros mo­ dernistas (los de cuentos de Quiroga, Ariel...) disfruten de amplia difusión (predomina en ellos la poesía, de consumo más restringido), pero una prensa de calidad, desarrollada por entonces, da a conocer a estos autores de un extremo a otro del Continente. Una veintena de periódicos difunde las crónicas de José Martí, que conmueven al anciano Sarmiento y deciden

la prosa del joven Darío. Entre esos periódicos está La Nación, de Buenos Aires, ciudad a la que la inmigración ha contribuido a convertir ya, al decir de Darío en las "Palabras liminares" de Prosas profanas (1896), en "cosmópolis". En La Nación también colaborarán Darío y Rodó. Si a primera vista esas "Palabras liminares" parecen responder a la "Alocución a la Poesía", setenta años después, que no, que la Poesía no se ha trasladado a América y sigue por Europa, especialmente por París; si Rodó puede decirle al autor de aquel libro que "no es el poeta de América"5, sería absurdo quedarnos en estas esca­

ramuzas, y limitar el modernismo hispanoamericano a ese libro de un poeta veinteañero. Darío es también (¿y por qué no sobre todo?) el autor de Cantos de vida y esperanza (1905), de Poema del otoño (1910), incluso de ese Canto a la Argentina

(1910) que ningún parnasiano ni simbolista hubiera escrito (como tampoco hubiera escrito las Odas seculares ni los Ro-

mances de Lugones), y en que la poesía de las Silvas americanas

atraviesa, de paso hacia la "Suave patria", hacia ciertos himnos de Tala y sobre todo del Canto general. Incluso por su "asún- tica" y por su modo de abordarla, Darío sí es el poeta de nuestra América: un poeta que cuando logró al cabo que su soñado París se le volviera un París real, fue para encontrar que la ciudad, por la boca amada de Verlaine, le decía merde! Darío es el primer poeta de nuestra América, como Martí la primera figura universal de su espíritu. Los modernistas his­ panoamericanos, en general, son quienes, habiendo arrancado, paradójicamente en muchos casos, de un despego por sus tierras pobres, van a constituir el primer conjunto de escritores que satisfacerá el proyecto Bello-Gutiérrez. Las crónicas de Martí, los mejores poemas de Darío, algunos ensayos de Rodó, los cuentos de Quiroga, ciertas páginas de Lugones y de González Martínez y muchos textos más (incluyendo los más difundidos, los que más público han conquistado hasta nuestros días, per-

5 Como se sabe, el largo trabajo, fechado en Montevideo en 1899, donde

Rodó emite tal juicio sobre Darío, fue puesto por este como prólogo a la segunda edición de Prosas profanas (1901)... sin el nombre del autor.

meando clases y grupos sociales, y que sin embargo solemos silenciar hoy: los de Vargas Vila y Nervo) lograron dar voz propia al Continente, y conocieron esa intercomunicación que algunos pretenden atribuir sólo a la ahora nueva literatura.

Todavía antes de llegar a nuestros días, cabe aludir a un tercer instante: ese que, a falta de nombre mejor, solemos desig­ nar con el de vanguardismo. Podemos hablar, como volveré a hacerlo ahora, de "generación vanguardista" 6, pero el fenó­

meno característicamente vanguardista apenas sobrepasa los años 30 de este siglo. Sólo que entonces, si abandonamos la fidelidad a una generación, que sigue produciendo e incluso alcanza madurez después de esos años, para fijarnos en una época, el panorama se hace más complejo. Como fenómeno restringido, nuestro vanguardismo literario —a semejanza del modernismo hispanoamericano, pero con más estrechez que él — fue un hecho predominantemente poético: Huidobro había inventado antes del 20 y en Europa su creacionismo; Borges llevó de España a Argentina el ultraísmo en 1921; Maples Arce lanzó ese año en México el estridentismo, y en 1922 se hace presente el vanguardismo brasileño, con el nombre de modernismo. Sus practicantes eran sobre todo poetas, y se sentían ferozmente vanguardistas, aunque apenas pudieran explicar qué era serlo, fuera de señalar algunos desmante- lamientos del verso y un empobrecedor fanatismo metafórico. Sus revistas eran minoritarias, y algunas tan exiguas que, como la mural Prisma, se bastaban con una cara de hoja. Pero su intercomunicación era grande, y su irradiación considerable, mucho mayor de lo que a primera vista pudiera parecer. Un ejemplo entre tantos de la intercomunicación: la antología

Índice de la nueva poesía americana7, que prologaron el pe-

6 Ya hablé de ella, por ejemplo, en la conferencia "Situación actual de

poesía hispanoamericana", que leí en la Casa Hispánica de la Universidad de Columbia, Nueva York, el 11 de noviembre de 1957. Apareció en Revista

Hispánica Moderna, octubre de 1958, y después en mi libro Papelería,

La Habana, 1962.

7 Índice de la nueva poesía americana, prólogo [s] de ALBERTO HIDALGO,

VICENTE HUIDOBRO y JORGE LUIS BORGES, Buenos Aires, 1926. Se trata de una

ruano Alberto Hidalgo —quien, al parecer, la compiló—, el chileno Vicente Huidobro y el argentino Jorge Luis Borges. En este libro precoz están ya reunidos, además de Hidalgo, Huidobro y Borges, a quienes el tiempo se encargaría de jerar­ quizar, Marechal, Bernárdez, Pablo de Rokha, Rosamel del Valle, Díaz Casanueva, Neruda, Cardoza y Aragón, Maples Arce "el compañero Maples Arce", (como dice entonces Borges) 8, Pellicer, Novo, Pereda Valdés. En cuanto a lo se­

gundo, su irradiación, sería un error tomar en cuenta sólo sus publicaciones minoritarias, aunque éstas no carecieran de im­ portancia: piénsese en Martín Fierro, en Amauta, en Revista

de Avance, en Contemporáneos. La verdad es que con frecuen­

cia asaltaban publicaciones masivas, y desde ellas imponían sus criterios. Así ocurrió en Cuba, donde su tardío equipo vanguar­ dista logró expresarse en la mejor revista habitual del país,

Social, y en el periódico más conservador y establecido, Diario de la Marina, cuyo Suplemento Literario controló en 1927.

Y si miramos no sólo al restringido fenómeno poético que fue el vanguardismo, sino a la época 1920-30, la situación es mucho más rica: en esa década, Vasconcelos ha hecho de México un centro de atracción para intelectuales del Conti­ nente, y ha lanzado desde allí tanto el movimiento de la pintura mural como sus propias palabras mesiánicas; en esa década aparecen casi simultáneamente las novelas La vorágine (1924),

Don Segundo Sombra (1926) y Doña Bárbara (1929). Sus

autores, Rivera, Güiraldes y Gallegos, pertenecen por su edad a la generación anterior, la de los poetas Luis Carlos López y Fernández Moreno. Pero mientras estos últimos se encuentran con una obra definida, que apenas modificarán, al romper la década del 20, es sólo en ésta que los novelistas, requeridos de mayor madurez, producirán sus obras relevantes. Ello acabará vinculándolos más, de alguna manera, a la generación siguien­ te, que los considera entonces como sus mayores9. El fenómeno

8 Op. cit., págs. 15-16.

9 Güiraldes colaboró con los ultraístas argentinos, como uno más entre

ellos. Un vanguardista cubano, JUAN MARINELLO, mezclará abiertamente esas obras a las de su propia generación, pero considerando a aquellas "Tres

no es nuevo ni exclusivo, y lo veremos repetirse con narradores de la propia generación vanguardista, como Asturias y sobre todo Carpentier, cuyas obras importantes aparecerán después de 1940, integradas a las de promociones más jóvenes.

Difícilmente puede negarse que conoció intercomunicación

latinoamericana la época de las revistas vanguardistas, del mo­

dernismo brasileño, de los Veinte poemas de Neruda, del surgi­ miento del negrismo y del indigenismo, de La raza cósmica e

Indología, de La vorágine, Don Segundo Sombra y Doña Bárbara, de los Seis ensayos en busca de nuestra expresión de

Henríquez Ureña y los Siete ensayos de interpretación de la

realidad peruana de Mariátegui. Es una época que expresó la

confianza en lo nuestro, y en que esa confianza encontró eco de un extremo a otro del Continente.

Sin embargo, si en épocas anteriores hubo cierta interco­ municación latinoamericana en lo tocante a la literatura, indu­ dablemente que aquella es mucho mayor en la actualidad. La certidumbre de este hecho está avivada en nosotros por el con­ traste que nuestra época nos ofrece no tanto con la situación del modernismo hispanoamericano o del vanguardismo, como con la de los años anteriores a estos de ahora: ese "pasado inmediato" tan agudamente visto por Reyes como "en cierto modo, el enemigo" 10. Aquellos se nos aparecen como años de

aislamiento, de balcanización (término que creo que entonces no se empleaba), en que se fragmentó considerablemente la conciencia de unidad latinoamericana y la intercomunicación consiguiente. Incluso un hecho de tanta irradiación continental como la Revolución Mexicana, que en su momento había reper­ cutido en todos los países latinoamericanos, quedaba ahora constreñido a un hecho local, cuyo comentario (por otra parte lúcido) sería la primera versión (1950) de El laberinto de la

novelas ejemplares", Literatura hispanoamericana. Hombres, Meditaciones, México, 1937, págs. 143-163.

10 ALFONSO REYES: "Pasado inmediato" (1939), Obras completas, tomo

soledad, de Octavio Paz. En esa línea de persecución agónica

de los fragmentos se inscriben meditaciones ya no sobre la América Latina, sino sobre "lo argentino" (Ezequiel Martínez Estrada: Muerte y transfiguración de Martín Fierro, 1948) o "lo cubano" (Cintio Vitier: Lo cubano en la poesía, 1958). Son libros magníficos, pero que en vez de mirar a la América Latina (como habían hecho incluso los Siete ensayos de Ma- riátegui y algunas obras similares, a pesar de estar centradas en un solo país), se vuelven sobre esos compartimientos estan­ cos, y, aunque rechazando la trampa folclórica, quieren recoger con dolor, con ilusión, a veces con ira, los rasgos que nos permiten sabernos unos: sólo que esos rasgos no se les presentan ya a sus autores como continentales, sino como locales, como nacionales (en países que a veces a duras penas son naciones). En este momento, trabados entre el arraigo angustioso en lo inmediato y el desarraigo que nos abría, inferiorizados, hacia otros aires que parecían mejores, el Neruda de entonces lanza el anatema citado al comienzo. Cuando se volvía a sus revistas locales, el joven mexicano leería El Hijo Pródigo; el cubano,

Orígenes; el argentino seguía leyendo Sur. Contrastado con ese

instante, el de hoy aparece como lleno otra vez, y con fuerza mayor que nunca, de confianza en los valores de nuestra literatura 11.

Esto no es igualmente válido para todos los géneros: apenas lo es, en general, para el teatro; lo es poco para el ensayo — si dejamos de lado el ensayo político para quedarnos con el estrictamente literario—; lo es más para la poesía; y es válido sobre todo para la narrativa, que vive ahora un desarrollo comparable al que la poesía conoció hace setenta años con los

11 Como podría pensarse que sucumbo aquí a la fácil tentación de incri­

minar nuestro "pasado inmediato", quiero recordar unas palabras que dije en aquel pasado, al dar la conferencia que cité en la nota 6: "Si pensamos en el buen tiempo viejo de la vanguardia, cuando todo el Continente pare­ cía sentirse unido por un aliento común, con todas las revistas con un ingenuo nombre puntiagudo hacia el futuro —Proa, Revista de Avance,

Contemporáneos—, no podemos menos que experimentar cierta nostalgia

al ver la desunión y la desesperanza de nuestros días". ("Situación actual de la poesía hispanoamericana", Papelería, págs. 26-27).

modernistas hispanoamericanos, o hace treinta o cuarenta con los vanguardistas. Sobre todo con los primeros, cabe comparar a estos nuevos novelistas latinoamericanos. De hecho, los últi­ mos parecen hacer para la novelística lo que los modernistas hispanoamericanos hicieron para la poesía de su comarca12.

Decir esto no es, por supuesto, negar que con anterioridad hubiera habido una novelística y novelistas importantes en la América Latina (Azuela, Rivera, Güiraldes, Gallegos, Amado, Alegría...)1 3. En Tientos y diferencias, después de

recordarnos que "puede producirse una gran novela en una época, en un país", sin que ello signifique "que en esa época, en ese país, exista realmente la novela", pues "para hablarse de novela es menester que exista una novelística", añade Car- pentier: "La novela es un género tardío. Países hay actual­ mente, del Asia, del África, que, poseyendo una poesía milenaria, apenas si empienzan a tener una novelística"14.

Todo indica que para la América Latina ésta es la hora de consolidación de ese "género tardío", que tardíamente surgió en América ("la última novela picaresca de la literatura mun­ dial fue, paradójicamente, la primera hispanoamericana", se ha dicho con amena simetría) 15, y que, después de intentos no

12 La comparación se haría habitual, y aparece, por ejemplo, en el edi­

torial de la entrega que Casa de las Américas dedicó al Encuentro con

Rubén Darío (núm. 42, mayo-junio de 1967): "Se ha dicho con justicia

que en los últimos años la narrativa de nuestro continente ha alcanzado jerarquía universal [...] Conviene recordar que un fenómeno así había empezado a ocurrir para nuestra poesía desde finales del siglo xIx, y que a ello no es ajena la obra mayor de Rubén Darío".

13 Incluso han podido publicarse antologías apreciables de la novela lati­

noamericana anterior: cf., por ejemplo, ÁNGEL FLORES: Historia y antología

del cuento y la novela en Hispanoamérica, Nueva York, 1959; o Novelas selectas de Hispano América, siglo xIx, dos tomos, prólogo, selección y notas

de SALVADOR REYES NEVARES, México, 1959. También pudieron hacerse anto­ logías apreciables de la poesía hispanoamericana previa al modernismo, desde

la de GUTIÉRREZ hasta la de MENÉNDEZ y PELAYO, y aun la de CALIXTO

OYUELA: esta última aparecida después, pero con perspectiva premodernista.

14 ALEJO CARPENTIER: Tientos y diferencias. (Ensayos), México, 1964,

págs. 5 y 9.

carentes de valor, adquiere en estos años esa figura estable que la poesía había alcanzado entre nosotros desde hacía muchas dé­ cadas. La ratificación del público, y cierta homogeneidad de que