Chapter 7 Concluding Remarks and Future Work
7.2 Future Work
La inteligencia, en general, es un constructo psicológico que aún no ha terminado de asentarse con las nuevas propuestas realizadas. Creemos necesario realizar una breve, y resumida, revisión sobre la evolución del concepto de inteligencia, a lo largo del pasado siglo que recién finaliza y lo que va del presente.
El concepto de inteligencia va ligado a la cultura y en occidente tradicionalmente se ha relacionado con competencias de índole cognitivo y metacognitivo, así como con otras habilidades de orden intelectual como las habilidades de insight. Este concepto ha ido poco a poco cambiando y según el autor al que hagamos mención la inteligencia abarcaría desde dimensiones y habilidades creativas, afectivas, sociales, motivacionales, volitivas hasta de personalidad. Actualmente existe cierto descontento general con la visión unitaria de la inteligencia por lo que se impone una reformulación científica de este concepto teniendo en cuenta nuestra naturaleza de seres no sólo pensantes, sino también sentientes y sociales. (Sánchez y Hume, 2007).
Al margen de la disparidad de definiciones de inteligencia existentes, la evolución del concepto de inteligencia se ha efectuado desde la medición de la inteligencia académica y la obtención del cociente intelectual siguiendo por el reconocimiento de que las habilidades intelectuales son dinámicas y flexibles hasta la aceptación de la existencia de distintos tipos de inteligencias (Extremera y Fernández, 2003; Sánchez y Hume, 2007). .
Los primeros estudios entorno a la inteligencia dan lugar a la denominación de “coeficiente intelectual” (CI). Sin embargo esta concepción tradicional muestra sus limitaciones en primer lugar porque asocia la inteligencia esencialmente a la esfera académica e intelectual, lo que conlleva a una segunda insuficiencia: obvian que las emociones también proveen inteligencia.
La polémica suscitada por los enfoques centrados en el coeficiente intelectual, origina nuevas propuestas teóricas que evolucionan desde un enfoque meramente psicométrico a otro más humanista que se centra en el papel de las emociones en la regulación de la personalidad.
Principios del siglo. XX
Galton fue uno de los primeros investigadores que se interesó por el estudio sistemático de las diferencias individuales en la capacidad mental. Convencido de sus características innatas, le interesaban aquellos factores que hacen que las personas sean diferentes, guiado por la idea, vigente aún, de la evolución y en especial de la variación.
Siguiendo a Hardy (1992) antes de los trabajos de Galton, en 1890 Catell inventa pruebas mentales con el objetivo de convertir la Psicología en una ciencia aplicada. En 1905 Binet desarrolla un instrumento de evaluación de la inteligencia para niños bajo el encargo del ministerio francés de la instrucción pública. En 1916 en la nueva versión del Stanford-Binet aparece por primera vez el concepto de cociente intelectual (CI), actualmente los teóricos de la Inteligencia emocional buscan un cociente emocional (CE), Estos trabajos dieron lugar a una larga polémica entre los defensores de una inteligencia general o factor G (Terman o Spearman) y los defensores de una teoría correlacional de la inteligencia más pluralista (Thurstone o Guilford) en el que ésta puede concebirse como un gran número de "vínculos" estructurales independientes como los reflejos, los hábitos, la experiencia, etc. Siguiendo a Sternberg y Powell (1989) la ejecución de una tarea activaría muchos de estos vínculos.
De los años 20 a los 50
El concepto de inteligencia emocional, aunque esté de actualidad, tiene a nuestro parecer un claro precursor en el concepto de Inteligencia social de Thorndike (1920,
p. 228) quien la definió como "la habilidad para comprender y dirigir a los hombres y
Para Thorndike además de la inteligencia social existen también otros dos tipos de inteligencias: la abstracta –habilidad para manejar ideas- y la mecánica- habilidad para entender y manejar objetos- .
En los años 30 con el auge del conductismo entramos en una larga etapa de "silenciamiento" de los procesos no directamente observables como la inteligencia. No obstante, aparecen algunos trabajos en esta época como los de Wechsler con el diseño de las dos baterías de pruebas de inteligencia: para adultos (1939) –WAIS- y el de niños (1949) –WISC-. Ambas siguen siendo utilizadas hoy en día.
De los 50 a la actualidad
Desde el punto de vista científico varios hechos han permitido que poco a poco el estudio sobre la Inteligencia emocional haya ido asentándose desde esta fecha hasta la actualidad.
El debilitamiento de las posturas conductistas y la emergencia de los procesos cognitivos aparecen con el estructuralismo. Los trabajos de Piaget y su teoría sobre el desarrollo intelectual contrasta visiblemente de las posturas psicometricistas y del procesamiento de la información (Hardy, 1992).
Desde el procesamiento de la información se desarrollan dos enfoques: por un lado, el de los correlatos cognitivos en el que el estudio de la inteligencia se ha llevado a cabo seleccionando una capacidad que pueda medirse en un test y por otro lado, el de los componentes cognitivos en el que su interés estriba más bien en conocer qué es lo que mide un test de inteligencia.
Aparece el modelo computacional y el interés por el estudio de la inteligencia artificial. Con ello llega, a nuestro juicio, uno de los errores más graves de las teorías cognitivas. Cuando se estudian los procesos cognitivos sobre inteligencia artificial lo que estudiamos es la inteligencia computacional y no la humana.
Siguiendo a Marina (1993), si bien es cierto que las ciencias cognitivas han realizado aportaciones valiosas muy aprovechables, la labor pendiente es la elaboración de
una ciencia de la inteligencia humana, donde no se trate sólo de lógica formal, sino también de lógica inventiva, no sólo de razón sino también de emoción y de sentimientos.
La idea que subyace a la inteligencia actualmente es la capacidad de adaptación (Sternberg, 1997). Es como si la idea de la globalización hubiese llegado a este campo de estudio de la Psicología, donde la inteligencia está muy vinculada con la emoción, la memoria, la creatividad, el optimismo, la personalidad y en cierto sentido con la salud mental.
Desde el punto de vista histórico el momento actual constituye una gran paradoja y
una gran disyuntiva, por una parte un gran desarrollo científico-tecnológico y a la vez un gran deterioro de la calidad de vida, lo cual esta conduciendo a una crisis humana sin precedentes, en la que la encrucijada puede ser la supervivencia o destrucción del hombre y del ecosistema.
De hecho, se han agravado los problemas ambientales y los conflictos sociales. La explotación desmesurada de los bienes naturales, en busca del beneficio inmediato, ha hecho ingresar al planeta en una fase decisiva de acelerada contaminación y degradación del hombre y de su medio ambiente.
Nos sumamos a las reflexiones de autores como Giddens (1993, citado en Caride y Meira, 2001) que considera se trata de una crisis de “autorregulación”, que muestra la creciente distancia entre lo que es esencial comprender, y las herramientas intelectuales y conceptuales necesarias para tal comprensión. Esta situación compromete el futuro de la humanidad y expresa una ruptura radical en los equilibrios ecológicos, como resultado del antropocentrismo y egocentrismo del hombre bajo el predominio de la razón instrumental y la razón económica. Se trata de una crisis ecológica que es en verdad una crisis de civilización; además coincidiendo con Hamada (2001, p.61), el hombre actual es un “ser vivo antiecológico”, que ha perdido el mecanismo de autocontrol y la conciencia de que su propia supervivencia
depende de la interacción con los otros seres; como miembro integrante de un sistema natural, dependiente del medio ambiente y del ecosistema.
Aunque parezca absurdo a la altura de este siglo los seres humanos van en busca del propio beneficio, exceso de deseo y ambición; escepticismo aún en la religiosidad; apatía ante los aspectos trascendentes, intolerancia hacia el otro, a la vez que carencia de rigurosidad consigo mismo; predominio del amor y autoestima egocéntricos, exceso de intelectualidad y escasa sensibilidad hacia las otras personas y hacia la naturaleza, violencia, depresión, estrés, apego y múltiples adicciones.
En nuestra opinión la situación descrita no está desvinculada del proceso educativo, puesto que a pesar de las inversiones financieras, de los cambios curriculares y de los nuevos programas educativos, no se observa un mayor equilibrio en el desarrollo humano y cuya causa, creemos, está en el énfasis excesivo de la educación actual y de antaño en el aspecto intelectual, académico, en desmedro de la educación emocional. De esta manera la estimulación de la inteligencia emocional queda excluida del aula, siendo difícil formar así jóvenes con actitudes sanas, positivas, que tengan amor por las personas, por la naturaleza y que tengan ideales por su país, de hecho, según Figueroa (2005, p.69) “se estará formando una generación corrupta, perturbada, bajo la influencia de una cultura centrada egocéntricamente en el aspecto material de la existencia”.
Coincidiendo con Goleman (1996), advertimos que el énfasis en la educación del intelecto ha determinado un aumento de los conflictos emocionales en el mundo, de la depresión, impulsividad y agresividad e indisciplina. Según encuestas a padres y maestros la presente generación de niños y niñas tiene más problemas emocionales que la anterior. En promedio, se han vuelto más solitarios y depresivos, más coléricos y rebeldes, más nerviosos y propensos a la preocupación, más impulsivos y agresivos. Plantea que el CI (“coeficiente intelectual”) no es un buen predictor del éxito en la vida, sino que el 80 % del éxito depende de la Inteligencia emocional o
“cualidades del carácter”, por lo que puede ser sustituido por el CE (“coeficiente emocional”). El desconocimiento de la afectividad como factor generador de aprendizaje, lleva al alumno a no entender el sentido de lo que aprende; no percibiendo la pertinencia entre lo que la escuela le enseña y lo que él necesita, perdiendo así la escuela la eficiencia (Goleman, 2002).
Otro agente socializador que no queda excluido de todo lo expuesto anteriormente es la familia que como institución social decidora para el desarrollo y potenciación del desarrollo emocional de sus miembros, aún en las difíciles circunstancias que ha atravesado a lo largo de la historia de la humanidad y los consiguientes cambios que se han operado llevándola a una transformación cualitativa sustancial en la ruptura de modelos. (Arés, 2002), es necesario tenerla en cuenta y brindarle el máximo reconocimiento que adquiere cuando constatamos que la personalidad se desarrolla a raíz del proceso de socialización, en la que el niño asimila las actitudes, valores y costumbres de la sociedad y será precisamente la familia la encargada principalmente de contribuir en esta labor, a través de su amor y cuidados, de la figura de identificación que son para los niños (son agentes activos de socialización).
Es decir, la vida familiar será la primera escuela de aprendizaje emocional. Por otro lado, también van a influir en el mayor número de experiencias del niño, repercutiendo éstas en el desarrollo de su personalidad.
Por tanto tener en cuenta las características del contexto familiar presupone una noción de cuánto debemos reorientar a las familias en lo decisivo e importante de su función educativa, como institución milenaria y grupo humano reconocido y decisivo para el desarrollo humano, específicamente en cuanto al desarrollo emocional de cada uno de sus miembros.
Ha llegado el momento pues de retomar, sistematizar, potenciar todo un movimiento que desde fines del siglo pasado viene trabajando en base a que se reconozca cuan importante es educar en los seres humanos sus habilidades emocionales y sociales para que aprendan a afrontar y resolver los dilemas de su vida cotidiana. Lo cual nos
hace coincidir que la educación tanto escolar como familiar y social en general debe ser completa comprendiendo lo intelectual, lo moral, lo espiritual, bases para el desarrollo de la personalidad humana (Figueroa, 2005).
Esta realidad admitida nos conduce a reconocer el esfuerzo de la comunidad científica y estudiosos del tema que con todo el rigor científico que presupone lo teórico y lo metodológico en la difícil tarea de hacer ciencia, han contribuido con sus esfuerzos a estudiar y medir un constructo teórico como la Inteligencia emocional, metahabilidad que yace latente en el sujeto, por tanto no es algo directamente observable a menos que la respuesta se produzca llegada una determinada situación.