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Chapter 3 Methodology

3.3 Large-Eddy Simulation

A pesar de las dificultades tanto teóricas como metodológicas que presupone su investigación y que condicionaron que durante cierto período fuera confinada a un segundo plano, las emociones van dejando de ser el gran continente inexplorado de la psicología y las ciencias afines, siendo indiscutiblemente reconocido su papel en el estudio de la Inteligencia emocional.

La proliferación de documentos o artículos acerca de investigaciones en el campo de las emociones es aplicable a áreas tales como la educación, la familia, la salud o el mundo empresarial.

Estamos presenciando un despertar de la conciencia sobre las emociones, cuyo protagonismo en la vida social y académica va alcanzando cada vez mayores dimensiones (Rodríguez y Orozco 2005).

El interés de la Psicología y otras ciencias afines por las emociones tiene sus fundamentos en los planteamientos de Darwin desde la biología, Cannon desde la fisiología, William James desde la psicología. Sin embargo no es hasta hace algunas décadas que la investigación experimental en torno a las emociones ha emergido con fervor desde la Psicología de la Emoción, aunque la misma enfrenta grandes retos teóricos y experimentales.

Realmente estimamos que la definición de la emoción es imprescindible en cualquier empresa científica que pretenda comprender el funcionamiento de un proceso tan vital, aunque complejo, para la adaptación y supervivencia de cualquier organismo. Como ha señalado Lyons (1993) "Las definiciones de la emoción no son

más que modelos funcionales expresados en palabras, y es difícil concebir cómo alguien podría llegar muy lejos sin intentar formularlas"(p.4). Sin embargo, son tantas las definiciones existentes que, probablemente, se ha dicho todo lo que es, e incluso mucho de lo que no es una emoción.

El problema deviene irresoluble cuando tratamos de hacer congruentes tantas y tan diversas concepciones de la emoción. Dicho de otro modo, con estos presupuestos, definir el concepto de emoción con la sana idea de coincidir con otros autores muchas veces resulta una auténtica quimera. Las emociones son complejos procesos que han sufrido los sesgos peculiares que imponen las tendencias dominantes en cada época; no hay más que echar un vistazo retrospectivo para contemplar cómo desde la filosofía de los clásicos griegos hasta nuestros días las concepciones acerca de la emoción no son sino la manifestación de las distintas escuelas, orientaciones y planteamientos vigentes en ese momento.

No obstante la raíz de la palabra emoción es motere, el verbo latino “mover”, además

del prefijo “e”, que implica “alejarse”, lo que sugiere que en toda emoción hay implícita una tendencia a actuar.

Tomando en cuenta las aclaraciones anteriores y el valor de las mismas en su contribución a la Psicología de la Emoción se considera que las emociones son procesos psicológicos básicos de carácter funcional y dinámico, que le permiten al sujeto una activación psicológica para afrontar determinados estímulos (cualquiera que sea su naturaleza o cualidad) en aras de lograr una adaptación al medio (entendido éste no solo como ambiente físico, sino también psicológico y social), traducida ésta en un equilibrio biopsicosocial. Su funcionabilidad depende del modo en que ocurre dicha activación, determinando el ajuste psicológico del sujeto para adaptarse, más allá de la cualidad misma del estímulo, e implicando las dimensiones: fisiológica, cognitiva y conductual (Crespo y Suárez, 2007).

A pesar de las diferencias y contradicciones entre los diversos enfoques, compartimos el criterio reconocido por autores como Molerio (2004) cuando cita que “…existe acuerdo en reconocer la importante función adaptativa que tienen las emociones en tanto ellas actúan como poderosos incentivadores y dinamizadores de la conducta, generando una activación psicobiológica que posibilita al individuo su óptima relación con el medio. Por otro lado, las emociones son determinantes en el nivel de bienestar / malestar de los individuos porque forman parte de los procesos interactivos que establece el sujeto con los demás, en el contexto de sus relaciones interpersonales” (p.10).

Las teorías actuales acerca de la emoción reflejan, sin duda, las claras influencias del cognitivismo, así se plantea en la literatura que es un proceso que se activa cuando el organismo detecta algún peligro, amenaza o desequilibrio con el fin de movilizar los recursos a su alcance para controlar la situación (Fernández-Abascal y Palmero, 1999), del mismo modo que las que se plantearon en los 60 reflejaban las influencias conductistas, y las que se plantearon antes reflejaban la influencia dualista platónica, en forma de predominio de la experiencia interna. El estudio de la emoción en tanto que proceso debe contemplar la estrecha interacción entre la dimensión afectiva y cognitiva.

La emoción, como hemos comentado anteriormente, implica la concienciación subjetiva (sentimiento), implica una dimensión fisiológica (cambios corporales internos), implica una dimensión expresiva/motora (manifestaciones conductuales externas) e implica una dimensión cognitiva (funcionamiento mental). El objetivo tiene que ver con la movilización general del organismo para enfrentarse a una situación más o menos amenazante o desafiante. Todas y cada una de las dimensiones parecen estar relacionadas con la mayor o menor propensión a experimentar un proceso disfuncional, un desajuste, una enfermedad e incluso la muerte. (Palmero, Guerrero, Gómez y Carpi, 2007).

En general las modernas teorías cognitivas de la emoción han sobredimensionado el papel de los procesos cognitivos, llegando a establecer, como hace siglos defendiera

Aristóteles, que las cosas no son como son, sino como la ve quien las mira. Es evidente que todos los procesos implicados en la secuencia teleológica de conocer un estímulo hacen referencia al funcionamiento de las estructuras nerviosas superiores. Pero, salvo algunas excepciones, se ha prestado poca atención a la influencia que tiene el estado afectivo sobre el propio funcionamiento cognitivo (Bower, 1981).

En definitiva, defendemos la necesaria consideración de los factores cognitivos para que ocurra una emoción, pero no podemos dejar de lado el importante papel modulador del estado afectivo actual del sujeto.

A nuestro juicio, si bien en el proceso emocional (proceso afectivo) se requiere de un procesamiento cognitivo previo, el propio procesamiento cognitivo se ve influenciado, modulado e incluso determinado por el estado afectivo actual (proceso afectivo) del sujeto. La clásica y a la vez actual controversia en cuanto a si se producen antes los procesos afectivos o los procesos cognitivos pierde su verdadera dimensión si asumimos, y parece sensato hacerlo, que existe una interacción constante entre afecto y cognición. El proceso afectivo incluye una dimensión cognitiva, y el proceso cognitivo incluye una dimensión afectiva. Cada uno de los dos procesos (afectivo y cognitivo) forma parte del otro proceso (Palmero, 2007).

Al ser testigos de esta época de bonanza emocional, solo nos queda reconocer su rol decisivo en el ajuste psicológico de cada ser humano por lo que constituyen un eslabón importante en el desarrollo de cada personalidad.

Todo proceso psicológico encierra una experiencia emocional, de ahí que saber manejar las emociones está directamente asociado a la capacidad de autorregulación de la personalidad y por ende a su desarrollo. La regulación emocional engloba un conjunto de habilidades como el control de los impulsos, la autoconciencia, la motivación, el entusiasmo, la perseverancia y la empatía que determinan el que una persona sea más inteligente que otra. O sea, emocionalmente se es más competente en la medida en que hay una mejor estructuración de la Inteligencia emocional.

SegúnCórtese (2003)la clave está en utilizar las emociones de forma inteligente que es precisamente lo que queremos decir con Inteligencia emocional.

El modo de expresión y regulación de las emociones adquiere un matiz individual. Cada sujeto experimenta una emoción o varias, de forma particular, con una diferente cualidad, lo cual depende de su historia vital, o sea, de sus experiencias anteriores, del aprendizaje logrado, de su personalidad, de su sistema nervioso central y de la situación concreta que esté afrontando, ello sin descartar la influencia que ejercen el medio social y la cultura.

Los criterios de Goleman(1995) acerca del término emoción ponen de manifiesto la idea anterior, cuando el autor señala que “(…) son impulsos para actuar, planes instantáneos para enfrentarnos a la vida que la evolución nos ha inculcado. (…) Estas tendencias biológicas a actuar están moldeadas además por nuestra experiencia de la vida y nuestra cultura (p.p.24-26).

El proceso emocional, va a estar mediatizado por la evaluación que hace el sujeto del estímulo, o sea, por el significado que le otorgue al mismo, así como por la selección de los estilos de afrontamiento ante dichas emociones, condicionados histórico-culturalmente, lo cual influye en el grado de adaptabilidad de la misma.

Las emociones son esenciales en la autorregulación de la personalidad, cuando se aprende a usarlas acertadamente proveen una inteligencia capaz de conducirnos con éxito en todas las facetas de la vida y en las relaciones sociales. La funcionabilidad del proceso emocional va a estar directamente influenciado por el desarrollo de la Inteligencia emocional. De ahí la importancia de su estudio.

1.2. Antecedentes históricos, conceptualización y modelos para el

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