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Part II Modifications Towards Second Generation Optical Imager

Chapter 5: Conclusions and Future Work

5.2 Future Work

En 1865 el presidente Bartolomé Mitre dio inicio a la guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay. Los indios amigos no sólo eran conscientes de la declaración de esa guerra sino de algo mucho más significativo, visto desde la perspectiva de hombres para quienes la lucha era una forma de vida. Ya no se trataba de un en- frentamiento entre facciones políticas o entre provincias, sino con un país extranje- ro, lo que normalmente tiende a homogeneizar hacia adentro –es decir, hacia el propio país– para diferenciar hacia fuera –hacia el país extraño–. Al cabo de cuatro décadas de aprendizaje de la condición de “argentinos”, favorecida por la convi- vencia en el servicio de las armas, el enarbolamiento de símbolos y la celebración de fiestas patrias, los indios sabían lo que era la defensa de “la tierra argentina”. Por ello, no extraña que al comenzar la guerra varios caciques pusieran sus lanzas

233 Para el proceso de incorporación del indio en norpatagonia después de la campaña del desierto, véase Argeri (2005, passim).

al servicio del gobierno para luchar como hijos de la tierra en una contienda con el enemigo externo.

No está de más señalar los términos políticos en que se hicieron esas ofertas, siendo un buen ejemplo de ello la carta enviada por el comandante de la frontera sur informando de la propuesta hecha por los caciques Chipitruz y Calfuquir, in- dios cercanos al Azul y a Tapalquén. Afirmaban que ellos, “comprendiendo la jus- ticia” que asistía al gobierno en dicha guerra, y como “hijos de esta tierra, no pod- ían ser indiferentes a ella y deseaban también ayudar a defenderla”. Con ese fin pedían al presidente de la República que les señalara el puesto que debían ocupar “para así cumplir con sus deberes”. Solicitaban además formar parte de la División de Vanguardia, para “prestar sus servicios desde el primer instante de ponerse en campaña al frente del enemigo”. Por todo ello rogaban al gobierno que admitiera sus lanzas; y terminaron la ceremonia “con entusiastas vivas que fueron secunda- das con ardor por toda la Indiada”.234

El concepto del enemigo externo, el cumplimiento del deber para con la patria que obliga a ofrecer la vida para su defensa y el hecho de que también a ellos les comprometía porque, como los criollos, eran hijos del mismo suelo –es decir, la identidad nacional basada en la tierra en que se ha nacido–, eran todos principios políticos caros a la construcción nacional decimonónica. El comandante de la fron- tera agregaba como comentario personal que, habiendo mantenido conferencias con ellos,

ha creído ver en esos ofrecimientos, el verdadero deseo del que están poseídos, no du- dando de la lealtad con que ellos son hechos, como no duda también, que utilizados sus servicios de la manera que ellos lo solicitan, han de ser estos de alguna importancia.235 Calfuquir y Chipitruz no fueron los únicos en ofrecer sus lanzas para luchar contra los paraguayos. Otros caciques, como Coliqueo, tomaron la misma iniciativa. La- mentablemente las autoridades no escucharon a los comandantes que informaban sobre tales propuestas, rechazaron todos los ofrecimientos y ordenaron que los

234 Benito Machado a Juan Gelly y Obes, 25-8-65 (SHE 821, énfasis mío). El texto completo es: “A nombre de los demás Caciques, Capitanejos e Indios manifest[aron] que comprendiendo la justi- cia con que sostiene el Gobierno Nacional, la guerra contra el enemigo Paraguayo: ellos como hijos de esta tierra, no podían ser indiferentes a ella, y que desean también ayudar á defenderla; para lo que ofrecen ocupar el puesto, que el Sr. Presidente tenga á bien confiarles, para así cum- plir sus deberes, y cumpliendo con ellos, satisfacer sus deseos de mostrar su decisión. [...] Que al solicitar esta incorporación al Ejercito de Operaciones, solo piden, que el Sr. Presidente les con- ceda la gracia, de formar parte de la División de Vanguardia; pues quieren prestar sus servicios desde el primer instante de ponerse en campaña, al frente del enemigo [...] Y que al comunicárse- lo al Gobierno, le expresara, que los muchos servicios que el Gobierno les había hecho, y el buen tratamiento que les había dispensado, les hacía desear de un modo decidido, el que el Gobierno admita sus lanzas, para combatir a los Paraguayos, terminando con entusiastas vivas, que fueron segundadas con ardor por toda la Indiada”.

indios amigos siguieran protegiendo la frontera indígena, manifestando así una ceguera extraordinaria ante la situación que ellas mismas habían contribuido a cre- ar. Los indios habían entendido el principio de la participación por voluntad y por mérito, así como el hecho de que la condición de argentinos conllevaba deberes para con la patria. Muchos vecinos criollos de la frontera habían visto y compren- dido estos procesos experimentados por los indios amigos. Otros no los percibieron o no los aceptaron. Pero eran las autoridades que actuaban desde Buenos Aires las que tenían la última palabra.

La concesión de tierras a los indios había sido el límite de Rosas, la frontera material y simbólica que el caudillo de Los Cerrillos no estuvo dispuesto a traspa- sar. Veinte años más tarde, el acto físico pero con fuerte carga simbólica de la par- ticipación de indios en una guerra contra el extranjero, en condición de compatrio- tas –participación que ellos mismos solicitaban en su carácter de hijos de la tierra y con el objetivo de cumplir con sus deberes– marcó el limite de la política de Mitre hacia los nativos. Páginas más arriba hemos visto que el diario fundado por este político los consideraba no sólo defensores de la frontera sino “soldados del ejérci- to nacional“, en el que criollos e indígenas habían mezclado sangre, intereses y pasiones. Pero lo que finalmente se impuso en el dirigente porteño fue la imagen de los spahíes argelinos o los cipayos de la India, que enajenaba a los indios de la construcción nacional.

De tal forma, a pesar del objetivo de incorporar a los indios amigos como po- bladores en calidad de propietarios; a pesar del servicio de las armas que cumplían desde hacía décadas y de la pedagogía en la simbología patriótica y la identidad nacional, el discurso del indio bárbaro como ese ser ajeno que no construye civitas siguió pesando en las mentes de la sociedad mayoritaria y de su gobierno. Los in- dios no fueron aceptados como soldados compatriotas y la guerra del Paraguay, finalizada con una victoria de las armas argentinas en la que no había habido parti- cipación indígena, reforzó a los que consideraban que no existía la necesidad de hacerles un espacio en la República más que como súbditos desaparecidos e invisi- bilizados en el conjunto de la población.

La declaración del ius soli como principio hegemónico de la nacionalidad hizo el resto. Aunque esta ley se promulgó en 1869 y no afectó a los indios hasta la culminación de la tercera campaña al desierto, lo cierto es que fue preparando las nuevas condiciones para una forma de aceptación de la ciudadanía indígena que marginaba toda posibilidad de voluntad y consenso. Lo que no se aceptó como un itinerario en el tiempo, basado en el reconocimiento del mérito, el aprendizaje de la identidad nacional y el trabajo productivo, se impondría sobre el fundamento del

ius soli con condiciones impuestas desde las más altas instancias del estado. De

hecho este principio empieza a asomar en algunos tratados celebrados con los in- dios a partir del mismo año de su decreto. Ejemplo de ello es el acuerdo firmado con el cacique Lemonao, dirigente cercano a Carmen de Patagones que en 1869

solicita, con el apoyo del comandante Julián Murga, asegurar la paz con los cristia- nos y “vivir entregado al trabajo”. El tratado suscrito con este cacique establecía que éste debía considerarse a sí mismo “súbdito argentino”, reconociendo el domi- nio y soberanía del gobierno nacional sobre todo el territorio de la República (Le- vaggi 2000: 427-433).

El tratado con Lemonao prefiguró las futuras condiciones de la ciudadanización forzosa de los indios a partir del ius soli, que implicaría la pérdida de valor de cualquier esfuerzo destinado a reunir las condiciones que les permitieran acceder a la ciudadanía a través del mérito y la vecindad. La ciudadanía ya no era algo que se lograba, sino que se concedía. Con ello perdía espacio político una dirigencia indí- gena que había entendido la incorporación de los usos de la sociedad mayoritaria como una estrategia destinada a conseguir el reconocimiento de su espacio en la sociedad conjunta e impedir su propia desaparición. Estrategia que se había enmar- cado en las concepciones de servicio, cooperación y patriotismo propias de la fase de la ciudadanía cívica, fundadas todas ellas en el principio del deber; es decir, el cumplimiento de deberes que permite demostrar que se es acreedor a la ciudadanía y a los derechos que ella conlleva.

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