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Es casi imposible encontrar un ejemplar de las revistas más populares de educación, leer nuestros periódicos o escuchar las declaraciones de los fun- cionarios de educación de los ámbitos federal, estatal y local, sin que nos enfrentemos a los problemas cotidianos de los alumnos de escuelas ele- mentales e institutos. Esos problemas van desde las tasas de abandono de los institutos a las de alfabetización, la bajada de las puntuaciones en los tests de evaluación de matemáticas y ciencias naturales, la privatización de las escuelas que fracasan, hasta diagnosticar, clasificar e, incluso con fre- cuencia, drogar a los alumnos para que pasen la jornada escolar. Los proble- mas parecen no tener fin y la forma popular de entenderlos nos hace creer que cada "problema" comienza y termina en los mismos estudiantes; cada "problema" tiene también sus consecuencias económicas inmediatas, direc- tas e implícitamente perjudiciales.

Pensemos en la cuestión de las elevadas tasas de abandonos y fracasos de los institutos, que son siempre altas en la población de rentas bajas y, sobre todo, entre las personas pobres, de color y "en situación de riesgo" 1

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Para muchos funcionarios escolares y cargos políticos electos, sobre todo para quienes están preocupados por el futuro económico de nuestro país, la cadena de pensamiento habitual en relación con el problema del abandono del instituto sigue una trayectoria parecida a ésta: si los alumnos no dejasen los estudios, casi no habría desempleo ni pobreza en el centro de nuestras ciudades. Tras conseguir sus titulaciones, les esperarían empleos mejor pagados y más atractivos. El país, en su conjunto, recobraría su productivi- dad y competitividad económicas. Por último, las normas y destrezas que los alumnos aprenderían en el instituto los prepararían para ser ciudadanos pro- ductivos y responsables en el futuro económico de color de rosa que se deri- varía. Si resolvemos el problema del abandono escolar, daremos un gran paso hacia la resolución de los problemas sociales y económicos de las comunidades locales. Arreglemos el sistema educativo y arreglaremos todo lo demás. "Arreglemos" a los alumnos que fracasan y a los profesores que se desenvuelven mal y el curriculum "liberal" y la nación experimentará un bienestar económico sin precedentes. Y así reza gran parte de la letanía aceptada.

El enfoque dominante de la comprensión, análisis y tratamiento de los problemas escolares supone la utilización de un análisis patológico; es decir, las dificultades a las que se enfrentan alumnos y profesores se perciben y describen como dificultades de los mismos estudiantes y causadas, sobre

todo, por "déficit" o "trastornos" padecidos por ellos. Son tantas las críticas de nuestro sistema educativo que se basan en este enfoque que corremos el riesgo de perder la capacidad de situar estas cuestiones en una valoración más crítica de sus contextos políticos y económicos más globales.

Tomemos como ejemplo la tasa de abandono de los estudios en el insti- tuto. Aunque el hecho de poner el acento en el abandono de los estudios no sea en todos los sentidos una especie de "exageración educativa", la insis- tencia en ello como problema en gran medida (y, a menudo, sólo) educativo —que puede resolverse mediante pequeños incrementos financieros, cam- bios relativamente pequeños de normas y prácticas o programas limitados de "cooperación" entre empresas y escuelas— nos puede llevar a no caer en la cuenta de la profundidad de la cuestión. Por otra parte, puede hacer que nos parezca casi inconcebible generar políticas, en el campo social más general, que permitan que el trabajo denodado de los educadores y de otras personas tenga, en realidad, una influencia en la vida de los estudiantes.

Nuestro objetivo consiste en resaltar que la consideración primordial del abandono de los estudios y de la "situación de riesgo" en que se encuentran ciertos estudiantes como problema educativo —cuya solución, por tanto, tendría que ser de carácter educativo— no contribuye a resolver el problema porque, en sí mismo, constituye una parte importante del problema de la pri- vación de derechos culturales y económicos. Tenemos que dejar de enmarcar la cuestión de cómo responder ante el fracaso escolar y, en particular, ante el abandono de los estudios en el instituto, de manera que las soluciones (en for- ma de prácticas de profesores, rendimiento de alumnos y políticas de legisla- dores) acaben en la total culpabilización o en la plena aprobación de alumnos, profesores y escuelas por sus resultados con respecto a la tasa de abando- nos. Dada esta perspectiva un tanto miope, la consideración de los fracasos de los alumnos, profesores y escuelas como la raíz de todos los males econó- micos no es sino el siguiente paso causal. Nuestro propósito consiste en cues- tionar la idea popular acerca de dónde recae la responsabilidad de perpetuar —e interrumpir— el ciclo de fracaso escolar y pobreza.

El supuesto de que, si mantenemos nuestra atención centrada en la escuela, descubriremos las respuestas a largo plazo al problema del abando- no de los estudios y a las realidades de la pobreza y el desempleo es peligro- samente ingenuo. Unas sólidas respuestas exigen un conjunto mucho más incisivo de cuestiones económicas, sociales y políticas y una reestructuración considerablemente más amplia de nuestros compromisos sociales. Es más, tendrán que ir acompañados por la democratización de nuestras formas acep- tadas de distribuir y controlar los trabajos, los beneficios, la educación y el poder. Hasta que consideremos estos contextos económicos y sociales más globales tan en serio como merecen, no seremos capaces de responder ade- cuadamente a las necesidades de los jóvenes de este país, limitándonos a proporcionarles un conjunto sin fin de placebos a corto plazo. En ese proceso, dejaremos que la derecha fije los términos del debate sobre la educación y demás cuestiones sociales. Con el fin de comprender todo esto más plena- mente, tendremos que examinar la situación real de estos contextos.