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Pero Camus no leyó Billy Budd hasta después de haber escrito El extranjero. Posteriormente, en un artículo de enciclopedia, elogió la novela de Melville, preguntándose si la muerte de Billy representa una protesta contra la blasfema violación de la justicia humana, o un asentimiento resignado al terrible orden de la Providencia. Estas son las dos interpretaciones habituales ya mencionadas. Hemos encontrado ya a la Providencia, en relato tras relato; es una de las formas de conocimiento prohibido. Es sorprendente que Camus no hiciera referencia a la fascinante semejanza entre Billy Budd y El extranjero. Son como dos especímenes minerales, diferentes en color y textura, pero con similar estructura cristalina. Los dos relatos presentan esencialmente la misma situación. En una de las perspectivas, un hecho violento y letal —no pasional o premeditado, sino impulsivo— se describe desde dentro como un hecho inocente. En la perspectiva contraria, un sistema rígido de justicia considera este mismo hecho lo bastante delictivo para merecer la pena de muerte. Ninguno de los dos hombres se defiende frente a las acusaciones; ninguno de los dos siente remordimiento o angustia moral, pese a que ambos aceptan su culpabilidad. Es, a mi juicio, esta sostenida ambivalencia moral lo que dificulta

el enfoque apropiado de estos dos libros54.

Como señala Camus en su artículo de enciclopedia sobre Melville, Billy

Budd plantea un dilema moral con la desnudez de una tragedia clásica.

Enfrentado a dos figuras casi estereotípicas del bien y del mal, Billy y Claggart, el capitán Vere presenta a los oficiales que forman tribunal la acusación contra Billy, la cual respalda con las responsabilidades propias de su rango. Hay que mantener el orden, aun contra su propia inclinación favorable al Hermoso Billy. En El extranjero, el lugar del capitán Vere no lo ocupa un personaje equivalente, ni los tres jueces del tribunal, sino el lector. Es una diferencia inmensa. El lector ha de decidir entre la versión aparentemente sincera del propio Meursault, según la cual los acontecimientos ocurrieron solos y no por culpa suya, y la descripción de la acusación —tortuosa y de una rectitud odiosa en ocasiones— de la actuación criminal de Meursault. Con todo, el fiscal demuestra que Meursault es reacio a enfrentarse a las consecuencias de sus actos y carece de conciencia moral. El jurado se mantiene distante; su decisión apenas nos interesa mientras consideramos los hechos desencadenantes y el juicio, y llegamos a nuestra propia conclusión al respecto.

Escribiendo sobre Billy Budd en Beyond Culture, Lionel Trilling creyó necesario informar de que la mayoría de sus cientos de estudiantes a lo largo de muchos años condenaban al capitán Vere por haber condenado a Billy Budd. Después de haber hablado sobre El extranjero en mis clases intermitentemente durante treinta años, he constatado una reacción similar entre mis estudiantes hacia Meursault y la sentencia condenatoria pronunciada contra él. En un principio, yo coincidía parcialmente con los estudiantes. Más adelante, después de haber modificado mi posición, empecé a observar sus reacciones con detenimiento. En 1975, en el examen trimestral de un curso de francés no graduado de veintidós alumnos, pregunté si estaba justificado que el fiscal calificara la conducta de Meursault de "monstruosa". Pese a estar escritas en un francés rudimentario, muchas de las respuestas me parecieron extraordinariamente elocuentes:

Meursault hizo mal en matar al árabe. Pero no fue intencionado. La muerte fue casi accidental. No es un criminal. Es sólo un hombre en una situación mala.

54 En la parte inicial ("En alta mar") de Quatre-vingt-treize, Víctor Hugo narra una

emocionante escena que desemboca en un dilema moral comparable pero muy diferente. El descuido de un cañonero a bordo de un navío de guerra hace que el cañón se suelte de sus ligaduras y choque después de resbalar por la cubierta, causando daños enormes y poniendo el barco en peligro de hundimiento. Este mismo cañonero consigue volver a sujetar y rescata el cañón con gran valentía, salvando con ello la nave. El recién nombrado general al mando del barco primero condecora al cañonero por su valor y después ordena su fusilamiento por negligencia en combate. La tripulación rezonga y cumple la orden. El cañonero no protesta. El general ha demostrado su temple al aplicar la justicia de manera tan inflexible como el capitán Vere. Y la historia no ha hecho más que empezar.

Creo que el verdadero monstruo, la persona que no sabe controlar sus pasiones, es más el fiscal que Meursault.

Hay que comprender a Meursault para darse cuenta de que sus actos no eran por opción propia sino simplemente lo que ocurrió.

Dieciocho estudiantes de veintidós sentían simpatía por Meursault, creían que había que "entender" su situación y defendían su comportamiento, que consideraban esencialmente "diferente".

En 1990, en un curso de literatura comparada de treinta alumnos graduados y no graduados, pedí una sinopsis (en inglés) de El extranjero y un comentario breve sobre la acción que allí se desarrolla. En muchos de los trabajos latían fondos de auténticas pasiones.

Meursault es condenado a ser decapitado más por quién es que por el crimen que ha cometido.

Meursault mira con objetividad e imparcialidad—y aprende a vivir como hizo Job, sin juzgar la vida por criterios humanos [y por ello] transciende el antropomorfismo.

La lectura de El extranjero de Camus es como observar a un nadador luchando contra una abrumadora contracorriente. El nadador, que no abriga falsas pretensiones ni se aferra a falsas esperanzas, se encuentra ante el desafío frontal de una sociedad que se precia de un orden y unas convenciones que cree "importantes"... Del mismo modo que el Extranjero arranca la capa de seguridad a la que la civilización se aferra con tenacidad, despierta también al lector a un nivel nuevo de conciencia.

[La novela presenta] la incapacidad del sistema judicial francés para enfrentarse a Meursault, cuya honradez le lleva a ser condenado a muerte.

El trágico protagonista, Meursault, narra estoicamente su existencia, incomprendido por una sociedad francesa que se erige en juez.

Estos comentarios, que merecen cuidadosa atención, atestiguan un grave error de interpretación que produce miopía moral. En la mayoría de ellos, el hecho fundamental del crimen es descartado, no se menciona y prácticamente se pasa por alto. Suponen que Meursault ha contado su historia veraz y sinceramente. ¿Qué más se puede pedir? El segundo grupo de estudiantes había leído Billy Budd antes y había debatido sobre la trágica necesidad del consejo de guerra nombrado por el capitán Vere y de su sentencia. (Muchos cuestionaron, con bastante acierto, la necesidad de una ejecución sumaria). Sin embargo, cuando les pedí que asumieran el papel del capitán Vere ante una

situación similar, muchos de ellos capitularon ante la voz de Meursault narrando su propia historia. Camus creó un estilo distante, átono y artificialmente natural para la mayoría de los episodios. Emplazada en este paisaje monótono, la matanza casi ritual en la playa libera en Meursault un glorioso estallido de intensidad lírica. En la escena del asesinato se unen los crescendos de un acto gratuito y una epifanía. El arrebato del momento suscita, al parecer, en Meursault una pérdida de conciencia y de memoria. Sus posteriores actitud y conducta son misteriosas porque nunca se nos explica claramente lo ocurrido inmediatamente después del asesinato y cómo ha sido Meursault detenido.

La narrativa de Camus tiene el poder de un encantamiento mágico con vestimenta moderna, te hace olvidar que Meursault nunca piensa en el ser humano que ha matado ni hace referencia a él. No siente arrepentimiento ni remordimiento algunos. Ante el magistrado que le interroga, Meursault califica sus sentimientos hacia el hecho como ennui: irritación o fastidio. En la última página, al decir "me sentía pronto a revivirlo todo", parece reafirmar su crimen y su castigo como única fuente de su identidad, como si fuera su firma.

¿Es este lacónico asesino nuestro moderno Prometeo? ¿Es posible que una persona tan vacía, tan carente de ambición y de pretensiones como Meursault sea un monstruo? Camus remata la dificultad en el breve prefacio que escribió para una edición universitaria norteamericana de 1955.

Hace algún tiempo resumí El extranjero en una frase, que, admito, es muy paradójica: "En nuestra sociedad el hombre que no llora en el entierro de su madre corre el riesgo de ser condenado a muerte". Lo que quise decir sencillamente es que el héroe del libro es condenado porque no se presta al juego... Se niega a mentir.

Para mí Meursault no es un marginado sino un pobre hombre desnudo enamorado de un sol que no deja sombras. Lejos de carecer de sentimientos, le anima una profunda pasión; profunda porque permanece muda, una pasión por el absoluto y por la verdad.

He llegado incluso a decir, otra vez de manera paradójica, que intenté presentar en Meursault al único Cristo que nos merecemos. Por mis comentarios, tendría que ser evidente que no pretendo blasfemia alguna y hablo solamente con el afecto levemente irónico que el artista tiene derecho a sentir hacia los personajes que ha creado.

Estas asombrosas afirmaciones del autor de El extranjero pocas veces han sido cuestionadas. En principio, dijo Camus en su discurso de aceptación del Premio Nobel, había concebido a Meursault como una figura de "negación"; había dejado que sobre su lacónico héroe flotara una oscura ambigüedad. Trece años después, en los párrafos anteriormente citados, Camus presentaba a

Meursault como un héroe del anticonformismo y de la verdad intransigente55. ¿Es así como hemos de entender El extranjero} ¿Ha olvidado Camus que Meursault miente al menos dos veces a favor de Raymond: una al escribir la carta a la mujer mora que, a decir de Raymond, le había engañado; y otra a la policía? ¿Fue Meursault condenado a muerte por negarse a mentir y a seguir el juego de decir cosas que no siente? ¿O fue culpable de dejarse implicar en un ajuste de cuentas de un chulo violento de poca monta y de matar a un árabe? Como los estudiantes que he citado, Camus insiste en su prefacio en que Meursault es condenado por su sinceridad. Pero, convenientemente, paso por alto el hecho de que su héroe ha cometido un asesinato. Yo creo que el prefacio de Camus representa el caso de un autor que malinterpreta lamentablemente su obra y a su personaje más famoso. Posiblemente su repetición de la palabra "paradójico" y el uso de "irónico" en la última frase aconsejen una inversión del significado de las palabras "héroe" y "Cristo"; pero no lo creo. La prosa de Camus en esta novela, tortuosa pero sucinta, parece haberle hipnotizado a él igual que a sus lectores. Ya debíamos estar cercanos a percibir la paradoja de El

extranjero. ¿Cómo explicarnos nuestra espontánea o malsana admiración por un

ciudadano más bien taciturno, embaucado para que cometa un asesinato y que no siente el menor remordimiento? En comparación, Adán y Eva y hasta Fausto muestran mayor sentido de responsabilidad ante las consecuencias de sus actos. En la parte I, Meursault no hace el más mínimo esfuerzo por disimular sus sentimientos, si es que encuentra alguno. Permanece insensible a su acción y a sus consecuencias para los demás. Aunque su nueva novia, Marie, tiene nombre y en ocasiones está presente en su pensamiento, apenas le importa como persona, como tampoco su anónima víctima, el árabe. Meursault es un hombre ensimismado más que consciente y describe milimétricas sensaciones de comer, esperar, fumar y observar, las describe tan vivamente que nos sentimos absorbidos por su vida vacía. Después, cediendo al ritmo gradualmente acelerado del estilo, vivimos toda la escena de la playa, herida de sol, incitada por el calor, desde el interior. Ésta adopta una forma monstruosa de puro accidente representado como destino inexorable. Una lenta acumulación de sensaciones fragmentarias nos introduce en un espíritu que no se retrae ante... ¿ante qué? Ante permitir que "todo su ser se tense" de tal modo que le induce a apretar el gatillo de la pistola cargada que por casualidad lleva en la mano. Pero el ruido ensordecedor del tiro le despierta al fin de esta existencia mortecina. Ese es el momento en que "todo empezó" y Meursault "comprendió" lo

55 En el ensayo de René Girard "Camus's Stranger Retried" se argumenta de manera

convincente que en La caída (1956) Camus había escrito una refutación exhaustiva de "la condena implícita hacia los jueces" contenida en El extranjero. Yo coincido plenamente con la opinión de Girard de que en El extranjero Camus intentó narrar un crimen sin criminal. Lo desconcertante reside en que en el prefacio de 1955 la ambigüedad original pasara a convertirse en una figura de Cristo, mientras que primero El hombre rebelde (1951) y después La caída se distancian cada vez más de este mito romántico del Yo perseguido.

ocurrido, lo que había hecho. En lugar de retroceder, Meursault afirma su acto semiinconsciente disparando deliberadamente otras cuatro veces sobre el árabe muerto. El sonámbulo se convierte en criminal que siente euforia; no en un ser humano horrorizado por el espectáculo de la muerte. La conmoción de un acto criminal procura a Meursault su primera y sorprendente experiencia de estar plenamente vivo.

"Exige un esfuerzo considerable por parte [del lector] desvincularse de la retórica de la historia hasta el punto de reconocer algo monstruoso" en el personaje principal. Lo que Denis Donoghue dice en Thieves of Fire sobre el relato de D. H. Lawrence 'The Captain's Doll" se adapta con exactitud a los lectores de El extranjero. La mayoría acepta su primera reacción de simpatía por el pobre Meursault, carente de ambiciones y victimizado. El modo aparentemente ingenuo con que relata su propia historia desarma nuestra capacidad para detectar a un narrador poco fiable. El extranjero nos ofrece la versión más convincente jamás escrita, a mi juicio, de la confesión sincera hecha como acto de exoneración de una acción incontrovertiblemente criminal. Al parecer, esta retórica engañó al propio Camus un decenio después. La "sinceridad" de Meursault de la parte I está muy cerca de un autismo patológico. En la parte II, durante el prolongado proceso de despertar de su conciencia de persona responsable, Meursault anhela a un tiempo volver a la existencia gris de la parte I y descalificar el veredicto de culpabilidad, perfectamente justificado, desafiándolo. Ambas respuestas constituyen una

negación de sí mismo como potencial ser humano56.

Yo no puedo evitar el considerar esta novela en miniatura como una parábola, una pieza de sutil literatura didáctica cuyo significado se revela gradualmente a los que la leen con atención. Pero debido a los inteligentes incentivos de la narrativa interior, que atraen a muchos lectores hacia una empatía con un criminal, la parábola es contraproducente. Resulta en exceso fácil desatender la lección moral —que ninguna existencia que no haya aceptado un mínimo de responsabilidad de sí misma, de sus actos y de los demás puede llamarse humana—. A mí no deja de asombrarse el grado de incomprensión y distorsión expresados por Camus en su prefacio de 1955. Afortunadamente, no acompaña las ediciones normales ni en francés ni en inglés.

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