Albert Camus, francés nacido y criado en Argelia en una familia pobre y huérfano de padre, trabajó allí como periodista y escritor dramático antes de convertirse en una importante figura de la Resistencia en la Francia continental durante la II Guerra Mundial. Su obra más oscuramente sugerente, una novela corta titulada El extranjero (1942), fue inmediatamente calificada de muestra
destacada del existencialismo. Este movimiento filosófico y literario, que barrió Europa durante dos decenios después de la guerra, consagró a Camus como un gran héroe frente a Sartre, con el cual rompió en 1952 a causa de las lealtades soviéticas de este último. Camus recibió el Premio Nobel en 1957 y murió en 1960 en un accidente de coche.
El extranjero se ha mantenido como un libro asombrosamente oportuno
durante la segunda mitad del siglo XX. La popularidad de esta novela llegó a su
cenit en los años sesenta y contribuyó a la formación del héroe, o antihéroe, de esta década: reticente, moderno, distante. En las playas de California y en otros lugares se produjeron algunos delitos inspirados en este estilo. La falta de afectación idealizada del libro se plasmaba en palabras como el absurdo,
autenticidad y sinceridad. Al ir finalizando el siglo, El extranjero sigue siendo un
libro muy leído e igualmente mal leído. Para mí, esta lectura seriamente errónea está ligada a un aspecto del conocimiento prohibido que voy a comparar con la acción estrechamente asociada de Billy Budd.
El subtítulo de Melville, "Una narrativa interior", se ajusta a El extranjero de Camus como hecho a la medida. La primera parte de la historia que cuenta Camus encierra al lector dentro de una sensibilidad esporádicamente viva pero embotadora. Un personaje inseguro cuenta su propia historia. Después, en las escenas del interrogatorio y juicio que forman la segunda parte, todo vuelve a ocurrir en mirada retrospectiva, según un lacónico principio que Camus formuló en este mismo periodo: "Crear es vivir dos veces" (El mito de Sísifo). Mi sinopsis ofrece una perspectiva "exterior" de la acción.
Un retraído empleado de oficina francés residente en Argelia, Meursault, escribe con un estilo curiosamente neutro pero también gráfico; lo que relata son los hechos del velatorio y entierro de su madre, cómo al día siguiente encuentra otra novia, Marie, y cómo se involucra en las desagradables peleas de Raymond, un chulo que vive en el mismo edificio de viviendas. Meursault hace un viaje a la playa con Marie y Raymond, y se deja complicar pasivamente en un siniestro enfrentamiento con un enemigo árabe de Raymond. En un momento de demencia o exaltación en la arena ardiente, castigado por el sol y sin poder acercarse a un manantial fresco por impedírselo el árabe, Meursault mata al hombre con cinco tiros de la pistola de Raymond.
Durante la investigación y el juicio, todos estos hechos son una vez más revividos ante Meursault como algo monstruoso y modélico a un tiempo, extraño y natural. Al fin, Meursault acepta su culpabilidad y se adapta a la monotonía y privaciones de la vida en la cárcel mientras espera su ejecución. Cerca del final, Meursault arremete contra el capellán de la prisión por intentar distraerle de los dos únicos cursos que le quedan como hombre: vivir en paz con sus sensaciones y sus recuerdos, y morir con arrogancia en la guillotina, afirmando con ello su vida.
Cualquiera que haya leído este perturbador clásico moderno probablemente recuerde la inanidad moral que impregna la vida y el carácter
de Meursault, puntuada con momentos de intensa inmediatez física. De nada sirve adherir los calificativos de "absurda" y "alienada" a su existencia. Un crítico perspicaz ha advertido hasta qué punto es semejante el comportamiento de Meursault al automatismo que Bergson identifica, en su ensayo La risa, como origen del humor. En una entrevista, Camus mencionó el humor como el tema más desatendido de su obra. Una referencia, y aun fuente, más probable de la obtusa sensualidad de Meursault se encuentra en un filósofo que Camus estaba leyendo en 1938-1939 mientras trabajaba en El extranjero. "Así pues, el animal vive ahistóricamente... Se funde por entero con el presente, nada sabe de disimulos, nada oculta y siempre parece exactamente lo que es, y por ello no puede evitar ser honrado" (Consideraciones intempestivas).
La descripción que hace Nietzsche de la conciencia animal es muy próxima a la de Rousseau en su Discurso sobre el origen de la desigualdad: "Casi me atrevo a afirmar que el estado de reflexión es un estado contrario a la naturaleza y que el hombre que medita es un animal degenerado". En buena medida, Camus capta el talante del raquítico espíritu de Meursault con un estilo apagado que tiende hacia la disfunción y la parataxis. Nada está ligado. Las cosas simplemente ocurren. En un comentario famoso, Sartre llama la atención sobre la indolencia e indiferencia de esta forma callada de escritura. Camus lleva su estilo monótono y fragmentado un poco más lejos que Kafka y Hemingway. Es un estilo que transmite el desplazamiento metafísico de nuestra época con tanta agudeza como el principio del montaje en el cine y la pintura. El extranjero nos ofrece una narrativa interior de un estado mental prácticamente vacío, rayano en el autismo.
Pero Camus nos presenta la consciencia animal de Meursault gradualmente impelida hacia la conciencia. Este proceso se inicia después del entierro de su madre, después que Marie haya pasado con él la noche del sábado, al final del largo y ocioso domingo que le sigue.
Quise fumar aún un cigarrillo en la ventana, pero sentí un poco de frío. Eché los cristales y, al volverme, vi por el espejo un extremo de la mesa en el que estaban juntos la lámpara de alcohol y unos pedazos de pan. Pensé que, después de todo, era un domingo de menos, que mamá estaba ahora enterrada, que iba a reanudar el trabajo y que, en resumen, nada había cambiado.
(31, tr. de Bonifacio del Carril)
Meursault aún no se ve a sí mismo en el espejo. Atisba sólo unos cuantos fragmentos de su entorno. Por un momento, parece darse cuenta de la vacuidad total de su vida. Toda una serie de escenas vienen a abundar en esta última. Meursault percibe vagamente que la mujer del restaurante, que parece un autómata y que escrupulosamente se hace un cheque a su nombre incluyendo la
propina, encarna una caricatura de sí mismo. En la cárcel, estudia el reflejo de su cara en el cacillo de aluminio y se da cuenta de que ha estado hablando solo. En el juzgado, un joven periodista mira a Meursault con tanta fijeza que éste tiene la impresión de estar "siendo estudiado por mí mismo". Más adelante, mientras Meursault espera su ejecución, el capellán de la prisión le visita y le observa constantemente durante una larga y antagónica conversación. Por último, las insistentes palabras del capellán —"estoy con usted. Rogaré por usted"— incitan a Meursault a asirle y gritarle. En este momento, Meursault parece finalmente percibirse, cobrar conciencia de sí. "Nada tenía importancia", le grita al capellán, "toda la vida es absurda". Meursault ha atisbado en esta sucesión de reflexiones algo que le inspira soberbia, seguido por una "dulce indiferencia" cuando vuelve a quedar solo. Esta brusca subida y bajada de emoción se produce en las tres últimas páginas. Cabría leer la última frase de El
extranjero como una versión irónica de la escena de la ejecución al final de Billy Budd (Billy grita: "¡Dios bendiga al capitán Vere!"), hasta como una parodia de
esa escena.
Para que todo sea consumado; para que me sienta menos solo, sólo me quedaba esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio.
(143)