ju n to con los prados comunales, el bosque constituía lo esencial de los recursos provistos por el saltus. Si los primeros eran imprescindibles para la reproducción de los pequeños y medianos productores, los re cursos deí bosque eran esenciaks_para la siipewiwncia, de los_no_propie- tarios que habitaban en el término de la aldea. La tierra baldía los ayuda ba a integrarse al resto de la comunidad, a ínteractuar con el colectivo de
los propietarios. En el bosque obtenían recursos para ingresar en la red de intercambios con los otros vecinos, reforzando la ética mutualista que caracterizaba a las comunidades de campos abiertos.
Antes que nada, la foresta proporcionaba combustible, a partir de una amplia variedad de fuentes: madera seca, turba, matorrales, helé chos, raíces; aún las hojas secas podían ser usadas o vendidas por los pobres de la aldea. Ciertos arbustos, en particular, podían generar una llama intensa y ardiente, que permitía calefaccionar las cabañas misera bles, alimentar los hornos caseros o el fuego para la elaboración casera de cerveza.
— Las regulaciones colectivas establecían que los vecinos tenían tan sólo derechos a tomar cierto tipo de madera, en particular, [aja m a s muertas, secas o caídas de los árbolcsXdead wgod)^A excepción de ciertas concesio nes para la realización de reparaciones en las viviendas, casi_nunca se permitía talar árboles_yivos para p^ve€Xse^e_madeca-paraJa_constmc=-. ción,. En ocasiones, los^párróqüianos accedían a ella de todos modos, como cuando en febrero 1766, una gran tormenta de hielo permitió re coger centenares de cargas de madera fresca en Wychwood.
En la década de 1790, el Reverendo David Davies, de Berkham (Ber kshire), reconocía que en una seinana^una4amilia_.podía obtener en el bosque suficiente combustible para todo eljyao. Reemplazar este recurso, Iüego”cfe que* los cercamientbsTmpI3ierbn el ingreso a los bosques, hu biera costado un promedio de 2 libras con 8 chelines al año (el salario de cuatro o cinco semanas de un jornalero agrícola). En síntesis, Davies calculó que el valor del combustible comunal equivalía al 10 % de los ingresos anuales de un asalariado. A mediados del siglo XVIIi, los opo nentes de los enclosures en Artherstone, Warwickshire, sostenían que las mujeres recogían en el baldío comunal combustible y arena por valor de
Primera Parte. Fe u d a l ism o Ta rd ío
3 libras con 3 chelines al año; un niño en edad de trabajar podía obtener una cantidad similar. Sumadas ambas recolecciones, j eunían ce jra jd g jin tgrcla.„d^igs ingresos totales de una familia de asalariados.
Pero los campesinos dé subsistencia tomaban otros recursos del bos que, además del combustible. Las cañas, hierbas y matorrales servían como forraje o para confeccionar los lechos sobre los que dormían (resultaban más suaves y mantenían menos tiempo la humedad que los confecciona dos con paja seca). El forraje obtenido en el yermo permitía alimentar a los bueyes y los caballos durante todo el invierno, incluso hasta abril o mayo.
Los comunales permitían también la obtención d esig n a / arrojada _al_ piso_dfL]a^c abaña una vez por semana, p e rm M a jil^
p o lm y la grasa. También era un buen abrasivo para la limpieza de cacha-
íTos^ vasy^s.^e^ún^su c a M a d ^ o d ía Jn c l^ bruñir el
peltre. Los más pobres podían quemar ciertos helechos
los páraos,'"obteniendo una c e r r il^ para producir lejía, substituto del jabón; su alto contenido de potasio pernTTtIa~también plearla ¿ñ la fabricación de vidrio, o~com o'Btái^uei^^
hallaban incluso utilidad a la' lánáiíe'iüs^ním ales que quedaba atrapada en los arbustos espinosos; con ella confeccionaban alfombras y parches para la ropa. El agrónomo John Arbuthnot consideraba que los arbustos arrancaban hasta la mitad de la lana de los rebaños comunales.
Junto con el combustible y con los materiales, la^comidi^ra otro de los grandes recursos provistos por el bosque y los baIdíós~eomunales. Los frutos secos, como las nueces y las avellanas, que podían venderse en los mercados urbanos, se hallaban en abundancia. El otoño proporcionaba hongos para la preparación de sopas y estofados. La gentry llegaba a pagar hasta dos chelines y medio por cada libra de trufas. La foresta también proveía hierbas medicinales y hojas jóvenes para ensalada. Particular re levancia tenían l os frutos ? e 1 bosque (ternes) -grosellas, frutillas silves tres, frambuesas, arándanos- con Ios~que se podían elaborar jaleas, dul ces y licores.
""También los animales podían alimentarse en los yermos y bosques, en particular los gansos, las vacas, las ovejas y, muy especialmente, los cer dos, que se alimgntaban con..be-HoteSr-En enero de 1787, Gilbert White afirmó que la cantidad de bellotas había sido dicho año tan prodigiosa, que los cerdos de la aldea salieron de los comunales un 50 % más gordos. Gracias a los frutos secos y a la papa, los campesinos podían criar porci nos de gran tamaño y a muy bajo costo. Según el mismo cronista, el cerdo de un tal Tom Berriman había alcanzando un peso enorme, aunque su
C apítulo 5. La com unidad rural preindustrial
dueño sólo había invertido 7 bushels de cebada;78 si no hubiera contado con los comunales, hubiera necesitado 20 bushels para obtener un resul-
• jm tado similar.
Si bien es cierto que los principales perjudicados con los cercamien- tos fueron los pobres sin tierra, carentes de todo derecho de compensa ción por la pérdida de acceso a los comunales, toda la comunidad usu fructuaba los recursos que proporcionaban los bosques y baldíos. Las
commonlands no eran tan sólo caridad para los más necesitados, sino una fuente complementaria de riqueza para toda la aldea. El caso del com bustible resulta paradigmático; no sólo lo recogían los más pobres: los testimonios dan cuenta de que los arbustos recogidos en los comunales calentaban también, en ocasiones, las cocinas de la gentry.
Como los aldeanos vendían en el mercado mucho de los productos que recogían en el bosque, los comunales podían también considerarse como una fuente de empleo; tal era el caso de la venta ai^ulanie...de ñores y frutos del bosque. En ocasiones, la activida^podía convertirse en ^na~ocupación~cíe- tiempo completo, la principal fuente de ingresos de una familia pobre sin tierras. Por ello, si bien toda la comunidad utiliza ba los baldíos, para los po¿res^para la^jmy^res y -paneles-niños, era una
parte jvital de jju^ecón’omía. De hecho, según las regiones, los recursos comunales podían llegar a duplicar los ingresos anuales de una familia campesina. Eran el seguro, la reserva, la riqueza oculta, la parte más antigua de las economías rurales.
Los baldíos mamenían a gran.parte.de__los^mgesinos aljnargsrLde los mercados d etien es y trabajo. Cuanlo más rico jn ás inde
p e n d íe n ^ las comunidades-agiarLas. El hábito de re
currir a los comunales volvía innecesaria la búsqueda regular de empleo. El tiempo que se empleaba en apacentar cerdos o gansos en la foresta, para recoger madera o forraje, para juntar flores o frutos del bosque, era tiempo que no estaba disponible para los emplgarkires, eran horas de trabajo que éstos nunca podrían comprar. Esta jib e rta a permitia a los campesinos emplear su tiempo en otras actividades, que escapaban a los parámetros del empleo formal. Para los impulsores de los enclosures, que veían como los aldeanos pasaban mucho tiempo en la feria o en las carre ja s de caballos, este estilo de vida propiciaba la vagancia y la ociosidad.
LsLeliminación del sistema de a un
Primera Parte. Fe u d a l ism o Ta rd ío
mejor funcionamiento del mercado libre de trabajo que el capitalismo naciente demandaba.
PeroTa~supuesta indolencia de los habitantes rurales tenia otros moti vos, al margen de su independencia respecto de la economía de merca do. Las reuniones, los recreos y las celebraciones rurales no sólo cum plían funciones sociales; también eran expresión de la peculiar econo mía del campesinado de subsistencia. Los contactos sociales creaban vínculos y obligaciones. El efecto de tener relativamente pocas necesi dades, no sólo independizaba del salario y del mercado; también li beraba tiempo, pues con menos horas de trabajo se obtenía lo necesa rio para la reproducción económ ica del grupo familiar. Parafraseando a Karl Polanyi, Jeunette Neeson sostiene que los recursos comunales ahorraban a los cam pesinos la humillante esclavitud de lo material, que toda cultura humana está llamada a m itigar a n otras palabras, los ^ pobres rurales no sólo subsistían, también vivían (íhey had a lije as well
as a living)
Toda economía de campos abiertos, fuertemente sustentada sobre los
rpr 11 rensrorn 11 p al ps, -p.nve.f a-fácilmente lns-materiales para la realización de pequeños intercambios. En ocasiones, no eran más que pequeños presentes: una cesta de frutillas, un jarro de jalea, una carga de madera. Pero todos ellos era significativos, porque en las sociedades campesinas los dones contribuyen a que las familias martiriales establezcan lazos con el resto de la comuaid&d. Al mismo tiempo, organizaban una red infor mal deTeguridad social. Los aldeanos podían complementar sus ingresos con la industria rural o con el trabajo asalariado ocasional; pero ninguna de estas actividades ofrecía seguridad alguna en caso de crisis familiares o personales. E| acceso a los comunales, en cambio, g e n n it ia j^ s t t u ir relaciones sociales a través del intercambio de productos. Los; dories crea- ban lazos de coligación* implicaban siempre el retomo de los contrado nes; y los baldíos comunales eran la mejor fuente de regalos y presentes para familias con recursos y salarios inadecuados. Una jornada de reco lección en el bosque generaba más oportunidades para dar - y en conse cuencia, para recibir- que varios días de trabajo asalariado en una gran ja. Los dones también garantizaban la solvencia de las economías perso nales, porque la habilidad de regalar conlleva la habilidad de poseer. En este sentido, el bosque comunal establecía una suerte de igualdad entre los miembros de la comunidad. Por ello, la caridad y la solidaridad fun- cionabárrespontaneamente cúándo un vecino devenía insolvente: sim plemente, porque dicha persona era un miembro más de la comunidad; sólo que entonces pasaba por momentos difíciles. Hoy por mí, mañana por
Cap it li io 5. 1.a com unidad rural preindustrial
ti, sostiene el difundido adagio, que sintetiza la lógica del funcionamien to de las redes comunitarias.
Pero las conexiones no se daban tan sólo a través del intercambio de dones y contradones. El sistema de open-fields generaba muchasjDgortu- nidades estacionales para la 1sociaíizacrorD R en cu en tro y. d "trabajo^ n común. A fines de agosto, el gléañm g juntaba alairm ujeres y a los niños’ De junio a octubre, tenía lugar la temporada de recolección de turba. Julio era el más apropiado para la recolección de los frutos silvestres. En agosto, los hombres y los niños recogían los arbustos y el combustible del bosque. En septiembre, los adultos juntaban hongos y los pequeños ha cían lo propio con las nueces. En octubre, comenzaba la temporada de bellotas para los cerdos. En invierno, se cortaban las cañas. En marzo y abril, los hombres incendiaban los páramos, para quemar los arbustos viejos y potenciar el crecimiento de los nuevos. En mayo, las niñas y las jóvenes recogían flores. Todas estas ocasiones de contacto, familiaridad e intercambio, creaban alguna forma de obligación, establecían alguna co nexión sobre la base de la igualdad, un mutualismo que ligaba entre sí a propietarios y no propietarios. Literal y metafóricamente,Jos comunales proporcionaban el terreno donde todos podían encontrarse.
Tras”Ia imposición generalizac3a ~cIe los cercamientos parlamentarios, laj familias pobres, sin acceso a la tierra, que contaban tan sólo con un magro salario como único ingreso, ya no fueron capaces de reconstruir las antiguas redes de seguridad social, los antiguos entramados de dones y contradones. Tras el triunfo de los enclosurcs, los antiguos baldíos se convirtieron en terreno cercado, en propiedad privadaabsoluta. Los ha bitantes del campo debieron, entonces^ jpedir permiso para ingr^ar allí dondejsus antepasados habían vivido una parte importante de sus vidas. Los recursos que podían obtener en terreno cercado eran siempre escasos e inciertos. Si obtenían permiso para entrar, lo hacían ahora como un
i privilegio, como una gracia del caritativo propietario, ya no como un
\ derecho que les era propio. \
4- Los conflictos intracampesinos: la otra cara de la
solidaridad rural
En el apartado anterior hemos enfatizado los aspectos comunitarios de la vida campesina organizada en tomo al régimen de campos abiertos. En particular, buscamos remarcar la importancia que los recursos del salíus tenían para la supervivencia de los pequeños y medianos produc tores rurales. Hemos visto, también, las oportunidades que aquél ofrecía
Primera Parte. Fe u d a l ism o Ta r dIo
para la construcción de espacios de socialización y redes de seguridad social. ¿Significa ello que la comunidad rural carecía de conflictos y divi siones internas? ¿Eran las relaciones intracampesinas siempre tan armó nicas? ¿Cumplían los comunales,, en todos los casos, un papel esencial en la reproducción de las economías campesinas?. El historiador Philip Hoffman ha sido uno de los autores que más han insistido en la necesi dad de complementar la imagen descripta en el apartado anterior, con el análisis de la_conflictividad interna de las comunidades rurales. En la presente sección, analizaremos algunos de sus estudios de caso, referidos al campo francés de los siglos XVII y XVIII. Aunque seleccionados para abonar su tesis, los ejemplos reproducidos por Hoffman nos obligan a matizar la visión que enfatiza, en exceso, la importancia de los lazos colectivos y de las redes de solidaridad en las comunidades rurales de Antiguo Régimen.