Section 2: Effects of gender MEG signals
4.5. Gender differences – a qualitative and quantitative analysis
Existe una dualidad a cuya resolución le precede la moderación del impulso instintivo que permitirá a Klein predeterminar el efecto «caníbal» mediante la técnica de Raymond. En el reconocimiento de las identidades coexistentes «madre-hijo», tanto «amor» como «odio» son esencias afectivas advertidas en objetos foráneos cuyos principios funcionan como un dualismo, pues la apercepción temprana comprende los modos maternos según su grado de placidez e inquietud, como dos atonales estilos emotivos de origen dispar. La destreza resolutiva de Raymond80 congrega estos caracteres existentes dentro de Klein, el cual encuentra la templanza que modera la tempestad instintiva organizando las polaridades en las partes opuestas de una incipiente dualidad. Tras la iniciática apercepción del individuo-ambiente, el estado unitario precisa el reconocimiento de la doble posibilidad y una auscultación hacia el origen compartido de ambas «maneras», por
78 Winnicott, D.W., «Nuevas reflexiones sobre los bebés como personas» [1947], en Bibliotecas
de psicoanálisis [artículo online]. Recuperado de:
<http://www.psicoanalisis.org/winnicott/bebepers.htm>. [Consultado el 13 de mayo, 2015] 79 Klein, Y., «Mi posición en el combate entre la línea y el color», ZERO, núm. 1, Dusseldorf, Alemania, 1958, citado en Marie-Raymond, Yves Klein, herencias, cit., p. 39.
80 De hecho, de cualquier madre o cuidador. Al igual que Melanie Klein, Winnicott no excluye la
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lo que el oriundo vínculo interdependiente descubrirá la fulminante apercepción de esta dualidad enérgica cuyos principios se subordinan, sorprendentemente, al mismísimo y único cuerpo luminoso materno81. No obstante, este agrio acogimiento de la dualidad
sistemática aperceptiva resulta de las más penosas tareas que el ser humano debe aceptar para su fecundo desarrollo, pues si el proceso implica el examen de «amor» y «odio» para el control gradual, también se descubre la congregación de lo amado y odiado en un mismo objeto. Este es el comienzo para la integración de la ambivalencia y, nadie mejor que Melanie Klein para explicar los escollos implicados en la conjugación del modo reposado con el de agitación.
Basándose en los preceptos kleinianos, el comienzo vital implica la coexistencia de impulsos libidinales y agresivos de gran intensidad. Aspectos parciales del mundo exterior son suministrados a través de pechos que resultan ventajosamente escindidos en «bondadoso» y «malvado» tanto en el plano exterior como en el interior. Comer supone el acaecimiento de un pecho que será despedazado previo al retorno del pecho idealizado. Este último será el que garantice seguridad y protección frente a la tirantez del pecho «malo» o perseguidor reconocido a través del «mordisco» sádico-oral que contribuye a la fragmentación del objeto, por lo que será la introyección del benefactor el mecanismo defensivo. Afrontar la ansiedad, «la actuación del instinto de muerte dentro del organismo, es sentida como temor a la aniquilación (muerte) y toma la forma de temor a la persecución. El temor al impulso destructivo parece ligarse inmediatamente a un objeto, o mejor dicho es vivenciado como temor a un abrumador objeto incontrolable»82.
No obstante, en uno de esos ataques predatorios al pecho «la respuesta es una, y no dos». La segregación corporal que se clasifica según «amor» u «odio» se deduce de las contrariedades de aceptar bondad y maldad vinculadas a un mismo objeto. ¿Cómo aceptar que lo que despiadadamente se dañó sea lo mismo que lo que abnegadamente se amó? Así, la destrucción fue, antes de su fracaso, mágica. La frustración impelía el tránsito hacia la invectiva oral y encontraba placer en ello. La ira libre de secuelas daba lugar a un veredicto impuesto por la consecuencia. «Enojarse por primera vez a los dieciocho meses debe ser algo verdaderamente aterrador para el niño», pero es entonces cuando el
82 Klein, M., «Notas sobre algunos mecanismos esquizoides» [1946], en Envidia y gratitud y otros trabajos, Barcelona, Paidós, 1988, p. 14.
efecto titánico de esta lid despierta la necesidad de proteger aquello mismo que también se ama.
Existe una forma útil de enfocar el problema que empieza con la palabra «cruel». Al principio, el pequeño es cruel (desde nuestro punto de vista); carece todavía de la inquietud acerca de los resultados del amor instintivo. Originariamente, este amor es una forma de impulso, de gesto, de contacto, de relación, y produce en el pequeño la satisfacción de la autoexpresión, liberándole de la tensión instintiva; es más, hace que el objeto se coloque fuera del ser. […] Como he dicho, son dos las cosas que suceden. Una consiste en la percepción de la identidad de los dos objetos: la madre de las fases tranquilas y la madre utilizada e incluso atacada en el clímax instintivo. La otra estriba en el comienzo del reconocimiento de la existencia de ideas, fantasía, elaboración imaginativa de la función, la aceptación de ideas y de las fantasías relacionadas con hechos pero que no deben confundirse con estos. Tal progresión compleja del desarrollo emocional del individuo no es posible sin la ayuda de un medio ambiente suficientemente bueno, representado aquí por la supervivencia de la madre83.
Lo que para Klein garantiza la supervivencia de la Raymond «tranquila» es la indefectibilidad de su pulso tras participar en la descarga instintiva durante un período prolongado por el cual Klein comienza a escindir la fantasía de la realidad. La ambivalencia queda afiliada en la resolución de opuestos incluyentes:
Dualismo:
(Ira/agresión) (Amor)
Dualidad:
(Ira/agresión…………..……….…...Amor)
La agresión experimentada por el infante, la propia del erotismo muscular, del movimiento y de las fuerzas irresistibles que chocan con objetos firmes, esta agresión, decimos, y las ideas ligadas a ella, se prestan al proceso de ubicar al objeto, a ubicarlo como separado del self, y en esa medida el self comienza a emerger como entidad84.
83 Winnicott, D. W., «La posición depresiva en el desarrollo emocional normal» [1954-1955], en Escritos de pediatría y psicoanálisis, cit., p. 355.
84 Winnicott, D.W., «El comunicarse y el no comunicarse que conducen a un estudio de ciertos
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Winnicott subraya que la finalidad de la inevitable reiteración de la agresividad en el bebé es la supervivencia de la madre. Según el retrato de Fred Klein, la perdurabilidad ambiental garantizaría la supervivencia de Raymond frente al instinto caníbal de Klein y su amorosa comprensión de este. No obstante, la sintomática animadversión hacia la dimensión lineal que expresa el arte de Raymond85 nos lleva a plantearnos la posibilidad de una inconclusa integración derivada de una fractura ambiental.
La interpretación del óleo de Fred Klein (Fig. 1) presupone un desarrollo que finaliza con la investidura yoica y la residencia definitiva de Yves Klein en su cuerpo. No tenemos motivos para pensar en la existencia de fallas tempranas por parte del ambiente sostenedor característico de la dependencia absoluta de Yves Klein (Klein-Raymond/Cagnes86). En el tramo final de lo que conlleva el instante pintado por Fred Klein también podríamos visibilizar la invisibilidad de la posición depresiva87, aunque solo en su comienzo (y no en su integración), pues una vez que el bebé logra la unicidad el desarrollo ulterior necesita estabilidad. Así, lo que se pondrá en duda es la solidez del recibimiento de Raymond tras el auténtico acto de dar («la madre, que permanece con él, está preparada para recibir y comprender si el infante tiene el impulso natural de dar o reparar»88) de Klein: el trampantojo del óleo de Fred Klein. Hasta entonces y, siguiendo a Winnicott el poder proyectivo e introyectivo protegía al pequeño del caos gracias a un quehacer materno suficientemente bueno.
85 El rechazo a la línea englobaría igualmente el dibujo figurativo de Fred Klein. No obstante,
Yves Klein afirmó sentirse más identificado con la pintura de su padre, lo cual se aprecia especialmente en los dibujos de paisajes y caballos de finales de los años cuarenta.
86 Cagnes, desde la perspectiva del observador, comprendería todo aquello que no es Raymond,
entre ellos, Fred Klein. Es la Madre la que presenta al Padre.
87 La posición depresiva: «[…] un elemento inherente a un fenómeno no controvertible el de que
cada individuo surge de la precompasión para meterse en la compasión o inquietud». Winnicott, D.W., «La posición depresiva en el desarrollo emocional normal», en Escritos de pediatría y
psicoanálisis, cit., pp. 351-370. Deriva del reverencial temor al vacío maternal del que se es
causante y que debe ser llenado para la exoneración: el sentimiento de culpabilidad. A diferencia de Melanie Klein, Winnicott considera que la posición depresiva se origina no antes de los ocho o nueve meses o el año debido a que el yo no está fuertemente constituido: «Más profundo, no significa siempre más temprano».
88 Winnicott, D. W., «El psicoanálisis y el sentimiento de culpabilidad» (conferencia perteneciente
a un ciclo de disertaciones pronunciadas como parte de los actos organizados para conmemorar el centenario del nacimiento de Freud). Fue dada en Friend’s House (Londres) en abril de 1956, y publicada por primera vez en Psycho-Análysis and Contemporany Thought (ed. J. D. Sutherland), Londres, Hogarth, 1958, en en Obras escogidas I, cit., p. 450.
El destete vigoriza el proceso de diferenciación entre el yo y el no-yo y, como establece Melanie Klein, implica la conturbación por la pérdida materna que atraviesa el infante, el gran constitutivo de la posición depresiva. La reparación del objeto es la meta de esta posición:
Al creerse responsable de la pérdida de la madre, el bebé imagina también que, mediante su amor y sus cuidados, podrá deshacer las fechorías de su agresión. «El conflicto depresivo es una lucha constante entre la destructividad del lactante, y su amor y sus pulsiones reparadoras89.
En efecto, la sublimación tiene la ruda tarea de salvar «al objeto amado en trozos», mediante un «esfuerzo por juntarlos»90.
Para enfrentar el sufrimiento depresivo debido a la sensación de haber dañado al objeto externo e interno, el lactante se esfuerza en reparar y en restaurar el objeto bueno. Entonces acrecienta su amor:
La reaparición de la madre y su amor [...] son esenciales para este proceso [...] Si la madre no reaparece o falta su amor, el niño puede encontrarse a merced de sus miedos depresivos y persecutorios91.
Los procesos internos que posteriormente se definen como «pérdida de amor» y llevan a la depresión, están determinados por la sensación del sujeto de haber fracasado (durante el destete y en los períodos que lo preceden o lo siguen) en poner a salvo su buen objeto internalizado, etc., y no haberlo poseído92.
Se llega así a una etapa en la que el niño es ya una unidad, puede expresar yo soy, tiene un interior, es capaz de dominar sus tempestades instintuales y de contener las
presiones y tensiones que surgen en su realidad psíquica interna93.
2. La discordia
Antes de que Yves cumpliera un año, Fred se fue de viaje a ciudades del norte buscando contactos en el mundo del arte y acordó una exposición en Ámsterdam para 1930. Marie se reunió pronto con él, dejando a su hijo de mala gana con su hermana en Niza, donde al menos había dinero para alimentarlo y darle cobijo. Esta
89 Citado por Segal, H., Introducción a la obra de Melanie Klein, Barcelona, Paidós, 2002, p. 87. 90 Citado por Klein, M., «Contribución a la psicogénesis de los estados maníaco-depresivos»
[1935] en Amor, culpa y reparación y otros trabajos (1921-1945), Barcelona, Paidós, 1989, p. 276.
91 Citado por Segal, H., Introducción a la obra de Melanie Klein, cit., p. 76.
92 Klein, M., «Contribución a la psicogénesis de los estados maníaco-depresivos» [1935] en Amor, culpa y reparación y otros trabajos (1921-1945), cit., p. 273.
49 fue una primera dislocación en una niñez que se convirtió progresivamente en confusa y fragmentada, con muchas idas y venidas, muchos cambios de residencia, modelos de vida y actitudes94.
Raymond, reuniéndose con su marido para preparar la exposición95, delega la prolongación introductora del mundo a su hermana Rose Raymond en un momento en el que Yves Klein configuraba un flamante y dependiente yo cuya entrada al ámbito artístico de sus padres resultaba del todo intempestivo. Cabría preguntarse hasta qué punto la ausencia de Raymond rememoró el terror opresivo de la descarga instintiva-caníbal y sobre la abrupta variación del mimetismo ambiental propia de una inductora falta/ausencia96.
Esa pérdida del objeto amado ratifica la presencia de la melancolía. El vacío aparece como universo de la desposesión del objeto de amor y se apresura compulsivamente a instaurar dicho objeto dentro de un dependiente yo despellejado. Así daba comienzo la subsistencia psíquica, guerreando con los afilados y embrollados barrotes pictóricos por la retención luminosa del objeto amado.
Debido a la pérdida del objeto externo bueno y de la confianza que su presencia le confería y al incremento del odio que experimenta hacia él a causa del abandono a que lo ha sometido, el sujeto se encuentra enfrentado no solo con el dolor por la pérdida del objeto externo real sino también con la amenaza de perder los objetos buenos de su mundo interno; por ende, está expuesto a sus primitivos temores paranoicos y depresivos97.
El proceso descrito es paralizado cuando, después de amar al objeto como un todo, su pérdida no resulta paliada. La violencia y el espanto ante la muerte del sujeto/objeto encapotan el corrosivo interior del sujeto. Todo acto feroz cometido en el interior será igualmente cometido en el exterior «desde que el yo está absorbiendo constantemente todo el mundo exterior»98, «todo estímulo externo o interno (toda frustración real, por ejemplo) está llena de los mayores peligros: no solo los objetos malos, sino también los buenos están así amenazados por el ello, porque todo acceso de odio y de ansiedad puede
94 McEvilley, T., «Yves Klein conquistador del vacío», en Yves Klein, 1928-1962. A retrospective,
cit., p. 11.
95 Fred Klein exponía por primera vez en Ámsterdam en la Galería de arte francés en el año 1930. 96 Esta será la primera conversión ambiental (Marie Raymond/Cagnes a Rose Raymond/Niza) de
las continuas vacilaciones madre/ambiente producidas hasta la juventud de Yves Klein.
97 Segal, H., Melanie Klein, Londres, SAGE Publications, 2004, p. 52.
98 Klein, M., «Contribución a la psicogénesis de los estados maníaco-depresivos» [1935] en Amor, culpa y reparación y otros trabajos (1921-1945), cit., p. 272.
temporalmente abolir la diferenciación y dar así por resultado una “pérdida del objeto bueno amador”. Y no es solamente la vehemencia del odio incontrolable del sujeto, sino también la de su amor la que pone en peligro al objeto. Porque, en este estadio de su desarrollo, amar un objeto y devorarlo están íntimamente relacionados. Un niño que cree, cuando su madre desaparece, que él se la ha comido y destruido (ya sea por amor o por odio) se halla atormentado por la ansiedad tanto por sí mismo como por la madre»99. Esta será la causa por la que el sujeto se encuentre en un estado dominado por inestabilidades inherentes a una «fase de desarrollo del yo» que trata de granjearse el mayor equilibrio posible. Se trata del acaecimiento de los peores temores del ser humano, tan presente en el estadio temprano como en los subsiguientes: la pérdida del ser/objeto total amado. Esta ausencia se traduce en miedo a la muerte o a la transformación en madre «mala», «ambos casos significan para él que ha perdido a su madre querida»100. La parálisis emocional es provocada, de esta manera, por una ausencia externa que al metabolizarse en el paraje espiritual certificaría la muerte (psíquica, no-real) definitiva del objeto y dificultaría la capacidad del sujeto para afrontar a sus perseguidores internos. Igualmente, una vivencia que sugiera una ausencia del objeto amado exterior induce igualmente miedo a la pérdida del objeto interior.
La adaptación del principio de realidad que implicaba el cese súbito de la omnipotencia tras la marcha de Raymond101, acompañaba a una falla de control ambiental no gradual
que el pequeño experimentó en los años venideros al tratarse de una situación externa y, por lo tanto, incontrolable. Como señala Winnicott, la conversión del ambiente adaptativo (dependencia absoluta) al desadaptativo (logro de independencia, si es que esta es del todo posible) debe modularse como déficit progresivo de omnipotencia hasta el principio de realidad: «[…] la falla ambiental desempeñe su papel positivo, permitiéndole al infante empezar a conocer un mundo que es repudiado»102. El problema va más allá cuando el ambiente célico le rechaza inexorablemente tras su definitiva domiciliación en la exterioridad.
99 Ídem. 100 Ídem.
101 Si bien este proceso debe realizarse siempre de una manera gradual y progresiva ajustada a la
conformación del espacio individual de la madre y del hijo.
102 Winnicott, D. W., «El comunicarse y el no comunicarse que conducen a un estudio de ciertos
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La rudeza relativa a una falta absoluta incide en la organización yoica y perfora el estado de continuidad existencial al no producirse una traumatización103 que respete el marco
adaptativo, autorizándose inconscientemente la parálisis del gesto espontáneo104 y la
constitución del self unitario. La cuestión es si Klein estaba emocionalmente preparado para renunciar reiteradas veces a esa dependencia relativa materno-ambiental, asimilando igualmente su fugacidad tras su retorno. Exponiéndolo de otra manera, podríamos decir que el espejo de Klein le rechazó y, como establece Winnicott (y al hacerlo incorpora dicho concepto lacaniano en su cuerpo teórico105), «el primer espejo es el rostro de la madre, y […] una de las funciones de la madre, de ambos padres y de la familia es proporcionar un espejo, figurativamente hablando, en el cual el niño pueda verse. El niño no puede usar a los padres y a la familia como espejo, a menos que rija este principio de permisividad para que él o ella sean ellos mismos, aceptados totalmente sin evaluación ni presión para que cambien»106. En este sentido funciona la conjunción madre-hijo: «Las necesidades de los niños son automáticamente impulsos de la madre»107. Si la consecución de la unidad (asociación psicosomática) del pequeño Klein suponía el envés especular, la continuidad existencial transigía cierta displicencia ante una falla de estabilidad y persistencia ambiental. Y esta consecución de la unicidad o personalización, esa cohesión psicosomática del pequeño Yves coincidirá (aproximadamente), con la temida volatilización de Raymond, así como la subsecuente y definitiva centralización del interior/exterior repartidos por esa membrana corporal y contenedora que tanto contrarió al artista durante su vida. Como establece la psicoanalista Nancy McWilliams,
103 La concepción del trauma en Winnicott se relaciona con la falla del maternaje: «En su acepción
más popular, el término “trauma” implica el derrumbe de la fe: El bebé o niño ha construido una capacidad de “creer en algo”, y ocurre que la provisión ambiental primero se amolda a esto y luego falla. […] En definitiva, el trauma es la destrucción de la pureza de la experiencia individual a raíz de la intrusión de un hecho real demasiado súbito e impredecible, y del odio que genera en el individuo, odio hacia el objeto bueno, que no se experiencia como odio sino, en forma delirante; como ser odiado». Winnicott, D. W., «El concepto de trauma en relación con el desarrollo del individuo dentro de la familia» [1965], en Obras escogidas II, cit., pp. 166-167.
104 Winnicott llama «gesto espontáneo» a la acción auténtica del verdadero self, una expresión de
continuidad existencial que permite al individuo explorar y descubrir el mundo, vivir.
105 Si bien Winnicott se concentra en la madre-ambiente del que el niño no ha sido separado y en
la importancia psíquica que tiene su separación, el rostro de la madre se presenta como el precursor del espejo.
106 Winnicott, D. W., «Virginia Axline». Es un comentario sobre Terapia de juego: la dinámica interna de la niñez de Virginia Axline, p. 1355. Es una transcripción de una cinta grabada sin
fecha, probablemente de mediados de la década de 1960, está inconcluso y no fue corregido por Winnicott, en Obras escogidas II, cit., pp. 528-529.