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CHAPTER 2: PATHWAY ANALYSIS

2.4 Pathway analysis methods

2.4.1 Gene set based analysis methods

Por lo demás, don Juan, el político reformista, el general valiente, el bastardo ambicioso y resentido y, en ocasiones, el hombre generoso, llegaba ahora al final de su efímero mandato, aislado, retraído y huraño. Tan temido de todos, como temeroso. Con un Rey distraído en medio de ocios y fiestas, sin llegar a conocer ni el gozo del placer ni tampoco el del esfuerzo; desganado de todo, inapetente de sí, amorfo ante la vida, pendiente del chismorreo y, también, melifluo y sensiblero. Alguien le ha hablado de la soledad y del dolor de la Reina; de la madre abandonada en el alcázar de Toledo por la arbitrariedad y el engaño de don Juan... y el hijo escribe pesaroso a la madre. Cartas que van y vienen clandestinamente, fuera del alcance del hermano que, atareado en mil asuntos y, ya falto de reflejos, no alcanza a ver. Porque, desde casi a mediados de 1678, son visibles en su rostro las huellas de una enfermedad que desmorona poco a poco sus fuerzas.

Y en aquellos momentos don Juan se sentía terriblemente cansado. A los problemas graves que una persistente crisis de subsistencias extendía en el interior, ahora también había que hacer frente a las agresiones francesas y a las negociaciones de paz que los contendientes, ya cansados, iniciarían en breve. Había también otro importante asunto que considerar: el del matrimonio de don Carlos —entonces ya con diecisiete años; la edad necesaria para asegurar la continuidad de la dinastía—, el problema, sin duda, más importante de todos. Uno y otro, el de la guerra o la paz y el matrimonio real, estaban íntimamente relacionados.

Desde la paz de Aquisgrán, todos los esfuerzos bélicos dirigidos por el rey de Francia, diéronle el resultado apetecido. Para París las Provincias Unidas, con el ímpetu comercial que entonces manifestaban, fueron, sin duda, el enemigo a batir. También lo eran los Habsburgo de Viena, cuyas posesiones en el Rhin fueron objeto de disputa entre Luís XIV y el emperador Leopoldo; pero no debe olvidarse que el conflicto entre los dos, desde que firmaron secretamente el Tratado de Partición de la Monarquía Española en enero de 1668, resultaba muy periférico. Y en cuanto a Inglaterra, la consolidación de la dinastía de Carlos II Estuardo permitió al rey de Francia neutralizar su hostilidad mediante sobornos y subsidios constantes que el Rey inglés agradecía. Efectivamente en aquellos años no le fue difícil a Francia romper la alianza que sus enemigos habían levantado contra ella. En consecuencia, desde 1675, parecía claro que la paz o, al menos, la tregua, se iría abriendo paso a medida que sus posibles logros superasen, con mucho, los gastos militares. Y todo ello se realizaba a costa del contendiente más débil: la monarquía católica, cuyas posesiones eran las más devastadas por los ejércitos franceses. Y así, en los Países Bajos se fueron perdiendo diferentes plazas, una tras otra, que, luego, el general 164 T. Egido, Sátiras políticas... op. cit. Ciclo de Cortés Osorio, p. 190.

Vauban fortificaba inmediatamente. No hubo apenas resistencia. En Italia también las cosas marchaban mal; una revuelta de notables, que implicó a gran parte de la población, hizo peligrar la presencia española en el Mediterráneo, y la ayuda holandesa no fue suficiente, tampoco, para contrarrestar a la fuerza naval francesa. Las tropas que defendieron la isla esperaron la llegada de las tropas que vendrían de España al mando de don Juan; pero éste, en aquel año de 1674, estaba más preocupado por organizar la oposición contra Valenzuela. Por ello don Juan no fue a Sicilia, y correspondió al recientemente nombrado cardenal Portocarrero, acabar con la resistencia de la revuelta.165 En cualquier caso la verdad fue que, de todos aquellos

sucesos, la presencia española en el Mediterráneo Occidental se deterioró gravemente.

Mas con todo, la preocupación más importante venía de Cataluña. Aquí, en la frontera, la agresividad francesa se hizo notar a partir de la década de 1670. Entonces las defensas militares españolas en la zona estaban muy debilitadas. Contribuían a ello no solamente las escasas guarniciones existentes, sino, sobre todo, la desmoralización de los soldados por la antipatía con que eran vistos por los naturales del país. Desde 1675 la situación se hizo más preocupante: los franceses cruzaron la frontera y apenas encontraron resistencia alguna. Muchos soldados, que no habían recibido sus pagas, desertaron pasándose al enemigo. En cualquier caso hubo algunas escaramuzas entre las tropas de uno y otro lado; pero el momento más grave ocurrió en mayo de 1678, cuando Puigcerdá fue sitiada y capturada, luego, por el general Noailles. Don Juan, profundamente irritado, destituyó al conde de Monterrey, que entonces ejercía como virrey del Principado.

En tales circunstancias, y humillada España en todos los frentes, ocurría que Luís XIV, ya muy satisfecho, y las otras potencias europeas «buscaban» la paz. Varios acuerdos parciales condujeron finalmente a la firma del Tratado de Nimega entre Francia y España; fue el 17 de septiembre de 1678. Allí el marqués de los Balbases, negociando en nombre de don Juan, tuvo muy poco margen de maniobra, porque Luís XIV, por su fuerza, se situó, siempre, en una posición excluyente. Fue entonces cuando el plenipotenciario español adelantó, en aquellas conversaciones, el nombre de María Luisa de Orleans, como posible esposa de Su Majestad Carlos II si la monarquía católica era tratada, en aquellas negociaciones, con el respeto merecido. Pasados unos días el marqués esperaba que el anuncio del matrimonio, recientemente aprobado por el Consejo de Estado a instancias de don Juan, dulcificase las exigencias desafiantes del Rey Sol. Hubo algún acercamiento del embajador hacia la «Reina Cristianísima», la antigua infanta María Teresa, en el sentido de conseguir la restitución de alguna plaza en Flandes; pero Luís XIV contestó negándose en rotundo. Aceptaría, dijo, el matrimonio de su sobrina si mediaba el concierto de la dote, pero no se desprendería en absoluto de ninguna de sus conquistas. Así ocurrió, obviamente. Nimega fue una paz humillante para España. No se podría decir que no se negoció bien, pero no hubo modo alguno de reducir la intransigencia de Francia. Se perdieron prácticamente todas las plazas del sur de los Países Bajos, extendiéndose la frontera francesa sobre un territorio continuo. Además, se abandonó 165 El libro clásico y todavía fundamental a este respecto: L. A. Ribot García, La revuelta antiespañola en Mesina: causas y antecedentes (1591-674): Universidad de Valladolid, 1982.

definitivamente el Franco Condado.166 Luís XIV concedió, magnánimo, que sus

naves abandonarían Sicilia, donde habían cosechado triunfos importantes. En resumen, Francia lo ganaba todo; era el gran poder en Europa. Ni las Provincias Unidas de Holanda, ni Inglaterra, ni tampoco el Imperio fueron capaces de frenar tal ambición. Leibniz escribió entonces una sátira contra las ambiciones políticas de Luís XIV; no encontró calificativo mejor que denominarlo como el gran «Mars

Christianissimus», el Marte (dios de la guerra) cristianísimo. Criticaba Leibniz la

confianza estúpida que, en este Marte, bravucón y egoísta, habían depositado los soberanos de Europa; y se interrogaba particularmente sobre la pasividad del emperador Leopoldo ante la notoria agresividad francesa.167

Y, en efecto, parecía sorprendente aquella repentina «primavera» en las relaciones entre París y Viena, mucho más cuando se hizo público el compromiso de la sobrina del «Marte Cristiano» con el rey de España. Porque oficialmente, hasta ese momento, el Rey español estaba «comprometido» curiosamente con la princesa María Antonia, hija del Emperador, que la hubo de su esposa Margarita, ya difunta; y su sobrina, por lo demás. Había entre ambos «prometidos» una diferencia de edad de siete años, pero eso no suponía un obstáculo insalvable, entendiendo que ahora, ya en 1678, la princesa, con diez años, estaba en trance de entrar en la adolescencia. La espera del novio en este caso no sería demasiada; dos años, a lo sumo.

Y pese a estas circunstancias, el Emperador se limitó a formular ante la corte de España una leve queja indicando que la edad no era razón alguna para ser rechazada; pero no insistió, ni tampoco protestó como se temía. Las razones, no obstante, eran obvias: Leopoldo sabía que la paz de Nimega determinaba y exigía estas renuncias sobre todo cuando permanecía vigente —y ésta quizás fuese la razón principal— el Tratado de Repartición, suscrito por ambos soberanos en 1668, referido más arriba.

Y, en efecto, la ruptura del compromiso matrimonial del rey Carlos y el cambio de princesa prometida fueron asuntos realmente sorprendentes. Desde hacía ya un tiempo se consideraba casi obligado que el rey de España matrimoniara con una infanta de Viena. Ahora se rompía esa tradición; y sería una princesa de Francia la que ascendería al trono de España. En cualquier caso la elección de la princesa de Orleans no fue tanto un triunfo de la diplomacia francesa, sino una decisión de don Juan que, además de derrotar a los grupos políticos austracistas, marginó las posiciones del grupo llamado «ibérico»168. Se trataba, este pequeño grupo, de un

conjunto de nobles, cuya figura más relevante fue el conde de Oropesa, que pensaron entonces en la posibilidad de recuperar otra vez la unidad política ibérica —rota 166 G. Maura y Gamazo, Carlos II... op. cit. T. II, p. 434. Don Juan hizo a paz «... bajo la coacción de una masa popular que le negaba soldados y le una aristocracia que le negaba subsidios». Sobre Nimega vid. J. A. Ians Bots, The peace of Nijmegen, La Paix de Nimégue: 1676-78-79 (Coloquio Internacional del Tricentenario de la Paz de Nimega). Holland University Press, Ámsterdam, 1981. 167 G. W. Leibniz, «Mars Christianissimus» en A. Foucher de Careil ;d.), Oeuvres de Leihnitz. (7 Vols.) París, 1859-1875. Vol. III, citado en ). L. Smith, Luís XIV: documentos y comentarios. Akal, Madrid, 1994, . 102.

168 J. M. de Bernardo Ares, «El Conde de Oropesa. El antifranquismo como causa de un proceso político» en S. Muñoz Machado et al. (eds.), Los grandes procesos de la historia de España. Crítica, Barcelona, 2002, . 183.

definitivamente en 1668—. Tal cosa podría ocurrir si, ahora, se conseguía matrimoniar al rey Carlos con la infanta portuguesa, Isabel María de Portugal, una princesa de los Braganza por cuyas venas corría, también, la sangre española de los Guzmanes de la Casa de Medina-Sidonia. En cualquier caso este grupo carecía de la fuerza y la influencia del «partido austriaco». Pero, con todo, la decisión de aquel matrimonio fue, principalmente, obra de don Juan José.

Y parece evidente que el hermano del Rey, en aquella coyuntura, no podía aceptar, en el entorno cortesano que él controlaba, a la princesa austriaca, nieta además de la regente doña Mariana. Sabía muy bien el bastardo que un matrimonio así, el de un Rey dócil y desvalido y la jovencita vienesa, ligados por lazos muy fuertes de sangre, acabaría siendo instrumento político muy dócil del bando austracista. Por el contrario con la princesa de Orleans, sin compromisos familiares en la corte, habría mucha más posibilidades para la intervención directa de don Juan. Jugaron allí también la posibilidad, fracasada, de participar favorablemente en las negociaciones de Nimega y el entusiasmo enamoradizo que le sobrevino al joven Carlos cuando vio, por primera vez, un retrato de la princesa de Francia. Olvidóse, entonces, Su Majestad de su sobrina María Antonia y, caprichoso y tornadizo como era, urgió a don Juan y sus ministros que acelerasen el ritmo de las conversaciones y se concluyesen pronto los acuerdos de dote y otras necesidades.

Escriben algunos de los biógrafos de don Carlos que, por estos años, andaba el joven Rey entretenido en urgencias propias de la pubertad y, apretado por los impulsos de su cuerpo joven, entregábase a esparcimientos solitarios que su confesor reprochaba inútilmente.169 Tenía, entonces, el Rey casi dieciocho años y, aunque

siempre los médicos desconfiaban de su salud, el escaso vigor de su naturaleza se mostraba en este tiempo más disimulado.

Concluyeron todos entonces que el Rey debería casarse lo antes posible. Ello, sin embargo, requería romper el compromiso que, aunque precario, se tenía con la archiduquesa María Antonia. Y en efecto en la sesión del Consejo de Estado del 11 de enero de 1679, todos los consejeros estimaron que el Rey debería casar, siendo la elegida la princesa de Orleans, atendiendo que era de la misma edad que Su Majestad. Fueron, pues, las urgencias sexuales del monarca las que precipitaron el matrimonio, pero, sobre todo, el hecho de que don Juan enfrió, calculadamente, los compromisos adquiridos con Viena.

Y en efecto atrás quedaban todas las estrategias matrimoniales anteriores. Los tiempos en que el conde de Harrach hablaba a doña Mariana de este asunto recordando que su señor, el emperador Leopoldo tenía «una princesa prenda única y querida que le dejó la emperatriz Margarita», nieta del rey Felipe, que Dios haya, y de «Vuestra Majestad». En ella concurrían las más altas circunstancias para conservar la augusta Casa de Austria, el objetivo principal y primero de todos. Consideraba, la Cesárea Majestad Imperial, que «el Rey Don Carlos es el único en quien puede caer tal casamiento». Tales conversaciones ocurrían, allá, por 1674.170

169 G. Maura y Gamazo, Vida y reinado... op. cit., p. 223. 170 G. Maura y Gamazo, Carlos II... op. cit. T. II, pp. 434-438.