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CHAPTER 2: PATHWAY ANALYSIS

2.4 Pathway analysis methods

2.4.2 Topology aware methods

Aceptó entonces doña Mariana, por lo natural de la propuesta, la petición de Viena y envió una nota al Consejo de Estado. En aquella ocasión, tiempos de Valenzuela, todos los consejeros aceptaron la sugerencia. Hubo una excepción, la del conde de Peñaranda, germanófobo reconocido. En cualquier caso entonces el compromiso, aunque formulado con claridad, quedaba sometido a los vaivenes del tiempo. Carlos tenía trece años y la niña, apenas, seis. Y pasó el tiempo hasta que dos años después, en marzo de 1676, otra vez se consideró el asunto. Esta vez las cosas apremiaban más y los consejeros pidieron informaciones precisas sobre las princesas casaderas de Europa. Fue entonces cuando surgió el nombre de María Luisa, la hija de los duques de Orleans, aunque ninguno de los consejeros apostó por ella. Eran los años en que Luís XIV apretaba en Flandes y en Cataluña y, aunque alguien pensó que el casamiento con esta princesa podría traer buenas conveniencias, la mayoría del Consejo opinó que «... de su tío el Rey cristianísimo no han de obrar los vínculos de sangre, sino la Razón de Estado, como siempre ha experimentado». Todos los ministros, pues, conocían muy bien el talante del rey de Francia; y pensaban que si tales conveniencias no habían obrado con su esposa, tampoco lo iban a obrar con su sobrina.

Tal fue el error de don Juan, cuando, al inicio del verano de 1678, dio instrucciones al marqués de los Balbases para que abriese negociaciones con los delegados franceses encaminadas a obtener la paz. En aquellas duras conversaciones, el embajador debería sondear con cuidado cuáles habrían de ser las concesiones que obtendría España en el caso de que la princesa de Orleans ocupase, con don Carlos, el trono hispano. ¿Concesiones? Ninguna; pero... ventajas, todas, afirmaron los delegados del «Marte cristianísimo», como le llamara Leibniz.

Y en efecto, muy pronto se vieron las ventajas, naturalmente para Francia, de aquel compromiso que tanto entusiasmó la inocencia atolondrada de don Carlos. Ventajas para Francia, es verdad, y quebrantos e inconvenientes para don Juan; porque, finalmente, éste fue víctima de su propia estrategia. Comenzaba entonces la historia del «partido francés» en la corte de Madrid; un partido obediente al Rey Sol y, por lo mismo, un partido sinuoso que, consciente de su objetivo, conformaba su estrategia según conviniese; ora con unos, ora con otros. Don Juan lo supo de inmediato; pero entonces, ya, la elección de María Luisa habíase hecho pública y los entusiasmos alocados del Rey eran tan incontenibles que, pronto, fueron muchos los que vieron con claridad que entre los dos hermanos se abría una fisura notable.

Arreciaron entonces las críticas hacia el hermano del Rey, y la sátira popular, dirigida como se dijo por los expertos manipuladores de la Compañía de Jesús, se intensificó de tal modo que pronto se alojó, muy fija y segura, en la conciencia de muchas gentes. El Semanario Erudito preguntaba atrevido aquellos días: «¿Hemos mejorado algo o se ha empeorado todo? (...) ¿Hay menos tributos? ¿Hay menos donativos? ¿Ha bajado el precio de los bastimentos? ¿Hanse reparado las Armadas? ¿Hanse perdido menos plazas y de menos importancia? (...) ¿El reino se desempeña y

la fortuna mejora?»171 Era verdad: los precios de los alimentos en aquellos meses

llegaron a cotas muy altas, pero detrás de ellos crecía también la oposición a don Juan y una enfermedad tenaz se adueñaba, por entonces, de su cuerpo. El declive del ministro resultaba evidente a ojos vistas. Hubo nobles muy significados, como los que se ubicaban en torno de la Casa de Alba, que ya no se recataban en sus críticas y que, sin rubor alguno, acudían a Toledo y se acercaban a hablar con la señora, la madre del Rey, desterrada. Eran señores de grandes títulos los que, en estos momentos, venteaban los cambios políticos; algunos de ellos aprovecharon la personalidad del nuevo confesor real, el catedrático de Teología de Salamanca, fray Francisco Reluz, para acudir a él y conseguir que éste intercediera ante don Juan. Sin embargo, fueran cuales fueran las decisiones políticas que se tomasen, siempre había descontentos que no ocultaban sus quejas.

Ocurrió, por ejemplo, esta circunstancia, cuando en enero de 1679, después de hacerse público el compromiso matrimonial del Rey, don Juan procedió a designar a los principales responsables de la Casa de la próxima Reina consorte. Quiso satisfacer al duque de Osuna, un gran señor altanero y picajoso que siempre anduvo conspirando contra su persona, nombrándole caballerizo mayor, y, sin embargo, no obtuvo don Juan de él sino una respuesta fría y cortés que, más que agradecimiento, expresaba una crítica desdeñosa. Nombró también entonces a la duquesa de Terranova como camarera mayor de la futura Reina, y le llovieron las protestas que procedían de todos los grandes linajes de España. La duquesa de Terranova, decían las grandes damas de la nobleza, es italiana y, aunque casada con un miembro de la Casa de Aragón y Cardona, no entiende ni sabe nada de los menesteres que se le han de encomendar. Además, según decían los maledicientes, sabe mucho más «de carabinas y puñales que de agujas y dedales», comentario éste que hacía alusión maligna al asesinato, en extrañas circunstancias, de su esposo don Carlos de Aragón. Pero don Juan, en este caso, sólo pensó en gratificar al cuñado de la duquesa, don Pedro de Aragón, por los servicios que le prestó, como se recordará, al presidir y llevar a buen fin la convocatoria de las Cortes de Aragón. En resumen, aquellos nombramientos, lejos de calmar ambiciones, incrementaban el descaro de muchos que, entonces, se sentían insatisfechos.172

Perdía don Juan, en consecuencia, el control de la situación. Y sabía, también, que eran bastantes los grandes que se mostraban abiertamente partidarios de Francia, criticando, con desdén, la tradicional vinculación entre Viena y Madrid. Don Juan conocía, por entonces, la embajada que Luís XIV habría de enviar pronto a España para allanar el camino a doña María Luisa de Orleans y ganar la confianza de sus próximos súbditos. Era una embajada de gran contenido político que se encomendó al marqués de Villars y que despertó gran expectación en los medios políticos de la corte. El bastardo supo pronto cuáles eran las instrucciones que había recibido el mencionado marqués y cuáles serían aquí, en España, las fuentes de su información. Luís XIV quería, en primer término, que su embajador visitase a la Reina, recluida en Toledo, para expresarle sus respetos por «ser deuda suya muy próxima». Entendían en París, muy bien, que el partido de la Reina, ahora, se estaba rehaciendo, cuando 171 Semanario erudito... op. cit. Vol. XI.

hacía poco que parecía abatido. Y eran algunos grandes los que lo levantaban; precisamente los mismos que encumbraron, apenas dos años, a Don Juan. Naturalmente, ahora se alejaban de él porque no habían conseguido las mercedes que soñaron. Tal frustración, en estos linajes, hacía temer algún trastorno político; y naturalmente, decían en París, se debe aprovechar la situación para asegurar fidelidades futuras. Por eso el marqués de Villars —según le advirtieron en Fontainebleau— debería aplicarse «... a conocer las intrigas y cabalas de todos los partidos sin inclinarse a ninguno; e informará, después, a Su Majestad». Porque el rey de Francia nunca dejó los asuntos de España en otras manos que no fueran las suyas propias. Tan importante era este asunto.173

Don Juan advirtió, desde el primer momento, tales intenciones pero, enfermo como estaba y muy cansado ya, poco podía hacer. Su estrategia de servirse de la princesa francesa, se le volvía plenamente en contra. Cuando el marqués de Villars acudió a Toledo para visitar a doña Mariana, el ministro, que tuvo puntual información de dicho encuentro, comprendió cuan frágil era la situación en la que se encontraba. Porque fue doña Mariana la que, rompiendo todo el protocolo, comentó al embajador francés que su situación allí era la de una desterrada; que deseaba reconciliarse con su hijo y que esperaba, finalmente, que Doña María Luisa fuera la ocasión feliz para tal encuentro. Gran habilidad, la que demostró entonces la Reina Madre para deshacerse del odiado bastardo. Naturalmente hubo que pagar un precio: la presencia francesa; la de Su Majestad el rey de Francia, como arbitro dominante de la política española. Arbitro que actuaría, desde ahora, en el propio palacio de Madrid; en el centro de la Corona de España, su tradicional enemiga, como así la percibía y así le habían enseñado, desde muy niño, su propio padre y el cardenal Mazarino. Por alguna razón es lícito pensar que por aquel tiempo Felipe IV el

Grande se hubo de revolver en su tumba.