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CHAPTER 3: IMPROVEMENTS TO THE TOPOLOGICAL ANALYSIS

3.2 Genetic algorithms for the estimation of individual gene contribution in the

Por lo mismo, el ocaso de don Juan ya se adivinaba venidero. En aquella grandiosa procesión, la que se ha referido, la del Corpus de 1679, el prematuro envejecimiento de don Juan eran tanto de cuerpo como de espíritu. Y si el rey don Carlos, elegante de bordados y tafetanes, y orgulloso de la famosa Peregrina, se mostraba exultante, enamorado, feliz y sano de cuerpo, su hermano carecía ya del brío necesario para lucir su magnífico traje. Ya entiende cuál es y cómo, la fragilidad de su privanza. El desengaño asaltó su espíritu y, aun sin querer reconocerlo, sintió que el peso del hastío y de la melancolía se presentaban cerca de él, adueñándose de un espíritu, el suyo, que fue altanero y ahora era decaído. Ya observa, con cierto 173 G. Maura y Gamazo, Carlos II... op. cit. T. II, pp. 465-467. Ver también J. M. de Bernardo Ares, «El Conde de Oropesa...» art. cit., pp. 177-178. El autor sostiene que, entonces, junto con don Juan José, la posición pro-borbónica también era mantenida por el cardenal Portocarrero. Políticamente pensaban ambos, don Juan José y el cardenal, que el matrimonio del Rey con María Luisa de Orleans comprometería a Luís XIV en la defensa de la monarquía española.

desprendimiento, las miradas entre agresivas y torvas de quienes hasta ayer le alabaron; y percibe la fragilidad de la ambición y lo vano de los sueños. La proximidad de la muerte le otorga la lucidez desprendida del espíritu que adivina su liberación. Diríase que recuerda los versos del poeta: «Falta la vida, asiste lo vivido, / y no hay calamidad que no me ronde.» Entrado julio, cuando llegó a Madrid, por la posta de Francia, el secretario del marqués de los Balbases portando la noticia del ajuste del casamiento, se sucedieron luminarias y regocijos. Don Juan quedó postrado en cama. Dijeron los doctores que era una terciana sencilla que llegaba apretada de fiebres. No era así, porque, de inmediato, se presentaron vómitos continuos y el enfermo, macilento y amarillo, sufrió de fuertes dolores de hígado. Fue un terrible verano, aquél, el último de su vida; porque si grave era la dolencia del cuerpo, mayor daño causaba el olvido y la soledad en que se veía. Don Carlos, su hermano, el Rey al que protegió para sí, gozaba su próximo matrimonio entre fiestas y halagos, mientras cruzaba cartas con su madre, que unos escribían y otros traían y llevaban. Los vómitos se sucedían con mayor frecuencia y los médicos sólo aplicaban los remedios que, si aliviaban un tanto, molestaban luego más. Sufrió muchas sangrías y al llegar a finales de agosto su estado general empeoró. El 31 de este mes, día de los desposorios en París, donde el Rey estuvo representado por el príncipe de Contí, don Juan, doliente, apenas tuvo fuerzas para felicitar a su hermano, embriagado, éste, de ilusión y egoísmo. A primeros de septiembre hizo testamento y nombró a don Carlos como heredero universal de sus bienes. Desde aquel instante se sucedieron los delirios, las convulsiones y los vómitos. Una disnea agónica acabó, finalmente, con su vida el 17 de septiembre de 1679. Se cumplían exactamente catorce años de la muerte de su padre.

Murió solo y olvidado de todos. Su hermano no se acercó al lecho mortuorio aduciendo temores de contagio; y, mientras embalsamaban el cadáver, escribía a su madre comunicándole la noticia. Pocos días después, rodeado de sus servidores palatinos y otros grandes, el Rey salía hacia Toledo para reconciliarse con ella. Por entonces, los restos de su hermano, ataviados con el hábito de la Orden de San Juan, yacían ya en el pudridero de El Escorial.

A finales de septiembre, don Carlos y doña Mariana entraban en el Buen Retiro rodeados de toda la corte; los aduladores de siempre esperaban medrar con la nueva situación. Don Juan ya no era nada, apenas una pequeña memoria que, luego, el tiempo se encargó de agrandar y extender. Porque, sin duda, su figura alcanza un alto nivel de significación histórica, sobre todo en la primera mitad del reinado de su hermano. Durante su corto ministerio don Juan intentó aplicar un conjunto de reformas absolutamente necesarias, sin duda; y en tal sentido concibió un programa que tenía antecedentes muy importantes en políticos anteriores. Evidentemente no hubo tiempo ni para aplicarlo ni para conocer sus efectos. En cualquier caso el bastardo de Felipe IV conocía bien la realidad de aquella sociedad y sus debilidades estructurales. La naturaleza le dotó de talento y de inquietud intelectual y, en este sentido, comprendió muy bien la importancia del conocimiento científico para incrementar la producción de bienes y procurar el bienestar de los súbditos.174

174 La figura de don Juan José ha sido objeto polémico de análisis. G. Maura y Gamazo dijo de él que «... su experiencia consumada, su valor (...) fueron inútiles para España» en Vida y reinado... op. cit.,

Ello sin embargo, don Juan no tuvo demasiada habilidad política y no supo encauzar ni su ambición ni su deseo de poder, por las vías institucionales que el sistema monárquico determinaba. Conculcó varias veces las leyes del Reino e, imbuido de un arbitrario y resentido orgullo, practicó la extorsión política dirigiendo una facción violenta de notables egoístas y mezquinos. Como militar siempre se le reconoció el arrojo y la valentía; pero fue un estratega poco considerado y más bien mediocre. Terco y vanidoso; preso de sus orígenes, practicó, en muchas ocasiones, la demagogia más descarada mediante la destreza que demostró como manipulador de multitudes. Astuto y avisado, mucho más que inteligente, fue víctima, en tal sentido, de sus propios errores. Pecó de necio, porque no comprendió bien la fragilidad de la lealtad de los hombres ni la volubilidad de sus pasiones. Por ello erró tanto en los premios como en los castigos y, por último, sintiéndose «manchado» en su interior por el pecado de su padre, huyó siempre de sí mismo. «Don Huyan» le llamó su enemigo el padre jesuita Cortés Osorio, otro gran manipulador de los sentimientos humanos. Mas, con todo, de su figura se desprende cierta grandeza porque creía que Dios le había dado más dones que los hombres le reconocieron.175

p. 13. F. Tomás y Valiente le niega la condición de valido para conferirle la de dictador; vid. Los validos de la Monarquía... op. cit. Vol. II, p. 455. T. Egido duda que el corto «ministerio del bastardo estuviese presidido por un programa valiente de reformas...», vid. Sátiras políticas... op. cit., p. 39. Por contra, H. Kamen opina que don Juan «(...) figura entre los gobernantes mejor dotados de España en el siglo XVII» en La España de Carlos II... op. cit., p. 543. Más recientemente A. Graf von Kalnein recuerda que si su gobierno fue efímero, su estancia en Aragón contribuyó a armonizar las relaciones entre las instituciones monárquicas y las instituciones regnícolas; vid. Juan José de Austria... op. cit., pp. 501-504. J. Castilla Soto, por último, escribe que durante su gobierno «Hubo intentos muy loables, algunos de los cuales carecieron del tiempo suficiente para fructificar y otros lo hicieron, si bien posteriormente...», vid. Don Juan José... op. cit., p. 329.

175 Para sus contemporáneos don Juan José fue, igualmente, polémico. Dos opiniones, contrapuestas, servirán para dar luz al contrapunto. La primera, de autor anónimo, escrita tras su muerte: «Este príncipe (...) fue el último de los Grandes Hombres que la Casa de Austria produjo en España...» B.N.E., mss. 18206, fol. 132. Citado en A. Graf von Kalnein, Juan José de Austria... op. cit., p. 93. Por el contrario J. Cortés Osorio (S.J.) dijo de él «... estandarte de la cobardía, huyó en la mar, huyó en Flandes, huyó en Portugal, huyó en Consuegra, huyó en El Retiro (...) de tal suerte que, en cuantas batallas se han visto sus allegados han seguido los ejemplos de Don Huyan». Vid. T. Egido, Sátiras políticas... op. cit. Ciclo de Cortés Osorio, p. 180 y ss.

Capítulo VI. La reina María Luisa y el Rey,