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Porque, claro, no hemos caído hasta ahora en que delante de la tele- visión también hay niños.

Delante de la televisión hay muchísimos niños, y están delante de la tele muchísimo tiempo.

A finales de 2003, hubo una noticia que conmocionó a la opinión pública como nunca antes había ocurrido con la televisión. Recordarán seguramente el titular: “Los niños españoles pasan más tiempo viendo la televisión que en el colegio”.

Era una de las conclusiones del estudio que había realizado el Consejo del Audiovisual de Cataluña, sobre infancia y televisión, en el que se decía, entre otras cosas, que un niño pasa 960 horas anuales, de media, en el cole- gio, y 990 –treinta más– viendo televisión. Dos horas y veinticinco minutos diarios, algo más, indicaba el informe, si tienen la televisión en su cuarto. Tampoco vamos a entrar en si es mucho o poco tiempo, pero lo cierto es que la televisión es la actividad de ocio a la que los niños dedican más tiempo despiertos, con diferencia.

Mucho más que al deporte, mucho más que a hacer deberes o salir con los amigos, sobre todo en determinadas franjas de edad.

¿Y qué ven los niños en esas 18 horas de consumo televisivo semanal? ¿Dibujos? ¿Series divulgativas? ¿Reportajes de fauna y naturaleza de La 2? Pues no. O al menos no, principalmente y desde luego no mayoritaria- mente.

Según un estudio realizado por Sofres sobre infancia y televisión, hay dos momentos a lo largo de la semana en los que se concentra el mayor número de niños frente a la pequeña pantalla.

Uno de estos picos aparece los fines de semana a las 10,25 de la mañana con 906.000 niños que ven a esa hora Los Lunis en Televisión Española; Megatrix en Antena 3; Embrujadas, en Tele 5, Los Patata, en Telemadrid y Hoy cocinas tú en La Sexta, que no está mal.

El otro pico de audiencia tiene lugar los días de diario a las 22.08 horas, con 929.000 niños delante del televisor ¿Y qué se ve en televisión a las 22.08? Bueno, depende del día, pero se puede ver Hospital Central, Camera Café, ¿Dónde estás corazón?… CSI.

No seré yo quien hable mal de CSI, ni siquiera de CSI Miami, pero con franqueza, no creo que precisamente sea CSI un contenido apro- piado ni recomendable para los niños.

Así que a las diez de la noche, justo cuando acaba el horario protegido, hay casi un millón de niños viendo la tele.

Horario protegido que tiene la función de salvaguardar de lenguajes indecentes y de mensajes o escenas de contenido violento o sexual, a los niños menores de 13 años y que se extiende de 6 a 22 horas, y especial- mente de 8 a 9, y de 17 a 20.

Pues a pesar de todo lo dicho, más de 35.000 ven la televisión a partir de las 12 de la noche, lo que en términos televisivos se denomina Late nigth. Es decir, que 35.000 niños pueden ver a Buenafuente, cuando toque, el Neng, o Los Simpson, Noche Hache…

Y lo peor es que todo esto lo hacen no sólo con el conocimiento o con- sentimiento de sus padres, sino muchas veces con ellos, porque a las doce de la noche, lo lógico es que padres en casa. En general.

De hecho, más del 60% del tiempo que los niños ven televisión lo hacen acompañados de sus padres. Y dicen los expertos que los niños ven pro- gramas infantiles cuando están solos, y ven programas de adultos con sus padres. Lo que no deja de tener cierta gracia.

Creo que es el momento de preguntarse si esto es malo, perjudicial, pernicioso, peligroso, como se quiera.

¿Lo es? Porque durante mucho tiempo se ha pensado que no. Que la televisión es el canguro perfecto, amable, dispuesto, y que además puede ser positiva, divulgativa, incluso educativa.

NIÑOS OLVIDADOS

Sin embargo, es opinión unánime que los niños son los grandes olvi- dados de los programadores. Hay muy poca producción propia, presu- puestos mínimos, y los bloques infantiles, lo que se llama “contenedores”, se construyen emitiendo una serie tras otra, la mayor parte de ellas de impor- tación, muchas veces repetidas una y otra vez –redifundidas, se dice en el argot– y ordenadas sin ningún criterio de edad o contenido, y unos pre-

sentadores que son la imagen misma de la frivolidad: gritones, hiperestési- cos y con un lenguaje lleno de tópicos y expresiones vacías.

Recuerdo que, en unas jornadas que celebró el Instituto de Radio y Televisión, José Miguel Contreras, programador de TV, director de La Sexta en la actualidad y padre de dos hijos se preguntaba, retóricamente, si podí- amos fiarnos de la televisión que ven nuestros hijos.

Y él mismo se respondía con un tajante: No, de ninguna manera jamás, que nos dejó helados, viniendo de quien venía.

Yo también creo que no hay que fiarse de la televisión, de ninguna manera jamás. Creo que es importante empezar a tomar conciencia de que ciertos contenidos televisivos pueden ser perniciosos, tal vez peligrosos, y sin duda inadecuados para los niños.

Inadecuados para su aprendizaje, e inadecuados también para la for- mación de sus valores.

La televisión muestra, con frecuencia, una realidad deformada que los adultos somos o deberíamos ser perfectamente capaces de diferenciar del mundo real, pero no así los más pequeños. Y los padres tenemos que tomar conciencia del riesgo que esto supone.

Pero los contenidos, aún siendo importantes, no son el único riesgo. Hace tiempo leí en el periódico una noticia divertida: una empresa esta- dounidense había inventado unas zapatillas infantiles que según el niño caminara con ellas, permitían ver más o menos televisión por la tarde.

El consumo abusivo de televisión se relaciona, por ejemplo, con la obe- sidad, el sedentarismo, los índices de colesterol y los trastornos del IMC, el índice de masa corporal.

¿Saben cuántos anuncios ven los niños al año por televisión? Se cal- cula que más de 20.000. Unos 50 diarios: coches, muñecas, pistolas o esco- petas de agua, balones, juegos de mesa… Y un dato más, curioso cuando menos: según la OCU, el 56% de los anuncios emitidos en horario infantil es de… Comida: Phoskitos, Cheetos, hamburguesas, Chicle Goomer…

Se calcula que hasta los seis años, la mayoría de los niños no son capa- ces de distinguir entre programas y publicidad. De modo que para ellos no existe diferencia de contenido entreLos Lunnis y un anuncio de Burguer King. ¿Y las imágenes violentas? Atención a las cifras, porque son también de ponerse a temblar. Se calcula que cada niño ve al año 12.000 actos vio- lentos, y 14.000 referencias sexuales a través de la televisión.

En una guía, publicada hace tres años por la CEACU, la confederación española de amas de casa, consumidores y usuarios, se afirma que durante tres horas de programación infantil se detectaron 62 actos violentos, y que en ese tiempo aparecieron en pantalla 12 armas de fuego, 25 armas blan- cas, y 2 armas mágicas.

No sé qué estarían viendo, lo mismo la Tortugas Ninja, pero aparecía un arma cada 4 minutos y 36 segundos. Nos empeñamos en no comprar a los niños pistolas de juguete. Y después no hacemos más que enseñar- les héroes armados.

Finalmente, la televisión, el consumo abusivo de televisión se relaciona también con el fracaso escolar.

Según un estudio publicado en Estados Unidos, del que se hizo eco la prensa española hace algún tiempo, la vinculación entre alto consumo de televisión y bajos resultados académicos es innegable.

¿Y qué podemos hacer?

Si quieren puedo ponerme mucho más cínico. ¿Debemos hacer algo? ¿Quiénes? ¿Los padres? ¿La Administración? ¿Los programadores? ¿Los educadores? ¿Los niños?

MANERAS DE VER TELEVISIÓN

Decía Victoria Camps, que participó en el Comité de Sabios de Tele- visión Española en la primera legislatura de Zapatero, que al igual que los padres controlan la dieta de sus hijos, deben controlar también y con mayor motivo la dieta televisiva.

Es indudable que hay aspectos tremendamente positivos en la televi- sión, que debemos aprender a explotar. Y aspectos muy negativos que tene- mos que aprender a eludir.

Tal vez sea el momento de exigir a los programadores una programa- ción que entretenga, que sea divertida, colorista, simpática, pero que tam- bién eduque en valores, que sea igualitaria y solidaria.

Una labor en la que padres y educadores también deben verse impli- cados. ¿Cómo?

Evitando, en primer lugar, que los niños dispongan de televisión en su cuarto. Todos los expertos coinciden en señalar que tener la televisión en un lugar común permite controlar el tiempo y los contenidos que ven los niños. Y el tiempo y contenidos que ven los padres.

Debemos también habituarnos a evitar el consumo mecánico. Hay un importante número de niños que han creado el hábito de encender la tele- visión nada más llegar a casa, nada más ponerse a comer, nada más ter- minar los deberes… Hay que saber lo que se va a ver. Y sobre todo, cuándo se va a apagar.

Y respecto de los contenidos, es importante conocer la programación de televisión. Saber de qué van los programas y generar una actitud crítica hacia aquellos que promueven estereotipos y modelos sociales y educati- vos inadecuados.

Finalmente, es muy importante que los padres también aprendamos a ver televisión.

Porque no tiene sentido que intentemos controlar el consumo televisivo pasivo, acrítico, de nuestros hijos sin cambiar nuestra relación, y nuestra actitud respecto de la televisión.

No sé quién decía, y creo que es verdad, que aprender a ver televisión es aprender también a ir al fútbol, a leer el periódico, a pasear, a jugar, a ver una exposición o montar en bicicleta.

Pero permítanme que les lea algún dato más que nos van a llevar, no sin cierta ansiedad, a otro ratito de ansiedad.

• El 43% de los alumnos de primaria tiene móvil.

• Tres de cada cuatro niños de entre 8 y 13 años tienen videoconsola.

• Casi el 60% de los niños y adolescentes con teléfono lo utilizan a dia- rio, y gastan entre 12 y 40 euros mensuales, fundamentalmente enviando mensajes. O bajando melodías e imágenes.

• El 33% de los niños afirma jugar con videojuegos clasificados para mayores de 18 años, y un 15% desconoce la clasificación de los jue- gos que utiliza. Y no hablamos del Messenger, Youtube, Internet… Y a los padres no se les puede pedir que, además de trabajar, pasar gran parte de su tiempo en los transportes públicos o en los atascos, comprar, hacer la comida, pagar la hipoteca, ayudar a sus vástagos a hacer los deberes, tengan también que ocuparse de la utilización por parte de sus hijos de las nuevas tecnologías.

Preguntábamos hace un rato a quién había que dirigirse. Y creo que es importante que todas las partes en conflicto actúen la medida de sus posibilidades. La Administración legislando, y vigilando después que la ley se cumpla. Los creadores de espacios televisivos y videojuegos siendo conscientes de las repercusiones que pueden tener sus crea- ciones.

Los educadores generando actitudes críticas.

Y los padres tendrán que ocuparse de lo que sus hijos consumen de televisión o juegos de entretenimiento electrónico igual que se ocupan de cómo visten, o de quiénes son sus amigos.

Pero no me gustaría acabar con un mensaje apocalíptico. Este es el mundo que nos ha tocado vivir, y tendremos que habituarnos, aprender a convivir con la tecnología y obtener de ella todos sus beneficios, que son muchos, y que pueden ayudarnos a vivir mejor.

Así que buenas tardes, y a los padres, especialmente, mucha suerte.

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La experiencia de nacer y crecer en un nuevo contexto donde los medios audiovisuales ejercen una poderosa influencia, junto a padres y educado- res, no puede pasar desapercibida a los que se ocupan profesionalmente del desarrollo infantil. En los últimos años se ha producido una importante expansión de las pantallas en el contexto familiar. La mayoría de los hoga- res españoles cuenta con más de un aparato de televisión, un tercio tiene, al menos, una consola de videojuegos y aproximadamente la mitad tiene ordenador(1). Esta proliferación de medios electrónicos ha sustituido pro- gresivamente la imagen de la familia unida en torno al televisor por la visión de una familia fragmentada, donde cada uno de sus miembros disfruta en solitario o se relaciona con otros a través de una pantalla.

Los estudios con población española señalan que ver la televisión y jugar con el ordenador y los videojuegos son las actividades que ocupan más tiempo en la infancia y la adolescencia, incluso más que salir con amigos(2). Mención especial merecen los videojuegos que recientemente han dado el salto de las salas recreativas al hogar. La variedad temática y la diversidad de soportes en los que se presenta: ordenador personal, ordenador portátil, videoconsola, consola portátil e incluso, teléfono móvil, han contribuido de forma decisiva a ello, ampliando día a día el conjunto de la población que se incorpora a esta nueva forma de ocio. Paralelamente a que la edad de inicio es más temprana, contando los más pequeños con juegos inspirados en programas infantiles como los “Telettubies” o “Disney”, la industria hace esfuerzos titánicos por captar a la población adulta. Ejemplo de ello es el juego “brain training” para Nintendo DS, sencillos ejercicios de memoria, cálculo y agilidad men- tal diseñados para estimular la mente de los mayores de la casa, convertido en uno de los productos estrella de la campaña de navidad del 2007.

El trabajo coordinado por Díez Gutiérrez “La diferencia sexual en el aná- lisis de los videojuegos”(3), que cuenta con una muestra de 5.000 personas entre 6 y 24 años, señala que la edad de inicio de uso del videojuego se sitúa en torno a los 8 años, aunque se apunta un adelanto a los 5-6 años, con la popularización de la Gameboy y los adolescentes son los principales con- sumidores. En la misma línea, el trabajo realizado en el 2006 por la Asociación Española de Distribuidores y Editores de Software de Entretenimiento (aDeSe) sobre hábitos y usos de los videojuegos en España concluye que la presen- cia mayoritaria de jugadores se sitúa en el tramo de edad de 11 a 16 años (78%), observándose un importante incremento en el tramo de 7 a 10 años, pasando de un 27,2% en el 2004 a un 46,2% en el 2006 de jugadores.

Junto a la progresiva expansión de estos nuevos medios electrónicos crece la preocupación entre padres, educadores y población general acerca de su posible influencia en el desarrollo humano. En esta línea, la investi- gación se ha hecho eco de los tópicos tradicionalmente utilizados en el aná- lisis de la influencia de la televisión en el desarrollo cognitivo, social y con- ductual. A continuación se presenta una breve revisión de algunas de las controversias relacionadas con el uso del videojuego que aparecen en la bibliografía anglosajona y española(4).

LOS EFECTOS DE LA VIOLENCIA EN LOS VIDEOJUEGOS

La representación mediática de hechos trágicos, aunque aislados, pro- tagonizados por adolescentes obsesionados con videojuegos violentos y la asociación positiva entre violencia televisiva y cinematográfica y compor- tamiento violento, demostrada por numerosos estudios con una amplia selec- ción de variables y métodos, ha disparado las alarmas acerca del peligro de los videojuegos. Aunque en su origen no fue así, actualmente la violen- cia se considera consustancial a ellos. Los análisis de contenido muestran

que aproximadamente un 80% de estos juegos tienen como objetivo la agre- sión o la violencia(5), que cerca del 98% no refleja las consecuencias del comportamiento violento y que un 41% la presenta en contextos de humor(6). Tal y como señalan G. Comstock y E. Scharrer en su libro “Media and the American child”, el incremento de contenidos violentos explícitos y rea- listas, el papel activo del usuario, la violencia recompensada y el nivel de activación que genera, hacen pensar que, al igual que la exposición tem- prana a contenidos televisivos violentos es un factor de riesgo para el desa- rrollo de comportamientos agresivos, el uso temprano y continuado de vide- ojuegos puede serlo aún más.

La revisión de la investigación experimental sugiere que el uso de vide- ojuegos violentos tiene efectos a corto plazo como un incremento de la agre- sividad en el juego libre, respuestas agresivas u hostiles ante preguntas ambiguas y fantasías agresivas, aunque no queda claro su efecto desensi- bilizador frente a la violencia, ampliamente estudiado en el caso de la tele- visión. Los estudios con cuestionarios también muestran una asociación positiva entre el juego con contenidos violentos y el comportamiento agre- sivo o antisocial e incluso, recientes meta-análisis indican un tamaño del efecto positivo y estadísticamente significativo(7). No obstante, la contribu- ción específica del uso de videojuegos con contenidos violentos al com- portamiento agresivo y antisocial no es todavía clara. La diversidad de con- tenidos analizados, la escasez de datos que muestren estos efectos a largo plazo y el corto período de tiempo de este campo de investigación, nos lle- van a considerar con cautela estos datos, a la espera de profundizar en las variables de personalidad y del contexto, que pueden modular su influen- cia en el desarrollo infantil y adolescente.

EL SEXISMO EN LOS VIDEOJUEGOS

Otro de los tópicos que de forma consistente se ha relacionado con los