General discussion 8.1 Introduction
8.3 General discussion
Una pera temprana, no más grande que el pulgar, colgaba fuera de la espaldera.
En un banco de piedra se hallaban sentados tres personajes: el viejo conde de Bouville, en el centro, a quien estaban interrogando; y a su derecha el caballero de Villebresme, comisario del rey; y a su izquierda el notario Pedro Tesson, que tomaba la declaración por escrito.
El notario Tesson llevaba un bonete que cubría su enorme cabeza en forma de cúpula, de la que colgaban cabellos lisos; tenía la nariz Puntiaguda, la barbilla exageradamente larga y afilada, y su perfil recordaba el cuarto creciente de la luna.
-Monseñor -dijo con gran respeto-, ¿puedo leeros ahora vuestro testimonio? -Hacedlo, messire, hacedlo -respondió Bouville.
Y su mano se dirigió, a tientas, hacia la pequeña fruta verde para comprobar su dureza. «El jardinero debería haber atado la rama», pensó.
El notario se inclinó hacia la escribanía colocada en sus rodillas y comenzó:
-El decimoséptimo día del mes de junio del año 1329 nos, Pedro de Villebresme, caballero... El rey Felipe VI no había dejado que el asunto se demorara. Dos días después del escándalo de Amiens y de los juramentos pronunciados en la catedral, nombró una comisión para investigar el asunto; y menos de una semana después de la vuelta de la corte a París, ya había comenzado la investigación.
-...y nos, Pedro Tesson, notario del rey, hemos venido a escuchar...
-Maestro Tesson -dijo Bouville-, ¿sois vos el mismo que se encontraba antes agregado a la casa de monseñor de Artois?
-El mismo, messire.
-Y ahora sois notario del rey... Muy bien, muy bien, os felicito.
Bouville se incorporó ligeramente y cruzó las manos por encima de su redondo vientre. Llevaba un viejo traje de terciopelo, demasiado largo y pasado de moda, como se usaba en tiempos de Felipe el Hermoso, y que solía ponerse para estar en el jardín.
Giraba los pulgares, tres veces en un sentido y tres en el otro. El día sería hermoso y cálido, pero la mañana conservaba todavía algo del frescor de la noche.
-...hemos venido a escuchar al alto y poderoso señor conde Hugo de Bouville y lo hemos escuchado en su mansión situada no lejos del Pre-aux-Clercs...
-¡Cómo ha cambiado este barrio desde que mi padre hizo construir esta casa! -dijo Bouville- . En aquel tiempo, desde la abadía de Saint-Germain-des-Pres hasta Saint-Andre-des-Arts no había más que tres palacios: el de Nesle, a orillas del río; el de Navarra, apartado; y el de los condes de Artois, que les servía de casa de campo, ya que en torno no había más que campos y prados... ¡Y ved lo edificado que está ahora! Todas las nuevas fortunas han querido establecerse en este lado; los caminos se han convertido en calles. Antes, por encima de estas paredes, no se veía más que hierba; y ahora, con la poca luz que les queda a mis ojos no veo más que tejados. ¡Y el ruido! ¡El ruido que hay en este barrio! Como si estuviéramos en el corazón de la Cité. Si me quedaran algunos años de vida vendería esta casa y construiría mi residencia en otro lugar. Pero eso es cuestión de...
Y su mano fue en busca de la pequeña pera verde. Esperar a que madurara una fruta, eso era lo único que le quedaba. Iba perdiendo la vista desde hacía varios meses; el mundo, los seres, los árboles, se le presentaban como a través de una pared de agua. Había sido activo e importante, había viajado, se había sentado en los Consejos reales, había participado en grandes acontecimientos, y acababa la vida en su jardín, con el pensamiento detenido y la vista turbia, solo y casi olvidado, salvo cuando las personas más jóvenes necesitaban sus recuerdos...
El maestro Pedro Tesson y el caballero de Villebresme intercambiaron una mirada de cansancio. No era testigo fácil el viejo conde de Bouville, cuya conversación caía constantemente en vagas trivialidades; pero era un hombre demasiado noble y viejo para darle prisa. El notario prosiguió:
-...quien nos ha declarado, por su propia voz, las cosas abajo escritas, a saber: que cuando era chambelán de nuestro Sire Felipe el Hermoso, antes de que éste fuera rey, tuvo conocimiento del contrato matrimonial concluido entre el difunto monseñor Felipe de Artois y la señora Blanca de Bretaña, y que tuvo dicho contrato entre las manos, y que en dicho contrato estaba precisamente inscrito que el condado de Artois iría por derecho de herencia al dicho monseñor Felipe de Artois, y después de el, a sus herederos varones habidos del dicho matrimonio...
Bouville movió la mano:
-Yo no he asegurado esto. Tuve el contrato en las manos, como os he dicho, y como indiqué al propio monseñor Roberto de Artois cuando vino a visitarme el otro día, pero no tengo el menor recuerdo de haberlo leído.
-¿Y para qué, monseñor, ibais a tener ese contrato si no es para leerlo? -preguntó el sire de Villebresme.
-Para llevarlo al canciller de mi señor, con el fin de que lo sellara, ya que el contrato fue avalado, me acuerdo bien, con el sello de todos los pares, uno de los cuales era mi dueño Felipe el Hermoso como primer hijo de la corona.
-Eso es digno de notarse, Tesson -dijo Villebresme-. Todos los pares pusieron su sello... Pero, aún sin haber leído la pieza, monseñor, ¿sabíais vos que la herencia de Artois estaba asegurada al conde Felipe y a sus herederos varones?
-Lo oí decir -respondió Bouville-, y no puedo certificar otra cosa.
Lo irritaba un poco la manera que empleaba aquel joven Villebresme para hacerle declarar más de lo que quería. ¡Ese muchacho aun no había nacido y su padre estaba muy lejos de engendrarlo cuando ocurrieron los hechos sobre los que investigaba! Había que ver a esos pequeños oficiales reales, hinchados con su nuevo cargo. También ellos se encontrarían un día viejos y solos, apoyados en el espaldar de su jardín... Si, Bouville se acordaba de las cosas inscritas en el contrato de matrimonio de Felipe de Artois. Pero ¿cuando había oído hablar de eso por primera vez? ¿En el momento del matrimonio, el año 1282, o cuando murió el conde Felipe, el 98, a consecuencia de las heridas en la batalla de Furnes? O quizá tras la muerte del viejo conde Roberto II en la batalla de Courtrai, en 1302, que sobrevivió cuatro años a su hijo, hecho del que se derivaba el Proceso entre su hija Mahaut y su nieto el actual Roberto III.
A Bouville le solicitaban que fijara un recuerdo que podía situarse en cualquier momento de un período de veinte años. Y no eran solamente el notario Tesson y este sire de Villebresme los que habían ido a estrujarle el cerebro, sino el propio monseñor Roberto de Artoís, lleno de cortesía y reverencia, sin ninguna duda, pero no por eso dejando de hablar con voz fuerte, agitándose mucho y aplastando con sus botas las flores del jardín.
-Rectifiquemos, pues, de esta manera -dijo el notario después de corregir su texto-: ... y que tuvo dicho contrato entre las manos, pero por poco tiempo, y también recuerda que estaba sellado con el sello de todos los pares; además el conde de Bouville nos ha declarado haber oído decir entonces que en dicho contrato estaba precisamente inscrito que el condado de Artois...
Bouville aprobó con la cabeza. Hubiera preferido que se suprimiera ese pequeño «entonces», introducido por el notario en la frase. Pero estaba cansado de luchar; y ¿tanta importancia tiene una palabra?
-...iría a sus herederos varones nacidos de dicho matrimonio; y además nos ha certificado que el contrato fue bien inscrito en los registros de la corte, y tiene por cierto que fue sustraído después de dichos registros con maliciosas maniobras por orden de la señora Mahaut de Artois...
-Tampoco he dicho eso -interrumpió Bouville.
-No lo habéis dicho de esa manera, monseñor -respondió Villebresme-, pero se desprende de vuestra declaración. Repasemos lo que habéis certificado. En primer lugar, que ha existido el contrato matrimonial; en segundo lugar que lo habéis visto; en tercer lugar, que fue inscrito en los registros...
-...avalado con el sello de los pares...
Villebresme cambió una nueva mirada de fatiga con el notario.
-...avalado con el sello de los pares -repitió para complacer al testigo-. Certificáis también que ese contrato excluía de la herencia a la condesa Mahaut y que desapareció de los registros, de manera que no pudo ser presentado en el proceso que intentó monseñor Roberto de Artois iniciarle a su tía. ¿Quien pensáis, pues, que lo hizo sustraer? ¿Creéis que fue el rey Felipe el Hermoso quien dio la orden?
La pregunta era pérfida. ¿No se había dicho repetidas veces que Felipe el Hermoso, para mejorar a la suegra de sus dos últimos hijos, había dictado en su favor una sentencia complaciente? De ahí a pretender que el propio Bouville se había encargado de hacer desaparecer los documentos no había más que un paso.
-No mezcléis, messire, la memoria del rey Felipe el Hermoso, mi señor, con un acto tan villano -respondió con dignidad.
Por encima de los tejados y de la fronda llegó el tañido de la campana de Saint-Germain- des-Pres. Bouville pensó que era la hora en que le traían su escudilla de queso cuajado; su médico le había recomendado que lo tomara tres veces al día.
-Por lo tanto -prosiguió Villebresme-, el contrato tuvo que ser robado sin saberlo el rey... ¿Y quién podía tener interés en robarlo sino la condesa Mahaut?
El joven comisario tamborileó con la punta de los dedos la piedra del banco; no estaba descontento de su demostración.
-¡Oh, cierto! -dijo Bouville-. Mahaut es capaz de todo.
Sobre este punto Bouville no era difícil de convencer. Sabía que Mahaut era culpable de dos crímenes, y mucho más graves que el robo de un pergamino. Seguramente habría matado al rey Luis X; ante los propios ojos de Bouville había matado a un niño de cinco días al que creía el pequeño rey Póstumo... y siempre para conservar su condado de Artois.
¡Verdaderamente, era una preocupación muy tonta ese escrúpulo suyo de exactitud! Sin duda había robado el contrato matrimonial de su hermano, ese contrato cuya existencia se había atrevido a negar, y con juramento. ¡Horrible mujer! ... Por causa de ella, el verdadero heredero de los reyes de Francia crecía lejos de su reino, en una pequeña ciudad de Italia, en casa de un mercader lombardo que lo creía su hijo... Bien, no había que pensar en eso. Bouville había susurrado ese secreto, que él solo sabía, en el oído del Papa. No quería pensar en ello por temor a sentirse tentado a hablar. Además, ¡que los investigadores se fueran cuanto antes!
-Tenéis razón, dejad lo que habéis escrito -dijo con voz ligeramente temblorosa-. ¿Donde debo firmar?
El notario le tendió la pluma. Bouville distinguía mal el borde del papel, y su firma se salió un poco de la página, Aún le oyeron decir:
Extendieron polvos secantes sobre la firma. El notario volvió a colocar las hojas y la escribanía en su cartera de cuero, y los dos investigadores se levantaron para despedirse. Bouville los saludó con la mano, sin levantarse. Apenas se habían alejado cinco pasos y ya no eran para él más que dos sombras vagas que se disolvían detrás de la cortina de agua.
El antiguo chambelán tocó una campanilla para pedir su requesón. Lo inquietaban varios pensamientos. ¿Cómo su dueño venerado, el rey Felipe el Hermoso, había podido olvidar, en su sentencia sobre el Artois, el acta que había ratificado antes? ¿Cómo no se había preocupado de la desaparición de esta pieza? ¡Ah, los mejores reyes no hacen solamente hermosas acciones... !
Bouville se decía también que uno de esos días iría a visitar al banquero Tolomei para informarse sobre Guccio Baglioni... y sobre el niño... sin insistir, como si se tratara de una simple cortesía. El viejo Tolomei casi no se movía de su lecho; las piernas no lo sostenían. La vida se va así; para uno es la oreja que se cierra; para otro, los ojos que se empañan, o los miembros que dejan de moverse... El pasado se cuenta por años; pero se emplean meses o semanas para hacer cálculos sobre el porvenir.
«¿Viviré para cuando haya madurado esta fruta y la podré coger?», pensaba el conde de Bouville mientras miraba la pera de la espaldera.
Messire Pedro de Machaut, señor de Montargis, era hombre que no perdonaba nunca las injurias, ni siquiera a los muertos. La desaparición de sus enemigos no bastaba para apaciguar su resentimiento. Su padre, que ocupaba un alto cargo en tiempos del Rey de Hierro, había sido destituido por Enguerrando de Marigny y la fortuna de la familia había sufrido un duro golpe. La caída del todopoderoso Enguerrando había sido para Pedro de Machaut un desquite personal; el día más grande de su vida había sido aquel en que, en calidad de escudero de Luis el Turbulento, condujo a Marigny al patibulo. Condujo, es una manera de decir: acompañó, más bien, y no en primera fila, sino entre numerosos dignatarios más importantes que él. Sin embargo, con el correr de los años, esos señores habían muerto uno tras otro, lo que permitía a messire Pedro de Machaut, cada vez que contaba ese trayecto memorable, avanzar un lugar en la jerarquía del cortejo.
En principio se había contentado con desafiar con la mirada a messire Enguerrando, que iba de pie en la carreta, y haberle demostrado con la expresión de su rostro que quien perjudicaba a los Machaut, por alto que estuviera, acaba mal.
Luego, el recuerdo embellecía las cosas, y Machaut aseguraba que durante ese último paseo, Marigny no sólo lo había reconocido, sino que se había dirigido a él, diciendo tristemente estas palabras:
-¡Ah, sois vos, Machaut! Ahora triunfáis; os he perjudicado y me arrepiento.
Ahora, pasados catorce años, parecía que Enguerrando de Marigny, al ir al suplicio, no había tenido palabras más que para Pedro de Machaut y que, desde la prisión a Montfaucon, no le había ocultado nada del estado de su conciencia.
Pequeño, de cejas grises y una pierna rígida por una mala caída en torneo, Pedro de Machaut seguía haciendo engrasar cuidadosamente corazas que nunca usaría. Era tan vanidoso como rencoroso; y como Roberto de Artois lo conocía bien, se había tomado la molestia de ir a visitarlo dos veces para que hablara de aquel famoso recorrido junto a la carreta de messire Enguerrando.
-Pues bien, contad todo eso a los comisarios del rey que vendrán a solicitar vuestro testimonio sobre mi asunto -le dijo Roberto-. Las opiniones de un hombre tan valeroso como vos son de importancia; ayudaréis a la justicia del rey, y os ganaréis su gratitud y la mía. ¿Os han pensionado por los servicios que vuestro padre y vos mismo rendisteis al reino?
-Nunca... -¡Que injusticia! ¿Cómo habían podido olvidar a un hombre de tan grandes prendas como messire de Machaut, cuando tantos intrigantes habían logrado que los pusieran en las listas de las donaciones de la corte durante los últimos reinados? Olvido voluntario, sin duda, e inspirado por la condesa Mahaut, que siempre había estado de parte de Enguerrando de Marigny.
Roberto de Artois se preocuparía personalmente de que fuera reparada esa iniquidad.
Así pues, cuando el caballero de Villebresme, siempre acompañado por el notario Tesson, se presentó en casa del antiguo escudero, este puso tanto celo en contestar a las preguntas como el comisario en hacerlas.
El interrogatorio se realizó en un jardín próximo, ya que, según los usos de la justicia, las declaraciones debían hacerse en lugar abierto y al aire libre.
A juzgar por las palabras de Pedro de Machaut, parecía que la ejecución de Marigny se había cumplido la antevíspera.
-Así pues -dijo Villebresme-, vos estabais delante de la carreta cuando bajaron de ella al sire Enguerrando para llevarlo a la horca.
-Subí a la carreta -respondió Machaut-, y por orden de Luis X pregunté al condenado de que faltas de gobierno quería acusarse antes de comparecer ante Dios.
Fue Tomas de Marfontaine, en realidad, el encargado de esta tarea, pero como había muerto hacía largo tiempo...
-Y Marigny siguió declarándose inocente de todas las faltas que le habían imputado durante su proceso; sin embargo, reconoció -son sus propias palabras, por las que se comprende bien la bribonería del personaje- «haber realizado acciones injustas en causas justas». Entonces le pregunté cuáles eran esas acciones, y me citó varias; por ejemplo, haber destituido a mi padre, el sire de Montargis, y también haber sustraído de los registros reales el contrato matrimonial del difunto conde de Artois, con el fin de servir a los intereses de la señora Mahaut y de sus hijas, las nueras del rey.
-¡Ah, entonces fue el quien hizo sustraer el contrato! ¡Se acusó de haberlo hecho! -exclamó Villebresme-. Eso es importante. Anotadlo, Tesson, anotadlo.
El notario no necesitaba esta indicación para escribir animosamente. ¡Buen testigo era ese sire de Machaut!
-¿Sabéis, messire, si le pagaron a sire Enguerrando por ordenar este acto? -preguntó Tesson. Machaut vaciló ligeramente y frunció las cejas.
-Cierto, le pagaron -respondió-. Porque le pregunté también si era verdad que había recibido, como se decía, cuarenta mil libras de la señora Mahaut por sacarla triunfante en su proceso ante el rey. Y Enguerrando bajó la cabeza en señal de asentimiento y de gran vergüenza, y me respondió: «Messire de Machaut, rogad a Dios por mí», lo que suponía una confesión.
Y Pedro de Machaut cruzó los brazos con aire de triunfante desprecio. -Ahora todo está claro -dijo Villebresme con satisfacción.
El notario transcribía los últimos conceptos de la deposición.
-¿Habéis interrogado ya a muchos testigos? -preguntó el antiguo escudero.
-Catorce, messire, y nos resta aun el doble a quienes oir -dijo Villebresme-. Pero nos repartimos la tarea entre ocho comisarios y dos notarios.