General discussion 8.1 Introduction
8.5 Novelty of this thesis and potential implications for future wheat grain quality research
El gabinete de trabajo de monseñor de Artois estaba decorado con cuatro grandes frescos piadosos, pintados de forma bastante vulgar, en los que dominaba el ocre y el azul, cuatro figuras de santos «para inspirar confianza», según decía el dueño de la casa. A la derecha, San Jorge derribaba el dragón; enfrente de el, San Mauricio, el otro patrono de los caballeros, se erguía con coraza y cota azulada; sobre la pared del fondo, San Pedro sacaba del mar sus inagotables redes; y Santa Magdalena, patrona de las pecadoras, vestida solamente con sus cabellos de oro, ocupaba la
Las vigas del techo estaban también pintadas de ocre, de amarillo y de azul, y de trecho en trecho se veían los blasones de Artois, de Beaumont y de Valois. La pieza estaba amueblada con mesas cubiertas de brocados, cofres con armas suntuosas y pesados hacheros de hierro dorado.
Roberto se levantó de su gran asiento y devolvió al notario las actas de las declaraciones que acababa de leer.
-Muy bien, muy buenas piezas -declaró-, sobre todo la declaración del sire de Machaut, que parece muy espontánea; y completa y muy a propósito la del conde de Bouville. Decididamente, sois hombre hábil, maestro Tesson de la Chicane, y no lamento haberos elevado al puesto que tenéis. En vuestra cara de Cuaresma se oculta mucha más astucia que en la cabeza vacía de muchos árbitros del Parlamento. Hay que reconocer que Dios os ha dotado de un gran espacio para colocar vuestro cerebro.
El notario sonrió amablemente e inclinó su desmesurado cráneo, cubierto con un bonete que semejaba una enorme col negra. Los burlones cumplidos de monseñor de Artois tal vez disimulaban una promesa de ascenso.
-¿Es eso toda vuestra cosecha? ¿Tenéis otras noticias que darme hoy? ¿Que pasa con el antiguo baile de Bethune?
El procedimiento judicial es una pasión como el juego. Roberto de Artois sólo vivía para su proceso; no pensaba ni actuaba más que en función de su causa. Aquella quincena, el único asunto de su existencia era procurarse testimonios. Su cerebro trabajaba en ello todo el día, e incluso por la noche se despertaba, desvelado por una inspiración repentina, y llamaba a su criado Lormet, que llegaba somnoliento y ceñudo.
-Viejo roncador -le decía-, ¿no me hablaste el otro día de un tal Simon Dourin o Dourier, que fue empleado de escritorio en casa de mi abuelo? ¿Sabes si vive? Procura enterarte mañana.
En la misa, a la que asistía diariamente, por las conveniencias, se sorprendía rogando a Dios por el éxito de su proceso. De la plegaria volvía con toda naturalidad a sus maquinaciones, y durante el Evangelio se decía:
«Ese Gilles Flamand, que fue en otro tiempo escudero de Mahaut y a quien esta despidió por cometer alguna fechoría... Tal vez ese hombre podría testimoniar a mi favor. Es preciso que no olvide esto.»
Nunca se le había visto asistir tan asiduamente al Consejo del rey, pasaba cada día varias horas en Palacio, y daba la impresión de ocuparse intensamente en las tareas del reino. Sin embargo, lo hacía sólo para vigilar a su cuñado Felipe VI, hacerse indispensable y velar para que no nombrara en los altos cargos más que a personas elegidas por él. Seguía de muy cerca los decretos con el fin de sacar alguna idea para una nueva maniobra. Se burlaba de todo lo demás.
Que en Italia güelfos y gibelinos continuaran matandose, que Azzo Visconti hubiera hecho asesinar a su tío Marco y hubiera puesto barricadas en la ciudad de Milán contra las tropas del emperador Luis de Baviera; mientras que, en desquite, Verona, Vicenza, Padua, Treviso, se sustraían a la autoridad del Papa protegido por Francia, monseñor de Artois lo sabia, lo escuchaba, pero apenas pensaba en ello.
Que en Inglaterra el partido de la reina se encontrara en dificultades, y que la impopularidad de Roger Mortimer se acentuara cada día, a monseñor de Artois no le importaba un ápice. Inglaterra no le interesaba aquellos dias, ni tampoco los laneros de Flandes, que, por conveniencias de su comercio, multiplicaban los acuerdos con las compañías inglesas.
Pero que el maestro Andriell de Florencia, canónigo tesorero de Bourges, fuera provisto de un nuevo beneficio eclesiástico, o que el caballero de Villebresme pasara a la Cámara de las Cuentas, ¡ah!, eso era importante y no podía admitir dilación; y es que el maestro Andrieu, al igual que el sire de ViHebresme, era uno de los ocho comisarios nombrados para instruir el proceso de Artois.
Roberto había propuesto estos comisarios a Felipe VI, es decir, los había elegido practicamente... «Se podría nombrar a Bouchart de Montmorency; siempre nos ha servido lealmente... Se podría nombrar a Pedro de Cugnieres; es hombre prudente a quien todos respetan...» Y lo mismo hizo con los notarios, entre los cuales figuraban Pedro de Tesson, que había estado agregado durante veinte años a la casa de Valois y luego a la de Roberto.
Nunca se había sentido tan importante Pedro de Tesson; nunca había sido tratado con tan íntima amistad, ni colmado de tantas piezas de tela para vestidos de su mujer, ni había recibido tantos saquitos de oro para el mismo. Sin embargo, estaba fatigado, ya que Roberto lo hostigaba, y la vitalidad de este hombre era agotadora.
En primer lugar, monseñor Roberto estaba casi siempre de pie. Se paseaba sin cesar por su gabinete, entre las altas figuras de los santos. Lógícamente el maestro Tesson no podía sentarse en presencia de tan elevado personaje como un par de Francia. Ahora bien, los notarios trabajan normalmente sentados.
El maestro Tesson tenía, pues, que sostener siempre su cartera de cuero negro, que no se atrevía a colocar sobre los brocados, y de la que iba sacando uno tras otro los documentos. Temía acabar este proceso con mal de riñones para toda su vida.
-He visto -dijo respondiendo a la pregunta de Roberto- al antiguo baile Guillermo de la Planche, que está actualmente detenido en el Chatelet. La señora Divion había ido a verlo antes; ha declarado tal como esperábamos. Pide que no os olvidéis de hablar a messire Miles de Noyers en solicitud de gracia, porque su asunto es delicado y corre peligro de que lo cuelguen.
-Trataré de que lo suelten; que duerma tranquilo. ¿Habéis interrogado a Simon Dourier? -Aún no, monseñor, pero he estado con él. Está dispuesto a declarar delante de los comisarios que se hallaba presente el día de 1302 en que el conde Roberto II, vuestro abuelo, poco antes de morir, dictó la carta que confirmaba vuestro derecho a la herencia de Artois.
-¡Ah, muy bien, muy bien!...
-Le he prometido también que lo volveríais a admitir en vuestra casa y que lo pensionaríais...
-¿Por qué fue echado? -preguntó Roberto.
El notario esbozó el gesto del que se pone dinero en el bolsillo.
-¡Bah!, ahora es viejo, y ha tenido tiempo de arrepentirse -exclamó Roberto-. Le daré cien libras al año, alojamiento y ropa.
-Manessier de Lannoy confirmará que las cartas sustraídas fueron quemadas por la señora Mahaut... Su casa, como sabéis, la iban a vender para pagar sus deudas a los Lombardos; os agradece mucho que haya podido conservar el techo.
-Yo soy bueno; eso no se sabe bastante -dijo Roberto-. ¿No me decís nada de Juvigny, el antiguo criado de Enguerrando?
El notario bajó la cabeza con aire culpable.
-No he conseguido nada -dijo-; se niega, alegando que no sabe nada, que no se acuerda. -¡Cómo! -exclamó Roberto-. Yo mismo fui a hablarle al Louvre, donde está pensionado para hacer muy poca cosa, y le hablé. ¿Y se obstina en no acordarse? Ved, pues, si lo ponéis un poco en el tormento. La vista de las tenazas le ayudará, tal vez, a decir la verdad.
-Monseñor -respondió tristemente el notario-, se atormenta a los acusados, pero todavía no a los testigos.
-Entonces hacedle saber, al menos, que si no le vuelve la memoria, le haré suprimir la pensión. Yo soy bueno, pero es preciso que me ayuden a serlo.
Cogió un candelabro de bronce que pesaba sus buenos siete kilos, y mientras paseaba, lo hacía saltar de una mano a otra.
El notario pensó en la injusticia de la naturaleza que concede tanta fuerza muscular a personas que sOlo la emplean para divertirse, y tan poca a los pobres notarios que han de llevar su pesada cartera de cuero negro.
-¿No teméis, monseñor, que si le suprimís a Juvigny el sueldo, lo pueda obtener de la condesa Mahaut?
Roberto se detuvo.
-¿Mahaut? -exclamó-. Pero sí no puede nada; se esconde, tiene miedo. ¿Se la ha visto por la corte desde hace mucho tiempo? No se mueve, tiembla, sabe que está perdida.
-Dios os oiga, monseñor, Dios os oiga. Seguro que ganaremos, pero no sin algunos contratiempos...
Tesson vacilaba en continuar, no por temor a lo que iba a decir, sino por el peso de la cartera. Aun le quedaban cinco o diez minutos de estar de pie.
-Me han informado -continuó- de que siguen a nuestros comisarios en Artois, y que nuestros testigos son visitados por otras personas. Además, ha habido últimamente un cierto movimiento de mensajeros entre el palacio de la señora Mahaut y Dijon. Han visto cruzar su puerta a diversos jinetes con la librea de Borgoña...
Estaba claro que Mahaut intentaba estrechar sus lazos con el duque Eudes. Ahora bien, el partido de Borgoña disponía en la corte del apoyo de la reina.
-Si, pero yo tengo al rey -dijo Roberto-. La zorra perderá, Tesson, os lo aseguro.
-Al menos será necesario presentar los documentos, monseñor, porque sin documentos... A las declaraciones se puede siempre oponer otras declaraciones. Lo mejor será hacerlo cuanto antes.
Tenía razones personales para insistir. Un notario que inspira tantos testimonios, es decir, que los arranca mediante compras y amenazas puede hacer fortuna, pero también corre el peligro de ir a parar al Chatelet e incluso a la rueda... Tésson no deseaba ocupar el puesto del antiguo baile de Bethume.
-¡Ya llegan los documentos, ya llegan! ¡Os digo que ya llegan las piezas! ¿Creéis que es tan fácil obtenerlas? A propósito, Tesson -dijo de repente Roberto señalando con el índice la cartera negra del notario-, habéis anotado en el testimonio del conde de Bouville que el contrato de matrimonio fue sellado por los doce pares? ¿Por qué habéis anotado eso?
-Porque lo declaró el testigo, monseñor.
-¡Ah, sí!... Es muy importante -dijo Roberto, pensativo. -¿Por qué, monseñor?
-¿Por qué? Porque espero la otra copia del contrato, la de los registros de Artois, que me han de entregar... y muy cara por cierta... Si no figuran en ella los nombres de los doce pares la pieza no será buena. ¿Quiénes eran los pares en aquel tiempo? Es fácil saber quiénes eran los duques y los condes; pero ¿y los pares eclesiásticos? ¡Veis como hay que estar en todo!
El notario miró a Roberto con una mezcla de inquietud y de admiración.
-¿Sabéis, monseñor, que si no fuerais tan gran sire, hubierais sido el mejor notario del reino? Sin animo de ofender, monseñor; lo digo sin animo de ofender.
Roberto tocó la campanilla para que acompañaran hasta la puerta a su visitante.
En cuanto salíó el notario, Roberto se introdujo por una pequeña puerta que se abría entre las nalgas de Magdalena -un juego de decoración que lo divertía mucho- y corrió a la habitación de su esposa. Después de hacer salir a las damas de compañía, dijo:
-Juana, mi buena amiga, mi querida condesa, haced saber a la Divion que interrumpa la escritura del contrato de matrimonio: es preciso poner el nombre de los doce pares del año 82. ¿Los conocéis vos? Yo tampoco. ¿Se podría saber sin despertar sospechas? ¡Ah, cuanto tiempo perdido! ¡Cuanto tiempo perdido!
La condesa de Beaumont contemplaba a su esposo con sus hermosos ojos limpios y azules; una vaga sonrisa se dibujaba en su rostro. Su gigante había encontrado un nuevo motivo de agitación. Dijo muy tranquilamente:
-En Saint-Denis, mi dulce amigo, en Saint-Denis, en los registros de la abadía. Allí encontraremos seguramente los nombres de los pares. Voy a enviar al hermano Enrique, mi confesor, como si fuera a hacer alguna sabia investigacion...
En el rostro de Roberto se esbozó una expresión de divertida ternura, de jubilosa gratitud. -¿Sabéis, amiga mia -dijo inclinándose con poca gracia-, que si no fuerais tan alta dama, hubierais sido el mejor notario del reino?
Se sonrieron, y la condesa de Beaumont, de nacimiento Juana de Valois, leyó en los ojos de Roberto la promesa de que aquella noche visitaría su lecho.
III. Los falsificadores
.Siempre se cree, cuando uno emprende el camino de la mentira, que el trayecto será fácil y corto; se superan sin dificultad y con cierto placer los primeros obstáculos, pero pronto el bosque se espesa, la ruta se borra, se ramifican senderos que van a perderse en ciénagas; a cada paso uno se hunde o resbala, se irrita y dilapida sus fuerzas en vanas tentativas, cada una de las cuales viene a constituir una nueva imprudencia.
A primera vista, nada más fácil que falsificar un viejo documento. Basta una hoja de pergamino dejado al sol para que se ponga amarillo y espolvorearlo con ceniza, la mano de un clérigo sobornado, y algunos sellos aplicados a los lazos de seda. Todo esto no requería más que poco tiempo y mOdicos gastos.
Sin embargo, Roberto de Artois tuvo que renunciar, provisionalmente, a falsificar el contrato de matrimonio de su padre. Y eso no solamente por tener que averiguar el nombre de los doce pares, sino porque el acta estaba redactada en latín y no todos los clérigos eran capaces de proporcionar la fórmula empleada en otro tiempo para los contratos matrimoniales principescos. El antiguo capellán de la reina Clemencia de Hungría, conocedor de estas materias, tardaba en redactar el comienzo y el final del texto; y no quería apremiarlo demasiado por temor a que la petición resultara sospechosa.
Está también la cuestión de los sellos.
-Hacedlos copiar por un grabador de cuños, según antiguos sellos -había indicado Roberto. Pero los grabadores de cuños estaban juramentados; el de la corte declaró que no se podía imitar exactamente un sello, que dos cuños no eran nunca ídenticos, y que la cera sellada con un falso cuño era fácilmente reconocible por los expertos. En cuanto a los cuños originales, eran destruidos siempre a la muerte de su propietario.
Era preciso, pues, procurarse antiguas actas provistas de los sellos necesarios; arrancarlos, lo que no era operación fácil, y colocarlos sobre la falsa pieza.
Roberto aconsejó a la Divion que concentrara sus esfuerzos en un documento menos difícil y que fuera de igual importancia.
El 28 de junio de 1302, antes de partir para el ejército de Flandes, donde perdería la vida atravesado por veinte lanzadas, el viejo conde Roberto II había puesto en orden sus asuntos y había confirmado por carta las disposiciones que aseguraban a su nieto la herencia del condado de Artois.
-¡Y eso es verdad, lo afirman todos los testigos! -decía Roberto a su mujer-. Simón Dourier se acuerda incluso de los vasallos de mi abuelo que estaban presentes, y de las bailías que pusieron los sellos. ¡Lo único que mostraremos con eso será la verdad!