3.6 The Islamic Principles of Contract
3.6.1 The General Principles
Cuando Heródoto la visitó en el 440 a. de C., la Gran Pirámide era una estructura blanca y reluciente que deslumbraba al espectador. En aquel tiempo su revestimiento de piedra caliza seguía intacto; los bloques estaban cortados con tanta precisión que las junturas apenas eran visibles. Al cabo de poco más de cuatro siglos, en el 24 a. de C., el geógrafo griego Estrabón también visitó Gizeh e informó de que en la cara norte de la pirámide había una piedra con bisagras que, al levantarla, dejaba ver un pasadizo que no llegaba a los 40 centímetros cuadrados y descendía hasta un pozo lleno de bichos situado cerca de 46 metros directamente debajo de la pirámide. Según Heródoto, había varias cámaras subterráneas, cuya finalidad era la de ser usadas como «panteones», construidas en una especie de isla rodeada de agua del Nilo. La realidad, al parecer, consistía en una cámara pequeña y húmeda y no había ni rastro de isla ni de canal.
Pasaron ocho siglos y en Bagdad reinaba el gran Haroun AlRashid, el califa de Las mil y una noches. De hecho, Haroun no era especialmente grande; recibió su título honorífico de Al-Rhashid («el que sigue la buena senda») en la adolescencia por ganar una guerra contra Constantinopla bajo la dirección de generales con más experiencia. Su hermano mayor, que fue califa antes que él, murió en circunstancias misteriosas que hacen pensar en el asesinato. Al sucederle, Haroun se encontró al frente de un vasto imperio que se extendía del Meditarráneo a la India e incrementó su riqueza permitiendo que los gobernadores y príncipes regionales le hicieran pagos
anuales a cambio de la semiindependencia. Su inmensa riqueza y su ostentoso consumo eran lo que impresionaba a las gentes de su tiempo. Bien pueden ser ciertos los cuentos según los cuales recorría las calles disfrazado en compañía del gran visir Jafar y del verdugo Mazrur; y también lo son los que hablan de su genio variable: hizo ejecutar a Jafar y toda su familia por razones que siguen sin estar claras. Murió entre los cuarenta y los cincuenta años de edad a causa de una enfermedad que contrajo cuando se dirigía a Persia para reprimir una sublevación.
Haroun repartió su imperio entre sus dos hijos, Al-Amin y AlMamun, con lo cual contribuyó todavía más a la disolución del mismo. Es Abdullah Al- Mamun quien nos interesa aquí, porque cuando se convirtió en califa en el 813 d. de C., a la edad de 27 años, se propuso hacer de Bagdad un centro del saber como la antigua Alejandría. Haroun era entendido en arte y poesía, pero Al-Mamun también sentía interés por la ciencia y fundó una biblioteca, a la que llamó Casa de la Sabiduría, con la pretensión de que rivalizara con la gran biblioteca de la antigua Alejandría. También hizo construir un observatorio y encargó la confección del primer atlas de las estrellas. Este hombre asombroso sentía curiosidad por la circunferencia de la Tierra y dudaba que fuera de 28.960 kilómetros, como decía Ptolomeo. Así que, por orden suya, sus astrónomos marcharon hacia el norte y hacia el sur por la llanura arenosa de Palmira hasta que sus observaciones astronómicas les dijeron que la latitud había cambiado en un grado, lo cual había ocurrido en poco más de 102 kilómetros, que, multiplicados por 360, daban 36.720 kilómetros, cifra mucho más exacta que la de Ptolomeo. (La circunferencia real en el ecuador es de alrededor de 40.064 kilómetros.)
Cuando Al-Mamun oyó decir que se creía que la Gran Pirámide contenía mapas de las estrellas y globos terráqueos de asombrosa precisión -y no hablemos de tesoros fabulosos- decidió añadirlos a su colección. En el 820 d. de C., el séptimo año de su reinado, desembarcó en Egipto -que formaba parte de su imperio- con un ejército de estudiosos e ingenieros. Al-Mamun no nos ha dejado ninguna crónica de la expedición, pero varios historiadores árabes posteriores la han descrito.
Por desgracia, la ubicación de la «trampilla con bisagras» había caído en el olvido durante los últimos siglos y la reluciente piedra caliza de la pirámide no ofrecía ninguna pista sobre su paradero. Así que Al-Manum de-
cidió entrar por la fuerza. El revestimiento de piedra caliza resultó inmune a los escoplos y varios días de trabajo sólo sirvieron para crear depresiones poco profundas en la superficie. Al-Mamun decidió echar mano de un método más tosco: encender grandes hogueras junto a la piedra caliza y luego enfriar la superficie al rojo echando en ella cubos de vinagre frío. La piedra caliza se agrietó y entonces la quitaron utilizando palancas y mazos.
Al abrir un túnel de unos dos metros y medio en la dura piedra caliza, los trabajadores se encontraron ante los bloques interiores de la pirámide, que resultaron ser igualmente duros. Tardaron meses en abrir un túnel de treinta metros y pico en ellos, y para entonces Al-Mamun sacó la conclusión de que era maciza de un lado a otro y estaba a punto de darse por vencido cuando uno de sus trabajadores oyó un golpe sordo que procedía de algún lugar situado a la izquierda. Cambiaron de dirección y finalmente entraron en un pasadizo angosto y bajo que parecía construido para enanos. En el suelo vieron una piedra con forma de prisma que había producido el ruido sordo al caer del techo.
Subieron a gatas por la cuesta y finalmente descubrieron la entrada original de la pirámide, diez hiladas por encima del punto por el que Al- Mamun había entrado por la fuerza. La habían situado astutamente unos siete metros a la izquierda del centro y quedaba oculta detrás de enormes aguilones de piedra caliza. Los historiadores árabes afirman que la piedra con bisagras -que requería dos hombres para moverla- seguía allí y desapareció siglos más tarde, cuando unos constructores robaron el revestimiento de piedra caliza.
Volvieron sobre sus pasos y bajaron a gatas por el pasadizo. Les condujo sencillamente al «pozo infestado de bichos» de que hablara Estrabón, cuyo suelo era irregular (y obviamente inacabado). En el lado opuesto había un pasadizo bajo que terminaba en una pared lisa. Estaba claro que lo habían abandonado.
De nuevo la suerte sonrió a Al-Mamun. La piedra que había caído del techo había dejado al descubierto el extremo de un tapón de granito que parecía bloquear un pasadizo ascendente. También resultó demasiado duro para sus escoplos, así que Al-Mamun dijo a sus hombres que cortaran la piedra caliza que había a la derecha y era más blanda. Pero al llegar al final, encontraron otro tapón, y en el extremo de éste, otro, cada uno de ellos de casi dos metros de longitud. Más allá había un pasadizo bloqueado por un tapón de piedra caliza y, sin dejarse vencer, lo cortaron para pasar. Hallaron otro y luego otro más. Los trabajadores empezaban a dar muestras de impa-
ciencia porque pensaban que quien se había tomado tanto trabajo para bloquear el pasadizo sin duda debía de haber escondido algún tesoro maravilloso...
Subieron a gatas por otro largo pasadizo y llegaron finalmente a un espacio donde pudieron ponerse en pie. Ante ellos había otro corredor bajo -de menos de metro y medio de altura- que se extendía horizontalmente hacia el sur. Recorrieron gateando unos treinta metros y se encontraron con que el suelo descendía súbitamente formando un escalón de unos sesenta centímetros, lo que les permitió ponerse en pie por fin. Pero ¿por qué había un escalón de unos sesenta centímetros en aquel punto? La pirámide resultaría estar llena de misterios absurdos y arbitrarios como aquél: tantos, que no es extraño que, en siglos posteriores, algunos chiflados encontraran significados profundos en sus extrañas medidas, tales como profecías detalladas de los acontecimientos de los siguientes 5.000 años.
Al-Mamun -que puso cuidado en ser el primero en entrar- se encontró ahora de pie en una cámara rectangular de paredes enlucidas y techo de dos aguas, como un granero. Estaba completamente desprovisto de decoración y vacío. En la pared del este había una hornacina alta que parecía construida para que contuviese una estatua grande, pero también estaba vacía. El suelo era desigual y parecía inacabado. Como los árabes enterraban a sus mujeres en tumbas cuyo techo era de dos aguas (y a los hombres en tumbas de techo plano), Al-Mamun llamó arbitrariamente al lugar la Cámara de la Reina. Pero no contenía ningún artefacto -ni ninguna otra cosa- que lo relacionase con una mujer. Al-Mamun y sus hombres quedaron perplejos al ver que las paredes estaban recubiertas con una capa de sal de un cen- tímetro y pico de espesor.
Las medidas de la cámara eran desconcertantes, aunque proba- blemente Al-Mamun no les prestó mucha atención porque se había disgustado al no encontrar ningún tesoro. No era totalmente cuadrada, lo cual resultaba extraño, ya que los constructores de pirámides se mostraban obsesionados con la precisión y la exactitud, y la hornacina de la pared aparecía levemente descentrada. En el siglo XIX se manifestaría otro enigma cuando un explorador llamado Dixon diera unos golpecitos en la pared y comprobase que sonaba a hueco. Al ordenar Dixon a un trabajador que utilizara su escoplo para practicar un agujero en la pared, encontraron un «respiradero» ascendente. Sin embargo, el respiradero -al igual que otro idéntico que había en la pared opuesta- no llegaba al exterior de la pirámide.
¿Por qué el arquitecto construiría dos «respiraderos» que no llegaban al aire del exterior y luego los cerraría por el extremo inferior con el fin de que no fueran visibles? Hace pensar en el Caballero Blanco de Alicia:
Pero estaba pensando en el plan de teñirse las barbas de verde,
luego usar siempre un abanico tan grande que no pudieran verse.
¿Acaso aquellos constructores antiguos tenían un sentido del humor como el de Lewis Carroll?
Hay otro misterio. La Cámara de la Reina da la impresión de estar inacabada. En tal caso, ¿por qué luego los trabajadores continuaron construyendo los «respiraderos» mientras seguían construyendo hacia arriba? ¿Forma la cámara parte de algún curioso engaño?
Al-Mamun ordenó a sus trabajadores que practicasen agujeros en la pared detrás de la hornacina, por si ésta era una puerta secreta que diese acceso a otra cámara, pero después de un rato lo dejaron correr. En lugar de seguir golpeando la pared, retrocedieron sobre sus pasos hasta llegar al extremo del pasadizo horizontal donde podían erguirse y alzaron las antorchas por encima de su cabeza. Ahora pudieron ver que el «escalón» llano en que se encontraban no siempre había estado allí. En otro tiempo el pasadizo bajo y ascendente por el que acababan de pasar había continuado subiendo en línea recta; así lo probaban los agujeros de las vigas que había en las paredes que en otro tiempo lo habían sostenido.
Encaramándose unos sobre los hombros de otros, subieron por el costado del «escalón» y penetraron en la continuación del pasadizo ascendente. Al alzar las antorchas y ver lo que había delante de ellos, debieron de soltar un grito ahogado de pasmo. Ya no era necesario avanzar a gatas porque el techo del largo túnel ascendente quedaba muy por encima de su cabeza. Y delante de ellos, formando el mismo ángulo que el pasadizo ascendente que tenían detrás (26 grados), el túnel subía hasta el corazón de la pirámide. Esta estructura maravillosa sería bautizada con el nombre de la Gran Galería.
Esta galería, que tenía unos dos metros y pico de anchura en el nivel del suelo, se estrechaba hasta quedar reducida a la mitad de esa cifra en el techo, unos ocho metros y medio por encima de ellos. Contra la pared, a ambos lados, hay un escalón o rampa de unos sesenta centímetros de altu-
ra, de tal modo que el suelo propiamente dicho es un canal o ranura cuyo nivel es más bajo, de menos de noventa centímetros de ancho. ¿Por qué tiene que haber un canal hundido, en vez de un suelo liso, entre dos paredes bajas? He aquí otro de los misterios de la pirámide que todavía no se ha aclarado.
Una larga subida de 46 metros por el resbaladizo suelo de piedra les llevó a una enorme piedra más alta que un hombre; detrás de ella se veía la parte superior de una puerta. Después de trepar por ella y bajar por otro pasadizo corto, se encontraron en la cámara que obviamente era el corazón de la pirámide. Era mucho mayor que la Cámara de la Reina de abajo y estaba muy bien construida con granito rojo pulimentado; el techo quedaba a más de tres veces la estatura de un hombre por encima de ellos. Era evidente que estaban en la Cámara del Rey. Sin embargo, exceptuando un objeto que parecía una bañera de granito rojo, se hallaba totalmente vacía.
Al-Mamun se sentía desconcertado y sus trabajadores estaban furiosos. Era como un chiste absurdo: tantos esfuerzos absolutamente para nada. La «bañera» -seguramente era un sarcófago- también se encontraba vacía, y no tenía tapa. Las paredes no estaban decoradas. Sin duda tenía que ser la antecámara de alguna otra cámara donde se guardaba un tesoro. Atacaron con los escoplos el suelo e incluso el granito de un ángulo de la cámara. No sirvió de nada. Si la pirámide era una tumba, la habían saqueado mucho tiempo antes.
Sin embargo, ¿cómo era esto posible? Nadie podía haber estado allí antes que ellos. Y la absoluta desnudez de la cámara, sin rastro de cascotes o basura en el suelo, hacía pensar que allí nunca se había guardado tesoro alguno, toda vez que los saqueadores hubieran dejado algo, aunque fueran sólo fragmentos inútiles de su botín.
La tradición oral describe cómo Al-Mamun apaciguó a los trabajadores enfurecidos ordenando que introdujeran tesoros en la pirámide durante la noche que al día siguiente eran «descubiertos» y repartidos entre ellos. Después de eso, Al-Mamun, perplejo y decepcionado, volvió a Bagdad, donde dedicó los restantes doce años de su reinado a tratar de reconciliar a los musulmanes sunitas con los chiítas, sin lograrlo en absoluto. Al igual que su padre, murió durante una campaña.
En el año 1220, el historiador y médico Abdul Latif fue uno de los últimos en ver la pirámide cuando aún estaba revestida de piedra caliza. Dos años después un fuerte terremoto destruyó gran parte de El Cairo y la piedra caliza -cerca de nueve hectáreas en total- se utilizó para reconstruir los edi-
El sarcófago de Keops en la Cámara del Rey de la Gran Pirámide
ficios públicos de la ciudad. La Gran Mezquita se construyó en su casi tota- lidad con el revestimiento de la pirámide. Pero es una lástima que los cons- tructores no conservasen sus inscripciones. Abdul Latif dijo que los jeroglí- ficos que había en su superficie eran tan numerosos que hubieran ocupado miles de páginas. En tal caso, es de suponer que conoceríamos la respuesta del acertijo de la pirámide.
Dio la casualidad de que Al-Mamun se equivocó al creer que la pirámide no tenía ninguna otra entrada. En 1638 estuvo a punto de descubrirla un matemático inglés llamado John Greaves, que se fue a Egipto armado con diversos instrumentos para medir. Después de abrirse paso entre una nube de enormes murciélagos, y de salir dando traspiés de la Cámara de la Reina porque el hedor de los bichos hizo que le dieran arcadas, subió por la rampa lisa de la Gran Galería e inspeccionó la Cámara del Rey con la misma perplejidad que Al-Mamun; parecía incomprensible que hubieran construido aquella inmensa estructura sólo para alojar aquella cámara de granito rojo con su bañera también de granito. Al volver abajo por la Gran Galería, justo antes de llegar al estrecho pasadizo ascendente, observó que faltaba una piedra en uno de los lados de la rampa. Miró en el interior del agujero y sacó la conclusión de que había una especie de pozo que descendía hacia el corazón de la pirámide. Incluso tuvo valor suficiente para meterse en el pozo y bajar unos 18 metros, hasta un punto donde lo habían ensanchado y convertido en una pequeña gruta. Dejó caer una antorcha encendida en la continuación del pozo y se dio cuenta de que llegaba al final al ver que la antorcha parpadeaba en el suelo en alguna parte de las profundidades. Pero el aire fétido y la presencia de murciélagos le hicieron salir otra vez. Al volver a Inglaterra, su libro Pyramidographia le dio celebridad y el nombramiento de profesor de astronomía en Oxford.
Dos siglos más tarde, un intrépido capitán de barco -y estudioso de las artes herméticas- italiano llamado Giovanni Battista Caviglia renunció al mar para dedicarse a estudiar el misterio de la Gran Pirámide. Al igual que Al- Mamun, pensaba que debía de haber una cámara secreta que revelaría por qué se había construido la Gran Pirámide.
De hecho, un explorador llamado Nathaniel Davison había descubierto una especie de «cámara secreta» en 1765 al fijarse en un curioso eco en la
parte alta de la Gran Galería y levantar una vela atada a dos bastones unidos para examinar la pared por encima de él. En el nivel del techo había visto un agujero en la pared y lo había investigado con la ayuda de una escalera tambaleante. Bajó a gatas por un túnel que estaba casi bloqueado por excrementos de murciélago y se encontró en una «cámara» que tenía sólo unos 90 centímetros de altura y cuyo suelo irregular estaba formado por los bloques que hacían de techo de la Cámara del Rey, que se hallaba directamente debajo. Pero la encontró totalmente vacía.
Empeñado en buscar una cámara secreta, Caviglia pagó a un grupo de trabajadores para que excavasen un túnel de salida de la Cámara de Davison, a la vez que utilizaba ésta como dormitorio. Al parecer, se le ocurrió que era muy posible que hubiese más cámaras secretas arriba, pero carecía de recursos para buscarlas. En vez de ello, decidió explorar el misterio del pozo. Llegó dos veces más lejos que John Greaves, pero encontró el fondo bloqueado por escombros, a la vez que el aire era tan fétido que se le apagó la vela.
Trató de quitar los escombros ordenando a los trabajadores que los metieran en cestas y se los llevaran; pero pronto se negaron a trabajar en condiciones tan terribles, asfixiados por el aire nauseabundo y los excrementos de murciélago convertidos en polvo. Trató de limpiar el aire quemando azufre, pero lo único que logró fue empeorar las cosas, toda vez que el anhídrido sulfúrico es un veneno mortal.