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4. Methodology & Analysis

4.2.3. Generating Training Samples from OSM Data

En este contexto me gustaría exponer otro aspecto importante de los estados holotrópicos que tiene implicaciones trascendenta­ les para nuestra comprensión del tiempo y del espacio. Las expe­ riencias transpersonales a menudo están asociadas con coinci­ dencias extrañas y significativas que no pueden ser explicadas en términos de causalidad lineal. En un universo tal como lo descri­ be la ciencia materialista, todos los acontecimientos deben obe­ decer a la ley de causa y efecto. Cualquier coincidencia que de­ safíe una explicación causal se atribuye al hecho de que los fenómenos en cuestión son demasiado complejos y a que carece­ mos del conocimiento para explicar todos los factores que inter­ vienen. A causa de todas estas “variables ocultas” y desconoci­ das, sólo puede predecirse estadísticamente el resultado final, pero sin detalles concretos. No obstante, la improbabilidad esta­ dística de ciertas coincidencias en nuestra vida cotidiana es de vez en cuando tan asombrosa que nos hace cuestionarnos sobre la adecuación de dicha interpretación.

Un amigo mío me contó recientemente una coincidencia ex­ traordinaria que había tenido lugar en su familia. Su esposa y su hermana, que vive en una ciudad distinta, fueron despertadas la misma noche por la presencia de un murciélago en sus dormito­ rios respectivos. Ambas respondieron a este suceso simultáneo en sus vidas de la misma forma. Aunque ocurrió en medio de la noche, inmediatamente llamaron a su padre, le despertaron y le contaron aquel acontecimiento extraordinario. Como la mayoría de nosotros sabemos, las situaciones que rompen las probabilida­ des estadísticas son menos frecuentes de lo que se supone. A lo

largo de todos estos años yo he vivido personalmente muchas coincidencias extraordinarias en mi propia vida. Una de ellas fue particularmente relevante por las importantes consecuencias que tuvo y, por ello, vale la pena describirla.

En 1968, cuando el ejército soviético invadió Checoslovaquia, yo estaba en los Estados Unidos con una beca en la Universidad Johns Hopkins de Baltimore. Tras la invasión, las autoridades che­ cas me conminaron a que regresara inmediatamente, pero decidí no acatar el requerimiento y permanecer en los Estados Unidos. Como consecuencia, no pude visitar mi país natal durante casi veinte años. A lo largo de todo este tiempo no pude mantener un contacto abierto con mis amigos y colegas de Checoslovaquia. Hu­ biera sido políticamente peligroso para ellos, porque mi estancia en los Estados Unidos era considerada ilegal. Tras la liberación de la Europa del Este, la junta directiva de la Asociación Transperso­ nal Internacional (ITA), de la que yo era presidente, decidió cele­ brar su siguiente encuentro en Checoslovaquia, y yo viajé a Praga para encontrar alguna posible sede para este encuentro. Tras mi lle­ gada al aeropuerto de Praga, tomé un taxi para ir al piso de mi ma­ dre. Después de pasar algún tiempo juntos y ponemos al día, ella se fue a ver a un vecino para arreglar algunos asuntos y yo me que­ dé solo en el piso. Me senté en una butaca con una taza de té y em­ pecé a reflexionar sobre mi misión. A causa de mi larga ausencia, había perdido todos mis contactos, desconocía la situación del mo­ mento y no tenía ninguna idea de por dónde empezar. Durante diez minutos estuve reflexionando sobre todas estas circunstancias, pero no llegaba a ninguna conclusión. De repente, el hilo de mis pensamientos fue interrumpido por la llamada insistente del timbre de la puerta. Tras abrirla, reconocí a Thomas, un colega psiquiatra más joven que yo y que en los viejos tiempos había sido uno de mis mejores amigos. Antes de mi partida para los Estados Unidos ha­ bíamos participado juntos en algunas investigaciones sobre esta­ dos no ordinarios de conciencia y nos habíamos asistido mutua­ mente en las sesiones psicodélicas. Se había enterado de mi visita a Praga por un conocido y venía a darme la bienvenida.

Para mi asombro, me enteré de que en el momento en que Thomas estaba saliendo de su apartamento, había sonado el telé­ fono de su casa. Era Ivan Havel, un prominente científico espe­ cializado en inteligencia artificial y hermano del presidente che­ co Václav Havel. Él y Thomas habían ido a la misma escuela y seguían siendo buenos amigos desde entonces. Resultó que Ivan Havel era uno de los dirigentes de un grupo de científicos pro­ gresistas que durante la época comunista habían celebrado reu­ niones secretas para investigar el nuevo paradigma y la psicolo­ gía transpersonal.

El grupo había oído hablar de mi trabajo en una conferencia de Vasili Nalimov, un científico disidente soviético amigo mío. Ivan Havel sabía que Thomas y yo éramos amigos y le llamaba para hacer de intermediario entre yo y su grupo. Gracias a esta singular serie de coincidencias, sólo me tardé diez minutos en te­ ner acceso al apoyo ideal para el congreso de la ITA: un grupo de profesionales muy competentes y vitalmente interesados en el tema, así como el jefe del estado, que resultó ser un estadista con una profunda orientación espiritual. El congreso se celebró en

1993 bajo los auspicios de Václav Havel y tuvo mucho éxito. Probablemente el caso más famoso de coincidencia es una di­ vertida historia sobre un cierto monsieur Deschamps y una clase especial de puding de ciruelas, contada por el astrónomo francés Flammarion y citada por Jung. Un tal monsieur de Fontgibu le había dado a Deschamps, cuando éste era niño, un pedazo de este raro puding. Durante los siguientes diez años no tuvo la oportu­ nidad de probar aquell exquisitez hasta que hizo un viaje a París. Allí vio el mismo puding en el menú de un restaurante y pidió al camarero que le sirviera una porción. Sin embargo, resultó que el último pedazo había sido ya pedido... ¡por monsieur de Fontgi­ bu!, que resultó estar en el mismo restaurante en aquel mismo momento. M uchos años después, monsieur Deschamps fue invi­ tado a una fiesta en la que se servía aquel puding como una rare­ za especial. M ientras lo estaba comiendo, se dio cuenta de que lo único que faltaba era monsieur de Fontgibu. En aquel mismo ins-

lante se abrió la puerta y entró un anciano en un estado de gran confusión. Era monsieur de Fontgibu, que había irrumpido en la fiesta por error, ya que le habían dado una dirección equivocada del lugar al que tenía que acudir.

La existencia de coincidencias extraordinarias de este tipo es difícil de reconciliar con la comprensión del universo desarrolla­ da por la ciencia materialista. Es más fácil imaginar que estos su­ cesos tienen un significado más profundo y que son creaciones lúdicas de la inteligencia cósmica. Esta explicación es particular­ mente plausible cuando contienen un elemento de humor, como es a menudo el caso. Utilizaré aquí como ilustración una verda­ dera historia de la vida del astronauta americano Neil Armstrong, el primer hombre que pisó la luna. Si se combina la probabilidad astronómica de que algo de este tipo suceda por azar con el ex­ quisito humor de esta historia, nos encontramos sin duda ante una de las “coincidencias” más singulares de todos los tiempos.

Al descender del módulo lunar, justo antes de que su pie toca­ se la superficie de la luna, Neil Armstrong pronunció sus famo­ sas palabras: «Un pequeño paso para el hombre, un paso gigante para la humanidad». Mucho menos conocido es que, al subir de nuevo al módulo lunar tras dejar la superficie de la luna, murmu­ ró otra frase: «¡Buena suerte, señor Gorski!». Tras su regreso a la Tierra, algunos periodistas intrigados le preguntaron qué signifi­ caba aquella frase, pero Armstrong se negó a revelarlo. Algunos pensaron que podría haber sido dirigida a algún cosmonauta so­ viético, pero no había ninguno de este nombre. Tras diversos es­ fuerzos frustrados por parte de los periodistas, se olvidó todo el asunto.

El año pasado, en una fiesta en Florida, alguien suscitó de nuevo la cuestión. En esta ocasión, Neil Armstrong se sintió libre para desvelar el sentido de su frase puesto que, entre tanto, señor Gorski y su esposa habían muerto. Cuando Neil era niño, los Gorski eran los vecinos de la puerta de al lado. Un día, Neil esta­ ba jugando a la pelota en su jardín con sus amigos. En algún mo­ mento, la pelota aterrizó en el jardín de los Gorski bajo la venta­

na abierta de su dormitorio y a Neil le tocó recuperarla. Los Gorski se hallaban en medio de una acalorada discusión. Cuando Neil estaba recogiendo la pelota, oyó a la señora Gorski gritar: «¿Sexo oral? ¿Quieres sexo oral? ¡Tendrás sexo oral el día en que el niño de al lado se pasee por la luna!».

Aunque coincidencias de este tipo son extremadamente inte­ resantes por sí mismas, el trabajo de C. G. Jung añadió otra di­ mensión fascinante a este fenómeno que presenta todo un reto. Las situaciones expuestas anteriormente supusieron una concate­ nación altamente improbable de acontecimientos en el mundo de la materia. Jung observó y describió numerosos casos de coinci­ dencias asombrosas en los que diversos acontecimientos de la re­ alidad consensual estaban vinculados significativamente a expe­ riencias intrapsíquicas, como sueños o visiones. Para este tipo de coincidencia acuñó el término de sincronía.

En su famosa obra, Sincronía: un principio de conexión no cau­

sal (Jung 1960), definió la sincronía como «acaecimiento de un es­

tado psíquico simultáneo a uno o más acontecimientos externos que parecen guardar paralelismos significativos con el estado subjetivo momentáneo». Situaciones de esta clase muestran que nuestra psi­ que puede entrar en una interacción lúdica con lo que parece ser el mundo de la materia. El hecho de que esto pueda suceder borra las fronteras entre la realidad subjetiva y la realidad objetiva.

Entre los muchos ejemplos de sincronías de la propia vida de Jung, he aquí uno especialmente famoso; ocurrió durante una se­ sión de terapia con una de sus clientes. Dicha paciente tenía mu­ chas resistencias al tratamiento y al concepto de realidades trans­ personales. Hasta el momento en que ocurrió este acontecimiento concreto, no había hecho casi ningún progreso. En algún momen­ to había tenido un sueño en el que se le daba un escarabajo dora­ do. Durante el análisis de este sueño, Jung oyó un sonido de algo que golpeaba la ventana. Fue a comprobar lo que sucedía y en­ contró en el cristal un brillante escarabajo rosa pálido que intenta­ ba entrar en la habitación. Era un ejemplar muy raro, lo más cer­ cano al escarabajo dorado que podía encontrarse en aquella

latitud. Nada así le había ocurrido antes a Jung. Él abrió la venta­ na, hizo entrar al escarabajo y se lo mostró a su paciente. Esta sor­ prendente sincronía produjo un gran impacto en ella y el aconte­ cimiento se convirtió en un punto crucial de su terapia.