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ENVIRONMENTAL MATTERS

II. International Framework 1 Global Principles

2. Global Conventions

Conclusión: es la Multitud, y no el Imperio, la que en última instancia crea, genera y produce nuevas fuentes de energía y de valor que el Imperio intenta modular, controlar, capitalizar. El poder del Imperio es apenas organizacional, no constituyente; él parasita y vampiriza la riqueza virtual de la multitud, es su residuo negativo. “El propio Imperio no es una realidad positiva”, dicen los autores, en una inversión que abre una poderosa línea de fuga para pensar la resistencia constituyente.

Es como si los autores dijeran: la lógica imperial de lo postmoderno, con su espacio liso y desterritorializante, remueve los últimos obstáculos para la subsunción real y total de la sociedad al capital. Fueron barridos con ello los Estados-nación, la separación público/privado, la sociedad civil, instituciones con función de mediación, y como nunca el bios social ha sido secuestrado. Pero con ello, al mismo tiempo, esa lógica pone al desnudo las sinergias de la vida, los poderes virtuales de la multitud, el poder ontológico de la actividad de sus cuerpos y mentes, la fuerza colectiva de su deseo, y por consiguiente la posibilidad real de ella reapropiarse de esta su potencia.

Algunas palabras sobre multitud. Tradicionalmente, el término es usado de manera peyorativa, indicando un conjunto disforme que atañe al gobernante domar y dominar. Por contraparte, el pueblo es concebido como un cuerpo público animado por una voluntad única. Pero los autores eligen otra perspectiva, en una tradición que por un lado se remonta a Spinoza, y por el otro se basa en la mutación del trabajo contemporáneo. La multitud, por definición, es pura multiplicidad, es plural, heterogénea, centrífuga. Por consiguiente, es refractaria a la unidad política, no suscribe pactos con el soberano y no le delega derechos, ya sea él un mullah1 o un cowboy. Se inclina a formas de democracia no representativa. Del mismo modo la multitud, en su configuración acentrada y acéfala, es lo opuesto a la masa. Como bien lo nombra Canetti, la masa es homogénea, compacta, continua, unidireccional, todo lo contrario de la multitud: heterogénea, dispersa, compleja, multidireccional.

La resistencia

Obviamente, la pregunta que surge es cómo esos elementos de virtualidad que constituyen la multitud pueden alcanzar un umbral de realizaciones conforme a su poder, esquivando las estrategias imperiales que se esfuerzan en neutralizar su potencia subjetiva y explosiva. El único punto de partida posible es el espacio biopolítico (y no público) de la multitud, considerado desde el punto de vista del deseo, de la producción, del colectivo humano en acción. Como dicen los autores: “nosotros somos los amos del mundo porque nuestro deseo y nuestro trabajo lo regeneran

1 Líder religioso islámico. [N. del T.].

continuamente”.2 Es la multitud contra el Imperio, su fuerza

irreprimible de creación de valor, su trabajo inmanente, sus modalidades de cooperación, de comunidad, pero también de éxodo, de fuga, de deserción.

La multitud es esa figura contemporánea que conjuga multiplicidad y singularidad, que es fuente absoluta de energía y valor, que es virtualidad pura. Por eso está fuera de toda medida, está más allá de cualquier medida. En su inconmensurabilidad, se aproxima al monstruo —es allí donde radican, quizás, tanto la fuerza como la debilidad de esta categoría a medio camino entre lo filosófico, lo sociológico y lo teratológico—. En todo caso, si es visible la dificultad de hacer de ella un operador político concreto, no es menor su capacidad de irrigar nuestro imaginario político, sobretodo cuando se explicita el marco teórico en el que aparece. Pues al proponer su método de análisis, los autores esclarecen el doble objetivo, o mejor, el método doble. Por un lado, es crítico y deconstructivo, subvirtiendo las estructuras sociales y los lenguajes hegemónicos, y revelando una base ontológica sustitutiva que reside en las prácticas creativas y productivas de la multitud. Pero el otro aspecto es constructivo y ético-político: busca conducir los procesos de producción de subjetividad hacia la constitución de una solución de sustitución social y política efectiva —lo que Negri, en la línea de su trabajo anterior, llama una vez más poder constituyente—. Por lo

2 Negri, Antonio y Hardt, Michael. Imperio. trad. de Alcira Bixio.

tanto, la deconstrucción no es sólo textual, debe buscar la naturaleza de los acontecimientos y la determinación real de los procesos, y abrir así, para el sustrato ontológico de las soluciones concretas, las fuerzas subjetivas, el escenario de actividades, resistencias, voluntades y deseos que rechazan el orden hegemónico, así como para las líneas de fuga, los recorridos alternativos y constitutivos.

Biopotencia

El lector tiene el derecho de preguntarse cuál es la posibilidad real de esa multitud, que nutre al Imperio y al mismo tiempo lo amenaza, que es su condición biopolítica e igualmente su enemigo virtual. Los propios autores amplían la pregunta, en un sentido aún más político, y la formulan en los siguientes términos: ¿Cómo la producción material e inmaterial de los cerebros y de los cuerpos de muchos puede construir un sentido y una dirección común, en un momento en el cual aún no es clara la forma en que lo político podría ser manifiesto en la subjetividad? Cuando no existen ni Dios, ni maestro, ni siquiera hombre, esa fase anárquica significa, en una post-humanidad de nuestros cuerpos y espíritus, una cierta idea de vida… Pues se trata siempre de la vida, en su dimensión de producción y reproducción que el

poder enviste, y que aún así es el caldo a partir del cual emergen los contra- poderes, las resistencias, las líneas de fuga. De ahí la presencia insistente del prefijo bio en ese abanico conceptual.

Biopoder como un régimen general de dominación de la vida, biopolítica

como una forma de dominación de la vida que puede también significar, de otro lado, una resistencia activa, y biopotencia como la potencia de vida de la multitud, más allá de las figuras históricas que hasta hace poco intentaban representarla. La biopotencia incluye el trabajo vital, el poder común de actuar, la potencia de autovalorización que se excede a sí misma, la constitución de una comunalidad expansiva —en fin, se trata de un dispositivo ontológico (pues no es sólo material, ni sólo inmaterial, ni objetivo ni subjetivo,

ni sólo lingüístico, o solamente social)—. Por eso mismo, no es susceptible de ninguna medición: es una virtualidad desmedida, es un poder expansivo de construcción ontológica y de diseminación… Para usar una concepción más nietzscheana, aunque la base de Negri sea más spinozista, se puede pensar en una voluntad de poder que, en su expansividad, tiene por efecto la transvaloración de los valores, la destrucción y creación de nuevos valores, y

sobretodo, tiene el poder de apropiarse las condiciones de producción de valor. Poder positivo, poder constituyente. Para Negri, en última instancia, la vida es esto: producción y reproducción del conjunto de los cuerpos y los cerebros. La vida, por lo tanto, no es aquello que caracteriza tan sólo la reproducción, estando subordinada a la jornada de trabajo, sino que es lo que penetra y domina toda la producción. Vida y producción se tornan así una única cosa. La cuestión es: ¿en qué medida esa virtualidad excede la vampirización del capital y de las instituciones que la parasitan? ¿En qué medida, por lo tanto, esa virtualidad puede ser máquina de innovación?

En este contexto, el espacio biopolítico, argumenta Negri, es más interesante que el espacio político, en la medida en que es el caldo en que se mezclan lo político, lo social, lo económico, lo afectivo; es allí donde se reúnen el punto de vista del deseo, de la producción concreta, de la colectividad humana en acción. El mundo biopolítico es una tesitura incesante de acciones generadoras cuyo motor es lo colectivo, el deseo de la multitud, en esa hibridación de lo natural y de lo artificial, de los hombres y las máquinas, en su fuerza de generación y regeneración. La multitud, por lo tanto, aparece inmediatamente como una auto-

organización biopolítica. Para los autores, con la disolución de la figura del pueblo, el militante ya no puede ser un representante, sino un agente biopolítico encargado de una actividad constituyente, positiva, constructiva e innovadora. Los autores escriben: “Los militantes resistimos al gobierno imperial de maneras creativas. En otras palabras, la resistencia se vincula inmediatamente a una inmersión constitutiva en la esfera biopolítica y a la formación de aparatos cooperativos de producción y comunidad”.3 Si hereda

la experiencia de dos siglos de acción insurreccional, al mismo tiempo se une a un mundo nuevo, sin exterioridad, que implica una participación vital, una cooperación productiva de la intelectualidad de la masa y de las redes afectivas. Es allí donde la resistencia se torna contrapoder.

Conclusión

El lector termina este libro con algunos destellos vertiginosos, pero sin palabras de orden concluyente, ni propuestas concretas, salvo una sobre la ciudadanía global y otra sobre la renta de ciudadanía. Es verdad que se insinúan entre líneas tentaciones —a veces leninistas— de dar a

3Ibid, p. 357.

El mundo biopolítico

es una tesitura

incesante de acciones

generadoras cuyo

motor es lo colectivo,

el deseo de la multitud,

en esa hibridación de lo

natural y de lo artificial,

de los hombres y las

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