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III. Emerging Principles and Concepts

6. Precaution

3 de Julio de 1957

La salida por el ideal materno. Juan, hija de dos madres. El buitre era un milano. El Otro convertido en otro. La inversión imaginaria de Leonardo.

H

oy es nuestro último seminario del año. No he querido tener querepetirme hoy para resumir, lo cual, sean cuales sean sus efectos, no es un mal método.

La última vez deje de lado cierto número de cosas, de forma que tal vez no he llevado hasta el final mi análisis.

He formalizado algunas pequeñas letras y bate de indicarles en que dirección se podría hacer un esfuerzo para habituarse a escribir las relaciones, dándose de este modo puntos de referencia fijos que no sea necesario reconsiderar en la discusión, que no puedan eludirse una vez establecidos, aprovechando la excesiva elasticidad que puede haber habitualmente en este juego entre lo imaginario y lo simbólico, tan importante para nuestra comprensión de la experiencia.

Lo que les he esbozado, sería pues un inicio de esta formalización. Se muy bien que no he justificado todos sus términos. Así, puede parecerles que subsiste alguna indeterminación en la forma de vincular estos términos entre ellos. No se puede explicar todo a la vez. En el artículo que aparecerá en el tercer número de la revista La Psychanalyse con el título L'instance de la lettre, verán ustedes una justificación tal vez más ajustada del orden de algunas de estas fórmulas, a saber, las de la metáfora y la metonimia.

En el punto a donde hemos llegado, lo importante es, me parece, que les he sugerido la posibilidad de emplear semejantes fórmulas para situar las relaciones entre el sujeto y las diferentes formas del otro, las cuales no pueden articularse de otro modo, porque el lenguaje habitual no nos proporciona las basas adecuadas para hacerlo

Así que he dejado atrás algunas cosas. Después de todo, ¿Por qué no iba a hacerlo? ¿Por qué pretender, aunque sea en el propio caso de Juanito, dar una fórmula complete de la cuestión planteada por este caso?

Ya saben ustedes que trato de hacer mi comentario en el registro de las cuestiones planteadas por Freud. Esto no supone que quiera hacer de cada una de sus obras, de la totalidad de sus obras, un sistema cerrado. Lo importante es que hayan aprendido ustedes, y que sigan haciéndolo cada día más, que Freud cambia las mismas basas de la consideración psicológica, introduciendo en ella una dimensión que le es ajena. El carácter distinto de esta dimensión con respecto a toda fijación psicológica del objeto constituye la originalidad de nuestra ciencia, además del principio de basa con el que debemos plantear nuestro progreso.

Cerrar la interrogación freudiana, reducirla al campo de la psicología, conduce a lo que llamaré, sin más formalismos, una psicogénesis delirante Esta psicogénesis, la ven ustedes desarrollarse cada día de forma implícita, en la forma en que los psicoanalistas consideran los hechos y los objetos que les conciernen. Su sola supervivencia es tan paradójica, tan ajena a todas las conceptualizaciones vecinas, tan chocante, y al mismo tiempo, finalmente, es tan tolerada, que debe sumarse al principal del problem a, para resolverlo todo a la vez en la solución que aportaremos al problema de la dimensión freudiana, es decir, del inconsciente.

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He dejado pues de lado en la observación de Juanito todo este juego que ahora pueden ustedes seguir.

Ya tienen un conocimiento suficiente de sus elementos para advertir en la relectura del texto el juego mítico en el que se cumple lo que llamaré la reducción a lo imaginario de la secuencia del deseo materno, tal como la escríbí en la fórmula M ,

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notación de la relación de la madre con ese otro imaginario que es su propio falo, y luego con los elementos nuevos que pueden aparecer, es decir, los otros niños, en este caso Ana, la hermanita.

La mitificación infantil en el juego imaginario desencadenado por la intervención, digamos, terapéutica, nos manifiesta un fenómeno cuya originalidad debe entenderse como un elemento esencial de la Verarbeitung de la progresión analítica. Es un elemento di námico y cristalizador en el progreso simbólico que constituye de por sí la curación analítica. Aunque en efecto no he llevado más lejos el análisis, quiero indicarles los elementos que he dejado intactos. En realidad, los he indicado de paso, pero sin exp licarles su función exacta con respecto a las artimañas míticas a las que se dedica el niño estimulado por la intervención analítica.

Hay un elemento correlativo de la gran invención mítica a propósito del nacimiento de Ana y su permanencia desde toda la eternidad, tan bellamente fomentada por Juanito en su especulación mitificante. Se trata de ese personaje misterioso y verdaderamente d igno del humor negro de la mejor tradición, que es la cigüeña —aquella cigüeña que llega con su sombrerito cuando no hay nadie, que saluda, que mete la llave en la cerradura. Presenta aspectos completamente insólitos si sabemos escuchar lo que dice Juanito —Vino a tu cama, dice. Que es tanto comodecir —en tu lugar. Luego se corrige —a su cama. Luego la cigüeña se va, sin que nadie se de cuenta, aunque hace un poco de jaleo, da alguna

que otra sacudida a la caso después de irse. En resumen, este personaje que va y viene, con un aire imperturbable, incluso inquietante, no es sin duda una de las creaciones menos enigmáticas de Juanito, y bien merecerla que le dedicaremos un buen rato. Es conveniente indicar su lugar en la economía general del caso en este momento del progreso de Juanito.

Juanito, sometido a la sugestión del padre psicoterapeuta, retocado por Freud, sólo consigue fomentar su manipulación imaginaria de los distintos términos presentes aislando algo que se anuncia, claramente, justo antes de la gran creación mítica —el nacimiento de Ana, y al mismo tiempo la cigüeña. El propio texto de Juanito, además del padre, revela la tesis de la muerte, porque Juanito tiene un bastón —no se sabe por que razón nunca se había hablado de el anteriormente— con el que golpea el suelo preguntando si debajo hay muertos.

La presencia del tema de la muerte es estrictamente correlativa del tema del nacimiento. Es una dimensión esencial que debe destacarse para la comprensión y para el progreso del caso. En verdad, este tema, esta potencia de una generación llevada al grado más elevado de misterio, entre la vida y la muerte, entre la existencia y la nada, plantea problemas particulares, distintos del de la introducción del significante del caballo. No son homólogos, se trata de algo distinto que tal vez veremos el año próximo, y lo dejo en reserva. La rúbrica que elegiré para lo que voy a desarrollarles el año próximo, es muy probablemente esta —las formaciones del inconsciente.

Por otra parte, como destacara una vez más, es significativo que Juanito, al término de la crisis que resuelve la fobia y la disuelve, se instale en algo tan esencial como el rechazo de nuevos nacimientos. Se establece entonces con la cigüeña y con la madre una especie de tratado. Verán ustedes el sentido de un pasaje donde se trata de las relaciones de la madre con Dios, en cuanto a la posible venida de un niño, cuestión tan elegantemente resuelta en la propia observación con esa notita de Freud —Lo que la mujer quiere, Dios lo quiere. En efecto, eso fue lo que le dijo la madre —Al fin y al cabo, eso depende de mi. Por otra parte, en el mismo movimiento, Juanito dice que quiere tener hijos y que no quiere que haya otros niños. Desea tener hijos imaginarios, porque para el toda la situación se ha resuelto mediante una identificación con el deseo materno. Tendrá hijos de su sueño, de su mente. Por decirlo todo, tendrá hijos estructurados al estilo del falo materno, del cual haré finalmente el objeto de su propio deseo.

Pero queda claro que no habrá más niños, y esta identificación con el deseo de la madre como deseo imaginario sólo en apariencia es un retorno al Juanito de antaño, aquel que jugaba con las niñas a ese juego del escondite primitivo que tenla a su sexo por objeto. Ahora a Juan ya no se le ocurre jugar al escondite, o más exactamente, sólo se le ocurre mostrarles su bella estampa de Juanito, es decir, un personaje que, de algún modo, se ha convertido al fin y al cabo —a eso voy— en algo así como un objeto fetiche.

Juanito se sitúa en determinada posición pasivizada, y cualquiera que sea la legalidad heterosexual de su objeto, no podemos considerar que agote la legitimidad de su posición. Se acerca en este sentido a determinado tipo que no les parecerá ajeno a nuestra época, el de la generación de cierto estilo que conocemos, el estilo de los años 1945, esa gente

encantadora que esperan que las iniciativas vengan del otro lado —esperan, por decirlo todo, que les quiten los pantalones. En este estilo veo dibujarse el porvenir de este encantador Juanito, por muy heterosexual que parezca.

Entiéndanme bien. Nada en la observación nos permite pensar, en ningún momento, que se resuelva de ninguna otra forma, sino con el dominio del falo materno, en la medida en que Juan ocupa su lugar, se identifica con él, ciertamente lo domina. Todo lo que pueda corresponder a la fase, o al complejo, de castración, lo vemos dibujado en la observación bajo la forma de la piedra con la que uno se hiere. La imagen que surge, por así decirlo, es mucho menos la de una vagina dentada, diría yo, que la de un phallus dentatus. Todo asalto masculino será víctima de esta especie de objeto, que es un objeto imaginario, y se herirá con él.

En este sentido podemos decir que la crisis edípica de Juanito no conduce propiamente a la formación de un superyó típico, quiero decir un superyó tal como se produce de acuerdo con el mecanismo indicado en lo que hemos enseñado aquí sobre la Verwerfung, es decir, lo rechazado en lo simbólico reaparece en lo real. Esta es la verdadera clave, en el nivel más cercano, de lo que ocurre tras la Verwerfung edípica.

En efecto, en la medida en que el complejo de castración es franqueado pero, al mismo tiempo, no puede ser plenamente asumido por el sujeto, se produce una identificación con una especie de imagen bruta del padre, imagen portadora de los reflejos de sus particularidades, con todo su peso, que llega a ser aplastante. Una vez más vemos aquí renovarse el mecanismo de la reaparición en lo real, pero esta vez de un real en el límite de lo psíquico, en el interior de las fronteras del yo —un real que se le impone al sujeto de una forma casi alucinatoria, cuando este sujeto, en un momento dado, despega de la integración simbólica del proceso de castración.

Nada parecido se manifiesta en el presente caso. Juanito no tiene que perder su pene, porque de todas formas no lo adquiere en ningún momento. Si Juanito esta identificado con el falo materno, ello no significa que pueda asumir la función de su pene propiamente dicha. No hay ninguna fase de simbolización del pene. De alguna forma, el pene se queda al margen, desengranado, como algo que sólo ha sido vilipendiado, reprobado por la madre, y lo que se produce únicamente le permite integrar su masculinidad por el mecanismo de la formación de la identificación con el falo materno, de un orden muy distinto en todo caso que el superyó, esa función sin duda perturbadora, pero también equilibradora, que es el superyó. Es una función del orden del ideal del yo.

Juanito se instala en la existencia porque tiene alguna idea de su ideal, porque el es el ideal de la madre, a saber, un sustituto del falo. Digamos que si, en lugar de tener una madre judía y progresista, hubiera tenido una madre católica y piadosa, ya ven ustedes por que mecanismo, posiblemente, Juanito se hubiera visto suavemente conducido al sacerdocio si no a la santidad.

En un caso como este, en el cual el sujeto se introduce en una relación edípica atípica, el ideal materno es muy precisamente lo que induce determinado tipo de situación y de solución en la relación del sujeto con el sexo. La salida se produce por identificación con el ideal materno. Aquí tienen ustedes trazados, poco más o menos , los términos en los que

les sitúo el resultado del caso de Juanito. A lo largo de toda la observación, tenemos índices que lo confirman, y a veces muy conmovedores.

Así, al final, Juanito, decididamente desanimado por la carencia paterna, hace el mismo, fantasmáticamente, su ceremonia de iniciación, poniéndose desnudo, como si esperara el acercamiento, en esa pequeña vagoneta donde deberá velar toda una noche, como un joven caballero, y después, gracias a algunas monedas entregadas al conductor del tren —la misma moneda que servirá para calmar el poder terrorífico del Storch—, ya tenemos a Juanito circulando en el gran circuito. El asunto está resuelto. Juanito no será sino un caballero, un caballero más o menos cubierto por el régimen de las seguridades sociales, pero un caballero al fin y al cabo —y no tendrá padre. Y no creo que nada nuevo en la experiencia de la existencia llegue a dárselo jamás.

Hay enseguida una intervención del padre, con algo de retraso. Como se van abriendo las entendederas del padre a medida que avanza la observación, no es una de las cosas menos interesantes. Después de haber jugado con las cartas sobre la mesa, creyendo a pies juntillas todas las verdades aprendidas del buen maestro Freud, el padre, a medida que progresa en su manejo, ve hasta que punto esta realidad es mucho más relativa. Y cuando Juanito se dispone a iniciar su gran delirio mítico, deja escapar una frase que apenas llama la atención en el texto, pero tiene toda su importancia.

Se trata del momento en que están jugando a decir y Juanito se contradice constantemente, —Es verdad, no es verdad, da risa, pero aún así es muy serio. El padre, que no es un estúpido y aprende lo suyo en esta experiencia, dice —Todo lo que se dice es siem pre un poco verdad. Y entonces, el padre —a él, que en su propia posición ha fracasado, es a él a quien debían hacer pasar por el análisis— trata de enderezar todo esto, cuando ya es demasiado tarde, y le dice a Juanito —Al fin y al cabo, me tenías rencor.

Esta intervención retardada suscita en Juanito ese precioso gesto que la observación destaca especialmente —mientras el padre le está hablando, deja caer su cabalito. La conversación ha terminado, el diálogo caduca, Juanito se ha instalado en su nueva posición en el mundo.

Ahora Juanito es un hombre en potencia de niños, capaz de engendrar indefinidamente en su imaginación y de satisfacerse por completo con sus creaciones. Al igual que su madre vive en su imaginación.

Como les dije, él es, Juanito, no hija de una madre, sino hija de dos madres. Es un punto notable, enigmático, que ya observamos la última vez Sin duda, la otra madre es aquella cuyo poder y cuya presencia ha tenido demasiadas ocasiones y razones para conocer —la madre del padre. Sin embargo, que el sujeto asuma esta duplicidad o este desdoblamiento de la figura materna que entra en las condiciones del equilibrio terminal, es ciertamente uno de los problemas estructurales planteados por la observación.

En ese punto terminé mi penúltimo seminario, estableciendo la comparación con el cuadro de Leonardo de Vinci y, al mismo tiempo, con el caso de Leonardo de Vinci, que no por casualidad le interesó tanto a Freud.

A este texto consagraremos hoy el tiempo que nos queda. Por supuesto, no pretendemos agotar el Recuerdo infantil de Leonardo de Vinci en una sola lección. Será una breve lección antes de las vacaciones, como es costumbre en mi enseñanza, a modo de un respiro para un grupo tan atento como son ustedes, cosa que yo les agradezco.

Dejemos a Juanito a su suerte. Pero antes de dejarlo, les indicará todavía que si a propósito de el me he referido a cierta evolución de las relaciones entre los sexos y he hablado de la generación de 1945, ha sido seguramente para no caer en una excesiva actualidad. El cuidado de describir y de definir lo que puede ser la generación actual, de dar su expresión directa y simbólica, se lo dejo a otros, por ejemplo a Françoise Sagan. No cito este nombre al azar, sólo por gusto de hablar de cosas de actualidad, sino para aconsejarles, como lectura para las vacaciones, en el número de Critique de Agosto-Septiembre de 1956, el estudio de Alexandre Kojève, con el título Le Dernier Monde nouveau, sobre dos libros, Bonjour tristesse y Un certain sourire, del autor de éxito que acabo de nombrar. Podrán ustedes ver lo que un austero filósofo, habituado a situarse únicamente al nivel de Hegel y la política más elevada, puede extraer de obras aparentemente tan frívolas.

Sin duda les resultará instructivo. Y como suele decirse, no les haré ningún daño, no corren ningún peligro. El psicoanalista no se recluta entre quienes se entregan por entero a las fluctuaciones de la moda en materia psicosexual. En eso están ustedes, por así decirlo, demasiado bien orientados, incluso están un poco demasiado fuertes en la materia. Esta lectura puede tener la ventaja de hacerles entrar en un baño de actualidad, activando así la perspectiva sobre lo que hacen. Esto les enseñara también que deben tener en cuenta los cambios profundos en las relaciones entre el hombre y la mujer que hayan podido producirse a lo largo de un período no más largo que el que nos separa de la época de Freud, cuando, como suele decirse, se estaba cociendo lo que había de ser nuestra historia.

Todo esto es para decirles también que el donjuanismo no ha dicho tal vez su última palabra, digan lo que digan los psicoanalistas. Si bien en este sentido han hecho aportaciones interesantes, si se ha entrevisto algo pertinente con la noción de la homosexualidad de Don Juan, no debe tomarse como habitualmente se toma.

Estoy profundamente convencido de que Don Juan es un personaje demasiado alejado de nosotros en el orden cultural para que los analistas hayan podido tener de el una percepción ajustada. El Don Juan de Mozart, si lo tomamos como la cumbre del personaje y como algo que significa la culminación propiamente dicha de una pregunta, en el sentido en que yo la entiendo aquí, es seguramente algo muy distinto de un personaje-reflejo, tal

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