Chapter 2. Architecture and technical overview
2.9 Hardware Management Console (optional)
Dios solo basta al hombre para su perfecta felicidad. Yerra y se afana inútilmente el corazón que se apega a las criaturas, pensando hallar en ellas cumplida satisfacción, como lo demuestra una triste experiencia. ¡Qué pequeño y miserable es todo lo de este mundo, cuán lleno de sombras e imperfecciones, cuán pronto pasa todo ello dejándonos inquietos, con las mismas ansias infinitas de felicidad y de amor! Sólo un bien infinito y eterno, sólo Dios puede satisfacerlas. Es la imagen de Dios que llevamos esculpida en nuestras almas, es la dependencia innata que tenemos de nuestro Criador y el instinto de la filiación divina lo que nos lleva a Dios
como a nuestro último fin, y nos hace mirarle como fuente de toda felicidad.
Alegrémonos: estando con Cristo estamos con Dios; porque él es verdadero Dios y Dios nuestro. No es éste el lugar de demostrarlo científicamente, pues tratamos con almas que aceptan esta verdad, y sólo desean escudriñar algo de la hermosura y eficacia que en ella se encierra.
San Juan comienza su evangelio con estas palabras: En el principio
era el Verbo y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios (Jn 1, 1). Por donde, desde toda la eternidad de su ser, se manifiesta Cristo como Dios, como sujeto y posesor de la verdadera divinidad. Y en la divinidad él es el Verbo, la sabiduría, la verdad, el Hijo, la luz, la vida, la hermosura. Son todos estos nombres que se da él a sí mismo y le atribuye la Escritura, y que indican las cualidades de su persona. ¡Y qué imágenes y sentimientos no despiertan en nuestros corazones! ¿Qué cosa más apacible, más amable, más dulce y que más ánimo infunda al corazón que la verdad, la hermosura, la vida? Pues todo ello, en el más alto grado, es la persona de Cristo nuestro Señor.
Él era en el principio, prosigue San Juan, y por él fueron ¡techas todas las cosas (Jn 1, 3). Como sabiduría del Padre era él el libro de la vida en el que estaba el ejemplar de la bondad creadora de Dios y de su participación a las criaturas, con infinita plenitud, variedad y belleza; y según este ejemplar creó el Padre todas las cosas. ¿Y quién podrá concebir el poder y la magnificencia de esta fuerza creadora? Allí estábamos también nosotros como imágenes vivas de su bondad, allí vivíamos y allí éramos amados de una manera singular, puesto que quiso realmente darnos la existencia, mientras otros innumerables seres quedaron en el número de los meramente posibles. Fue, pues, la sabiduría de Dios nuestro hogar primero, original y eterno, la fuente y fundamento de nuestro ser y de nuestra existencia. ¿Cómo podremos no amarle? ¿Cómo podremos olvi- darnos de él?
Pensamos y deseamos frecuentemente: «¡Oh, si yo pudiera ver a Dios! ¡Y qué fácil me sería entonces amarle!» Pues, en cierto modo, le vemos también ahora; a lo menos vemos algo de él, en la naturaleza y en las criaturas. El mundo de la sabiduría y del arte, las cosas visibles y las invisibles no son, ciertamente, más que una imagen, pero imagen de Dios, por la cual podemos formarnos idea de él y amarle. Y aun estas criaturas terrenas y visibles son tan hermosas y magníficas, que tenemos que vencernos y hacernos violencia para que no se nos vaya el corazón tras ellas y finíamos a Dios. Pues, ¿qué será Dios mismo? Es cosa com-
pletamente distinta de cuanto podemos figurarnos, y siempre será verdad que es infinitamente más grande y hermoso de lo que podemos concebir. Él es la causa de todos los seres, y por lo mismo la creación entera refleja en su vida, en su orden, en su variedad y en su belleza la imagen del Hijo, y todo lo visible es manifestación de su invisible majestad. ¿Cómo es posible que el Señor, el Creador de la belleza, el que ha dado a cuanto existe tan incomparable hermosura, no sea él mismo infinitamente más hermoso? (Sab 13, 3ss) Pues, ¿cuán grande, cuán excelso, cuán amable será?
Cristo es Dios; y para darnos testimonio de esta verdad, que es nuestra honra y nuestra salud, vino él a este mundo. ¡Y cuán a menudo, de cuán diversas y conmovedoras maneras manifestó la conciencia que tenía de su divinidad! Se entretenía una vez tiernamente con sus Apóstoles, describiéndoles las moradas del cielo y hablándoles de su Padre, y ellos dijeron: Muéstranos al Padre, y nos basta. Responde Jesús: Felipe, quien
me ve a mí, ve al Padre... ¿No crees que yo estoy en el Padre y el Padre está en mí? El Padre yo somos una sola cosa. Yo soy la luz y la vida del mundo. Yo soy el camino, la verdad y la vida. Esta es la vida cierna, que te conozcan a ti, el solo verdadero Dios, y al que enviaste, Jesucristo (Jn 17, 3ss). Y para confirmar estas palabras hizo milagros en el mundo de los espíritus, profetizando, y en el mundo visible, curando enfermos y resucitando muertos. Y en cambio de estas pruebas exige fe: Creéis en el
Padre, creed también en mí (Jn 14, 1); y más que fe, nos pide amor cual únicamente un Dios puede pedir: A marás al Señor tu Dios con todo tu
corazón (Lc 19, 27). Sólo Dios puede exigir que le entreguemos todos los afectos de nuestro corazón, así como él es el único que puede satisfacer sus ansias de amor y felicidad.
Y él a su vez ha encontrado amor cual sólo a un Dios puede tributarse. A su paso por la tierra fundó en ella un reino universal, un reino en que, como Dios, es adorado y amado. Empezando por los Apóstoles y los primeros discípulos, ha habido siempre una muchedumbre de almas que han renunciado a todos los bienes de la tierra, que han despreciado y sacrificado la misma vida, que han crucificado al mundo en sus corazones y se han consagrado por completo al amor de Cristo. Y así sucederá siempre. Todo cristiano verdadero está dispuesto a confirmar esta verdad fundamental del cristianismo con el sacrificio de su vida y de sus más caros intereses. Fe y amor son los fundamentos de este reino, y nunca han de faltar. Y prueba espléndida de la divinidad de Jesucristo es la victoria moral que alcanzó del mundo, convirtiéndole por su fe y su amor. Grandes hombres han existido que por el predominio de su genio y por su poderío
han llevado el mundo tras sí, mientras vivieron; pero, ¿quién es el que por su amor se ha negado a sí mismo y ha renunciado a las íntimas aspiraciones de su corazón? Los poderosos han desaparecido, su obra se ha hundido, y nadie se cuida hoy de ellos. Luego otro poder completamente distinto es el que obra e influye de continuo en el mundo, después que Cristo partió de él, y el que alimenta en las almas su fe y su amor; y éste es el poder de su divinidad, que de uno y otro lado del sepulcro se manifiesta espléndido y victorioso.
Cristo, en quien creemos, en quien esperamos, a quien amamos, es Dios: alegrémonos. En él tenemos todo cuanto nuestro corazón desea tan ardorosa y continuamente. Porque no es Cristo tan sólo el ser primero, el más noble, el más fuerte y hermoso de la creación; es Dios, y por lo tanto, infinitamente más que todas las criaturas juntas. No solamente podemos admirarle, ensalzarle y amarle, sino también adorarle. En él encontramos nuestro último fin y término; es inútil buscar en otra parlo verdad, bondad, hermosura: en Cristo todo lo hallamos perfectamente. Servirle a él es servir a Dios, y en honrarle está nuestro bien y nuestra felicidad. Ni el tiempo ni la muerte, que implacablemente nos arranca de todo lo terreno, podrá jamás quitarnos el objeto de nuestro amor. Nunca la saciedad y el hastío podrá destruir ni amenguar este gozo. Porque sucede con Dios lo contrario de lo que acaece con nosotros. Nosotros somos mutuamente los unos para los otros fuentes pobres y mezquinas de consuelo, que nos agotamos sin haber podido saciarnos; la infidelidad o la muerte acaban con todo. En Dios, por el contrario, cuanto más buscamos, tanto más descubrimos; y la paz, el amor y el contento no tienen fin. Y también en este sentido pueden explicarse las palabras de San Juan: Dios es mayor
que nuestro corazón. Nadie podrá quitarnos nuestro gozo (Jn 3, 20). Quien
cree en mí tendrá la vida eterna (Jn 16, 22). Pero la vida consiste en conocer, amar y ser feliz, como escribe San Agustín: Vacabimus et videbimus,
videbimus et amabimus, amabimus et laudabimus: ecce quod erit in fine sine fine (De civ. Dei I, 22, c. 30, n. 5) — «Descansaremos y veremos, veremos y amaremos, amaremos y alabaremos... He aquí lo que seré al fin y no ha de tener fin.»
Queda, pues, perfectamente satisfecha con la divinidad de Jesucristo la primera condición del amor, es decir, que su objeto sea muy superior a nosotros e minuto en lodo sentido. ¡Cuántas acciones de gracias debemos dar a nuestro Padre celestial por habernos enviado a su Hijo y con él todas las cosas, aun a sí mismo y al Espíritu Santo! Ya no tenemos que «andar mendigando amor y felicidad de las criaturas: en Cristo, Hijo de Dios, lo
tenemos todo. Y podemos decir con los Apóstoles, aunque de diverso modo: «Padre, muéstranos al Hijo, y esto nos basta.»