Chapter 2. Architecture and technical overview
2.6 Internal storage
2.6.1 RAID support
Entendemos por carácter el distintivo, la cualidad y nota predominante de la condición natural de un individuo. Pasión dominante en el carácter de una persona será, según esto, un desorden, exceso o defecto en las cualidades del alma y en sus mutuas relaciones, propio y característico de tal persona.
Más o menos todos los hombres tienen algún defecto peculiar. Sólo Dios, por efecto de su ser simplicísimo e infinitamente perfecto, excluye necesaria y naturalmente de sí toda desigualdad. No hay en él propiedad más o menos perfecta que otra. No acaece así en las criaturas ni, por lo tanto, en el hombre, que es finito, limitado y desigual. Hay en todo hombre una disposición y cualidad anímica que predomina sobre todas las demás, que perturba la armonía y movimiento ordenado del conjunto y hace posible los extravíos: es la pasión dominante.
Puede provenir este desequilibrio de la disposición de ánimo, según que predominen el entendimiento o la voluntad, la fantasía o el sentimiento, y no en provecho sino en daño de otras facultades, imprimiendo su sello al hombre todo. Así distinguimos los hombres intelectuales, independientes, inflexibles, enérgicos, exaltados, sentimentales o apasionados. Puede también provenir esta diferencia del cuerpo, a saber, del temperamento, el cual influye en el ánimo comunicándole sus cualidades, a causa de la unión íntima del alma con el cuerpo. Así decimos que hay temperamentos sanguíneos, coléricos, flemáticos y melancólicos. Todos los cuales tienen sus ventajas y sus inconvenientes.
Para corregir el defecto peculiar de cada uno, ante todo precisa conocerlo; pues, aunque más o menos todos tengamos alguno, no siempre es fácil descubrirlo, ya que muchas veces nos lo impiden, bien la falta de
conocimiento propio, bien la falta de reflexión o bien la soberbia y ceguedad interior. Siempre humilla la conciencia de una falta; de ahí que se procure excusarla. Pueden también darse hombres de carácter tan igual y templado que sea difícil encontrar en ellos una falta chocante. En esos naturales el defecto suele ser la timidez, encogimiento e indecisión para manifestarse y emprender algún negocio.
He aquí algunas advertencias que pueden guiarnos en el conocimiento de nuestra pasión dominante. Conviene ante todo observar qué es lo que en nosotros predomina, si el entendimiento, la voluntad o el sentimiento, y ver qué clase de temperamento es el nuestro. Nótese en segundo lugar cuáles son los pecados y faltas en que con más frecuencia incurrimos, las cuales nos llevarán con seguridad al conocimiento de la raíz común, que es la pasión dominante. Tercero, fijémonos en las virtudes que tenemos: con ellas ante los ojos podremos seguir la pista a la pasión dominante, pues, así como cada planta tiene su gusanillo, así cada virtud tiene también su sombra. Cuarto, observemos cuál es la inclinación que en nuestra alma sobresale. A buen seguro ella nos indicará la tendencia de nuestro ser y carácter, así como también el observar lo que nos alegra o nos excita, con qué nos compensamos de un bien malogrado y cuáles son los pensamientos favoritos en que nos sorprendemos. Entre los medios exteriores están las ilustraciones de Dios en la oración, el juicio de nuestro director espiritual y de nuestros compañeros. Hagamos caso de su parecer, pues no es fácil que se engañen.
Conocida la pasión dominante, debemos combatirla con empeño y constancia. Tenemos para ello tres razones principales.
Ante todo, tal pasión es un defecto y deformidad, no ciertamente exterior, sino, lo que es más de considerar, del alma, y afea en nosotros la magnífica imagen de Dios. ¡Con qué empeño evitamos las menores manchas del rostro! Pues, ¿por qué no hacemos otro tanto con las del alma?
Además, el corregir la pasión dominante es de la mayor importancia para la vida espiritual, como que es el mayor obstáculo que se opone a nuestro adelantamiento, y a que no es un defecto único, sino la fuente y origen de muchos otros que con aquél se relacionan. Pelear, pues, contra la pasión dominante, es pelear contra todas las faltas; corregirla es corregirlas todas. ¡Cuántas veces no se oye quejarse a los hombres: «Con sólo que me quitaran este malhadado defecto, todo lo demás me sería fácil»! Es según eso un verdadero tiranuelo; y no obstante quiere aparecer como virtud. En la vida espiritual todo depende de la gracia, de nuestra cooperación y del
mérito. La mayor parte de las gracias las da Dios allí donde son más necesarias. Ahora bien; lo que más se necesita es la lucha contra la pasión dominante; luego podemos estar seguros de que Dios es en ella nuestro compañero. La pasión dominante es el más terrible enemigo de Dios y nuestro. Ella nos quita la gracia y el mérito de nuestras fatigas. No hay parásito que dañe a una planta más de lo que nos perjudica a nosotros esta pasión. Es entre los ascetas principio general que entre los medios naturales de que Dios se sirve para llevar a las almas a su fin último, ninguno hay tan importante como el de un carácter bueno y dócil. Tenemos que seguir esta indicación de la Divina Providencia guerreando abiertamente contra nuestra pasión dominante. La victoria suele aun acá abajo premiarse con la pureza, claridad y paz del alma.
¿Quién no ve, en tercer lugar, cuán importante es para responder a nuestra vocación esta lucha contra la pasión dominante? Quien no pueda pelear contra ella, se vaya al desierto y renuncie a hacer algo entre los hombres. Así a lo menos no dañará ni perjudicará a los demás. Pero el que quiera vivir entre los hombres y trabajar por su bien, tiene que procurar perfecto dominio de sí mismo. La pasión dominante o limita nuestra actividad o la destruye por completo. Para hacer algo en favor de los hombres se requiere mucha virtud: una sola falta puede echarlo todo a perder y hacernos completamente inútiles. ¡Cuánta actividad no ha matado la ira arrebatada, la imprudencia y la sensualidad! Los más bellos talentos quedan de ese modo paralizados.
Por consiguiente, aquí es donde ante todo hay que aplicar seriamente la mortificación. Tendríamos que pelear aun cuando no viéramos esperanza alguna de vencer. Mas aquí todo nos hace esperar la victoria. Tenemos que habérnoslas en esta lucha con un solo enemigo y todas nuestras fuerzas van dirigidas a un solo punto. Ésta es la táctica acertada. Además, Dios nos ayudará, porque se trata de un negocio suyo. ¡Qué bien dominaron los santos el mal espíritu de su pasión dominante! ¿Y por qué no lo hemos de hacer nosotros? No hace falta más que empeño y constancia. Cuando hay voluntad recta y decidida, nada se resiste. Hagamos lo que podemos: esencialmente no hemos de mudar nuestro carácter; pero sí podemos reprimir sus demasías y corregir sus defectos. Tiempo tenemos: queramos, luchemos y oremos, que esto basta.