Chapter 2 Glasgow: the city and its contexts
2.7 Glasgow as a British city
2.7.1 The Heath, Wilson, Callaghan and Thatcher governments, 1970 to
“Todo cambia, nada permanece” Este axioma de Heráclito, pensador griego, ha ido de la mano con el ser humano desde el Paleolítico. Nuestra historia como humanos es una historia de cambio, de explo- ración, una búsqueda constante. En cada uno de no- sotros aflora un instinto y una pulsión por el descu- brimiento, por conocernos y trascender nuestros pro- pios límites. Para ello hay que salir de la comodidad. Nuestros antepasados hacían un ejercicio continuo de adaptación al medio, de flexibilidad, no eran rígi- dos sino que se acomodaban a las exigencias de un entorno que cada poco tiempo cambiaba puesto que tenían que estar siempre listos para emprender un nuevo camino en busca de alimento.
El cambio es evolución, es crecimiento. Aco- modarse a una situación por temor a la incertidumbre acerca de lo que podrá suceder va en contra de nuestra propia naturaleza. Continuamente cambia- mos, basta sólo con mirarnos a nosotros mismos, nuestro cuerpo, nuestros pensamientos y descubri- remos que no somos los mismos que tiempo atrás. Cambiamos, de manera gradual, casi imperceptible, pero irremediablemente lo hacemos. Y de la misma manera que cada uno de nosotros cambia el medio ambiente en el que nos movemos también lo hace. Hemos de ser conscientes de esto para reajustarnos de cara a maximizar nuestras posibilidades de super- vivencia y mantener un alto nivel de felicidad. No po- demos ser siempre felices de la misma manera, para cada momento y etapa de nuestra vida, le corres- ponde una ruta hacia la felicidad.
No podemos obviar que estar preparados para el cambio es necesario. Aparecen nuevas normas, nuestra salud no es estable, las creencias se modifi- can, se producen avances tecnológicos… y ante to-
do estas fuentes de cambio tenemos que estar pre- parados para ajustarnos. Hemos de ser flexibles y evitar la rigidez. Ser excesivamente rígidos como lo es el cristal nos hace fácilmente vulnerables y que- bradizos. Como gentes procedentes de las cuevas hemos de tener predisposición para la migración. No sólo entendida como un cambio de escenario sino algo que va más allá, no tiene por qué ser necesario cambiar el escenario, pero sí la actitud y las estrate- gias que empleamos para desenvolvernos en él. Pa- ra ello hemos de estar en un aprendizaje continuo, no limitarlo a un número de conocimientos y destrezas adquiridos tiempo atrás, sino que éstos deben some- terse a continua revisión para ver si siguen siendo adecuados o se están quedando obsoletos. De nada sirve emplear una estrategia de caza y unas armas empleadas para cazar leones si ahora nos enfrenta- mos a un mamut. La experiencia empleada con el primero nos servirá para el segundo pero no todo será extrapolable, ya que se necesitará un mayor empleo de la fuerza, armas más robustas, una táctica
de caza un grupo distinta porque ya no estamos en la sabana sino en entornos más fríos y ásperos.
Los hombres de las cavernas tenían un alto ni- vel de resilencia, es decir, tenían una elevada capa- cidad para hacer frente a situaciones trágicas y dolo- rosas. Nuestros antepasados convivían con la muerte y la enfermedad de forma continuada, debían aban- donar lugares en los que comenzaban a echar raíces y, pese a todo, fueron capaces de sobrevivir. Esta- mos preparados para sobrevivir y sobreponernos a cualquier situación, por dura que esta sea siempre que tengamos un propósito, un fin, motivo por el cual seguir adelante. Si no cambiamos nos extinguimos, morimos, desaparecemos, caemos en el olvido. El deseo de cambio, la movilidad, la migración nos ayu- da a superar la endogamia (dependencia de los re- cursos del propio grupo) y disponer de respuestas más variadas así como los recursos de los que valer- nos. Cambiar, por tanto, es un buena estrategia para vivir más y mejor.
Cambiar nos ayuda a crecer, a trascendernos y a explorar nuestros límites y áreas de nosotros mis- mos que desconocíamos. Qué habría sido de noso- tros si nadie hubiese decidido abandonar la sabana africana, si a nadie le hubiese dado por explorar otros territorios, de golpear dos piedras para hacer cuchi- llos y cómo a partir de ello descubrir que era posible hacer fuego. Nada de eso habría sido posible sin la voluntad de cambio, de abandonar el calor de la sa- bana y vivir en el frío de las montañas. La premisa del cambio que se nos ofrece como aprendizaje es que aunque uno sepa hacer lo que está haciendo, por increíble que pueda parecernos, ¡puede hacer otras cosas!
Nuestro deseo de cambio existe si tenemos la necesidad de hacerlo. En el Paleolítico esta necesi- dad la pautaba la escasez de alimento que obligaba a buscarlos en otras regiones aún por explorar. Para poder hacerlo había que confiar en que uno aguan- taría el viaje y estaba preparado para el tránsito así como confiar en que los demás también lo estarían,
que unos y otros se apoyarían y se dejarían ayudar durante todo el viaje. No se trataba de un camino fácil había que ser muy pacientes y saber lidiar con el dolor y el sufrimiento que traerían consigo momentos complicados e inevitables pero necesarios. Perseve- rar y ser constantes en la utilidad del viaje emprendi- do, tener presente que el cambio es necesario es lo que ha permitido al ser humano llegar a alcanzar lo que hoy somos.
El hombre cavernícola nos dejó un legado muy valioso para ser capaces de afrontar el cambio. Nos mostró que no seamos rígidos y caigamos en la so- breprotección de uno mismo y de los suyos, hay que ser flexibles es la mejor opción para conseguir lo que uno quiere pues tanto uno como su entorno cambian y quien esté dispuesto a hacerlo terminará por des- aparecer. Por eso es necesario aprender, imitar lo que otros hacen y les funciona, así es como cons- truimos la cultura que es el mejor medio para sobre- vivir, sin cultura no evolucionamos.