1.3 Higher Education in Malawi’s Development Policy Trajectory
1.3.2 Between 1998 and 2006
sus inauguró su misión ante el pueblo c o n la m i s m a perspectiva que Juan. En efecto, la fórmula que resume su kerigma nos viene relatada por los evangelios exactamente en los mismos términos que el de Juan. Igualmente, es posible que también Jesús haya administrado el bautismo. L o s sinópticos no hablan de ello. Sólo lo menciona el cuarto evangelio (Jn 3,22,26; 4,1), c o n esta pre- cisión, sin embargo, en relación c o n la última mención, que no era Jesús el que bautizaba, sino sus discípulos (Jn 4,2). Sea lo que fuere1 2, m u y pronto Jesús da a su actuación un significado sen-
siblemente diferente al de Juan. Su kerigma homilético no es exactamente el m i s m o .
Juan se retira del m u n d o para v i v i r c o m o un asceta en el de- sierto. No sólo se sitúa al margen de la sociedad, más aún, por su género de vida la pone radicalmente en entredicho. En cierta medida, el pueblo debe abandonar su «territorio», todo lo que forma parte de su vida, para venir hacia él. D e b e hacerse dispo- nible y prepararse para acoger el R e i n o de D i o s declarado i n m i - nente. D i c h a preparación i m p l i c a no sólo un vuelco de sí m i s m o (conversión) sino u n a ruptura en su manera de ser y de vivir, una ruptura sancionada por el bautismo, e incluso una v i d a de po- breza en c o m u n i d a d . El territorio, sin duda, permanece en el h o - rizonte, pero c o m o el espacio que un pueblo completamente re- novado va a reconquistar y reinvestir bajo la dirección del representante de D i o s . En el fondo, el discurso homilético de Juan inscribe de pronto la realización de las Escrituras en la fi- gura de la superación y de la ruptura. O, para ser más exactos, invita primeramente a romper y efectuar la superación para que se realice esa superación.
Esa no es, c o m o parece, la dirección que va a tomar Jesús. Vuelve del desierto hacia el pueblo. Es en el propio seno del te- rritorio y del pueblo donde inscribe su actuación. Ésta, p o r otro lado, no tiene por objetivo hacer que el pueblo salga de sí m i s m o ,
12 Es difícil decir si hay que buscar un indicio en la denominación de «Na-
zoreno» dada a Jesús (y a sus discípulos), distinta de la de «Nazareno», ya que la primera puede considerarse como que se identifica con la pertenencia a un movimiento bautista, la segunda simplemente como nacido en Nazaret.
c o m o si la promesa de una A l i a n z a debiese realizarse en otro l u - gar. No es en el seno mismo del judaismo donde pretende actuar, c o m o si él m i s m o se considerase c o m o externo o superior a él, como si la dinámica que promueve tuviese su origen en el exte- rior. Es al propio judaismo al que pretende invitar, sin salir de sí m i s m o , a volver a sus propios fundamentos, a efectuar la reno- vación necesaria. El discurso homilético que hace del presente y de las Escrituras se inscribe directamente en la figura de la reali- zación de la promesa. Esta i m p l i c a , ciertamente, una superación, pero en la medida en que se trata de ir más allá de lo que se opone a esa realización, en que es preciso abandonar o eliminar todo lo que no está conforme c o n la vocación d i v i n a del pueblo de Israel.
D e f i n i r el concepto que tenía Jesús sobre esa realización es una tarea difícil. A cualquier propuesta que puede extraerse de los evangelios para intentar una demostración que vaya en un sentido, se le puede oponer, igualmente extraída de los evange- lios, otra propuesta en sentido contrario. Ciertamente, los exé- getas son capaces, en muchos casos, c o m o lo harían los arqueó- logos, de decir a qué capa redaccional de los evangelios pertenece tal o cual propuesta, e incluso solamente su formulación o su contextualización. Pero si bien es verdad que a menudo se puede especificar lo que se refiere a una etapa ulterior del m o v i m i e n t o cristiano, sigue siendo verdad que en la práctica es imposible afir- mar c o n certeza que tal palabra o que tal gesto pertenece al Jesús histórico. Para ello sería preciso conocer desde un p r i n c i p i o lo que, precisamente, es el objeto de la búsqueda y cuál será su re- sultado.
No obstante, estimamos que uno de los caminos privilegia- dos para alcanzar de inmediato la estructura estructurante que ha presidido al pensamiento y a la actuación de Jesús, consiste en partir de la institución sinagogal tal c o m o era en su tiempo y tal c o m o p u d o contribuir a su formación. Permitiría al menos plan- tear una base i n i c i a l positiva que no sea sólo la huella o el pro- ducto de un algo. Considerar a Jesús en la figura del homileta del R e i n o de D i o s permite liberarse de todas las figuras en las que será definido por sus discípulos (Cristo, Señor, Profeta, H i j o de D i o s , etc.), a la vez que se plantea el marco que las fundamenta
después de haber fundamentado la actuación de Jesús. Al hacer que surja la función del homileta de la sinagoga para situarla fuera, Jesús no hace más que devolver a la institución sinagogal su dimensión plena. El discurso que mantiene no tiene por fun- ción decir otra cosa que la Tora, es decir, la palabra que D i o s d i - rige al hombre. La superación que constituye el gesto de Jesús re- side inicialmente en el p r o p i o hecho de considerar que es ahora cuando se realiza el R e i n o de D i o s ; que es ahora cuando se enun- cia la llamada a v i v i r según su voluntad y cuando se efectúa, por parte de cada hombre, la respuesta que salva o que pierde.
Entre las razones que podemos invocar para confirmar esa su- peración, me parece necesario buscar en la ttadición sapiencial, tan fuerte y tan presente en la cultura farisea, pero ocultada por la relectura cristiana ulterior, hecha a partit de categorías «reli- giosas». Sitúa a todo hombre, ya sea judío o no, hombre o m u - jer, c o m o sujeto libre y responsable. A partir de ahí, interroga a todas las instituciones para ver en qué medida permiten esa l i - bertad y esa responsabilidad. Jesús no opone su ley a la Ley, c o m o serán obligados los cristianos a decirlo para colocar al cristia- nismo frente al judaismo, y, para ello, presentarán a Jesús que enuncia, con la m i s m a autoridad de Yahvé, el Decálogo de la N u e v a A l i a n z a : «Habéis oído... Yo os digo» (cfr. Mt 5,21-44). Gracias al cuestionamiento sapiencial, expresado en el prisma profético secular (de ahí, a menudo, el uso de un lenguaje para- bólico), Jesús no se sitúa en una lógica de contestación y de opo- sición radical. A l judaismo n o opone algo diferente. N o intenta proponer una doctrina particular, ni una nueva ley en el lugar de la Ley. Trata de enunciar la L e y de la Ley, de reencontrar lo que la fundamente auténticamente, a la vez c o m o palabra d i v i n a y c o m o palabra humana.
Si no pronunció esas fórmulas exactamente en los términos con los que nos vienen relatados, al menos podemos considerar- los c o m o que expresan realmente su pensamiento de una manera profunda: «Antes desaparecerán el cielo y la tierra, que pierda va- lor una sola coma de la Ley»; «El sabbat está hecho para el h o m - bre y no el hombre para el sabbat»; «Dad al César lo que es del César y a D i o s lo que es de Dios». Igualmente, si frecuenta a los pecadores, come con los publicanos, frecuenta las samaritanas y
acoge a las prostitutas, no es para enfrentatse a las normas de la pureza. Es para afirmar que el hombre c o m o persona es el cen- tro de la Palabra divina, que es el c u m p l i m i e n t o de esa palabra. En esa perspectiva, a cada cual le corresponde dar respuesta personal y no de manera colectiva y general (de ahí la necesidad de una «conversión» personal, expresión de una libertad que se somete a la voluntad divina). De la m i s m a forma, no es la muerte física la que debemos temer, sino una forma de v i d a que es peor que la muerte, porque provoca el castigo de D i o s . Eso podría ser lo esencial de la homilía por medio de la cual Jesús enuncia la realización del judaismo y que, debido a que para algunos eso no quiere decir nada más que lo que dice la tradición en lo mejor que éste ofrece, puede convertirse, a pesar de la muerte injusta e ignominiosa en la cruz —o quizás a causa de ella, porque es ex- presión suprema de una vida realizada de c o n f o r m i d a d c o n la vo- luntad d i v i n a — , en propio fundamento de la nueva homilía que tendrán sus discípulos. Eso podría ser lo esencial de esa «filoso- f í a »1 3 que reconoceremos c o m o «el mensaje evangélico», sean
cuales fueren las sobredeterminaciones ulteriores impuestas por los que lo transmitirán. En efecto, si Jesús fue c o m p r e n d i d o , si unos discípulos se reconocieron en él, es porque el discurso que mantuvo y la actitud que mostró formulaban y representaban lo que les parecía que era la expresión ideal del propio judaismo, al menos tal c o m o la proclamación sinagogal podía ya, en cierta medida, darlo a entender y a vivir.
13 ¿Cuándo los filósofos, rompiendo el emparedado en el que la tradición
cristiana les ha encerrado, considerarán como su bien propio y no como la pro- piedad de la teología a la filosofía judía, incluida la de Jesús? La obra de M i - chel Henry, C'est moi la vérité. Pour une philosophie du christianisme (Paris, Seuil, 1996), a pesar de su título, no responde realmente a la cuestión.