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4.3 Research Methods

4.3.4 Sampling Methods and Research Participants

en el sentido de un enunciado razonado de una mediación histórica y salva- dora.

(en el siglo m) son menos exclusivos. Estos últimos perciben per- fectamente que, sin ese vector primario, a su discurso le faltaría un cierto asiento intelectual necesario, incluso si le deniegan su plena posesión a los propios filósofos. «No es que las enseñanzas de Pla- tón sean ajenas a Cristo, pero no le son totalmente semejantes, como tampoco las de los demás, estoicos, poetas y escritores.

En efecto, cada cual, y de forma parcial, veía del divino Logos seminal lo que le era afín, y así habló bien de ello; pero, al c o n - tradecirse ellos mismos en relación con los puntos esenciales, mues- tran que carecen de una ciencia superior y un conocimiento irre- futable» (Justino, Apología, II, 13,2-3). Esa concepción de la diseminación seminal del Logos (spermatikos logos), dado que puede fundar una lectura de Jesucristo como la manifestación del propio Logos d i v i n o , permite ofrecer un fundamento teórico al argumento del «hurto» (los filósofos y los poetas griegos lo han tomado pres- tado a Moisés y a los Profetas) y construir una teología y una cris- tología que trasciende todas las escuelas filosóficas, a la vez que toma de cada una de ellas lo que sirve a sus propósitos.

El cristianismo frente al judaismo y a las escuelas internas

Plantándose c o m o filosofía revelada, el cristianismo podía contemplar a la filosofía desde lo airo y, c o m o Filón, considerarla c o m o su «sirvienta». Pero, en el interior m i s m o de la Palabra d i - vina revelada, permanecían enteras dos cuestiones temibles: la del judaismo y la de la diversidad de corrientes y de escuelas.

C r i s t i a n i s m o y judaismo

A u n q u e se ha separado del judaismo, y que a partir de ahora se incluye en el espacio helenístico, el m o v i m i e n t o cristiano aún no ha terminado con él: creyéndose su realización, ése sigue siendo siempre una referencia interna. En segundo lugar, judíos y cristianos continúan —y así lo harán durante m u c h o t i e m p o — dialogando a la vez que enfrentándose. No obstante, en el m o - mento en que los cristianos dejan de tener su origen en el m u n d o judío, sino en la gentilidad, los términos de la controversia ya no

son exactamente los mismos. Para el período que nos afecta, viene atestiguado por la apología escrita por Justino contra los judíos y que tiene por título Diálogo con Trifón, pues pretende darnos a co- nocer la charla que tuvo, dos días antes, con R a b b i Trifón.

El primer punto de discusión se refiere al p r o p i o soporte del debate, es decir, las Escrituras. El N u e v o Testamento aún no está constituido, a pesar de que, entre los cristianos, circulan escritos que entrarán más tarde en su composición. La cuestión sólo puede referirse a las Escrituras comunes, o sea, eso que los cris- tianos llaman el A n t i g u o Testamento. La composición del corpus no crea problemas: puesto que la corriente farisea es la corriente fundadora del judaismo rabínico, el corpus engloba la Tora, los Profetas y los Escritos. La primera divergencia seria se refiere a la lengua: los cristianos leen ese corpus en la versión de los Setenta, los judíos en el texto original; entonces, aceptan discutir a partir de u n a traducción más literal y menos favorable a una interpre- tación cristiana, c o m o son las versiones dadas en ese sentido por A q u i l a , Simanco y Teodocio.

Si el i d i o m a crea problemas es porque es el soporte de una i n - terpretación de los textos, por la que cristianos y judíos no pueden entenderse: los primeros quieren ver a toda costa el anuncio profe- tice del cumplimiento realizado en Jesucristo y en el tiempo de la Iglesia. Eso es lo que no pueden admitir en absoluto sus interlocu- tores. C o m o no pueden aceptar que, en la continuación de su ar- gumentación, los cristianos pretendan que la L e y y el valor salvífico de sus observancias hayan caducado y que, injuria suprema, la afir- mación del D i o s único y creador (monoteísmo) sea puesta en en- tredicho debido a la interpretación de Jesús, y no sólo en la figura del Mesías, del Profeta, del Siervo, del Justo, del Santo, del H i j o del H o m b r e o del H i j o de D i o s —expresiones que pueden entenderse de manera metafórica—, sino en la figura del Logos divino, que i n - troduce la pluralidad en el seno mismo de la d i v i n i d a d2 3.

23 «Oírte decir que ese Cristo es Dios, ha preexistido antes de los siglos —le hace decir Justino a Trifón—, puesto que ha consentido en hacerse hom- bre y nacer y que no es hombre de entre los hombres, eso me parece no sólo paradójico, sino también insensato» (Diálogo, 48.1).

S i n duda, los cristianos, seguros de ostentar la p l e n i t u d de la verdad revelada, no se sienten en absoluto amenazados p o r la ar- gumentación judía, c o m o tampoco por la argumentación filosó- fica. Pero no deja de ejercer una influencia profunda: recuerda a los cristianos que no deben confundir o poner en un m i s m o plano los libros bíblicos y los de los filósofos y los poetas, sino que deben considerar a los primeros c o m o sus verdaderos libros fundadores y distinguir entre los diversos modos de inspiración (la formación de un N u e v o Testamento será una respuesta a esa exigencia); les obliga a mantener esos libros bíblicos en su inte- gralidad y su integridad, así c o m o a profundizar y afirmar tanto sus métodos de exégesis (lo que hará Orígenes c o n el b r i l l o que le conocemos) c o m o la argumentación propiamente tipológica (es decir, basada en las Escrituras); les presiona para que consi- gan u n a concepción del engendramiento del H i j o monógeno, después del Espíritu, que no ponga en entredicho al monoteísmo; en resumen, Ies recuerda que su vector p r i m a r i o es realmente el vector semítico.

C r i s t i a n i s m o y escuelas internas

Más delicada es la confrontación que se i n i c i a entre las es- cuelas que se m u l t i p l i c a n en el seno del m o v i m i e n t o cristiano. Su m u l t i p l i c i d a d es u n a realidad perfectamente establecida, c o m o también está perfectamente establecido que n i n g u n a se sentía d i - sidente en relación c o n las otras o en relación c o n alguna «Gran Iglesia». ¡Ninguna se decía cismática, hereje, mentirosa o diabó- lica! Ni las escuelas gnósticas ni las de Justino, de Clemente o de Orígenes. «Sea cual fuere la perspectiva elegida, teológica o m o - ral, escribe A l a i n Le B o u l l u e c — q u e repite las conclusiones de K. K o s c h o k e — , los gnósticos cristianos no quieren proclamar una doctrina radicalmente diferente de la de la Iglesia; pretenden superar u n a interpretación l i m i t a d a del Evangelio con el fin de acceder a un significado superior»2 4. C o m o en filosofía, en que

cada cual podía abrir u n a escuela y proponer su visión intelec- tual, cada fundador de una hairesis cristiana estimaba que actuaba legítimamente, al igual que podía estimar que el sistema que edi- ficaba era superior al de los demás, porque se beneficiaba de una revelación más elevada que la de los demás.

N o obstante, u n a tendencia contraria — y n o u n a escuela p a r t i c u l a r — se expresó igualmente desde un p r i n c i p i o y ter- minó imponiéndose, descalificando a u n a parte importante de las escuelas —pero sin eliminarlas totalmente ni i m p e d i r la creación de otras nuevas—, v o l v i e n d o en p r i n c i p i o de descali- ficación lo que hacía justamente su legitimidad, la de ser haireseis: hizo pasar a las haireseis —«escuelas (legítimas) de pensamiento»— por «herejías», escuelas de falsedad y de mentira, inspiradas no p o r D i o s sino p o r el d e m o n i o , padre de la m e n t i r a y del error.

Para conseguirlo, esa tendencia se basó en la noción de dia- doché, de «sucesión». La i m p o r t a n c i a de ésta ha sido subrayada y analizada c o n m u c h a finura por A l a i n Le B o u l l u e c en el m a - gistral estudio que ha hecho de la noción de herejía en la litera- tura griega y en la que muestra c ó m o el término hairesis pasó de su significado de «escuela de pensamiento» a «herejía». D o s aspectos interesan de manera especial a nuestros planteamientos. El primero es el uso polémico del término. La noción de diadoché se utiliza en todas las escuelas, gnósticas o n o , para justificar la autenticidad de sus doctrinas y negar las de los de- más. El argumento sirve incluso para desacreditar a las escuelas propiamente filosóficas, ya sea tratando c o n m i r a m i e n t o a sus fundadores, c o m o lo hace Justino, ya sea para condenarlas to- talmente, c o m o lo hace Ireneo. Si algunas «escuelas de pensa- miento», haireseis, se consideran c o m o «herejías», «escuelas de mentira», es porque el origen de donde derivan p o r sucesión no es auténtico.

A ese uso polémico se le opone p o r parte de Justino e Ireneo la autenticidad de la diadoché apostólica, de la verdadera suce- sión, autenticidad de u n a naturaleza particular, puesto que las escuelas calificadas de herejes p o r Justino e Ireneo reivindican para ellas también la sucesión apostólica. A l a i n Le B o u l l u e c dice incidentalmente que Justino era «portavoz del partido eclesiás-

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t i c o »2 5. Ireneo, por su lado, exige que, si se lleva un trabajo de i n -

vestigación, se haga «concordar c o n el sistema de la fe», «synoi- keioun tèi tés písteos hypothesei» (Contra las herejías, I, 10,3). En efecto, debemos distinguir dos tipos de tradición: la de las es- cuelas propiamente dichas y la de las Iglesias. Estas últimas —que es mejor nombrar en plural, pues el singular, en la época, es una idea de la mente— no desaparecen en beneficio de las «escuelas». Al contrario, continúan incrementándose y multiplicándose. A d e - más, sin ellas, las haireseis cristianas no hubiesen existido.

De f o r m a regular, m a n t i e n e n sus asambleas en las que p r o - c l a m a n la Palabra de D i o s , c o n lectura de las Escrituras y la homilía. No son informales, sino estructuradas y gobernadas, aunque no lo sean todas de la m i s m a manera. Les caracteriza u n a doble diadochè: u n a que se refiere a la herencia semítica eristica, centrada alrededor de la proclamación escrituraria; la otra, se refiere a la sucesión de las diversas responsabilidades en el i n t e r i o r de cada c o m u n i d a d (epíscopos, presbíteros, diá- conos, profetas...). La p r i m e r a puede identificarse c o n lo que hemos v e n i d o l l a m a n d o el vector semítico en su versión cris- tica. No es u n a «doctrina» en el sentido fuerte d e l término. No obstante, t a m p o c o es p o r ello inconsistente e incoherente. Se fundamenta en textos claros y, p o r m e d i o de la proclamación escrituraria, p r o p o n e un c o n o c i m i e n t o f o r m a d o de esos textos y de la historia.

La segunda diadochè no es directamente de orden doctrinal, pero le concierne, en la m e d i d a en que su función consiste en cuidar de la permanencia de la c o m u n i d a d eclesial, de su unidad y de su cohesión. La asamblea litúrgica y la proclamación escri- turaria dependen de su responsabilidad. Así pues, cuando los es- critores cristianos, entre los que un «maestro» c o m o Justino, ape- lan a la diadochè auténtica, es a ese vector semítico e institucional al que apelan. De p r o n t o , el criterio de verdad ya no es de orden epistemológico, sino de orden institucional. O, más bien, criterio epistemológico y criterio institucional se identifican uno a otro:

la Verdad (= la Palabra de D i o s ) llega hoy a los hombres porque un único canal institucional asegura —gracias a la proclamación escrituraria— su transmisión desde D i o s , pasando por Moisés, los Profetas, C r i s t o , los Apóstoles y sus sucesores hasta los que, hoy, desempeñan el cargo de d i r i g i r cada c o m u n i d a d .

Las Iglesias son el único lugar verdadero en que la Palabra de D i o s se expresa, se revela y se comenta de forma auténtica2 6. Las

escuelas y su edificio doctrinal ni se excluyen ni se prohiben, pero c o n la condición —puesto que dependen del vector griego— de mantenerse sometidas al vector semítico. Sólo serán aceptadas por la c o m u n i d a d si, p o r ejemplo, mantienen la integridad de las Escrituras, si proponen explicaciones que salvaguarden su inter- pretación proclamatoria, si desarrollan teologías y cristologías que no cuestionan esa interpretación, sino que, por el contrario, la sostienen y la explicitan.

Ese desplazamiento del criterio de verdad sobre el vector se- mítico e institucional — l o que viene definido p o r la o r t o d o x i a — fue un serio frenazo a la dinámica intelectual que conocían en- tonces las Iglesias y las escuelas cristianas. Los «maestros» cristia- nos desaparecieron. Su función será pronto asumida por el que se iba a convertir al m i s m o tiempo en garante de la diadoche apos- tólica: el obispo. La enseñanza, en forma de catequesis, se elaboró igualmente bajo su dirección, e incluso, en p r i n c i p i o , lo asumía c o m o asunto propio. Igualmente, se iba extendiendo — c o m o en filosofía y c o m o en otros ámbitos— una especie de koiné teoló- gica, una especie de lengua común que buscaba el asentimiento del mayor número posible y basándose pues en el mínimo de-

26 Comprendemos, por consiguiente, que si, con ese criterio, se podía des-