En la dimensión económica de la metapsicología, Freud (1920) sitúa los dos principios: el de placer y el de realidad y el fracaso de estos con la compulsión a la repetición. El principio del placer está al servicio de buscar de manera permanente la satisfacción de la pulsión con el fin de aliviar la tensión, la carga energética ligada a la
pulsión, a través del encuentro del placer. La tensión que produce la no satisfacción del deseo, de la pulsión, genera displacer por los altos niveles de excitación de lo psíquico; así que el principio del placer insiste en la liberación de dicha carga en el encuentro directo de la acción del impulso. El principio del placer es propio del nacimiento aunque permanezca a lo largo de la vida, regulado por su contraparte, el principio de realidad.
“Hemos resuelto relacionar el placer y el displacer con la cantidad de excitación existente en la vida anímica, excitación no ligada a factor alguno determinado, correspondiendo el displacer a una elevación y el placer a una disminución de dicha cantidad”. (Freud, 1920, p. 2507)
El principio del placer es considerado como una derivación de la constancia de la energía, ya que todo aumento exacerbado de su excitación empieza a sentirse displacentero y, por lo tanto, disfuncional. Este principio busca la estabilidad de la carga interna del aparato psíquico a través de la liberación cuando aparece el exceso.
A medida que el sujeto se va desarrollando, el contacto con la realidad va generando frustración y con ello la aceptación de la renuncia a la omnipotencia infantil que hacía creer en la posibilidad de satisfacer de manera inmediata todos los impulsos que se sintieran. El principio de realidad empieza a señalar para el sujeto el aplazamiento de su satisfacción y, en algunos casos, la imposibilidad de satisfacer de manera directa la descarga de la pulsión (dando lugar a la represión). Esta posibilidad de la espera permite la regulación de la tensión que antes resultaba intolerable para el sujeto y la capacidad de aplazar la satisfacción o de encontrar vías de contacto con la realidad por las cuales pueda descargarse de manera aceptable para el medio social en el que se encuentra el sujeto.
“Bajo el influjo del instinto de conservación del yo queda sustituido el principio del placer por el principio de la realidad, que, sin abandonar el propósito de una final consecución del placer, exige y logra el aplazamiento de la satisfacción y el renunciamiento a algunas de las posibilidades de alcanzarla, y nos fuerza a aceptar pacientemente el displacer durante el largo rodeo necesario para llegar al placer”. (Freud, 1920, p. 2509)
Freud señala en Más allá del principio del placer (1920) que la búsqueda del placer no queda solo ligada a los acontecimientos y realizaciones del placer, sino también a la realización de eventos que podrían considerarse en primer término displacenteros y que en el ejercicio de llevarlos a realización por sí mismo, encuentra un placer de un orden distinto pero más directo. Es el ejemplo que retoma del Fort-da, en el que un niño cuya madre se
ausenta de él, empieza a jugar con un carrete que lanza lejos de sí diciendo “Fort” y que trae de nuevo hasta él diciendo “Da”. El displacer sentido por el niño ante la ausencia de su
madre, se repite de manera representativa a través del lanzamiento del carrete lejos de su presencia; sin embargo, el niño encuentra el placer en el ejercicio mismo de ubicarse como un sujeto que domina la situación, pasando de un lugar pasivo de la acción de la ausencia a un lugar activo de la provocación de la desaparición y la reaparición, en este caso del carrete. El placer es hallado en el ejercicio de “hacer desaparecer” lo que está presente y contar con “la omnipotencia” de hacerlo aparecer de nuevo.
La compulsión a la repetición, situada por Freud en este mismo trabajo, es la relación que se establece entre los dos principios a partir de lo que ha sido reprimido por derivación de la configuración del principio de realidad, que exige a lo psíquico no liberar el placer de cualquier manera en el momento en que aparece la pulsión. El principio de placer insiste, a pesar de dicha represión, en la descarga pulsional y lleva al yo, en el principio de realidad, a repetir una y otra vez las situaciones displacenteras, en el sentido de no tolerar el exceso de energía, dando lugar a la liberación de la carga pulsional, sin poder sentirse en el orden mismo del placer1.
La conciencia capta la excitación de los estímulos externos y a su vez de los internos. Ante los externos, las opciones de acción con el fin de evitar o afrontar los estímulos son variadas y se pueden describir, por ejemplo, en términos del escape, en los casos en que la estimulación produce displacer. Pero cuando se trata de la excitación interna, el sujeto queda en la imposibilidad de escapar, buscando retornar a estados anteriores de ser por medio de lo que ya se señaló como repetición. Las estimulaciones internas que manifiestan esta tendencia las llamará Freud instintos:
“Un instinto sería, pues, una tendencia propia de lo orgánico vivo a la reconstrucción de un estado anterior, que lo animado tuvo que abandonar bajo el influjo de fuerzas exteriores, perturbadoras”. (Freud, 1920, p. 2525)
Partiendo de esta noción, Freud establecerá en este documento dos tendencias en los instintos: los del yo y los sexuales. Los primeros se tomarán como aquellos que buscan
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Pareciera que el objeto que satisface como tal, se pierde en el texto de Freud. El centro está en las instancias y la dinámica de la pulsión y no en las características y actuar del objeto que satisface. Parece perderse la interrelación entre el yo y el objeto. Situación contraria a la de los historiales clínicos donde los objetos de cada uno de los pacientes (Juanito, Dora, El hombre de los lobos, El hombre de las ratas, Leonardo, Schreber) están siempre presentes.
retornar al organismo vivo a su estado inanimado, en el sentido de la conservación del estado inicial de la materia, mientras los segundos serán considerados como aquellos que intentan revivir el momento mismo de la creación de la vida, la manifestación de la reproducción vital. Sin embargo, esto parece no convencerlo del todo.
Reconoció que aquella posibilidad libidinal que atribuía a los instintos sexuales en la unión y búsqueda con el objeto, también ocurría en el narcisismo con el propio yo, al que había atribuido, totalmente, los instintos de destrucción. Fue necesario replantear entonces el concepto de los instintos del yo como equiparados a la tendencia de retorno a lo inanimado, ya que también cohabitaban instintos libidinosos que buscaban el investimento
objetal, el “Eros” como lo llamó. Es así como llegó a la definición, entonces, de los
instintos de vida (que incluiría los sexuales manifiestos con el objeto y también con el yo) y los instintos de muerte, como aquellos ligados a la destructividad.
En El yo y el Ello (1923) lo resume de la siguiente forma:
“Basándonos en reflexiones teóricas, apoyadas en la Biología, supusimos la existencia de un instinto de muerte, cuya misión es hacer retornar todo lo orgánico animado al estado inanimado, en contraposición al Eros, cuyo fin es complicar la vida y conservarla así, por medio de una síntesis cada vez más amplia de la sustancia viva, dividida en particular. Ambos instintos se conducen en una forma estrictamente conservadora, tendiendo a la reconstrucción de un estado perturbado por la génesis de la vida; génesis que sería la causa tanto de la continuación de la vida como de la tendencia a la muerte. A su vez, la vida sería un combate y una transacción entre ambas tendencias”. (Freud, 1923, p. 2717)