Había en Israel, en los siglos que precedieron al nacimiento de Jesús, di- versos tipos de apocalíptica. Por otra parte, la apocalíptica cristiana es una reformulación pascual (fundada en Je- sús) de algunos temas básicos de la apocalíptica judía. Por esas y otras ra- zones, resulta difícil resumir en un es- quema los elementos básicos de la apo- calíptica. De todas formas, podemos evocar algunos de ellos:
(1) Ángeles y demonios. En sí mis- mos, ángeles y demonios pertenecen al sustrato general del judaísmo de ese tiempo, pero sólo han recibido un de- sarrollo sistemático y una función esencial (destructora y salvífica) en la visión apocalíptica de la realidad. De ella seguimos dependiendo todavía. Resultaría fascinante penetrar en la selva ordenada de ángeles y demonios, interpretando su sentido, catalogando sus nombres y funciones, en camino cultural y religioso que nos llevaría, desde la apocalíptica judía, a través de las sistematizaciones patrísticas cristia- nas, de tipo helenistas (Pseudo-Dionisio: «De Coeleste Hierarchia») y de las apor- taciones del islam, hasta las grandes obras literarias de los maestros del me- dievo o de la modernidad (Dante, Mil- ton, Dostoievski).
(2) La supremacía del pecado. Par- tiendo del pecado angélico, vinculado a la violación sexual y a la violencia mili- tar, los apocalípticos han podido ofrecer un fuerte catálogo de pecados de tipo le- gal y ritual. Algunos textos apocalípticos han condenado la riqueza, entendida como fuerza destructora del ser huma- no, y han combatido también el desor- den sexual, vinculado a la misma caída angélica (cf. especialmente 1 Hen 37–71; Test XII Pat). En general, la ética apoca- líptica tiende a ser antimundana, conde- nando como pecado los goces y conquis- tas de la historia, pues se encuentran vinculados a los triunfadores del siste-
ma político o social injusto que domina sobre el mundo.
(3) Interpretación de la Ley. ¿Nuevas leyes? El descubrimiento de los pesher (comentarios bíblicos) de Qumrán nos ha ayudado a comprender el gran es- fuerzo hermenéutico de los apocalípti- cos que han querido reinterpretar, aplicándolas a su tiempo, las tradicio- nes protohistóricas o patriarcales (di- luvio) y las promesas proféticas (por ejemplo las de Habacuc). En general, los apocalípticos han querido ser fieles a la historia antigua, pero la han rees- crito desde su propia perspectiva (1 Hen 83–90; Jub, etc.). También han sido fie- les a la Ley del Pentateuco, pero han tenido la libertad de reinterpretarla (cf. Rollo del Templo, de Qumrán). Pa- ra los maestros de la Misná (siglo II y III d.C.), la Ley es ya un libro cerrado, que se puede interpretar, partiendo de las tradiciones, pero no cambiar. Los apocalípticos, en cambio, se sintieron aún capaces de recrearla, dándole sen- tidos nuevos.
(4) Vida de los justos y elegidos. Plano ritual y cultual. Dentro de los apocalíp- ticos han podido existir y han existido formas distintas de entender y de cum- plir la Ley. Parece que, en general, ellos han sido más estrictos que los otros grupos judíos en el cumplimiento de las normas rituales de pureza. Eso les ha llevado en algunos momentos a ruptu- ras interiores y exteriores: algunos, co- mo los de Qumrán, se han separado del resto del judaísmo, abandonando el mismo culto oficial del templo, por considerarlo impuro y no ajustado a los ritmos astrales de las celebraciones im- puestas por Dios. Quizá pudiéramos decir que los apocalípticos vinculan una fuerte experiencia visionaria (co- nocen los secretos de Dios), que les ha- ce autónomos, en sentido interior, con un intenso nomismo, de tal manera que han corrido el riesgo de acabar cayendo en una fuerte obsesión legal.
(5) Vida de los justos y elegidos. Pla- no ético. El ritualismo legalista (codifi- cado en textos normativos muy preci- sos) no es más que un elemento de la ética apocalíptica. Los apocalípticos, elegidos de Dios, se sienten llamados a practicar el bien, conforme a los prin- cipios de la ética judía. Es normal que evoquen y preparen un tiempo nuevo de reconciliación interhumana, vincu- lada a la curación de los enfermos y a
la libertad de los presos (temas de la tra- dición judía del jubileo). Pero, al mis- mo tiempo, la urgencia ante el tiempo final les ha llevado a vivir en actitud de fuerte desprendimiento y de intensa apertura hacia los justos. Se ha dicho que en el fondo de su opción ética si- gue habiendo un fuerte dualismo, que llevaría a amar a los buenos y odiar a los malos, con las consecuencias per- sonales, sociales e incluso bélicas que eso supone y que han suscitado el re- chazo de Jesús (cf. Mt 5,43-48); pero ése no es un tema exclusivo de la apo- calíptica, sino que, en formas diversas, ha influido en todos los estratos del ju- daísmo de aquel tiempo. Otro elemen- to al menos parcialmente negativo de la ética de los apocalípticos sería la mi- soginia: ellos han elaborado una ética para varones «que no se han mancha- do con mujeres», como de forma ex- trema ha formulado Ap 14,4.
(6) La oración apocalíptica. Los apo- calípticos se sienten capaces de elevar- se hasta un Dios lejano, en fuerte para- doja antropológica. Se ha dicho que son pesimistas y pueden serlo. Se ha dicho que pueden sentirse abandona- dos de Dios, y quizá es cierto. Pero, al lado de todo eso, la apocalíptica judía nos ha legado algunos de los testimo- nios más hermosos de plegaria de la tradición judía, tanto en los añadidos griegos de Dn como, y sobre todo, en los Salmos de Qumrán (1QH). Dentro de este contexto han de situarse tam- bién los himnos y cantos del Ap, que pueden interpretarse como libreto li- túrgico de una comunidad de perse- guidos que cantan a Dios desde el hor- no ardiente donde han sido arrojados por los perseguidores (como en Dn 3). (7) Predestinación. Es un tema que se encuentra unido a la visión astronó- mica y a la teoría de los dos espíritus. La suerte de los hombres y mujeres (de los pueblos y de la humanidad en su conjunto) se halla escrita en unos Li- bros celestiales, vinculados al orden de los astros. Por otra parte, los dos espí- ritus dominan y dirigen la vida de los seres humanos, que corren el riesgo de aparecer como autómatas, dirigidos desde arriba, sin libertad ni autono- mía. Pues bien, en otro nivel, ellos, los apocalípticos, se sienten autónomos: están iluminados por la sabiduría de Dios (son sabios, maestros...), son vo- luntarios, al servicio de la causa del
bien. Por un lado, todo está ya escrito y decidido, fijado y sellado, para que se cumpla en su tiempo oportuno. Pero, al mismo tiempo, Dios pide a los hom- bres una respuesta de libertad, para que acojan su palabra y respondan a su petición. Pero este tema (dificultad para relacionar predestinación y liber- tad) no es exclusivo de los apocalípti- cos judíos. También podemos hallarlo y lo hallamos en un (apocalíptico) cris- tiano como Pablo (cf. Rom 9–11) y de un modo especial en el Corán de los musulmanes.
(8) Los cómputos de la historia. To- do nos permite suponer que los apo- calípticos han contado y fijado la his- toria, buscando apasionadamente los tiempos de cumplimiento de la prome- sa de Dios. Sólo desde ese trasfondo se entiende el libro de las Visiones/Sue- ños de 1 Hen 83–90, lo mismo que la fi- jación de las semanas de Jub o los cómputos de Dn 9. También podemos suponer que los elegidos de Qumrán, inspirados por las revelaciones del Maestro de justicia, han mantenido di- versas concepciones sobre el fin cerca- no (inminente) de los tiempos; la espe- ranza de ese fin cercano les ha llevado al desierto, donde se mantienen en ac- titud de combate interior, como indica el Rollo de la Guerra. En una perspecti- va semejante se sitúa Jesús y/o la pri- mitiva comunidad cristiana que ha for- mulado dichos como Mc 9,1 («algunos de los aquí presentes no morirán hasta que vean venir al Hijo del Humano...»), lo mismo que Pablo y el autor del Apo- calipsis cristiano (Ap). Parece que la esperanza del fin inminente es un ele- mento importante de la experiencia apocalíptica.
(9) Mesianismo. Es difícil catalogar todas las figuras mesiánicas de la apo- calíptica, empezando por un Hijo de David, rey histórico (que aparece en los Salmos de Salomón y en varios textos de Qumrán y de los Test XII Pat), has- ta culminar en la visión de Dios mismo como Mesías verdadero (Oráculos Si- bilinos). Sería importante distinguir y vincular los ángeles supremos (Mi- guel) con los héroes mesiánicos, que revelan la verdad final y simbolizan y/o realizan la salvación (Hijo del Huma- no, Henoc, Melquisedec, Noé) y con los escribas y visionarios que reciben las revelaciones divinas (Esdras, Ba- ruc, etc.). Habría que precisar la rela-
ción de esas figuras con un determina- do grupo social: ¿se puede hablar de un grupo de Henoc, de unos fieles de Mel- quisedec...? Éste es un campo que, a mi juicio, sigue abierto y que tiene gran importancia para fijar el sentido del grupo de Jesús, es decir, de los cristia- nos que interpretan a su Maestro como Mesías apocalíptico definitivo.
(10) Símbolos fundantes. La apoca- líptica es una literatura de imágenes. Más que con argumentos, opera con símbolos. Sería bueno que pudiéramos trazar un mapa apocalíptico de imá- genes, clasificándolas por grupos se- mióticos, pero ello requeriría un traba- jo mucho más extenso. Entre las más utilizadas están algunas que se han hecho muy comunes en la tradición de Occidente: ángeles y demonios (con sus nombres y funciones), personajes míticos y mesiánicos, figuras revelado- ras, símbolos animales (toro, caballo, águila, oveja...), signos bestiales (fie- ras, escorpiones), símbolos humanos (Mujer, Novia, Madre, Anciana; Varón, Joven, Guerrero...). Muchos de estos símbolos pertenecen a la historia pro- fética (Ciudad, Árbol de la Vida, Paraí- so, etc.). Sin un conocimiento básico de sus códigos simbólicos, resulta im- posible conocer el mensaje de la apo- calíptica.
(11) Guerra final. Un elemento im- portante de la simbología e historia