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Chapter 2: Sales Force Integration in New Product Development – A Project-Level

2.3 Hypothesis Development

2.3.1 Hypotheses on Main Effects

Una vez lograda la independencia, la lucha armada se identificó directamente como el medio que les había llevado a la victoria, convirtiendo la lucha en la primera gesta nacional y a los fundadores y guerrilleros de la FRELIMO en héroes. Los líderes militares pasaron así a adquirir el estatus de dirigentes y a ser identificados por el pueblo desde el carácter mítico de los grandes líderes y de los heroicos jefes tribales del pasado. Hoy en día aún es común oír historias sobre las características sobre-humanas de los principales héroes de la independencia, rumores en los que se cuenta cómo Samora Machel (primer presidente de Mozambique) mató un cocodrilo con sus propias manos, cómo iba sin guardaespaldas porque no había hombre que pudiera vencerle en el cuerpo a cuerpo, o las versiones sobre la simbólica muerte del intelectual Eduardo Mondlane (fundador de la FRELIMO) asesinado con un libro-bomba. Pero todo este misticismo y carácter heroico de los revolucionarios, poco a poco se fue ensombreciendo para una parte de la población que veía que la aplicación práctica de esos ideales no se correspondía con el sueño de independencia que ansiaban. Así, lo que en un principio representó el consenso y la nueva libertad, una vez extinto el colonialismo, fue criticado por una parte de la población según se iban desarrollando los proyectos revolucionarios. Se produjeron incluso numerosas bajas dentro de las filas de la FRELIMO, de todos aquellos que apoyaban el partido como forma de lucha, pero no como forma de gobierno (para un ejemplo ver Cuamba 1998: 75)

La política del nuevo Estado basó su intervención en aquellos puntos que les parecían más urgentes: por un lado la unidad y diferenciación nacional y política frente a los países capitalistas del entorno; por otro la ruptura con las estructuras de poder tradicionales y coloniales y su sustitución por un nuevo orden. Por último, comenzar la revolución verde que modifique los sistemas de producción garantizando una producción estatal y un excedente que evite periodos de escasez.

Tras la independencia una inmensa mayoría de la población continuaba viviendo en el campo, a pesar de que la ciudad fuera tomada por los trabajadores que se habían agolpado en los suburbios en el tiempo colonial. Por tanto, los objetivos se concretaban en la imposición de un nuevo orden rural que permitiera el control y la militancia política dentro del régimen y aumentara la producción agrícola produciendo un excedente para el estado.

En el nuevo orden rural la teoría distinguía varios escalones de poder en los cuales el poder perteneciente a la masa se ejerce democráticamente en todos esos niveles.

- En el escalón inferior estaba el “círculo” al que pertenecían entre unas decenas y unas centenas de personas dependiendo de la densidad poblacional de la zona. Este círculo posee determinados miembros que han sido elegidos como secretarios y que dirigen las reuniones.

- Cada localidad está compuesta por varios círculos y es dirigida por el “Consejo de Localidad”, que está formado por representantes de los secretariados de los círculos, y el “Comité de Localidad” que es elegido por el Consejo de Localidad para la dirección y gobierno de la localidad y de todas las actividades que se realizan en ella.

- Por encima de la localidad se sitúa el distrito que posee un “Consejo Distrital” que designa un “Comité Distrital” que engloba ciertos representantes de las localidades y una serie de responsables de diferentes sectores (educación, sanidad, comisario político, comercio…).

- El último escalafón corresponde a los poderes provinciales: el “Consejo Provincial” y “Comité Provincial” que también tiene representantes por áreas. El gobierno provincial es dirigido por el Secretario Provincial (designado por el Comité Central de la FRELIMO) y su adjunto (nombrado por el Departamento de Defensa y es el máximo responsable del ejército en la provincia).

Con este esquema se suprimía totalmente el poder de los régulos y se rompía con el orden político tradicional. En un primer momento, se hicieron votaciones a mano alzada dentro de los círculos locales en los que la FRELIMO recibió gran apoyo de la mayoría de la población ya que el fin de los regulados significaba el fin de los tributos y de los impuestos y la ruptura con un orden social vinculado al colonialismo. Así mismo, significaba un cambio de poderes que era esperado por jóvenes y mujeres especialmente. Con estas movilizaciones la FRELIMO consiguió una rápida legitimidad en detrimento del poder tradicional que era humillado y relacionado con el colonialismo. Pasó a instaurar secretarios locales formando un funcionariado vinculado al partido a la vez que al pueblo desde los que podía ejercer su control de una manera más efectiva y económica:

“Las autoridades tradicionales que habían tenido algún prestigio y un grado de aceptabilidad, fueron sustituidas por nuevas instituciones. Los nuevos jefes eran personas jóvenes educadas convencionalmente. Eran elegidos principalmente porque podían leer y explicar la nueva filosofía del gobierno.” (Covane 2001: 257).

Este cambio a nivel político no vino aisladamente, sino acompañando y explicando una nueva manera de concebir la vida rural en la que se incentivaba la producción cooperativa y se agrupó a las personas que habían vivido tradicionalmente en hábitat disperso en aldeas comunales bajo nuevas leyes de vecindad y ocupación del espacio físico. Muchas familias fueron desplazadas abandonando sus tierras tradicionales para ocupar nuevas tierras que a menudo habían pertenecido a otros agregados familiares y que ahora comprendían parte de las tierras de una aldea que agrupaba a las familias de la zona. La razón política de tal desplazamiento residía en una mayor accesibilidad a los servicios y a los recursos, y la implementación de una agricultura extensiva en las zonas más fértiles de las que los nativos eran desplazados. Así, se aprovecharon las inundaciones de las vacías del Limpopo y del Incomati de 1977 para desalojar todas las familias de los valles en los que estaban acostumbrados a convivir con crecidas que aseguraban la fertilidad de sus campos para llevarlos a aldeas en las colinas vecinas en un tiempo record. A principios de los 80 el plan de emergencias ante una fuerte sequía en la provincia de Inhambane sirvió como impulso definitivo para la instauración de las aldeas en todo el sur y en definitiva en todo el país. Yáñez Casal califica la formación de las aldeas comunales como un movimiento continuo e improvisado que no tenía en cuenta las condiciones materiales y sociales del mundo rural pero que continuó siendo la principal estrategia de desarrollo (Yáñez Casal 1996: 123).

Todo este desplazamiento de población con el fin de socializar en valores, manera de vivir, de producir, de entender el espacio y la vecindad, supuso una gran diferencia con las estrategias seguidas tradicionalmente, instauradas durante siglos de cambios y adaptaciones. Las condiciones tras la independencia habían modificado en pocos años un sistema instaurado y asumido por generaciones, por lo que no es extraño que ambos ideales coexistieran y aún coexistan, sin que la unificación en aldeas comunales y la nueva mentalidad productiva, laica y de partido hubiera conseguido romper con el pasado

más allá de establecer una cierta dualidad:

“Relaciones entre sistemas políticos y sistemas agrarios; entre imperativos macroeconómicos y recursos locales; entre una sociedad “nacional” dominada por jerarquías y desigualdades y las sociedades rurales dominadas por círculos alternativos de poder, de solidaridades y de divisiones rudimentarias; relaciones entre una dinámica socioeconómica externa, de modernidad y de transformaciones funcionales y una dinámica interna, lenta y reproductiva.” (Yáñez Casal 1996: 12)

De hecho, había muchas ocasiones en que se ignoraba el poder estatal y se seguía recurriendo a las instituciones tradicionales, quedando el estado muy al margen de unos campesinos que intentaban perpetuar su modo de vida en los nuevos espacios viviendo al margen de las iniciativas estatales. Esta resistencia no fue violenta, ni siquiera supuso una rebeldía o crítica del gobierno, sino que el gobierno era tenido como un pedestal lejano que no influía en su día a día una vez que estaban reubicados en los nuevos asentamientos. El “lejano” mundo rural tenía sus propias estrategias, dinámicas y capacidades productivas, reproductivas y sociales que no modificarían rápidamente un nuevo tipo de urbanización y la presencia esporádica del gobierno.

Sin embargo estas aldeas formaban parte de una idea de desarrollo, descentralización y control estatal, y fueron concebidas desde la macroeconomía estatal sin tener en cuenta la base de partida. La economía familiar sufrió las consecuencias de la nueva ubicación espacial, ya que los campos de cultivo que antes se extendían alrededor de la casa, ahora estaban a grandes distancias, teniendo que caminar de media más de una hora hasta las tierras de labor. En la disposición tradicional del espacio se tenía en cuenta la capacidad del ecosistema en relación con los miembros que ocupaban dicho espacio, fundando otra casa en otro lado en caso de que se rebasase dicha capacidad. Con las aldeas comunales todo exigía desplazamiento y agrupación, desaparecían los espacios de bosque en que pastaba el ganado, se cazaba y se cogía leña y frutos, teniendo como consecuencia una considerable deforestación en la construcción de aldeas.

A nivel social la nueva ubicación también influyó las relaciones: mientras que tradicionalmente el “muti” englobaba a toda la familia extensa en una parcela amplia con diferentes casas y estructuras, con las aldeas, las parcelas se limitaban a un espacio entre cuatro y cinco veces inferior concebido para una familia nuclear. Además, una disposición determinada de las casas con fines funcionales obviaba las creencias y el orden tradicional. En ocasiones, el aislamiento en unidades nucleares, provocaba que en algunos hogares sus miembros fueran incapaces de producir por encima de sus necesidades alimenticias. La necesidad de construir letrinas dentro de la parcela que compartieran hombres y mujeres de todas las edades, supuso una repugnancia inicial para una población acostumbrada a defecar en la floresta y que con la nueva concentración poblacional esta práctica acarreaba serios problemas de salud.

En general, cada aspecto de la vida de las poblaciones de todo el país se vio afectado por las nuevas disposiciones que uniformizaban y contrastaban con las costumbres locales intentando establecer nuevas relaciones a todos los niveles:

“En las aldeas comunales se esperaba que el orden social, basado en las relaciones de parentesco, fuese sustituido por el orden social basado en las relaciones de vecindad impuestas por la nueva distribución espacial; pero los fundamentos de esa transformación física eran débiles y cargados de ambigüedades, siendo objeto de relaciones estratégicas por parte de los aldeanos. Las nuevas relaciones de solidaridad no llegaron a ser recreadas, lo que provocó muchos casos de penuria y aislamiento, sobre todo entre viejos y enfermos.” (Yáñez Casal 1996: 112).

Por otra parte la construcción de fuentes de agua potable, el acceso a la medicina occidental y la construcción de escuelas acercando la educación y todas sus posibilidades al grueso de la población, eran proyectos que iban creciendo, así como el comercio en las zonas rurales que hacía creer en ese despertar de la economía que pretendía el gobierno socialista en sus primeros años. Así nos lo relata un informante:

“En los primeros tiempos de la independencia el país estaba cambiando a mejor, porque era cuando el estado estaba preocupadísimo en desarrollar el país… Yo lo digo con franqueza, esa es mi percepción. El estado estaba fuertemente obligado, se sentía en la obligación de desarrollar el país. Estaba invirtiendo mucho dinero, en la agricultura, invirtió mucho.” (16)

El otro gran proyecto rural que se complementaba con el de las aldeas comunales, era el de desarrollar una agricultura extensiva en amplios territorios de explotación estatal o por medio de cooperativas. Uno de los grandes proyectos que se llevaron a cabo en el sur de Mozambique fue la ampliación de la irrigación por canales desviados del rio Limpopo a la planicie de Chokwé entre otras regiones, aumentando una infraestructura surgida en el tiempo colonial y gestionando las tierras de regadío a través de una empresa estatal. Así mismo se promovieron las cooperativas en cada aldea y se invirtió en nuevas tecnologías. Mediante pactos con países socialistas se consiguió el desarrollo de infraestructuras y la formación y llegada de profesionales que dirigieran los proyectos agrícolas. (Ver fotografía 2)

Sin embargo esa inversión no tuvo en los primeros años las grandes consecuencias que explicasen esos cambios radicales en el país. La falta de libertad no era justificada por una situación económica que continuaba parecida a pesar de los grandes intentos de reforma. Las leyes del partido prohibían prácticas como el consumo de alcohol que estaban arraigadas en la población desde su fomento en el tiempo colonial y, en general, controlaban limitando casi cualquier aspecto de la vida cotidiana de una manera paternalista.

Pero además, el control de la vida cotidiana no se limitaba a la producción o la novedosa distribución del espacio con el fin de acomodar la vida al ideal del partido, sino que además se declaró el estado laico imponiendo restricciones a los cultos y condenándose determinadas prácticas.

Todo este control estatal no obtuvo sin embargo sus frutos. La ubicación de la población en aldeas liberó a muchos de la autoridad familiar que estaba siempre presente en el hábitat disperso y, a pesar de las prohibiciones, son varios los informantes que afirman que la libertad respecto a la familia se transformó en muchos casos en un libertinaje que difícilmente podía controlar el estado por medio de leyes. Así el orden pretendido en el campo no se llegaba a alcanzar nunca debido a la falta de adecuación de los movimientos a las circunstancias reales por partir de una base teórica que no tenía en cuenta el punto de partida. La lucha revolucionaria se perpetuaba no por una manifiesta oposición interna (que por otra parte empezaba a fraguarse) sino por la dificultad en la imposición de un modelo que no se correspondía con la libertad que el pueblo suponía cuando se erigió como dueño de su destino. La revolución verde no estaba dando los frutos esperados a pesar de la gran inversión que se hizo.

La emigración seguía siendo un complemento a la economía de subsistencia y, a pesar de la crítica por parte del gobierno de Samora, constituía una importante entrada de divisas a través de unos mineros que vieron aumentado su nivel de vida familiar y poco se preocupaban de una revolución agraria que afectaba más a las mujeres en su rol habitual de productoras agrícolas.

Por su parte, el papel de la mujer no experimentó ese cambio que anunciaban las instituciones. La libertad de la mujer se identificó únicamente con su integración en el mercado de trabajo y, habiendo sido desde siempre la mujer la principal productora agrícola, el cambio desde esa perspectiva no era tal.

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