2 Literature Review
2.5 Action learning
2.5.5 ICT and action learning
El que quizá sea el más importante de los dieciséis documentos del concilio Vaticano II, la Constitución sobre la Iglesia Lumen Gentium, da a su primer capítulo el título: «El misterio de la Iglesia» (cf. LG 1). Como con clarinazos o a golpe de timbal, aquí se coloca un primer acento de gran importancia. No reza: entroncamiento con el mundo moderno, sino reflexión sobre lo propio en la confianza de que justo esto representa la respuesta a las más hondas preguntas de nuestra época.
Es cierto que el concilio afirma con gran énfasis que existe una secularización legítima y una rectamente entendida autonomía de las cuestiones culturales, sociales, económicas y políticas (cf. GS 36 y passim). De ello, sin embargo, ha de ser nítidamente distinguido el secularismo. En este, el ser humano es concebido bajo una óptica puramente inmanente, como ser intramundano y, con ello, sujeto a las leyes, las estructuras, las necesidades y los fines de este mundo. Prescindir de este modo de la dimensión del misterio que el hombre mismo es comporta desatender, reprimir o negar en último término al ser humano y constituye una peligrosísima amputación de este.
El concepto básico de mysterium
A la comprensión unidimensional del mundo y del ser humano contrapone el concilio su mensaje bajo la palabra clave «misterio». En vez de limitarse a aguardar pasivamente un cambio de tendencia, el concilio ve en la situación de secularismo un llamamiento a la acción. Pues como afirma Madeleine Delbrêl: el cristiano solo puede elegir entre evangelizar o des-evangelizar. La Iglesia debe abrir a los hombres, partiendo de las experiencias que estos viven, un nuevo acceso a la dimensión de lo divino o del misterio. De lo contrario, el ser humano degenera, como con frecuencia decía Karl Rahner, en un animal ingenioso, que es técnica y organizativamente hábil, pero que pierde la vocación y la meta de su singular e intransferible vida. Pues solo quien conoce a Dios y tiene noticia de él conoce también al ser humano (R. Guardini).
La verdadera dimensión de este misterio solo se nos descubre a través de la revelación. Según el Nuevo Testamento, «misterio» denota el eterno designio salvífico de Dios. Este designio se ha hecho realidad en la historia por medio de Jesucristo, su vida, su muerte y su resurrección; y ahora debe ser actualizado por la Iglesia en el Espíritu
Santo atravesando todas las épocas y trascendiendo todas las fronteras. El mensaje sobre este misterio de Dios realizado mediante Jesucristo en el Espíritu Santo es la auténtica buena nueva, el auténtico mensaje salvífico de la Iglesia: él constituye su verdadera identidad.
De ahí que con toda intención se dé al primer capítulo de la Constitución del Vaticano II sobre la Iglesia, a modo, por así decir, de expresión clave, el título: «El misterio de la Iglesia».
Con este clarinazo queda, por consiguiente, claro que la Iglesia misma no es el centro del anuncio. Y tampoco debe ser el centro del interés y de las energías de sus miembros, colaboradores y ministros. El centro deben ocuparlo hoy el problema de Dios y la búsqueda de Jesucristo. El impulso del concilio reza: volver la espalda al autobombo y a la excesiva dedicación de la Iglesia a sí misma, fijar la mirada en el mensaje sobre Dios, Jesucristo y el Espíritu Santo del que es depositaria. Aquí radica el tesoro que la ha sido confiado a la Iglesia. Y cuanto más se vuelca la Iglesia en este su mensaje y en esta su tarea, tanto más se vuelca también en el ser humano.
La plenitud de la vida cristiana
Esta visión de la Iglesia no es monótona teoría. Más bien, solo ella abre la auténtica dimensión de la praxis eclesial. La «plenitud de la vida eclesial» debe dirigirse, como ya se hace patente en el mandamiento del amor de Jesús, tanto a Dios como al prójimo. Como hoy suele decirse, debe estar orientada tanto mística como política y socialmente. Importa la actitud de oración, adoración y sacrificio, pero también el compromiso a favor de la libertad y la justicia.
Por eso, el primer aspecto de la visión del concilio para la renovación de la Iglesia puede sintetizarse de la siguiente manera: precisamente en medio de un mundo secularista, la Iglesia debe concentrarse por completo en su «asunto» y hacer patente su alternativa. Pero el misterio de Dios y de Jesucristo es, en realidad, el cumplimiento y la verdadera identidad del ser humano y del mundo. Por tanto, la Iglesia no puede ocuparse de forma intrascendente de sí misma. En lo más hondo, es mysterium, misterio en aras de la salvación del ser humano y del mundo. Así, debe volver a ser, en una palabra, más piadosa, a fin de poder afrontar adecuadamente los problemas actuales.
Veo en la Iglesia actual muchos gérmenes de esto. Los veo en los movimientos espirituales, antiguos y nuevos, así como en los numerosos laicos que se comprometen como voluntarios en la Iglesia y por la Iglesia. Probablemente en ninguna otra época de la historia de la Iglesia haya habido tantas mujeres y varones comprometidos en la Iglesia. Los veo también, y no en último término, en todas las personas orantes que hay en la Iglesia: son muchas, muchas más de lo que la mayoría piensa. Todo ello constituye mi primer argumento contra los profetas de calamidades.