2 Literature Review
2.8 Links between communities of practice, action learning and reflective
3.2.6 Qualitative approaches
Todavía hay que iluminar brevemente un tramo adicional de camino: la misión de la Iglesia en el mundo actual. En el concilio, la Iglesia se definió a sí misma como signo universal de la salvación y sacramento para el mundo (cf. LG 9, 48 y passim). No existe para su propio beneficio, sino que es Iglesia en el mundo y para el mundo. Es misionera por naturaleza (cf. AG 2). Debe ser tipo y modelo de la communio de todos los seres humanos y de todos los pueblos: entre pobres y ricos, entre mujeres y varones. La Iglesia debe preparar y realizar a modo de anticipación el reino definitivo de Dios, en el que Dios será «todo en todo». Así es signo universal de la salvación e instrumento para la paz y la unidad en el mundo.
De ahí que el encargo pastoral de la Iglesia no se pueda separar de su deber social y caritativo. El compromiso a favor de la justicia, la paz y la libertad de los seres humanos y los pueblos y a favor de una nueva civilización del amor es una tarea fundamental para la Iglesia actual.
No cabe duda: la conciencia de esta obligación social universal se ha agudizado en los últimos años. No hay que pensar solo en Latinoamérica. También entre nosotros existe un asombroso altruismo. No hace falta más que mencionar organizaciones como Misereor, Adveniat, Missio, Cáritas y Bonifatiuswerk. Tampoco ningún papa había reclamado hasta ahora con tanta energía como el actual la justicia social en el mundo
entero. Sin este papa difícilmente sería imaginable la revolución no violenta acontecida en la Europa del Este. Las deficiencias se dan más bien en nuestras comunidades, que a menudo desempeñan in situ su tarea social y caritativa solo de manera insuficiente.
Desde el concilio se ha ido haciendo manifiesto con creciente claridad que la Iglesia, en su misión en el mundo y para el mundo, no puede actuar de modo equilibrado y neutral. La opción preferencial por los pobres ha adquirido con razón una gran importancia y una nueva urgencia. La Iglesia debe comprometerse a favor de los pobres, los oprimidos y los marginados. Sin embargo, no se debe pasar por alto que no solo existe la brutal pobreza material, sino también la pobreza extremada en el sentido de la falta de libertad y la opresión espiritual.
Los laicos
Después de todo lo expuesto hasta aquí no hace falta mucha imaginación para llegar a la tesis según la cual hoy ha sonado la hora de los laicos en la Iglesia, o sea, de mujeres y varones inspirados y motivados por la fe cristiana y, al mismo tiempo, objetivamente competentes en sus respectivos ámbitos de trabajo y experiencia.
La tarea de los laicos incluye su participación tanto en la edificación de la Iglesia como en la misión de esta en el mundo. Ambos aspectos están indisolublemente unidos y entrelazados. Así, el ministerio de los laicos en el mundo no es un servicio meramente mundano, sino un servicio salvífico. Mediante su ministerio los laicos contribuyen a que los interrogantes y las necesidades, pero asimismo las experiencias, las ideas y las riquezas intelectuales y culturales del mundo estén presentes en la Iglesia y sean fructíferas para ella. Los laicos cuidan, por así decir, de que entre aire fresco en la Iglesia. Y a la inversa, deben hacer presente y eficaz en el mundo el mensaje y la realidad salvífica de Cristo. De este modo es de esperar que se produzca una interpenetración del cristianismo y la cultura en todos los ámbitos principales de la vida moderna: en la cultura, el Estado, la economía, el derecho, la medicina, los medios de comunicación social, la educación y, por último, pero no menos importante, la edificación de una nueva cultura de la familia, marcada por el cristianismo.
Inculturación
Bajo la idea rectora de la misión de la Iglesia en el mundo se presta atención a algo que, bajo la palabra clave «inculturación», solo se trata por regla general en tanto en cuanto concierne a las Iglesias jóvenes. De hecho, una de las tareas más importantes de la Iglesia en la actualidad es echar raíces de modo autónomo en las culturas de África, Latinoamérica y, en especial, en las amplias y muy antiguas regiones culturales de Asia. Los tiempos de un «cristianismo de exportación» europeo han pasado definitivamente. La inculturación no es una mera adaptación exterior. No basta con adoptar las lenguas vernáculas y los ritos y ritmos de cada cultura. Hay que asumir lo positivo de la cultura
respectiva, purificarlo a la luz del Evangelio y llevarlo a su sobrepujante realización en lo cristiano.
Sin embargo, entretanto también en el viejo mundo de Europa y Norteamérica ha surgido una cultura que cada vez está menos impregnada del espíritu cristiano. Por eso, también en Europa Occidental y Norteamérica se precisa una nueva inculturación. Entre la Iglesia y la civilización moderna han surgido amplias «franjas de la muerte» como las que durante decenios han separado a los dos Alemanias. A la vista de las dramáticas revoluciones acaecidas en la Europa del Este y en la otra parte de nuestra patria, crece la tarea de construir Europa devolviéndole su alma cristiana. Solo así podrá reencontrar Europa su identidad. Una Europa construida únicamente sobre una economía fuerte sería una nueva torre de Babel. La tarea reza, pues: nueva evangelización de Europa.
Por eso, digámoslo una vez más, la última, contra los profetas de calamidades: hoy nos enfrentamos a una tarea inmensa. Pero también volvemos a disponer de una oportunidad. Las circunstancias políticas han entrado en movimiento de modo en verdad vertiginoso. Pero no solo nuestros recursos exteriores son limitados, sino también los recursos de sentido. Tras el colapso del marxismo, ¿existen otras perspectivas de sentido aparte del cristianismo? O se evangeliza, o se des-evangeliza.
Conclusión
Es evidente que en la Iglesia nos encontramos actualmente en una difícil fase de transición. Muchas cosas, demasiadas, se desmoronan. Sería ingenuo no querer verlo. Pero se tendría igualmente una venda ante los ojos si no se quisieran reconocer los numerosos gérmenes positivos en los que ya está cristalizando una nueva forma histórica de la Iglesia (¡no una nueva Iglesia!).
Pocas razones hay para mirar con nostalgia a la época previa al concilio Vaticano II. Menos razones tenemos aún, a buen seguro, para el entusiasmo, para un nuevo triunfalismo. Pero tampoco tenemos ninguna razón para permanecer estancados en una fase de decepción, escepticismo, lamentación y mal humor. Después de la fase de entusiasmo y la fase de decepción, el tiempo venidero debe ser una fase de auténtica reflexión sobre el concilio y su concreta realización en un paisaje intelectual y social que entretanto se ha transformado.
La Iglesia que resurgió en el concilio Vaticano II quiere prolongar ese resurgimiento y lo prolongará. Todavía no ha terminado ni mucho menos con la realización del último concilio. No hay marcha atrás respecto de él. Pero tampoco existe en la actualidad ningún camino que conduzca más allá de este concilio, por ejemplo, en dirección hacia un Vaticano III. Faltan las condiciones previas y los trabajos preparatorios para ello. Además, todavía no le hemos sacado suficiente jugo al Vaticano II. De ahí que el único camino transitable sea: profundizar en el concilio, para luego con este mismo concilio,
tanto desde su letra como desde su espíritu, atrevernos a dar el salto hacia delante hacia el tercer milenio.