2 Literature Review
2.4 Communities of practice
2.4.4 Uses of communities of practice
De nuevo, a esta pregunta únicamente cabe responder en un contexto más amplio. A finales de la década de 1970 y comienzos de la de 1980 se produce en el mundo occidental un brusco cambio de estado de ánimo. La gente vuelve a preguntarse por –y a buscar– lo permanente y fiable. Y comienza a recordar de nuevo el pasado de forma realmente nostálgica. Se redescubre la religiosidad popular. La ola de secularización refluye al principio, dejando sitio a una nueva ola de religiosidad. Esta, ciertamente, resulta en general bastante difusa y vaga; en muchos aspectos es también en extremo ambivalente. Piénsese, por ejemplo, en el amenazador crecimiento de las sectas, incluidas las sectas y religiones juveniles. Pero no es cierto que este movimiento haya pasado sencillamente de largo ante la Iglesia. El interés que numerosos jóvenes sienten en Alemania por las Jornadas Católicas y Eclesiales (Katholiken- und Kirchentagen), los nuevos movimientos espirituales en la Iglesia y la demanda de espiritualidad en general demuestran lo contrario.
Sobre este trasfondo, el pontificado de Juan Pablo II inauguró una nueva fase en el posconcilio de la Iglesia católica. Desde el principio mismo, el papa se situó clara e inequívocamente sobre el suelo del concilio. Quien hace de este papa un reaccionario ni ha leído sus grandes encíclicas ni ha entendido su persona. El papa ha proclamado sin cesar su voluntad de realizar el concilio.
Además, mediante la defensa de los derechos humanos en el mundo entero imprimió el papa nuevos impulsos y estableció nuevos criterios. Para muchas personas tanto en el Este como en el Sur, este papa se convirtió en una de las escasas esperanzas en el mundo. Sin el papa polaco, el cambio de 1989 en Europa Oriental y Central no habría sido posible en la forma en que aconteció. Este papa sigue teniendo en la actualidad relevancia de cara a la historia universal.
Pero la eficacia hacia fuera presupone una identidad propia en el interior. Así, este pontificado persigue intraeclesialmente la profundización e interiorización sobre el suelo del concilio Vaticano II y se orienta a la estabilización interna, así como a un perfil más católico. Es innegable que, en aras de semejante programa, la Curia romana ha adoptado también medidas y decisiones que han resultado difíciles de entender al norte de los Alpes, siendo interpretadas como una recaída en el centralismo que ya se creía superado.
Por desgracia, al justificado objetivo del papa se le ha colocado la etiqueta de «restauración». Esta palabra posee connotaciones políticas negativas desde comienzos del siglo XIX. Recuerda a la llamada época de Metternich y a la Santa Alianza, que después de la Revolución francesa se esforzó por la conservación y el restablecimiento de la monarquía. Así, este término sugiere que lo que se busca es la vuelta a una situación anterior. También en la Iglesia, semejante vuelta hacia atrás de la rueda de la historia es, por supuesto, enteramente imposible. Además, ninguna de las personas que ostentan responsabilidad en la Iglesia desea en serio tal vuelta atrás. En su obra Informe
sobre la fe (1985), el cardenal Joseph Ratzinger deja esto totalmente claro a todo aquel
que no se haya limitado a criticar el libro, sino que también lo haya leído. Cuando, sin embargo, en respuesta a una de las preguntas que se le plantean, habla de «restauración», explica de forma muy precisa qué entiende por ello y qué no. Pues en las lenguas románicas, al igual que, por lo demás, normalmente en alemán, «restauración» significa asimismo renovación. La meta es «que todo alcance su unidad en el Mesías» (Ef 1,10).
De lo que se trata es, por tanto, de la renovación a partir del originario Espíritu de Cristo. La pregunta no es si debemos ir hacia atrás o hacia delante, sino cuál es el camino adecuado hacia delante.
A finales del otoño de 1985, el sínodo de los obispos celebrado en Roma definió junto con el papa –sin emplear la escabrosa palabra «restauración»– cuál es este camino: la plena apropiación (recepción) del concilio según la letra y según el espíritu. Conforme ya a la convicción católica previa, un concilio ecuménico confirmado por el papa es la autoridad suma en la Iglesia, que nadie, ni siquiera el papa, puede revocar. Un concilio ecuménico es un indicador de camino y dirección que el Espíritu Santo brinda a la Iglesia. Así, el sínodo no pensaba que la realización del concilio había ido demasiado lejos. Antes al contrario, estaba convencido de que la Iglesia se encuentra tan solo al comienzo de la realización del concilio, de suerte que el cumplimiento del objetivo profundo del concilio todavía es una tarea para el futuro. El sínodo afirma que el concilio es la carta magna para el camino que aún debe recorrer la Iglesia hacia el tercer milenio. Ello no puede acontecer mecánicamente, sino que ha de llevarse a cabo prestando atención a los mudables «signos de los tiempos» y a los nuevos impulsos espirituales existentes en la Iglesia. Por consiguiente, al igual que en el propio concilio, aquí se trata de una renovación a partir de las fuentes originarias con la vista puesta en el hombre actual, que, según el papa Juan Pablo II, es el camino de la Iglesia.