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En las geografías de Colombia, la mano del hombre ha dejado su huella. La prolife- ración de territorios uniformes, dominados por monocultivos agroindustriales, amenaza con destruir la riqueza del paisaje campesino y selvático que enorgullece a los colombianos.

Distinguir el paisaje natural del cultural puede resultar de cierta manera engañoso pues, aparte de que habitamos una biosfera profundamente alterada por la actividad humana, el mero hecho de delimitar una porción de la geografía y de atribuirle ciertas cualidades y valores hace de todo paisaje una creación cultural. Cualquier paisaje es una imagen de la natu-

raleza que se crea desde un punto de vista humano, ya sea científico, estético o patrimonial.

Para los colombianos, el paisaje ha sido históricamente uno de los principales atributos con los

que identificamos el orgullo nacional. Nuestra prodigiosa geografía y la voluptuosidad de su

naturaleza tropical han sido valoradas a lo largo de la historia en los términos poéticos de la tradición pictórica del paisaje, que responde a intereses tanto estéticos como instrumentales.

ya desde el siglo XiX, el general Mosquera destacaba el hecho de que el país “parece una pin-

tura poética” y, de manera muy semejante, el ex presidente López señaló recientemente en El

Tiempo (19-12-04) que nuestra geografía presenta un espectáculo que “envidiaría el pincel de

los grandes pintores de la Historia”. En esta tradición, al tiempo en que se presenta el cuadro

de la enorme riqueza que encierra nuestro “vasto y exuberante” territorio, se piensa que éste

debe ser civilizado para progresar.

Quizá por ello nuestra visión del paisaje se ha caracterizado por oponer los paisajes

de la zona andina y los de las tierras calientes. El paisaje cultural de la cordillera se identifica

o bien con la imagen idealizada de la zona cafetera, cuyas laderas aparecen cubiertas por el dosel de los árboles frutales que protegen los cafetales de donde sobresalen palmas de la cera por aquí y por allá, o con la vista de colcha de retazos de la pequeña agricultura campesina de los altiplanos. Ambas imágenes representan un arquetipo del paisaje cultural: el idilio bucólico. Evocan la vida campesina de costumbres simples, que en el imaginario de la antigüedad clásica representa el país mítico de Arcadia, la felicidad pastoral y la armonía con la naturaleza, que aquí se asocia con el carácter industrioso de los pueblos de montaña. La agricultura se con-

vierte así en una “belleza natural” en la que se valora no solo su potencial productivo, sino la

El paisaje forjado por la cultura campesina mestiza de la región Andina se fue expan- diendo con la apertura de la frontera agrícola, desde la mítica colonización antioqueña hasta la

de los desplazados por las violencias que fueron llegando a los confines de nuestra geografía en

busca de nuevos horizontes. De acuerdo con la certeza de la colonización, el paisaje cultural solo

puede ser aquel que se presenta geometrizado, medido, explotado y fiscalizado. Así, los paisajes que no presentan estas “mejoras” se ven como “vastas y desiertas soledades”. Quizá por ello las

selvas, los manglares o las sabanas abrasadoras de tierra caliente aparecen como paraísos distan-

tes, abundantes en frutos y especies exóticas, infestados de fiebres, plagas, humedad y serpien-

tes. difícilmente se reconocen como paisajes culturales. La geografía desconocida de los confi-

nes representa el arquetipo de la naturaleza virgen y salvaje, anterior y opuesta a la civilización,

sobreviviente de una era pasada cubierta por brumas ancestrales. Sus paisajes se valoran –en la

tradición de los científicos-aventureros a la humboldt– como fuente de especies y saberes promi-

sorios y, sobre todo, como experiencia de “lo sublime”, la pasión estética que suscitan las fuerzas

telúricas y el terror exquisito de los riesgos extremos. Estas promesas han guiado toda clase de proyectos iniciáticos que buscan penetrar sus misterios, desde los viajes de descubrimiento y de exploración, hasta el turismo ecológico y los deportes extremos.

La valoración cultural que se da a estos paisajes como “salvajes” esconde el papel que han

tenido las sociedades que durante miles de años los han habitado. La etnología y la arqueología han ilustrado ampliamente el proceso de manejo del bosque por parte de sus habitantes autóctonos y han mostrado cómo, en buena parte, su diversidad es el resultado de la intervención humana. La selva es fruto de prácticas a través de las cuales algunas especies se valoran y se reproducen, se seleccionan y se preservan, y otras resultan desfavorecidas. Los grupos de la Amazonia, por

ejemplo, han configurado un tipo de manejo territorial que produce un continuo espacial de dife-

rentes tipos de huertos salvajes y bosques cultivados que reflejan la forma como los indígenas cla-

sifican e intervienen el área de la que, a los ojos externos, aparece genéricamente como “la selva”.

En los mismos biótopos donde estos grupos han venido reproduciendo a lo largo de

miles de años los bosques que hoy valoramos como “salvajes”, la intervención moderna ha gene-

rado otro tipo de paisajes: los extensos pastizales para la ganadería, los eriales que van dejando

a su paso los cultivos para el tráfico ilícito y los megaproyectos que han venido transformando

los bosques tropicales en monocultivos agroindustriales o en proyectos forestales, es decir, en bosques de mentira donde con una sola especie se sustituye la megadiversidad de las selvas que heredamos de la ocupación indígena.

Este nuevo paisaje cultural –producto de iniciativas dirigidas al mercado moderno y arti-

culadas a la economía global– que se comienza a generalizar tanto en las antiguas zonas rurales

como en los territorios salvajes, responde a la necesidad de sustentar el modo de vida que hemos venido privilegiando y que se materializa en el paisaje cultural por excelencia del mundo con- temporáneo: el paisaje urbano. Colombia, país de ciudades que tiene hoy en Bogotá una de las grandes áreas metropolitanas suramericanas, requiere, para mantener este esquema de desarrollo, de poblamiento y de ocupación espacial, unas formas particulares de explotación del territorio que implican el empobrecimento de sus paisajes.

El paisaje constituye uno de los productos más importantes del desarrollo económico y social en la medida en que es resultado directo de las formas de vida, de producción y de inter- cambio. Los paisajes culturales que estamos gestando responden al hecho de que estamos orien-

tando nuestra economía al mercado moderno, que tiene como finalidad la maximización y la acumulación de la rentabilidad financiera. Vale la pena recordar que esta no es la única forma –ni la más natural o universal– de intercambio o de producción de riqueza, como lo demuestran las

diversas formas de mercado y producción desarrolladas por otras sociedades que han organizado sus economías a partir de lógicas diversas.

Si los paisajes constituyen más que un patrimonio que debemos conservar, uno que de hecho producimos con nuestro diario quehacer, es importante preguntarnos cuánto estamos

dispuestos a sacrificar y qué clase de paisajes estamos forjando como legado para las futuras

generaciones.