El aspecto más interesante de todo el proceso que implica el autorretrato, es el enriquecimiento personal que conlleva el hecho de llegar a conocerse mejor a sí mismo.
Si consideramos que un autorretrato es la representación de la propia imagen realizada por el mismo interesado, por medio de cualquier sistema de reproducción, artístico o técnico, que establece una relación de reconocimiento entre modelo y representación, y que es detectable en algún sentido por el espectador o, al menos, por el autor, resulta obligado aceptar que esta relación de reconocimiento no se establece solamente a nivel fisonómico, sino también a nivel psicológico, y es gracias a ello que su autor puede llegar a conocerse mejor a través del mismo. En cierto sentido se instaura una dependencia de la imagen, la cual adquiere como consecuencia una especie de autonomía:
Ma anche quando parliamo di accettazione o di riconoscimento, dobbiamo pensare a una situazione alquanto complessa e dinamica, nel senso che quell’immagine che accettiamo è in parte qualcosa di nuovo con cui ci dobbiamo identificare. Scatta talora un meccanismo singolare: il soggetto vuole diventare il ritratto, si vuole egli stesso adeguare e quell’immagine125.
124 PERLADO, J.J., El retrato, el espejo y el rostro, Alenarte, Revista cultural y artística, Madrid,2008.
https://alenarterevista.wordpress.com/2008/05/23/el-retrato-el-espejo-y-el-rostro-por-jose- julio-perlado/
125 FERRARI, S., Lo specchio dell’Io. Autoritratto e psicologia, Editori Laterza, Roma, 2002, págs. 51- 52, Trad. autor: Pero, cuando hablamos de aceptación y reconocimiento tenemos que pensar al mismo tiempo en una situación muy compleja y dinámica, en el sentido de que aquella imagen que aceptamos es en parte algo nuevo con lo que nos tenemos que
155
Cuando el pintor decide afrontar el reto de autorretratarse, acepta implícitamente que se va a poner al descubierto porque, igual que se nos puede reconocer por la voz, también el autorretrato habla de la manera de ser de su autor, de cómo es interiormente, aunque no se sea consciente de ello. Refleja muy bien esta realidad la célebre afirmación de Picasso:
Pinto como otros escriben su autobiografía126.
Con el autorretrato los pintores tratan de ofrecer la imagen con que se ven, la que constituye su realidad íntima. Pero, igual que sucede con el retrato,
buscan no sólo reproducir las formas de sus modelos, sino también el alma que se trasluce a través de ellos127.
Aún así, en el autorretrato no se expone la intimidad como en un escaparate, sino que se encuentra matizada por el lenguaje empleado y por la única mano que posee el derecho a mostrarla o no: la del propio interesado.
Cuando las destrezas y recursos técnicos del pintor para representar lo que quiere expresar a través de la pintura no han alcanzado el nivel que sería deseable, es posible que dichas limitaciones afecten también al grado de verdad con que se muestra el autor. En todo caso, sea realidad o deseo, el pintor se muestra tal como se ve, o como cree verse:
He aquí como me veo, he aquí como pienso que me vi128.
Es posible que no todos sean capaces de entender el lenguaje con el que el pintor presenta su imagen. Entonces, el escollo principal para leer en esa autobiografía sin palabras que es el autorretrato radica en conocer el idioma que el pintor ha utilizado para hablar de sí mismo. Conocer su lenguaje también implica conocer mucho mejor a su autor.
Llegados a este punto, no queda otro remedio que admitir que el autor del autorretrato sí conoce el idioma que está empleando para hablar de sí
identificar. Se inicia entonces un mecanismo singular: el sujeto quiere convertirse en el
retrato, quiere él mismo adecuarse a esa imagen.
126 GILOT, F., Vivre avec Picasso, Calmann-Lévy, París, 1965 pág. 116.
127 GABARRE, J., El rostro y la personalidad, Ed. Flumen, Barcelona, 2000, pág. 23. 128 WARNCKE, C.P., Pablo Picasso 1881-1973, Taschen, Colonia, 1995, pág. 740.
156
mismo y, por tanto, él sí podrá llegar a conocerse mejor. Podemos afirmar incluso que esta mejora en el conocimiento de su propio ser no dependerá tanto de la perfección técnica del autorretrato como del esfuerzo por querer mostrarse en él tal como es.
La simple tensión generada por el esfuerzo que hace el autor al mirar
tratando deconocer, en vez de limitarse sólo a mirar paraver, logra un nivel
de percepción que, además de hacer que se conozca mejor, consigue detectar esos mínimos detalles que son los que hacen hablar al rostro.
Estos aspectos, tan nimios a primera vista, hacen que se identifique al autor en la imagen y que el autorretrato no sea sólo la representación de la máscara del personaje, sino que manifieste su interioridad y revele aspectos de su forma de ser en los que, quizá de otra forma, no habríamos reparado. Respecto al autorretrato se puede afirmar que nadie dispone de más datos para describirse que el propio interesado aunque a veces parecemos olvidar este cúmulo de información que, adecuadamente analizado —hagamos o no un autorretrato—, tendría como resultado un conocimiento propio mucho más profundo del que habitualmente tenemos.
Este es el motivo por el que, en ciertas ocasiones, nos sorprendemos al experimentar que existe mayor parecido entre una pintura y la persona que ha sido su modelo que entre una fotografía y la persona fotografiada.
Puede servir aquí la conocida anécdota de Pablo Picasso y Gertrude Stein, a propósito del famoso retrato de ésta, que supuso el punto de partida del cubismo129. Cuando en 1906 el pintor finalizó el lienzo, ante el reproche de que el parecido era prácticamente inexistente, respondió: “Al final, ella logrará parecerse al cuadro”.
Poco importa si Gertrude Stein llegó a parecerse físicamente más o menos a su retrato, pues poco después se cortó el pelo muy corto. A pesar de ello, la imagen por la que todos la recuerdan y con la que se la identifica es con el retrato de Picasso. La imagen que ha quedado de ella es la de su representación pictórica, no la de sus fotos, que también existen, aunque ninguna posea la fuerza del retrato (figs. 167 y 168).
157
Figuras 167 y 168. Fotografía de Gertrude Stein y retrato hecho por Picasso en 1906. Lo que expone el retrato, indica que Picasso llegó a conocer muy bien cómo era la persona y la percepción que tenía de ella, pues la imagen de Gertrude muestra un parecido que no se fundamenta sólo en el aspecto externo sino en la manera de ser de la modelo.
La prueba de que Picasso no sólo buscaba el parecido externo y de que alcanzó a reflejar a forma de ser del modelo, la encontramos en lo que dice Paolo Lecaldano, al citar a la propia Gertrude Stein, cuando escribe que:
estuve y sigo estando satisfecha de este retrato. Para mí, soy yo; y es la única imagen mía en la que siempre me he visto a mí 130.
Refiriéndose a este mismo retrato, comenta Alice Toklas que:
el día de su regreso de España, Picasso cogió su paleta y, sin titubear, de memoria, sin volver a ver a Gertrude, pintó la cabeza131.
130 LECALDANO, P., Picasso azul y rosa, biografía y estudios críticos, Editorial Planeta, Barcelona, 1988, pág. 113.
131 PALAU, J., Picasso vivo (1881-1907) Infancia y primera juventud, Ediciones Polígrafa, Barcelona, 1980, pág. 469.
158
Con el paso del tiempo varía el modo que cada persona tiene de percibirse a sí mismo, y resulta lógico que lo haga también la forma de representarse en el autorretrato. La función del autorretrato adquiere una misión que ya no se reduce a afirmar la autoría, el prestigio o la consideración social de que goza el autor, sino que se convierte en una manera de relacionarse con el observador.
Cuando se fusiona el aspecto exterior y el sentimiento interior, el autorretrato se convierte en un modo de representar la identidad personal tal como la siente el autor y de darla a conocer al espectador. Las dos instancias, fondo y forma, fusionadas en el cuadro abren paso al autorretrato como género propio en el sentido más estricto.
Nadie sabe mejor que su autor que el autorretrato no es la realidad misma sino una copia, una imitación de la realidad —lo que habitualmente denominamos engaño—, pero, a pesar de ello, si las sensaciones producidas por la cosa real y por la imagen son similares, debemos reconocer que ésta se identifica con el modelo en aquello que le es esencial. La verdadera diferencia entre realidad y representación no está en los estímulos neuronales que provoca su percepción visual, sino en su origen. En un caso, el origen del estímulo es la realidad y, en el otro, la representación o imagen. Aunque lo percibido sea una ilusión, su efecto puede ser idéntico al que produce la realidad. Gombrich lo explica diciendo que
no se da ninguna distinción rígida, por consiguiente, entre percepción e ilusión. La percepción emplea todos sus recursos para desarraigar las ilusiones nocivas, pero a veces no logrará “refutar” una hipótesis falsa, por ejemplo, cuando tiene que enfrentarse con obras de arte ilusionista132.
Una exploración plástica de sí mismo tan a fondo y desde tan variadas perspectivas: fisionómica, psicológica, de identidad social y artística, etc., supone sondear de tal modo la propia personalidad que implica mejorar la descripción en el autorretrato y posibilita acceder al modo de ser de su autor.
132 GOMBRICH, E.H., Arte e ilusión. Estudio sobre la psicología de la representación
159
Un autorretrato muestra sólo aquello que el artista quiere mostrar, pero es prácticamente imposible que un autorretrato no manifieste algún aspecto de la manera de ser de su autor.
Así, mientras unos autores muestran en sus autorretratos la crónica de la historia de su vida, de una época o unas circunstancias precisas, otros exponen el modo en que el paso del tiempo afecta a su forma de percibir la realidad y de representarla.
En algunos casos, en el autorretrato se hacen patentes incluso las tensiones, sentimientos, dudas y contradicciones que el pintor experimenta dentro de sí, como ya hemos visto en Egon Schiele (fig. 169), o como se intuye en el autorretrato de Kate Kollwitzch (fig. 170), y ya hemos visto que gran parte de la información sobre la interioridad del autor llega a través de la mirada de sus ojos.
Figuras 169 y 170. Autorretratos de Egon Schiele (1912) y Kate Kollwitzch (1924). Son autores que no se han limitado a mirarse al espejo para representarse, sino que han mirado dentro de sí mismos para plasmar aquello que sentían en su alma. La forma de describirse no se reduce a su aspecto externo, sino que incluye también lo que podríamos llamar su autorretrato psicológico.
160
Por el hecho de ser parte implicada en el autorretrato, su autor posee unas potencialidades de verse (en el sentido de conocerse) y de darse a conocer (en el sentido de representarse) destinadas a mejorar a medida que transcurre el tiempo, lo cual hace posible que pueda profundizar en su conocimiento propio.
En cambio, para que un autorretrato pueda llevar a cabo la función de dar a conocer al pintor, los obstáculos se centran en la capacidad del observador para saber lo que debe buscar en el autorretrato y entender el lenguaje que utiliza el pintor.
La mirada del autorretrato es la que permite al espectador a entrar en el “yo” del pintor, profundizar en su individualidad. El nexo de unión que hace posible la relación con el autor y que lleva al espectador a la empatía — ponerse en la piel del autor— es, sin duda, la mirada.