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La evaluación de un trastorno designa el proceso de obtención de la información que permita tomar decisiones sobre el mismo para lograr su recuperación. El comportamiento de niños y jóvenes depende en gran medida de cómo es el ambiente en que se desarrollan. Así, el análisis de la familia, del entorno escolar, y del grupo de amigos y compañeros adquiere gran importancia y resulta imprescindible en la evaluación de estos niños. Por lo tanto, la evaluación de este complejo trastorno debe realizarse desde una perspectiva multiprofesional que aborde tanto la evaluación psicológica, la educativa y la médica, es decir, el afrontamiento del problema debe ser globalizado y cubrir todas las áreas.

1.6.1. Detección

En torno a un 75% de casos de TDAH aparecen antes de los 5 años de edad, aunque en la actualidad, la edad en la que acuden los niños por primera vez a consulta ha aumentado, ya que, la conciencia respecto a este trastorno es mayor y, tanto los profesionales como las familias, demandan que se pueda llevar a cabo un diagnóstico lo más temprano posible (Vaquerizo-Madrid, 2008).

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Así, los principales motivos de consulta, además de los síntomas nucleares, las familias suelen preocuparse por otros como la desobediencia, las llamadas de atención, la inmadurez, las dificultades académicas o emocionales, las dificultades sociales o los problemas de interacción familiar (Vaquerizo-Madrid, 2008).

En el periodo de escolarización se pueden utilizar escalas de cribado como la Escala EDAH de Farré y Narbona (1998), a realizar por los profesores, que discriminan eficazmente los síntomas de atención, hiperactividad y trastorno de conducta (Blázquez et al., 2005).

1.6.2. Historia clínica y entrevista

El primer paso para valorar la posibilidad de un diagnóstico de TDAH es elaborar una adecuada historia clínica. Para ello es preciso obtener datos sobre la historia familiar, preguntas acerca de antecedentes familiares de TDAH y respecto a la posible existencia de conflictos familiares, factores estresantes, cambios importantes, estilo de resolución de problemas, o cualquier otro factor que pudiese explicar la presencia de síntomas (Soutullo, 2006). Es imprescindible indagar en la historia personal del niño, así como informarnos sobre su evolución psicomotriz y condiciones genéticas.

Además debe realizarse una amplia entrevista de contenido general donde se aborden los aspectos anteriormente señalados a través de alguna de las distintas entrevistas clínicas para evaluar la hiperactividad. La entrevista, es el método más común de evaluación (Del Barrio, 1995). Ésta, nos permite obtener información sobre las alteraciones conductuales y los problemas que presentan los niños (Cantwell, 1997).

Las entrevistas destinadas a la evaluación del TDAH recogen información sobre las características, las posibles causas, la evolución y la repercusión del trastorno en la vida del niño y de quienes conviven con él, del interés que muestran los padres para solucionar el

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problema y de las expectativas que se han creado sobre los resultados del tratamiento (Reid et al., 1998).

En la última década se han desarrollado diversas entrevistas clínicas especificas, para evaluar la hiperactividad, como el Informe Parental de Síntomas Infantiles (PACS) elaborado por Taylor, Schachar, Thorley y Wieselberg (1986) o la Entrevista Diagnóstica para niños- Versión IV (DISC-IV) de Shaffer, Fisher, Lucas, Dulcan y Schwabstone (2000) y por último, es importante que los padres y los profesores respondan al ADHD-IV Rating Scales de DuPaul, Power, Anastopoulos y Reid, (1998) o el Cuestionario Adaptado del DSM-IV para el diagnóstico de TDAH. Los criterios del DSM poseen una fiabilidad aceptable a partir de los 4 años (Vaquerizo-Madrid, 2008).

1.6.3. Evaluación Neuropsicológica y Cognitiva

Está destinada a evaluar la maduración intelectual, la posible existencia de déficits perceptivo-cognitivos, la coordinación visomotora, la atención, el estilo cognitivo, las estrategias de resolución de problemas, el desarrollo de técnicas instrumentales básicas (lectura, escritura y cálculo) y el nivel de adquisición de conocimientos del niño.

En el área madurativa podemos evaluar la coordinación viso-motriz y organización viso-temporal, a través de pruebas como el Test Gestáltico Vismomotor de Bender (1955), el test de la Figura Humana de Goodenough (1981).

En la evaluación de área cognitiva, las pruebas más utilizadas son: las Escalas de Weschler (2005), las Matrices Progresivas de Raven (1956). Con estas pruebas descartaremos problemas de aprendizaje y CI bajo.

El área de atención se evalúa mediante pruebas especificas como el Test Stroop de Golden (2005), el CPT (Test de Ejecución Continua) de Conners (1995) y el Índice de Velocidad de Procesamiento, sensible a las dificultades atencionales, obtenido a partir de las

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Escalas Claves, Búsqueda se Símbolos y Animales del WISC-IV (Weschler, 2005) que corresponde a la última versión de las Escalas Weschler adaptada a la población española.

En la evaluación de las funciones ejecutivas podemos utilizar el Wisconsin Card Sorting Test (WCST) de Heaton, Chelune, Talley, Kay y Curtis, (2001) o el Test Stroop, de Golden (2005).

Para valorar el nivel académico podemos utilizar una batería de pruebas pedagógicas que nos ofrezcan información sobre el cálculo, caligrafía, ortografía, problemas matemáticos, estrategias de estudio, capacidad de definir conceptos y riqueza de vocabulario. Algunos ejemplos son las Pruebas Psicopedagógicas de Aprendizajes Instrumentales de Canals (1988) o el ADL-MAE de García Nieto y Yuste Herranz (1985).

1.6.4. Evaluación Comportamental

Muchos niños con TDAH presentan problemas de conducta, por lo que es necesario evaluar estas manifestaciones, empleando escalas específicas, la observación clínica, historia familiar y personal, de la cuales hablamos con anterioridad. Las escalas o cuestionarios son instrumentos que nos proporcionan una visión del comportamiento del niño tal como es percibido por las personas que interactúan con él a diario y su objetivo es la clasificación descriptiva de acuerdo con la sintomatología conductual que presenta el sujeto y su grado de severidad.

Entre las escalas más utilizadas para evaluar la existencia de hiperactividad se encuentran las Escalas para Padres y Profesores de Conners (1969). Aunque estas escalas se desarrollaron para evaluar los cambios en la conducta de niños hiperactivos, que recibían tratamiento con medicación estimulante, su uso se ha extendido al proceso de evaluación anterior al tratamiento, como instrumento útil para recoger información de padres y profesores (Conners, 1995; Resnick y McEvoy, 1994). Dicha escala consta de una serie de

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ítems en los que se describen comportamientos del niño relativos al hogar y al colegio, para evaluar su conducta hiperactiva, atencional, social y emocional, así como problemas específicos, que con frecuencia, se asocian al TDAH (Pedreira, 2005). Una de sus limitaciones es su énfasis en el aspecto comportamental que hace que su eficacia sea menor para evaluar a los niños cuyo peso sintomatológico recae en el déficit de atención. Farré-Riba y Narbona (1997) elaboraron la Escala Escolar de Conners-Revisada, que permite valorar de manera conjunta o separada el déficit de atención, la hiperactividad-impulsividad y el trastorno de conducta (Orjales, 2000).

El Cuestionario de Situaciones en el Hogar (HSQ) y el Cuestionario de Situaciones Escolares (SSQ), de Barkley (1981) donde se presentan situaciones de hogar y de colegio, en las que el niño puede comportarse de forma problemática, también son empleados con frecuencia (Moreno, 2005).

El Cuestionario de Hiperactividad de Werry, Weis y Peters, elaborado en 1968, permite evaluar el funcionamiento del niño en actividades cotidianas, facilitando la planificación de programas de tratamiento muy específicos (Moreno, 2005).

Las ADHD-IV Rating Scales de DuPaul et al. (1998) para padres y profesores fueron elaboradas a partir de los criterios diagnósticos del DSM-IV y cuentan con un importante respaldo psicométrico (Servera y Cardo, 2007).

La información obtenida de las pruebas anteriores puede ser complementada mediante pruebas de contenido más amplio como la Escala de Evaluación de Autocontrol de Kendall y Wilcox (1979), el Cuestionario de Problemas de Conducta para Preescolar (CCP) de Miranda y Santamarina (1986) o el Inventario de Conducta Infantil de Achenbach y Edelbrock (1985) (Moreno, 2005).

Existen también listas generales de problemas que proporcionan importantes datos sobre dificultades asociadas con frecuencia al TDAH. Algunos ejemplos serían los citados a

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continuación: Escala de Problemas de Conducta para padres de Navarro, Peiro, Llacer y Silva (EPC) (1993), Inventario de Problemas en la Escuela de Miranda, Martorell, Llácer, Peiró y Silva, (IPE) (1993), la Lista de Referencia Conductual de Niños (CBCL) de Achenbach (1987).

En este ámbito podemos utilizar también observaciones, registros conductuales, que son métodos de evaluación complementarios muy útiles para analizar los determinantes ambientales de las conductas hiperactivas. Al estar compuestos de respuestas definidas operacionalmente, son instrumentos validos para diseñar, planificar y evaluar posteriormente la intervención. Un ejemplo es el Código de Observación de Conducta en el Aula de Abikoff y Gittelman (1985).

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