Chapter 4: Methods and Other Results
4.6 Imaging Methods (Backprojection, CCP)
Los artículos 4-6 del Símbolo, que tratan del MP, ocupan cerca de cien números del Catecismo: 571-667. Sólo el artículo 4: Jesucristo “padeció bajo Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado”, abarca del 571 al 630. La extensión tiene que ver con la magnitud del acontecimiento.
En la Pasión y Muerte del Salvador se ratifican de manera vertiginosa las grandes afirmaciones ontológicas sobre Cristo. La Escritura y la Tradición echan mano de imágenes que nos llevan a pensar en la más extraña paradoja; paradoja que nos permite barruntar la hondura del misterio.180 Lo extremadamente distante y contrapuesto se encuentra en una suerte de identificación en este momento culminante de la acción de Dios en el mundo: la humillación y la cruel Muerte de Jesús se hallan inseparablemente asociadas a su gloriosa y triunfal Resurrección. El burlado moribundo del Calvario es el
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Después del n. 503, en el que se cita el símbolo del Concilio friulano acerca de la maternidad virginal de María, hasta el n. 605, en el que se trata del alcance universal de la muerte redentora de Cristo, no encontramos menciones del magisterio eclesiástico con carácter dogmático.
178
A.NICHOLS, The Splendour of Doctrine, 76.
179
J.RATZINGER, Evangelio, catequesis, catecismo, 32-44. “Peter Stuhlmacher [Biblische Theologie des Neuen Testamentes, I: Grundlegung. Von Jesus zu Paulus, Göttingen 1992, 75] ha señalado de nuevo enérgicamente la mutua implicación entre Reino de Dios y conciencia de filiación en Jesús. Sólo desde aquí puede entenderse lo que hay de propiamente nuevo y revolucionario en el mensaje del Reino de Dios; Jesús ya no anuncia la presencia y el obrar de Dios en general, ahora Dios está presente y próximo de una forma mucho más radical: se hace presente en el mismo Jesucristo; el Hijo es el Reino” (Ibid., 39). Cf. J.RATZINGER [BENEDICTO XVI], Jesús de Nazaret, 73-90.
180 “Lo que tiene lugar en la «hora» sigue siendo misterio, y no pueden ser reconducidas a un «sistema»
global y unitario todas las interpretaciones que se suscitaron en la Iglesia primitiva. Es normal por ello que ya los relatos de la pasión, y posteriormente las interpretaciones de la cruz, tuvieran que recurrir a teologúmenos diversos, que se refieren de modo concéntrico a un punto central que desborda a todos ellos. Y lo mismo se da en el fenómeno originario que subyace a la tensión entre «vida» y «hora»: la soteriología posterior arranca tanto de la «vida» que corre hacia la hora como directamente de la «hora» (que presupone, para que pueda tener lugar, la significación teológica de la vida)” (TD 4, 215).
Rey de la gloria eterna. El Verbo se hizo carne, y cuando hace plenamente suyas la debilidad y mortalidad de nuestra carne, la Trinidad divina transparenta su poder y su gloria. Se realiza en su expresión máxima lo que se venía manifestando en los relatos evangélicos: “La verdadera grandeza de Dios consiste en que para Él lo pequeño no es demasiado pequeño, ni lo grande es demasiado grande”.181
El CCE desarrolla este artículo 4 del Credo repartiendo el contenido del siguiente modo:
Números introductorios (571-573)
Párrafo 1: Jesús e Israel (574-594) I Jesús y la Ley
II Jesús y el Templo
III Jesús y la fe de Israel en el Dios único y Salvador
Párrafo 2: Jesús murió crucificado (595-623) I El proceso de Jesús
II La muerte redentora de Cristo en el designio divino de salvación III Cristo se ofreció a su Padre por nuestros pecados
Párrafo 3: Jesucristo fue sepultado (624-630)
El testimonio de la fe católica sobre la Pasión y Muerte de su Señor se abre con un enunciado que provoca al mismo tiempo el interés y la reverencia:
“El misterio pascual de la cruz y la Resurrección de Cristo está en el centro de la Buena Nueva que los Apóstoles, y la Iglesia a continuación de ellos, deben anunciar al mundo. El designio salvador de Dios se ha cumplido «una vez por todas» (Hb 9, 26) por la muerte redentora de su Hijo Jesucristo” (571).
El misterio del Dios infinito y eterno, que ha entrado realmente en la pequeñez y temporalidad del hombre, y que la hace suya, provoca un permanente asombro en el creyente.182 Pero el Evangelio nos lleva aún más lejos con la revelación del MP, que parece ser el punto de partida de la totalidad de la fe cristiana.183
Lo que sigue no será meramente un conjunto de fórmulas de doctrina. Se indica desde la introducción del artículo que la fe y la contemplación de la Iglesia se dirigen a
181
J.RATZINGER, Introducción al Cristianismo, 262.
182
Cf.NMI, 16-28: Insegnamenti XXIV, 1 (2001) 50-60..
183
Cf. CH.SCHÖNBORN, Cristología, 59-62; R. SCHNACKENBURG, Cristología del Nuevo Testamento, 188-202. El CCE no discute el orden genético de la fe en Jesucristo. No se dice que los discípulos de Jesús, antes de su Pascua, tuvieran toda la conciencia de fe que se refiere literalmente en los Evangelios. Sigue sencillamente el orden lógico de los acontecimientos, iluminados todos ellos por la luz pascual.
la Persona de Jesús, que vivió y padeció en “una forma histórica concreta” (572). También aquí hay que puntualizar que la realidad histórica de los acontecimientos es relevante para la fe. El hombre vive en la historia y en ella –en el arco completo de la historia– ha desplegado su pecado:
“Desde este primer pecado [original], una verdadera invasión de pecado inunda el mundo... La Escritura y la Tradición de la Iglesia no cesan de recordar la presencia y la universalidad del pecado en la historia del hombre” (401).184
Por consiguiente, no es extraño que cobre importancia el horizonte histórico de la obra redentora. Las circunstancias concretas de la Muerte de Jesús, que los Evangelios nos transmiten según su propio género literario, aportan una luz que ayuda a “comprender mejor el sentido de la Redención” (573).
Si seguimos el curso de los enunciados del CCE, hay que considerar en primer lugar lo que se dice acerca del creciente rechazo de Jesús por parte de los principales dirigentes judíos. Los Evangelios manifiestan el disgusto que provocaban en las autoridades religiosas de Israel las palabras y las obras de Jesús, sobre todo las que parecían socavar “las instituciones esenciales del Pueblo elegido” (576). Pero, en definitiva, lo que más escandalizaba a escribas, fariseos y sacerdotes de Israel era la “pretensión” de la identidad divina de Jesús.
Es la densidad ontológica de Cristo la que está en cuestión. Lo que Él es desafía no sólo la idea mesiánica que se habían forjado los judíos, sino sobre todo el mismo concepto de Dios, la idea monoteísta que era tan esencial al mensaje del AT.
Los nn. 574-591 muestran con profusión de citas bíblicas el escándalo de los dignatarios judíos frente al comportamiento de Cristo respecto de la Ley y del Templo; y finalmente la exasperación por lo que ellos creían ponía en crisis la unidad y la unicidad de Dios. Queda claro, además, que la ofuscación de “los judíos” ante el misterio de Cristo no se puede juzgar ligeramente. Se debe en parte a lo extraordinariamente insólito de sus palabras y de sus actuaciones, signos de su misterio, difíciles de comprender desde la pura razón. Pero se puede atribuir simultáneamente –y en una medida que sólo Dios conoce– a la falta de rectitud y humildad, al endurecimiento culpable en la incredulidad, alimentada por la envidia y la hipocresía.
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“Jesús ha sido crucificado por mis pecados. Con este conocimiento se le gratificó a Pablo en el momento en que recibió la imponente visión [del Resucitado]: «Jesús ha muerto por mis pecados» (cf. 1 Co 15, 3; Ga 1, 4). Pablo sólo tuvo conciencia de que él era también culpable –terrible verdad ésta– de la muerte de Jesús en la cruz a la luz de la verdad, que él formula, como resumen de su conversión, en la Carta a los gálatas: «El Hijo de Dios me ha amado y se ha entregado por mí» (2, 20). Anselmo dice a su discípulo Boso: «Aún no te has parado a pensar qué gravedad tiene el pecado» [nondum considerasti quanti ponderis sit peccatum]. Nos cuesta trabajo barruntar cuanto menos esta gravedad. Que el pecado, en su esencia, es rechazo de los derechos de Dios y, con ello, negación de lo que somos en verdad nosotros mismos, se manifiesta sólo desde la cruz, en la que el Hijo de Dios «ha quitado los pecados del mundo»” (CH.SCHÖNBORN, Cristología, 272-273).
Los factores de culpa se entremezclan, como suele pasar en el corazón humano, con las inevitables limitaciones de la creatura, que disculpan o atenúan la responsabilidad.
“Jesús pidió a las autoridades religiosas de Jerusalén creer en Él, en virtud de las obras de su Padre, que Él realizaba (Jn 10, 36-38). Pero tal acto de fe debía pasar por una misteriosa muerte a sí mismo para un nuevo «nacimiento de lo alto» (Jn 3, 7) atraído por la gracia divina (cf. Jn 6, 44). Tal exigencia de conversión frente a un cumplimiento tan sorprendente de las promesas (cf. Is 53, 1) permite comprender el trágico desprecio del Sanedrín al estimar que Jesús merecía la muerte por blasfemo (cf. Mc 3, 6; Mt 26, 64-66). Sus miembros obraban así tanto por «ignorancia» (cf. Lc 23, 34; Hch 3, 17-18) como por el «endurecimiento» (Mc 3, 5; Rm 11, 25) de la «incredulidad» (Rm 11, 20)” (591).
Por otra parte, está bien claro en el NT que no se trata de una culpa colectiva del pueblo judío en cuanto tal. La muerte de Jesús no es responsabilidad de una raza o de un sector social. El CCE se encarga de eliminar todas las dudas: “Omnes peccatores passionis Christi fuerunt auctores” (598).
De otro orden, y de gran importancia teológica, es la siguiente constatación: la doctrina del CCE sobre la Redención por el MP es presentada en íntima relación con la verdad última del Misterio trinitario, Fuente de todos los misterios (cf. 609, 614, 620). La cruz que ahora toma Jesús sobre sus espaldas es un evento trinitario. El sacrificio de Cristo es el supremo don del Padre que entrega al Hijo para reconciliar a los hombres consigo. Al mismo tiempo es la libre y amorosa ofrenda por parte del Hijo, en el Espíritu Santo, al Padre, para reparar la desobediencia de los hombres. De manera que la lectura meditada del CCE muestra que “La Trinidad es la forma eterna de la Cruz; la Cruz es el icono humano de la Trinidad”.185
Esto quedará más explícitamente manifestado al tratar de la Resurrección del Señor, inseparable de su Muerte sacrificial. El Dios vivo, justo y misericordioso, que entrega al Hijo para salvación del mundo y que recibe la ofrenda perfecta del Sacerdote eterno no es otro que el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.
A partir de los textos evangélicos, el Catecismo nos hace reconocer la instrumentalidad de la humanidad de Cristo en la obra de la salvación. Jesús, que tiene plena conciencia de ser el Hijo muy amado del Padre (cf. 473-474),186 camina soberanamente a su Pasión con todo el peso de su humanidad mortal.
El Evangelio da testimonio tanto de la libertad señorial de Jesús como de su humilde obediencia al Padre. Al mismo tiempo declara la responsabilidad y la malicia del pecado de los hombres. No se trata de un automatismo o de algún determinismo de otra clase. El plan de Dios, el mandato del Padre,187 no difumina la responsabilidad de
185
A.NICHOLS, The Splendour of Doctrine, 88.
186
Cf. CTI, La conciencia que Jesús tenía de sí mismo y de su misión (1985), en ID., Documentos 1969- 1996, 379-391; especialmente la Proposición primera, 382-384.
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los pecadores... de los que intervienen directamente en la escena evangélica y de los pecadores de todos los tiempos. Los enunciados 599-600 explican –hasta donde es posible– cómo se conjugan el designio divino y la libertad efectiva de todos los actores del drama de la Pasión.
Sobre este tema importa el párrafo 2, en el acápite II: “La muerte redentora de Cristo en el designio divino de salvación”, donde se lee: “La muerte violenta de Jesús no fue fruto del azar en una desgraciada constelación de circunstancias. Pertenece al misterio del designio de Dios...” (599). Este es un punto capital: la muerte de Cristo no fue una casualidad. Y tampoco fue simplemente un trágico acontecimiento histórico, cuyas causas –complejas o no– son totalmente accesibles a la razón humana. El CCE, siguiendo la Sagrada Escritura, subraya el designio divino redentor, que Jesús acepta con perfecto amor filial:
“Este designio divino de salvación a través de la muerte del «siervo, el Justo» (Is 53, 11; cf. Hch 3, 14), había sido anunciado antes en la Escritura como un misterio de redención universal, es decir, de rescate que libera a los hombres de la esclavitud del pecado. (...) Jesús mismo presentó el sentido de su vida y de su muerte a la luz del Siervo doliente (cf. Mt 20, 28)” (601).
Otra cuestión que podría presentarse en el estudio teológico de la Pasión y Muerte de Cristo es la de su “crecimiento” en la conciencia filial. Hay algunos rasgos que parecen insinuar ese “crecimiento”. ¿Es ésta una afirmación asumida por el CCE? ¿No parece existir en la culminación de la vida de Jesús un aumento de su conciencia de Hijo, al punto que haga pensar en una más intensa relación filial con su Padre?188
El CCE no se expresa exactamente así. Pero sí nos dice que Cristo en su Pasión cumple perfectamente la voluntad del Padre, la acepta con obediencia inmaculada y se ofrece totalmente “por nuestros pecados” (606). Podría haberse citado el texto de Hb 5, 7-9, en el que se lee: “Y, aunque era Hijo de Dios, aprendió por medio de sus propios sufrimientos qué significa obedecer. De este modo, él alcanzó la perfección y llegó a ser causa de salvación eterna para cuantos le obedecen”.189 Texto que parece podría sustentar la idea de una cierta perfección creciente en la filiación de Jesús, proporcionada a su extremada obediencia puesta de manifiesto en Getsemaní y en el Gólgota. Pero el contenido esencial de Hb 5 está bien claro en el desarrollo del CCE, sin que esto signifique afirmar un crecimiento en la conciencia filial, aunque sí una consumada perfección en la expresión de su obediencia filial. Jesús se sabe Hijo muy
188
Juan Pablo II alude directamente a esta cuestión en un documento posterior al CCE: NMI 24. En este texto se dice que es “lícito” pensar que en Jesús “la conciencia humana de su misterio progresa hasta la plena expresión de su humanidad glorificada”, aunque “no hay duda de que, ya en su existencia terrena, tenía conciencia de su identidad de Hijo de Dios”. Por consiguiente, no podemos concluir una respuesta determinada.
189
El texto sólo es mencionado como referencia en los nn. 609 y 612; cf. L. F.LADARIA, Jesucristo, salvación de todos, Madrid 2007, 92-95.
amado del Padre.190 No lo descubre en un momento inspirado ni le es revelado desde afuera. Más bien todos los datos del NT nos conducen a ver en Jesús a Alguien que es perfectamente consciente de su ser y de su misión, si bien la evidencia se torna más luminosa y dramática en la hora suprema del MP.
Entonces, ¿podría decirse que cuando llega su “Hora” Jesús tiene una conciencia filial más intensa, y que es “más Hijo”, en cuanto expresa mayor reverencia, obediencia, abandono en las manos del Padre, que “vive” su filiación en el modo más extremo posible a su humanidad?
El CCE no intenta responder abiertamente a estas cuestiones, pero destaca con claridad los rasgos filiales de Cristo en la Hora suprema de su misión salvífica.
Por una parte, el CCE afirma que “Jesús no conoció la reprobación como si Él mismo hubiese pecado (cf. Jn 8, 46)” (603). Según esto la fe católica no tiene que ver con la idea –de corte luterano– de la sustitución penal. Jesús en la cruz no es un maldito del Padre,191 sino todo lo contrario, es el Hijo fiel, obediente, agradable como ninguno al Padre eterno, tal como lo expresan tantos textos del NT (cf. Flp 2 y Hb, por ejemplo). Además, el Catecismo explica así las más misteriosas palabras de Cristo crucificado:
“Pero, en el amor redentor que le unía siempre al Padre (cf. Jn 8, 29), nos asumió desde el alejamiento con relación a Dios por nuestro pecado hasta el punto de poder decir en nuestro nombre en la cruz: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (Mc 15, 34; Sal 22, 2). Al haberle hecho así solidario con nosotros, pecadores, «Dios no perdonó a su propio Hijo, antes bien le entregó por todos nosotros» (Rm 8, 32) para que fuéramos «reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo» (Rm 5, 10)” (603).192
Pero, sobre todo al tratar de la ofrenda que Jesús hace de sí mismo al Padre –muy especialmente los nn. 606-607, 609, 610, 612, 615–, el CCE nos conduce a contemplar en la Pasión la más extremada manifestación del amor filial de Jesús a su Padre, como se nos enseña en este sustancioso texto:
“Desde el primer instante de su Encarnación el Hijo acepta el designio divino de salvación en su misión redentora: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4, 34). El sacrificio de Jesús «por los pecados del mundo entero» (1 Jn 2, 2), es la expresión de su comunión de amor con el Padre: «el
190
Cf. NMI 24-27: Insegnamenti XXIV, 1 (2001) 56-59; CTI, La conciencia que Jesús tenía de sí mismo y de su misión (1985), en ID., Documentos 1969-1996, especialmente la Proposición segunda, 384-386.
191
Cf. CTI, Cuestiones selectas sobre Dios Redentor (1994), en ID., Documentos 1969-1996, 529-530; CH.SCHÖNBORN, Cristología, 247-261.
192
Escribirá más adelante Juan Pablo II: “El grito de Jesús en la cruz… no delata la angustia de un desesperado sino la oración del Hijo que ofrece en el amor su vida al Padre para la salvación de todos. Mientras se identifica con nuestro pecado, «abandonado» por el Padre, él se «abandona» en las manos del Padre. Fija sus ojos en el Padre” (NMI 26: Insegnamenti XXIV, 1 [2001] 58). En el enunciado del CCE nos parece encontrar un eco del lenguaje propio de H.U. VON BALTHASAR sobre este punto (cf., por ejemplo, El misterio pascual, en MS III, 666-814).
Padre me ama porque doy mi vida» (Jn 10, 17). «El mundo ha de saber que amo al Padre y que obro según el Padre me ha ordenado» (Jn 14, 31)” (606).
Es conveniente reafirmar, entonces, que desde el punto de vista ontológico la Pasión y Muerte de Cristo no significa ninguna novedad real. Ciertamente es la hora de la actitud filial en su altísima expresión, aun cuando la filiación es la actitud fundamental de toda la existencia terrena de Jesús.193 Dicho de otro modo, la revelación más clara del misterio no es lo mismo que una cierta evolución del misterio en sí mismo. Y por tanto en la humanidad de Jesús podría haberse dado una conciencia más profunda de su filialidad y de su propia misión según el designio salvífico divino. Pero no pensamos que esto se pueda afirmar como cierto con sólo lo que dice el CCE.
Es oportuna en este lugar una nueva precisión sobre la realidad humana del Señor. Con ocasión del relato de la agonía en el huerto, se subraya su verdadera voluntad humana, en línea con los enunciados del sexto Concilio ecuménico (Constantinopla III) mencionados antes, al tratar del artículo 3 del Credo (475). La marcha de Cristo hacia la muerte es, por consiguiente, un acto de su soberana libertad (609-611). Este dato, como otros ofrecidos por el NT, configura la auténtica imagen de Cristo.
Si en cualquier parte del recorrido temporal de Cristo existe una veta soteriológica, al llegar al final dramático de su vida terrena todo gira directamente en torno al opus Redemptionis.