Chapter 4: Methods and Other Results
4.1.2 Second and Third Arrays
En esta presentación de las pautas fundamentales de la cristología del CCE en relación con la soteriología, debemos prestar cuidadosa atención al párrafo 3 del
artículo 3 del Credo. Su título es: “Los misterios de la vida de Cristo”. Incluye los nn. 512-570, con estos tres acápites:
I. Toda la vida de Cristo es misterio.
II. Los misterios de la infancia y de la vida oculta de Jesús. III. Los misterios de la vida pública de Jesús.
En el pórtico de este párrafo se nos advierte que el Símbolo de la fe “no dice nada explícitamente de los misterios de la vida oculta y pública de Jesús, pero los artículos de la fe referentes a la Encarnación y a la Pascua de Jesús iluminan toda la vida terrena de Cristo” (512). En el Credo, por tanto, se habla sólo del inicio y del final de la vida de Jesús, no para marginar los otros misterios, sino para iluminarlos desde su sentido profundo que está dado por la Encarnación redentora.159
Y a continuación se nos asegura: “La catequesis, según las circunstancias, debe presentar toda la riqueza de los misterios de Jesús” (513).
“Vemos en este párrafo una de las novedades más llamativas del CCE, que constituye sin duda uno de sus mayores aciertos, cuya medida se obtiene comparándolo con la exposición cristológica de otros catecismos, comenzando por el Catecismo Romano que siguió al Concilio de Trento, hasta los más prestigiosos catecismos posconciliares... El interés teológico por toda la vida de Jesús dentro de la reflexión cristológica, queda así recuperado en un documento del Magisterio de manera concreta y no tan sólo como
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“Il nuovo assoluto della nascita di Gesù prelude alla novità inaudita della Pasqua. S. Ireneo si domandava: «Colui che non ha preso un inizio d’uomo, come potrà riceverne la fine?» (Demonstratio evangelica 38)” (Ibid., 202).
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“While his life has its high points and decisive moments, each of these shares in the mystery of that life as an entirety, and so, in the last resort, can be validly understood only from out of that fullness” (A. NICHOLS, The Splendour of Doctrine, 66).
principio formulado;160 y de este modo la teología, la contemplación espiritual y la catequesis o la predicación, vuelven a encontrarse en este punto”.161
Esta sola novedad es muy significativa y tiene su trascendencia para la doctrina de la fe.162 La Iglesia celebra durante el año litúrgico distintos misterios de la vida de su Señor.
Si bien es cierto que desde los comienzos del cristianismo la celebración litúrgica tiene su centro en el MP, también es un hecho el desarrollo de las celebraciones de otros misterios del Señor. Es notable, ante todo, en la paulatina conformación del calendario litúrgico, la aparición de otro polo relativamente importante, las fiestas de Navidad y Epifanía. También fueron surgiendo celebraciones de otros misterios del Señor: Bautismo, Bodas de Caná, Transfiguración, Entrada en Jerusalén y Última Cena. Pero no sólo los misterios más resaltados en el Evangelio son recordados por la Iglesia. También se veneran todas las palabras y los gestos de Jesús, que siempre manifiestan algún aspecto de su misterio personal y de su obrar salvífico: la proclamación del Reino, acompañada de los milagros y los exorcismos, sus noches de oración, sus instrucciones familiares a los discípulos escogidos... inclusive la vida oculta de su infancia y juventud en Nazaret.163 Hay en ellos una revelación y una intencionalidad divina. “Los distintos «misterios» de su vida no son sino explicitación y desarrollo del «único» misterio”.164
Desde los inicios se fue comprendiendo que toda la vida del Señor, en cada uno de sus momentos, debía tener algún sentido salvífico. Es decir, que en Cristo –en el conjunto de su vida terrena y en cada tramo de ella– no hay realidades neutras o instantes inútiles para nuestra salvación.
Con este fundamento, que arraiga en el mismo Evangelio y en la fe de los primeros discípulos, el CCE puede decir:
“Desde los pañales de su natividad (Lc 2, 7) hasta el vinagre de su Pasión (cf. Mt 27, 48) y el sudario de su Resurrección (cf. Jn 20, 7), todo en la vida de Jesús es signo de su misterio. A través de sus gestos, sus milagros y sus palabras, se ha revelado que «en Él reside toda la plenitud de la divinidad corporalmente» (Col 2, 9). Su humanidad aparece así como el «sacramento» [sacramentum], es decir, el signo y el instrumento de su
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“Este interés aparece esbozado en novedosa y apretada síntesis en la Solemne Profesión de Fe o Credo del Pueblo de Dios de Pablo VI (cf. n. 12). También en Catechesi tradendae 5, citado en CCE 426, aparece claramente formulado este interés como principio” [nota del autor de la cita].
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A.MARINO, Creo en Jesucristo, 164. En efecto, en la primera parte del Catecismo Romano se pasa del
tercer artículo, en el que se explica que Jesús fue concebido del Espíritu Santo y nació de María Virgen, al cuarto artículo, que se refiere a la Pasión y Muerte del Señor, sin considerar los misterios de la vida de Cristo que tienen lugar entre aquellos acontecimientos.
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Cf. CH.SCHÖNBORN, Cristología, 195-207.
163
A. GRILLMEIER, Los misterios de la vida de Jesús, en MS III, 570-575.
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Ibid., 572. Para la distinción entre «misterios» y «misterio» de Cristo en la Biblia y en la historia de la teología y de la piedad cristiana, seguimos los argumentos de Grillmeier, que ciertamente están en sintonía con las ideas que el CCE expresa en su lenguaje específico.
divinidad y de la salvación que trae consigo: lo que había de visible en su vida terrena conduce al misterio invisible de su filiación divina y de su misión redentora” (515). Estas afirmaciones son coherentes con los presupuestos ontológicos que se han enseñado antes. Si el Verbo eterno de Dios ha venido al mundo y ha entrado personalmente en la historia de los hombres, su vida humana será realmente humana, pero no meramente humana. La concreta existencia temporal del Salvador no puede estar al margen o en paralelo de la realidad invisible de su Misterio. Asimismo, su existencia histórica no se puede comprender en toda su autenticidad sin tener en cuenta su misteriosa ontología: “En el principio era la Palabra... y la Palabra se hizo carne”. Su inserción en el tiempo no podrá tener espacios insignificantes, vacíos de fuerza de salvación y de luz divina (cf. Lc 1, 69; 2, 32). En el Verbo encarnado todo es elocuente y salvífico, todo es palabra viva del Dios viviente. Así lo entendió la Iglesia desde sus comienzos, como lo refleja el NT, y así lo ha vivido con lógicas variaciones y nuevas profundizaciones a través de los milenios.
Más adelante, cuando deba tratarse de la fuente original de los sacramentos, el CCE dirá en un número rico en connotaciones soteriológicas:
“Las palabras y las acciones de Jesús durante su vida oculta y su ministerio público eran ya salvíficas. Anticipaban la fuerza de su misterio pascual. Anunciaban y preparaban aquello que Él daría a la Iglesia cuando todo tuviese su cumplimiento. Los misterios de la vida de Cristo son los fundamentos de lo que en adelante, por los ministros de su Iglesia, Cristo dispensa en los sacramentos, porque «lo que era visible en nuestro Salvador ha pasado a sus Misterios [quod… Redemptoris nostri conspicuum fuit, in sacramenta transivit]»165” (1115).
A cada paso –y de un modo particularmente claro cuando el CCE se ocupa de los misterios de la vida de Cristo– se confirma la imposible separación entre cristología y soteriología: En Jesús la humanidad, por el simple hecho de ser la humanidad del Verbo, tiene un valor manifestativo y sacramental, como se declara en el citado n. 515: “…signo e instrumento de su divinidad y de la salvación que trae consigo”. Lo dice también el mismo texto con otra palabra: la humanidad de Jesús es “sacramento”.
No insiste el CCE en llamar “sacramento” a Jesús, aunque se habla con notable frecuencia del “misterio” de Cristo. Y aquí se hace preciso confrontar otros lugares del
Catecismo –especialmente de la segunda parte, cuando trata de “La celebración del misterio cristiano”–, que nos ayudan a comprender mejor este lenguaje.
“La palabra griega «mysterion» [musth´rion] ha sido traducida en latín por los términos: «mysterium» y «sacramentum». En la interpretación posterior el término «sacramentum» expresa mejor el signo visible de la realidad oculta de la salvación,
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indicada por el término «mysterium». En este sentido, Cristo es Él mismo el Misterio de la salvación: «Non est enim aliud Dei mysterium, nisi Christus» («No hay otro misterio de Dios fuera de Cristo»).166 La obra salvífica de su humanidad santa y santificante es el sacramento de la salvación, que se manifiesta y actúa en los sacramentos de la Iglesia” (774).
El CCE, por tanto, siguiendo el lenguaje común en la gran Tradición eclesial, mira a Cristo como el gran Misterio de la salvación de Dios y como el Sacramento primordial de ese Misterio:
“El Padre realiza el «misterio de su voluntad» dando a su Hijo amado y al Espíritu Santo para la salvación del mundo y para la gloria de su nombre. Tal es el misterio de Cristo (cf. Ef 3, 4), revelado y realizado en la historia según un plan, una «disposición» [«dispositionem»] sabiamente ordenada, que san Pablo llama «la Economía [dispensatio] del misterio» (Ef 3, 9) y que la tradición patrística llamará «la Economía del Verbo encarnado» o «la Economía de la salvación»” (1066).
Podemos concluir, entonces, que la doctrina del n. 515 está profundamente anclada en la verdad sobre la Encarnación. Es decir, la virtud salvífica de cada episodio de la vida de Cristo tiene arraigo metafísico sobrenatural, no puede desprenderse del misterio de su propio ser personal. Jesús no recibe “desde afuera”, como una cualidad añadida, la capacidad de redimir al hombre y a toda su historia. La Iglesia ha creído y ha celebrado siempre lo contrario: El ser mismo de Cristo, “el acontecimiento único y totalmente singular de la Encarnación del Hijo de Dios” (464), es el fundamento necesario y perfecto de su existir concreto y permanente como Salvador del mundo.
Digámoslo una vez más, en sintonía con los Padres y con la Liturgia: si el Verbo se hizo carne, esta “carne” es de “uno de la Trinidad” (468),167 que “quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tm 2, 3-4). En la “carne”, es decir, en la humanidad del Señor comprendida en su real temporalidad y mortalidad, todo está poseído por el designio divino de salvación. Este designio (consilium,
propositum) divino es proclamado ya desde las primeras líneas del CCE, como telón de fondo omnipresente:
“Dios, infinitamente perfecto y bienaventurado en sí mismo, en un designio [propositum] de pura bondad ha creado libremente al hombre para que tenga parte en su vida bienaventurada... Convoca a todos los hombres, que el pecado dispersó, a la unidad de su familia, la Iglesia. Lo hace mediante su Hijo que envió como Redentor y Salvador al llegar la plenitud de los tiempos...” (1).
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SAN AGUSTÍN, Epistulae, 187, 34: PL 33, 845.
167
Será coherente, en consecuencia, proclamar que toda la vida de Cristo es misterio de salvación, y que los episodios narrados en el Evangelio deben tener un cierto valor salvífico. El CCE no entra en la cuestión de la historicidad de cada uno de los detalles tal como los describe el NT. Pero sí afirma con insistencia, porque pertenece al núcleo de la fe, la realidad histórica de los hechos salvíficos. En este sentido puede decirse que la historia es redimida desde dentro de ella misma.
A este respecto es oportuno resaltar un principio que el Catecismo acepta plenamente e ilumina toda su cristología: el Cristo de la fe no es otro que el de los acontecimientos narrados y proclamados en el NT, Jesús de Nazaret. Esta afirmación no es perturbada por la siguiente adquisición de la exégesis moderna: el misterio de Jesucristo fue comprendido por los discípulos con una nueva profundidad bajo la luz de Pascua y Pentecostés. El Espíritu conduce a la Esposa a la verdad completa (cf. Jn 16, 13; Ap 22, 17). El CCE expone los misterios de la vida terrena de Jesús desde la totalidad de la verdad. Por tanto, ni los inventa ni los desfigura, sino que los contempla en su real profundidad. Aun cuando los Evangelios comporten su propio género literario y evidentemente no intenten referir una historia científica de Jesús, también es claro que dan testimonio veraz del único Cristo, que es a la vez una figura real de la historia y un misterio personal y central de la fe.168
Surge en este momento, y con prontitud, la pregunta por el lugar que tiene la exégesis científica en la presentación que el CCE hace de la vida de Jesús.169 La respuesta adecuada debe tener en cuenta la finalidad y el género propio de nuestro texto. En el Catecismo lo que importa es captar y presentar “el significado teológico profundo en la narración de los misterios y su valor perenne para la edificación de la fe”.170
El CCE ha tratado ya desde el principio la doctrina referente a la divina Revelación y a la interpretación de la Sagrada Escritura (50-141). Especialmente es preciso recordar ahora los nn. 109-114, y particularmente el n. 126, que trata de las tres etapas que pueden distinguirse en la formación de los Evangelios.171 Queda claro que
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“El Catecismo deposita su confianza en la palabra bíblica. Mantiene que el Cristo de los evangelios es el Jesús real. Atestigua también que todos los evangelios nos hablan de este mismo Jesús y que todos en conjunto, cada uno a su manera, nos ayudan a reconocer el verdadero Jesús de la historia, que no es otro que el Cristo de la fe... «Escribo tanto para creyentes cristianos como para creyentes judíos; para todos ellos Jesús ha sido conocido por medio de los evangelios» (J.NEUSNER, A Rabbi talks with Jesus. An intermillenial interfaith exchange, New York 1993, 15). Ésta es precisamente la postura del Catecismo; un libro que remite a la fe de la Iglesia, y que no quiere canonizar teorías privadas, no puede aceptar otro punto de vista. Esto no tiene que ver lo más mínimo con fundamentalismos, ya simplemente por el hecho de que una lectura fundamentalista excluye cualquier mediación eclesiástica y únicamente admite el mantenerse al pie de la letra” (J.RATZINGER, Evangelio, catequesis, catecismo, 50-52). Cf. ID., Jesús de Nazaret, 7-20; CH. SCHÖNBORN, El Catecismo de la Iglesia Católica: ideas directrices y temas fundamentales, en J.RATZINGER–CH.SCHÖNBORN, Introducción al Catecismo de la Iglesia Católica, Madrid 1994, 56-62.
169
Cf. G.SEGALLA, Catechism presents Scripture as revelation of God’s salvific plan, en Reflections, 163-172; J.RATZINGER, Evangelio, catequesis, catecismo, 50-51.
170
Cf. C.M.MARTINI, Catechism responds to desire and needs of Church today, enReflections,91-95; G.SEGALLA, Catechism presents Scripture, 163-172; A.MARINO, Creo en Jesucristo, 169, nota al pie n. 20.
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los relatos evangélicos no son una relación minuciosa de los sucesos de la vida del Señor, escrita con método historiográfico.172
“Lo que se ha escrito en los Evangelios ha sido «para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre» (Jn 20, 31)” (514). “Los Evangelios fueron escritos por hombres que pertenecieron al grupo de los primeros que tuvieron fe (cf. Lc 1, 1; Jn 21, 24) y quisieron compartirla con otros. Habiendo conocido por la fe quién es Jesús, pudieron ver y hacer ver los rasgos de su Misterio durante toda su vida terrena” (515).
Se ha sostenido que el Catecismo debería haber privilegiado el método histórico- crítico en su utilización de la Escritura, particularmente en relación con el NT y la vida de Jesús. Probablemente esa postura derive de una inadecuada idea de la finalidad de un catecismo o de una equivocada visión del método en relación con la Sagrada Escritura.173
Las narraciones evangélicas tienen sus peculiares géneros literarios. Y se hace necesario comprenderlos y conocer su específica capacidad para transmitir una verdad vinculada a la historia. Por otra parte, el testimonio de la Escritura, incluidos sus procedimientos literarios, no puede comprenderse cabalmente al margen de la Tradición, con la que está íntimamente unida.
Una particular dificultad hermenéutica radica en la misteriosa originalidad de la historia de Jesús:
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Cf. R.SCHNACKENBURG, Cristología del Nuevo Testamento, 186-314. Nos interesa especialmente esta conclusión: “El que nosotros consideremos el día de la resurrección de Jesús como el comienzo histórico de la fe en Cristo no quiere decir que su origen peculiar o su fundamento más primitivo radique sólo en este acontecimiento. La fe de los discípulos es la respuesta a la revelación de Dios en Jesucristo. Si tenemos en cuenta este punto, no podemos comenzar la historia de la fe cristológica sólo a partir de la Pascua. Dios se había revelado ya en la actuación de Jesús durante su vida terrena; la resurrección del crucificado sólo alcanza su significación si se tiene en cuenta la conducta terrena de Jesús, sólo así adquiere la plena claridad de la revelación... Si la Iglesia primitiva reconoció en la figura histórica de Jesús de Nazaret al Mesías e Hijo de Dios, era lógico que dirigiera su reflexión sobre cuanto el hombre Jesús había hablado y hecho. Debió de encontrar un fundamento y una legitimación de su fe en el mismo comportamiento histórico de Jesús. De este esfuerzo nacieron los evangelios, testimonio evidente, por su estructura y sus características, de la unión entre la retrospectiva histórica y la confesión de fe... Sabemos que la estructura de la tradición apostólica es una estructura que parte de la fe y no nos escandalizamos del modo «libre» que adopta la Iglesia primitiva a la hora de reproducir los hechos y palabras de Jesús, segura como está de poseer la verdadera comprensión de los mismos” (Ibid., 190-192).
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Es indudable que el método histórico-crítico es un instrumento valioso. Pero no es exclusivo ni exhaustivo. Tiene su propia finalidad que, en todo caso, nos coloca en el umbral del misterio de Cristo. Cuando el método se asume como instrumento exclusivo de comprensión “científica” –en íntima relación con el prejuicio ideológico del agnosticismo kantiano, por ejemplo–, ni siquiera nos permite llegar al umbral. Nos conduce por los caminos de los esquemas prefijados, alejándonos de la realidad divina trascendente… y hasta de la misma realidad histórica. Cf. JRATZINGER, La interpretación bíblica en conflicto, en AA. VV., Escritura e interpretación, 19-54; COMMISSION BIBLIQUE PONTIFICALE, Bible et Christologie, Paris 1984, 19-23. 67-109.
“Cuando llegó su hora (cf. Jn 13, 1; 17, 1), [Jesús] vivió el único acontecimiento de la historia que no pasa: Jesús muere, es sepultado, resucita... Es un acontecimiento real, sucedido en nuestra historia, pero absolutamente singular: todos los demás acontecimientos suceden una vez, y luego pasan y son absorbidos por el pasado...” (1085).
Por tanto, en esa historia existe una realidad tan peculiar e intensa que trasciende toda historia humana. Así lo entiende el CCE y, entonces, “el evento Jesús” es visto y comprendido desde la luz superior que aporta la fe, sin negar, por otra parte, el justo lugar que ocupa el método estrictamente científico en el estudio bíblico.
Lo que se ha dicho hasta aquí acerca de la relación cristología-soteriología queda