Por lo que hasta aquí hemos dicho, nos damos cuenta de como se ori- ginó y se desarrolló el capitalismo en el siglo XIX y comienzos del XX. El espíritu capitalista, se había venido formando desde la reforma protes- tante y tuvo una evolución lenta durante los siglos XVII y XVIII. Todavía predominaba en Europa el modo de producción feudal y las corporacio- nes de artesanos, con su complicado andamiaje de estatutos, ordenanzas y costumbres, era una rémora para el avance de la industria y el comercio.
Fue necesaria la revolución industrial venida de Inglaterra y la revolución política liberal y burguesa realizada en Francia, para que cayera el viejo orden económico y administrativo feudal y viniera el nuevo modo de pro- ducción capitalista.
¿Qué podemos decir de este capitalismo? ¿Es censurable o es digno de elogio? Ante todo, debemos hacer algunas distinciones que nos ayudan para no aceptar en bloque o condenar en bloque un sistema económicoso- cial y político que ha tenido tanta importancia en la historia.
Hay que distinguir, desde luego, entre capital y capitalismo. El capi- tal es un factor de la producción. Es absolutamente indispensable junto con la tierra y el trabajo, para que se produzcan bienes y servicios. Por lo tanto, no se le puede tener como intrínsecamente malo o inconveniente. Su moralidad dependerá de la forma en que se le use y del fin que se le señale. Es evidente que el capital en manos de hombres buenos y rectos, con espíritu de justicia, podrá ser muy útil y producir grandes bienes. Un capital es bienvenido en todas las sociedades en desarrollo. Lo único que hay que hacer para evitar sus abusos es someterlo a las leyes y obligarlo a seguir programas tendientes al bien común. Esa es la labor del Estado.
El capitalismo, en cambio, es una tendencia a la acumulación de ri- quezas en manos de unos cuantos y en detrimento de la inmensa mayoría de trabajadores. Implica, en sí, un afán de lucro desordenado y de ganan- cia ilimitada, que pasa por encima de los derechos e intereses de los que colaboran en la relación de trabajo y crea un indebido monopolio en favor de los ricos.
Se sigue el libre juego de las leyes económicas que inevitablemente inclina la balanza del lado de los poderosos y deja a los débiles sin apoyo. El sistema capitalista responde a un espíritu materialista, mundano, sin Dios. Para él no hay más bienes que los de la tierra. Hay que acumular riquezas para disfrutarlas. Y con ellas hay que defenderse en la lucha por la vida. Sólo los más aptos, inteligentes y astutos pueden sobrevivir. Por eso hay que tratar de enriquecerse a toda costa.
El capitalismo atropella todos los derechos divinos y humanos. Se ol- vida de Dios y de las normas dadas por él a los hombres en la historia de la salvación, tal como aparecen en la Sagrada Escritura y en la tradición eclesiástica. Hace a un lado las enseñanzas de Cristo contenidas en el evangelio y las del magisterio auténtico de la Iglesia. Ignora, o pretende ignorar, la doctrina de los santos padres y de la escolástica acerca del afán excesivo de lucro y de la necesidad de un reparto equitativo de las rique-
zas. No toma para nada en cuenta el derecho natural, que impone el res- peto a la dignidad de la persona humana, a la igualdad esencial de todos los hombres, a su libertad y al goce del bienestar y de la felicidad.
¿Se justifica un capitalismo de esta naturaleza? Evidentemente que no. No hay ningún derecho a que, a nombre de la libertad económica y del progreso, se pisotee la dignidad humana y se convierta a los trabaja- dores en víctimas de una explotación cruel y despiadada. Ya desde me- diados del siglo XIX hubo fuertes críticas contra el capitalismo, tanto desde el campo socialista como desde el de la doctrina social católica. Y poco a poco fue declinado este sistema económico.
10. El socialismo del siglo XIX y sus diferentes tipos36
A fines del siglo XIX y en el primer tercio del siglo XX, comenzaron a asomar tímidamente en las legislaciones los derechos sociales, o sea, los derechos de los grandes grupos de trabajadores del campo y de la ciudad. Poco a poco se fue abandonando la mentalidad liberal, que en el proceso de industrialización de los países había llevado a las grandes masas a la explotación y a la miseria, y se aceptó la legitimidad de los sindicatos obreros, con toda su legislación laboral protectora y el derecho de los campesinos a la propiedad de las tierras que trabajaban.
Ante las injusticias y desastrosas condiciones en que se encontraba el proletariado como consecuencia del capitalismo industrial, surgieron en Europa múltiples voces de protesta. Unas vinieron de los patronos mis- mos y de algunos moralistas que trataban de aliviar la situación de los obreros mediante reformas económicas y sociales. No buscaban revolu- ciones ni violencias, sino un cambio paulatino de la sociedad, dentro del esquema del régimen liberal. Otras vinieron de pensadores y economistas más radicales, de tendencias anarquistas y socialistas, que querían abolir la propiedad privada y sustituir al Estado político por una federación de hombres libres. Otras provenían de quienes buscaban un socialismo par- lamentario, en el que, a través de reformas legislativas, se pudiera mejo- rar la posición de los trabajadores en la relación de trabajo. Y otras, que de quienes buscaban un socialismo parlamentario, en el que, a través de reformas legislativas, se pudiera mejorar la posición de los trabajadores en la relación de trabajo. Y otras que inspiradas en una nueva visión ma-
36 González Uribe, Héctor, El socialismo y el marxismo, documento inédito; Id., Filosofía con-
terialista del mundo y de la vida, trataban de acabar con el Estado bur- gués y el modo de producción capitalista, y sustituirlos por una nueva for- ma de sociedad, la sociedad comunista, en la que no hubiera explotadores ni explotados y a la se llegara después de una etapa transitoria de dictadu- ra del proletariado.